GUÍA PARA ESTUDIO DE EVANGELIO – JESÚS RESUCITADO, CAMINO DE ESPERANZA PARA LA HUMANIDAD.

PROPUESTA ESPECIAL PARA LA SEMANA DE PASCUA 2014
Abril 2014

 Circle-EstudioEv-April22-2014 

JESÚS RESUCITADO, CAMINO DE
ESPERANZA PARA LA HUMANIDAD.

 

Durante este retiro, animado por Yves MUSSET en 1996 en Limonest, se ha buscado con los laicos presentes, utilizando los Evangelios y a San Pablo, descubrir mejor cómo el Cristo de la Pascua volvió a la vida y cómo hoy todavía él despierta la esperanza de sus discípulos, para hacer de ellos, en el mundo, sembradores de esperanza.

  

Luc 24, 13-35

EMAÚS

                     “Jesús resucitado, camino de esperanza para la humanidad”. Vamos a comenzar este retiro sobre el tema de la esperanza con una meditación de la escena de la aparición de Cristo resucitado a los discípulos de Emaús. La escena se encuentra en el Evangelio según San Lucas, en el capítulo 24, versículos 13 al 35.

 

Reflexiones preliminares:

                     Nos encontramos después de la muerte de Jesús. El Evangelio nos ha narrado su arresto, luego de su doble condena por parte de las autoridades religiosas de su pueblo y del gobernador romano que ejercía entonces en Palestina la autoridad política. Jesús fue conducido fuera de la ciudad hasta el lugar de su ejecución. Y ahí, se le hizo morir a través de aquel suplicio que estaba destinado a los esclavos que se rebelaban y a los agitadores que trastornaban la seguridad pública: el suplicio de la cruz.

                     Todos estos eventos sucedían en Jerusalén mientras se celebraba la Pascua, la mayor de las fiestas judías, la que conmemoraba el nacimiento a la libertad del pueblo de Israel. Se recordaba durante todos esos días cómo Dios había arrancado a su pueblo de la esclavitud de Egipto para conducirlo a esta tierra, la “tierra prometida”, una tierra donde uno era llamado a vivir en la libertad de los hijos de Dios.

                     Ahora bien, este Jesús que acababa de desaparecer de manera tan cruel en el momento mismo de la fiesta, precisamente había hecho que se levantara en el pueblo una gran esperanza de liberación, una inmensa esperanza.

                     Se le veía como “un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo” (Luc 24,19). Esto había comenzado en Galilea (Hch 10,37), en una región periférica y un poco marginal; su fama se había extendido muy pronto en todo el país e incluso en las regiones vecinas. Se veía en él a un nuevo Juan Bautista, o aún, a “uno de los antiguos profetas” vuelto a la vida (Luc 9,19). Había pasado “por todas partes, haciendo el bien” (Hch 10,38). Se decía que había devuelto la salud a muchos enfermos, aquejados, gente a la que se consideraba poseída por espíritus malignos.

                     “Su palabra estaba llena de autoridad” (Luc 3,32). “El pueblo entero estaba escuchándolo, pendiente de su palabra” (Luc 19,48). Se admiraba la sabiduría de sus propósitos, la justicia de sus respuestas, cuando los escribas, aquellos especialistas de la Ley, le hacían preguntas difíciles en público. El pueblo cantaba sus alabanzas y se reconocía en este “Jesús de Nazaret” (Luc 24,19), el asombroso profeta salido de entre ellos 

                     Les gustaba particularmente la manera en que él hacía entender, mediante sus palabras y sus acciones, que nadie está excluido del amor de ese Dios de misericordia a quien llama Padre. La gente de todo tipo venía a él, y él la recibía: leprosos, publicanos, mujeres a quienes se consideraba pecadoras públicas… Él iba con gusto a la casa de todos, tanto a la de Zaqueo, el recaudador de impuestos (Luc 19,1-10) como a la de Simón el fariseo (Luc 7,36-50). Entre aquéllos que lo acompañaban y lo seguían en sus caminos incluso había un publicano que se había convertido (Luc 5,27-32) y algunas mujeres cuya conducta anterior no había sido del todo ejemplar (Luc 8,1-3).

En el pueblo, la gente se hacía muchas preguntas con respecto a él, a su persona, a las finalidades que perseguía. En algunos de sus discípulos surgía la idea de que quizá él era el Mesías, el “Hijo de David”, de quien decían las Escrituras aparecería en los últimos tiempos. Además Jesús había afirmado, desde el principio, que los últimos tiempos habían llegado, que el Reino de Dios estaba cerca, que era necesario creer en su Buena Nueva y cambiar decididamente de vida (Mc 1,14-15).

Pero la dura realidad estaba ahí… Este Jesús de Nazaret, objeto de la esperanza y del amor del pueblo, había sido juzgado por los jefes religiosos de la nación como hereje y blasfemo, y lo habían entregado al gobernador romano y mandado crucificar… Todo parecía haber terminado, mientras que en realidad, ¡todo estaba comenzando!

 

El sepulcro vacío

                     En su sección consagrada a la resurrección de Jesús, los cuatro Evangelios comienzan con la escena del sepulcro vacío (Mateo 28,1-8; Marcos 16,1-8; Lucas 24,1-12; Juan 20,1-10). El tercer día después de la muerte de Jesús, contado a la manera judía, el primer día de la semana, en la mañana de lo que se ha vuelto para nosotros el domingo, el Día del Señor, algunas mujeres, nos dicen, encontraron abierto el sepulcro de Jesús y su cuerpo ausente. Se les aparecieron ángeles que lo anunciaban vivo: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que esta vivo?”, dijeron los mensajeros del cielo (Luc 24,5).

                     Estas mujeres habían ido a llevar a Jesús sus últimas labores, como conviene hacerlo cuando muere un amigo muy querido. Ellas tenían la cabeza llena de recuerdos de los momentos inolvidables vividos con él. Y he aquí que vienen a decirles: “Ese Jesús al que buscáis para honrar su cuerpo, ahora tenéis que buscarlo en otra parte. No os quedéis cerca de su sepulcro. No es en los cementerios, mirando hacia atrás, que encontraréis a Jesús. Él está vivo. Sube hacia su Padre, que es también vuestro Padre. No sube solo, sino con todos aquéllos a quienes llamó a volverse sus hermanos. Desprendeos de ese sepulcro; volveos hacia el futuro; integraos al grupo de sus discípulos: es ahí que veréis que él está vivo…”

                     Si comparamos entre sí las narraciones de la escena del sepulcro vacío con las que comienzan los cuatro Evangelios de la Resurrección, comprobamos diferencias entre las historias pero, en el fondo, el mensaje es el mismo en todas. La muerte no logró poner fin a la existencia de Jesús. Él está vivo. Él invita a sus discípulos a volverse hacia el futuro, un futuro del que son colectivamente responsables. En efecto, la misión de Jesús ante los hombres debe ser continuada por ellos y es continuando esta misión que experimentarán la presencia de Jesús en sus caminos…

                     He aquí lo que evoca la escena de la aparición de Jesús resucitado a los discípulos de Emaús en San Lucas, que se ubica en la continuación del descubrimiento del sepulcro vacío, de la que no existe equivalente en los demás Evangelios y sobre la cual vamos a hablar enseguida.

  

Jesús presente en nuestros caminos…

“Aquel mismo día (que era entonces el día de Pascua), dos de los discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que dista de Jerusalén unos once kilómetros. Iban hablando de todos estos sucesos. Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos estaban ofuscados y no eran capaces de reconocerlo” (Luc 24,13-16).

                     Hemos venido aquí para hacer un retiro. Hacer un retiro, como la palabra lo indica, es retirarse aparte durante algunos días. Es separarse de sus ocupaciones habituales para poder presentarse mejor ante aquél que, en la vida diaria, con frecuencia se nos escapa, porque nuestro espíritu se deja acaparar por lo inmediato, por lo que hay que hacer y que debemos hacer bien…

                     En la vida de todos los días, en las ocupaciones que tenemos en la casa, en familia, en el trabajo, en los encuentros con los demás, en las responsabilidades que tomamos, Jesús está ahí, presente con nosotros en el camino; pero, al igual que en esta escena del Evangelio, “nuestros ojos están ofuscados y no somos capaces de reconocerlo”.

                     Lo mismo sucede hoy, esta mañana, al iniciar este retiro… Jesús está aquí, nos ha reunido, va a caminar con nosotros durante estos tres días, pero nuestros ojos, tanto míos como de ustedes, “están ofuscados y no lo reconocen”.

                     Para que podamos descubrir o redescubrir la presencia real y actuante del Resucitado en nuestros caminos, será necesario que día tras día, durante este retiro, Jesús mismo venga a revelar o a despertar la fe pascual en cada uno de nosotros.

                     El personaje principal en un retiro es él. Es él el principal obrero. Es él a quien se trata de recibir y encontrar. Es para buscarlo y encontrarlo que estamos aquí. Es su mensaje lo que estamos deseosos de oír de nuevo como un mensaje vivo. Un mensaje que, para nosotros, se hará luz. Un mensaje que podrá revivir en nosotros la esperanza. Un mensaje que nos pondrá o nos volverá a poner en camino hacia los demás, hacia Dios, hacia un futuro cargado de promesas…

                     Sí, Jesús, tú eres quien viene hacia nosotros. Tú eres quien nos se nos une en nuestros caminos para recorrerlos con nosotros.

                     Concédenos, durante este retiro, hoy mismo, el saber recibirte.

                     Puedes hacer con nosotros como hiciste con los discípulos de Emaús.

                     Concédenos abrirnos a tu presencia, aun si no te vemos; a tu palabra, que va a llegarnos a través de tu Evangelio, así como a través de aquéllos y aquéllas que serán, durante estos días, nuestros compañeros de viaje.

Jesús nos invita a expresar

lo que tenemos en el corazón…

                     Sin embargo, al igual que en la historia de los discípulos de Emaús, sin duda será necesario tiempo para que podamos reconocer personalmente ante nosotros la presencia de Jesús y oír su palabra como un mensaje que será para nosotros luz, esperanza, vida… ¡No es tan fácil! Se necesitará que Jesús, durante este retiro, vuelva a hacer con nosotros lo que hizo con los discípulos de Emaús…

                     “Él les dijo: ‘¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?’. Ellos se detuvieron entristecidos, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: ‘¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?’. Él les preguntó: ‘¿Qué ha pasado?’. Ellos le contestaron: ‘Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron? Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Y sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto. Bien es verdad que algunas de nuestras mujeres nos han sobresaltado, porque fueron temprano al sepulcro y no encontraron su cuerpo. Hablaban incluso de que se les habían aparecido unos ángeles que decían que está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo hallaron todo como las mujeres decían, pero a él no lo vieron’” (Luc 24,17-24).

                     Durante este retiro, Jesús puede hacer con nosotros como hizo con los discípulos de Emaús. ¿Qué hace primero con ellos este misterioso compañero de viaje? Comienza por dejarlos hablar, expresarse. Se nos dice, de hecho, que en el momento en que Jesús se une a los dos discípulos, éstos “hablaban y discutían juntos” sobre los últimos eventos acaecidos en Jerusalén, eventos que los habían conmocionado y que habían destruido sus esperanzas. Jesús entra en su conversación, ya que empieza por preguntarles: “¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?” Jesús se les une ahí donde están, en su tristeza, su descorazonamiento, su decepción.

                     Jesús quiere hacer lo mismo con nosotros durante este retiro. Incluso antes de que hayamos identificado su palabra y su presencia, él está aquí y nos invita a expresar lo que tenemos en el corazón y lo que quizá cargamos afligidamente.

                     Nosotros mismos, en nuestra experiencia del encuentro con gente que sufre, sabemos bien que es importante comenzar por escuchar… Cuando existe un duelo en una familia, quienes son cercanos experimentan con frecuencia la necesidad de expresarse largamente; tienen muchas cosas sobre aquél o aquélla que acaba de partir, con más razón si se trata de una desaparición de carácter inesperado… Los discípulos de Emaús, marcados por una experiencia de muerte y de muerte violenta tienen, ellos también, muchas cosas que expresar que llevan dentro y desde hace ya tiempo… Entonces, en su encuentro con ellos, Jesús, que es la Palabra hecha carne, comienza por darles la palabra, permitiéndoles liberar todo lo que tienen en el corazón…

                     Con nosotros, en este retiro, el Resucitado de Pascua quiere hacer lo mismo… Está aquí con nosotros, hoy en nuestro camino, como alguien que nos invita a hablar de nuestra vida, de lo que nos marca, de lo que es importante para nosotros, de lo que creemos importante también para la vida y para el éxito del mundo, incluso si nuestras esperanzas, como las de los discípulos, están atravesadas por el descorazonamiento, el desfallecimiento, las interrogantes…

 

ALGUNAS PREGUNTAS

PARA ENTRAR EN EL RETIRO:

                     1. “¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?” Esta pregunta que hace Jesús a los discípulos de Emaús al momento en que se les une en el camino podemos escucharla para nosotros mismos en este comienzo del retiro… Jesús está aquí, conmigo, en mi camino. Todavía no estoy en estado de reconocer su presencia. Sin embargo, para comenzar, él  me invita a sacar a la luz y a expresar lo que tengo en la cabeza y en el corazón al venir aquí…

                     ¿Qué llevo actualmente con mayor peso como intranquilidades y preocupaciones

-       con respecto a mí mismo: salud, profesión, futuro, soledad en mis compromisos, quizá…

-       con respecto a los míos, a mi familia: hijos, hogar…

 

2. “Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel…”

Quizá venimos a este retiro con esperanzas muertas y desilusiones sobre los demás, sobre el mundo, sobre nosotros mismos…

Hay situaciones personales en que la esperanza ya no parece posible… Un amigo sacerdote, entonces en plena depresión, escribía en Alguien entre nosotros hace ya algunos años: “La esperanza, me cuesta mucho trabajo vivirla… Una enfermedad, incomprendida incluso por mis familiares y amigos, me hace morder el polvo… Para mí, la esperanza no es evidente. Me gustaría mucho que estuviera en mí, pero ya no la encuentro en mi personalidad profunda… Para tener esperanza, hay que amar la vida. Ahora bien, hoy yo ya no la domino, yo la sufro, estoy abrumado por ella… ¿Es posible esperar cuando ya no se tiene ni siquiera el valor de rebelarse?” ¿Qué significa tener esperanza cuando uno se encuentra en situaciones como ésta?

También hay situaciones colectivas en que se tienen ganas de desesperar. Vivimos en un mundo conmocionado por formidables mutaciones tecnológicas, en el que todo, personas, empresas, estados, sociedad, parece someterse cada vez más a las leyes implacables del mercado, del que queremos hacer la norma última. Las desigualdades nunca han sido tan evidentes; el desempleo se ha convertido en un hecho masivo; rangos enteros de la población son marginados, al igual que continentes enteros. En este mundo en el que el futuro parece obstruido y donde muchos están en busca de raíces y garantías, vemos desarrollarse un poco por todas partes espejismos ilusorios de nacionalismo, de xenofobia, de integrismos de todo tipo, así como evasiones en lo irracional, sectas, drogas. En este mundo tal como está, ¿qué quiere decir tener esperanza? ¿Cómo despertar en él la esperanza de manera realista?

 

El primer servicio que debemos a los demás es escucharlos.

                     De la misma manera en que el inicio de nuestro amor por Dios consiste en escuchar su palabra, el inicio del amor al prójimo consiste en aprender a escucharlo.

                     Es propio del amor de Dios por nosotros que no se limite a hablarnos, sino que también nos escuche. Aprender a escuchar a nuestro hermano es, pues, hacer por él lo que Dios ha hecho por nosotros.

                     Algunos cristianos creen que siempre están obligados a “dar algo” cuando se encuentran con otros hombres. Olvidan que escuchar puede ser más útil que hablar.

                     Mucha gente busca un oído que quiera escucharlos, y no lo encuentran en los cristianos, porque los cristianos se ponen a hablar cuando deberían saber escuchar… Pero aquél que ya no puede escuchar a su hermano, termina por ya no poder escuchar a Dios mismo y por querer hablarle sin cesar. Introduce así un germen de muerte a su vida espiritual y todo lo que dice termina por no ser más que parloteo religioso.

                     Dios quiere que participemos en su obra. Debemos escuchar con los oídos de Dios, con el fin de que podamos dirigirnos a los demás con su palabra.