GUÍA PARA ESTUDIO DE EVANGELIO – RASGOS CARACTERÍSTICOS DE LA PASTORAL DE A. CHEVRIER EN MATERIA DE CATEQUESIS


PROPUESTA DE ESTUDIO DE EVANGELIO
PARA PREPARARNOS A LA ASAMBLEA
DEL PRADO MEXICANO 2015

“RASGOS CARACTERÍSTICOS DE LA PASTORAL DE
A. CHEVRIER EN MATERIA DE CATEQUESIS”

Circle-EE-OCT-14-2015

Propuesta a partir de artículo del P. Yves Musset
Del 14 al 21 de octubre 2015 

 

1. AQUÉLLOS A QUIENES SE DIRIGE EN ESPECIAL

«Es a niños de jóvenes del proletariado a quienes quiere hacer entender las verdades evangélicas»[1]. Recibe con gusto a los niños más abandonados. Muchos llegan de la fábrica en la que «trabajan desde la edad de ocho o nueve años»[2]. Algunos son huérfanos. Otros vienen de prisión. Tienen entre catorce y veinte años. 

«Cuando se le preguntaban las condiciones de admisión, respondía: «No tener nada, no querer nada». Y decía que, si faltaban los recursos y se veían obligados a dejar ir a los niños, sería necesario dejar ir a los más instruidos y quedarse con los más malos porque éstos necesitan más que los otros»[3].

Había niños con los que se quedaba más tiempo y, algunas veces, varias series: eran los que tenían retrasos de inteligencia y a los que se llamaba entonces «idiotas». Quería que hubiera siempre algunos de ellos en la casa para atraer la bendición de Dios y también para que se practicaran la humildad y la caridad[4]. Pierre Pacalet era uno de ellos, y le gustaba llamarse a sí mismo «el pilar del Prado »[5]

«Catequizar a los pobres» es la meta que el P. Chevrier establece en el Prado. Ésta será su única razón de ser. Lo dice y lo repite sin cesar.

Lo comprobamos al comparar los numerosos reglamentos que escribió, al leer su correspondencia, al escuchar los testimonios recogidos entre quienes fueron sus primeros colaboradores:

«La finalidad de nuestra obra es convertirnos en buenos catequistas, ustedes lo saben: instruir a los pobres ignorantes, y vaya que son numerosos estos pobres ignorantes, instruirlos sencillamente, hablarles de Dios, de Jesucristo, de su alma, de su eternidad… »[6].

«Mi único deseo sería preparar buenos catequistas en la Iglesia y formar una asociación de sacerdotes que trabajen para este fin. Ésta era la gran misión de Nuestro Señor: Misit me evangelizare pauperibus. Quiera Dios que ustedes mismos puedan creer en estas ideas y convertirse en sacerdotes celosos, dispuestos a ir por todas partes a evangelizar a los pobres» [7].

«Es necesario, nos repetía con frecuencia, instruir a los ignorantes, evangelizar a los pobres. Ésta era la misión de Nuestro Señor, ésta es la misión de todo sacerdote, en particular la nuestra: es nuestra recompensa. Ir a los pobres, hablarles del Reino de Dios a los obreros, a los humildes, a los sencillos, a los olvidados, a todos los que sufren. ¡Oh! que se nos permita ir como Nuestro Señor, como los apóstoles, publice et per domos, a las plazas, a las fábricas, a las familias, a llevar la fe, a predicar el Evangelio, a catequizar, a dar a conocer a Nuestro Señor» [8].

«El amor a los pobres, el cuidado de los pobres y la evangelización de los pobres fueron la pasión de su vida sacerdotal»[9].

 

2. TOMAR CONSIGO, ESTAR Y CONTAR CON LA PROVIDENCIA

A estos jóvenes de la clase popular los lleva con él al Prado para darles a conocer el amor de Dios y formarlos en una vida nueva. «Para formar los corazones y dar buenos hábitos, es necesario tenerlos con uno. Aquí se quedan cuatro o cinco meses, el tiempo necesario para formarlos un poco»[10]. Este es el principio de lo que se denomina en el Prado «la serie». 

Al entrar a este «pequeño colegio»[11] abierto para los niños pobres, no debe pagarse nada: «a los niños se les da alimento, alojamiento y se les mantiene sin ningún costo»[12]. No se les hace trabajar: el P. Chevrier se niega[13]. En esta escuela, que no es como las demás, se vive «contando por completo con la Providencia»[14] y los pobres y los obreros son quienes subvencionan las necesidades de la obra. Cada noche, en su oración en la capilla del Prado, el P. Chevrier pide a Aquél que es el Padre de todos nosotros el pan de sus niños, y Él nunca lo defrauda[15].

Cuando crea en 1866 su Escuela Clerical, será su deseo que también sus sacerdotes se formen junto con sus niños «para que los comprendan bien»[16]

En el Reglamento que presenta a aprobación del Cardenal Caverot en 1878 y que deja a sus sucesores, escribe: «se necesita acceder a pasar la vida con los pobres, a ocuparse solamente de los pobres. Y para hacer bien a estos niños, se necesita estar con ellos, vivir su vida y estar entre ellos como padres para ganar su corazón y llevarlos a Dios»[17]. «Se necesita», añade, «una vocación particular para llevar a cabo esta obra»[18].

  

3. LA ORGANIZACIÓN DE LOS CATECISMOS EN EL PRADO

En el Prado, además de las dos horas de clase promedio para aprender a leer, a escribir y aritmética[19], todo se centra en la educación religiosa. Por ahí se entra.

Cuando el P. Chevrier perfecciona su método, apoyándose en diversos ayudantes, habrá hasta seis catecismos dispuestos en diversos momentos del día.

El primero a las 6:30 hrs., de tan solo media hora, que se enseña en la capilla. Ahí se explican las oraciones de la mañana y de la tarde y las demás oraciones del cristiano. Este catecismo va seguido de la Misa, que también es comentada para los niños. De hecho, el P. Chevrier cree que sólo podrá hacer de ellos «verdaderos cristianos» en el mundo si logra hacer de ellos hombres de oración[20].

El segundo catecismo tiene lugar de las 9:00 a las 10:00 hrs.; ahí se explican las grandes verdades de la doctrina cristiana, siguiendo las lecciones del catecismo. Estas lecciones se organizan según un plan que «tiene el mérito de ser histórico, concreto, popular, fácil de retener para los niños y los ignorantes»[21]. En vez de regirse por las grandes divisiones tradicionales del catecismo del concilio de Trento (verdades que creer, mandamientos que practicar, medios de santificación), el P. Chevrier prefiere seguir sencillamente el desarrollo de la historia de la salvación: la existencia de Dios y la Trinidad; la creación del universo y particularmente del hombre, su finalidad y sus deberes para con Dios; el pecado y la promesa del Redentor; la Encarnación; la vida de Jesús; su enseñanza; su muerte en la cruz y el misterio de la Redención; la fundación de la Iglesia, los sacramentos; los fines últimos. El P. Chevrier imparte así, en algunas semanas, un conocimiento completo de los principales artículos de la fe.

El tercer catecismo, a las 11:15 hrs. tiene como finalidad explicar los mandamientos de Dios y de la Iglesia, así como los pecados capitales, para la preparación al sacramento de la Penitencia.

A las 13:30 hrs., los lunes, miércoles y sábados, se explica el Rosario para dar a conocer a los niños las grandes etapas de la vida de Nuestro Señor, y después se reza el rosario; los miércoles y viernes se comenta la Pasión y se reza el vía crucis.

De las 17:00 a las 18:00 hrs. un hermano para los niños y una hermana para las niñas les hacen repetir el catecismo de la mañana y preparan el del día siguiente.

A las 19:30 hrs., toda la comunidad asiste al catecismo público que un padre de la casa enseña a los adultos del barrio en la capilla del Prado. Casi siempre, el mismo P. Chevrier era quien enseñaba el catecismo de la noche.

Después de algunos años, organiza también los jueves por la noche después del trabajo, así como los domingos, un catecismo especial para los perseverantes, abierto para quienes habían hecho la primera comunión con anterioridad en el Prado. Podían pasar todo el domingo en la casa. Participaban en los ejercicios de la comunidad, tenían un catecismo especial a las 11 horas, comían con todo el mundo e iban a pasear en la tarde[22].

Tampoco se olvidaban de los niños pequeños. La Hermana Véronique cuenta cómo empezó un jueves a detener en la calle a las niñas pequeñas diciéndoles que vinieran a divertirse a la casa. Los niños se avisaban unos a otros, diciendo: «¿Vas a ir a casa de Chevrier a divertirte?» Algunas hermanas y ciertos latinistas se hacían cargo de ellos. En determinado momento, se les introducía en una sala y se les enseñaba a hacer la señal de la cruz, así como algunas oraciones. También se les daba un pedazo de pan[23]

«El catecismo, decía el P. Chevrier, es la meta principal y única de nuestra obra»[24]

 

4. ANUNCIAR EL EVANGELIO «TODOS LOS DÍAS» Y «POR TODAS PARTES»

«Nuestra obra, agregaba el P. Chevrier, es como los misioneros que parten lejos para instruir y salvar almas»[25]. Estudiando la vida de Nuestro Señor Jesucristo, comprueba que la evangelización de los pobres fue «su gran misión» y que él anunciaba el Evangelio «todos los días» y «por todas partes»[26]. La obra de la Primera Comunión es para él sólo una primera etapa que atrae muchas otras. «Cuando se nos permita, escribe, iremos a las colonias, las aldeas, los pueblos, las parroquias, reuniremos a los habitantes y daremos pequeñas conferencias al pueblo del lugar: obra de pequeñas misiones, pequeños misioneros… »[27]. «Desearíamos, añade, que se nos permitiera ir a enseñar el catecismo a los talleres, las fábricas, los pueblos, e incluso a las casas, para ir a buscar tantas almas que se alejan de Dios»[28]. En todos sus reglamentos escritos para los Sacerdotes del Prado, se menciona esta perspectiva de manera muy explícita, incluyendo el texto que presentó a aprobación del Cardenal Caverot, Arzobispo de Lyon[29] en 1878.

¡Ah! Catequizar a los hombres, decía, es la gran misión del sacerdote hoy en día… Actualmente, sería necesario que fuéramos a catequizar por todas partes, a hablar sencillamente y decir a los hombres que hay un Dios, pues hay que regresar a las primeras instrucciones, decir a los hombres que hay un Dios y enseñarles a amarlo y a servirlo»[30]. Él habría deseado «establecer catecismos en todos los lugares en que fuera posible: debido a que la gente ya no viene a la iglesia, debemos alcanzarlos por todos los medios posibles»…[31]. «¿Quién impediría dividir una parroquia en varias zonas? Ubicar en un lugar conveniente un cobertizo, una sala, una casa, e instruir al mundo cada tarde… ¡cómo cumpliríamos con nuestra tarea de predicación!»[32]. La Hermana Marie dice en el mismo sentido en lo que se refiere a las hermanas: «Con frecuencia oí expresar al P. Chevrier el deseo de fundar hermanas catequistas por toda la ciudad. Habría querido que tuviéramos en cada barrio un local para reunir a los niños y catequizarlos. «Las almas no vienen a nosotros, decía, es necesario que vayamos a buscarlas»[33]

De la misma manera, con respecto a las Hermanas, escribió un día esta reflexión vigorosa que se encontró en sus notas personales después de su muerte: «Hoy en día, no se trata solamente de acuartelarse en una casa y ocuparse en nimiedades, en «trapos»[34], en tonterías o chismes. Actualmente se necesitan hombres y cristianos de acción que instruyan al pueblo y practiquen la caridad en el mundo»[35].
 

5. UNA PEDAGOGÍA ORIGINIAL

Cuando se recorren los numerosos catecismos que nos dejara Antonio Chevrier[36] y cuando se descubre su contenido, se experimenta cierta decepción. En los temas tratados y en las explicaciones proporcionadas, estas lecciones de catecismo, a pesar de su fidelidad a la escritura y de su lenguaje sencillo, ¡son absolutamente el reflejo de la doctrina y de la teología de la época! Sin duda, esta impresión proviene también de que las notas escritas del P. Chevrier en materia catequística son, en esencia, bosquejos a partir de los que debía expresarse oralmente con facilidad y libertad. Sólo hemos conservado el esqueleto; falta la carne, la palabra viva que cautivaba a los oyentes. «No es el libro lo que instruye, decía, sino el sacerdote»[37].

Sin embargo, debemos centrar nuestra atención en un punto: nos impacta la justicia espiritual de las reflexiones que el P. Chevrier hace acerca del plan de la pedagogía para hacer cristianos y discípulos de Jesucristo en el mundo de los niños pobres de la Guillotière.

J.-F. Six dio una buena vista global de esta pedagogía en las páginas 239 a 242 de su libro. 

Para formar cristianos, dice el P. Chevrier, es necesario «aclarar la inteligencia, tocar el corazón, excitar la voluntad a la acción»[38]

En primer lugar, es necesario aclarar la inteligencia. «Querer empezar con palabras, con la memoria, es ocupar un tiempo considerable y, con frecuencia, desalentar a los niños y a los maestros. Esta repetición continua no logra nada en el alma y el corazón. Se aprende a conocer palabras pero no se está más avanzado que antes»[39]. «El corazón sólo ama cuando conoce y la voluntad sólo actúa cuando ha comprendido y amado. Entonces, es necesario, en primer lugar, hablar a la inteligencia» [40]

«En el catecismo, decía entonces, es necesario alimentar el alma y el cuerpo. Si sólo se diera pan para comer, no se satisfaría el estómago: se necesita algo más. De la misma manera, si nos conformamos con la letra, no se complace al corazón ni al espíritu. Lo cierto es que cuando comemos, ingerimos de todo al mismo tiempo y también bebemos de vez en cuando. Quienes comienzan por enseñar la letra sola, se parecen a aquéllos que comenzarían por dar pan seco solamente y que, después de haber dado todo el pan, dan enseguida carne y otras cosas y bebidas una tras otra. Esta sería una comida aburrida y deplorable. Esto es lo que hace que el catecismo sea desagradable para los niños y los adultos, pues comenzamos por darles sólo pan seco, sin condimento: entonces les provocamos indigestión y no ponen atención al catecismo, porque no hay nada que les agrade y los nutra. Hay que ofrecer una comida buena, fuerte y, al mismo tiempo agradable, que pueda pasar, digerirse y no disgustar»[41].

Debemos «comenzar por las grandes y vastas verdades y pasar después a las demás verdades, no pasar de una verdad a otra sin estar seguros de que se han comprendido. No se construye el cuarto piso sin haber construido el primero. No se da acabado a los ladrillos sin haber construido los muros. Hay que ir de lo grande a lo pequeño. Cuando se construye una casa, se comienza por los muros en bruto y después se va siempre hasta el detalle. De la misma manera ocurre con el catecismo: hay que ir de las grandes verdades fundamentales a las verdades subsecuentes»[42].

«Dios, nuestro Padre: hay que pasar mucho tiempo en esta primera lección que es muy importante, debido a que es la base de toda la religión» [43]

«Debemos comenzar por sentar les grandes bases, es decir, los cimientos, que son la creencia en Dios, creador del universo y del hombre, luego la creencia en Jesucristo, el Enviado de Dios sobre la tierra. Y después de esto, las demás verdades surgen por sí mismas, encuentran su lugar en nuestro espíritu y nuestro corazón»[44].

«En las evidencias que se da a los niños y a los pobres, debemos evitar los razonamientos escolásticos, hay que buscar las pruebas en la naturaleza. Invisibilia visibilibus conspiciuntur. Tómenlas de las cosas naturales y sensibles que encontramos en nosotros mismos. Hay una gran semejanza entre las cosas espirituales y naturales, y las cosas naturales prueban las espirituales»[45].

En este esfuerzo pedagógico no se olvida a quienes tienen discapacidades intelectuales. El P. Chevrier compone para ellos un catecismo completo en imágenes que se relacionan con la historia santa y con toda la doctrina cristiana[46].

También utilizaba con frecuencia una serie de cuadros de gran dimensión para llamar la atención de los niños[47]. «Mi obra, decía, es hacer que Dios entre en las almas de estos niños por los ojos, los oídos, por todos los poros»[48]. Esta es la razón por la que también montó en la capilla del Prado representaciones populares de los principales misterios, numerosas estatuas y cuadros: su capilla era «una capilla de enseñanza y de catecismo»[49].

También es necesario tocar el corazón. «Cuando un niño ha comprendido bien una verdad, hay que hacer que la ame, mostrarle cuán bueno es el buen Dios, cuán digno es de nuestro amor»[50]

«Llegar al corazón es difícil. Es el comienzo, es la acción de la gracia y de la oración. Sólo Dios puede lograr que el niño ame lo que se le enseña, que le tome gusto. Vemos niños inteligentes que comprenden y que no sienten, que son indiferentes, pues no experimentan ninguna atracción por las cosas de Dios. Hay que orar para que ellos oren y pedir este gusto, este sentimiento al Espíritu Santo, a la Santísima Virgen. Cuando se llega al amor, se ha dado ya un gran paso»[51].

Finalmente hay que estimular la voluntad. «Comprender, amar y practicar, ahí está todo, y ahí hay que llegar para lograr algo»[52]. «Hay que hacer que el espíritu, el corazón y la acción caminen juntos y, a medida en que se ha dado a conocer una verdad, hay que hacer que se produzcan, posteriormente, actos. De esta manera se obtienen cristianos y no se llega al final sin haber hecho nada»[53].

La perspectiva es la que se evoca en el boletín precedente, página 71, formar verdaderos cristianos en el mundo. Como prueba de esta reflexión: «Hay que formar catequistas, hermanos y hermanas catequistas, pero también niños que deben ser pequeños apóstoles en el mundo. Esto sería el complemento perfecto de nuestra obra: tener niños apóstoles, que posean una instrucción sólida y la comuniquen al mundo. Doce apóstoles, setenta y dos discípulos»[54]. «Es así, decía él, que he comprendido la instrucción que debo dar a todos y que ellos deben recibir para provecho de los demás»[55]. «Instruir» a los niños y a los adultos «y enseñarles a instruir a los demás»[56], ese era su proyecto.

 

6. UNA CANTIDAD EXTRAORDINARIA DE TRABAJO

Lo que sorprende finalmente al leer los catecismos de Antonio Chevrier ¡es ver la cantidad extraordinaria de trabajo que debieron implicar para él! Él tenía que abordar todos los temas en el transcurso de una misma serie y muchos de estos temas los retoma en numerosas ocasiones, siempre corregidos y renovados. Tenemos, así, más de 700 páginas de gran formato de catecismos escritos en diversos momentos, a lo que debemos agregar sus comentarios del Rosario (más de 850 páginas) y del Vía Crucis (400 páginas), así como sus instrucciones acerca de la Eucaristía y de la Misa (más de 100 páginas en la versión reproducida).

El P. Chevrier «decía algunas veces que un sacerdote debe tener siempre algo que decir sobre Dios, sobre Nuestro Señor, sobre los deberes del cristiano, sobre el Evangelio». Era definitivamente lo que él mismo hacía. «En la Escuela clerical, donde yo me encontraba», dice Jean-Marie Laffay, «todos nosotros ya habíamos llegado a encontrar esto muy natural. A fuerza de verlo inagotable, pensábamos que el don de la palabra era una gracia unida al sacerdocio. Después vi, por experiencia, que no era para nada así, y concluí que el P. Chevrier tenía en verdad un gran talento, que debió haber trabajado enormemente y que había sabido fecundar a través de la oración y la gracia los conocimientos adquiridos»[57].

Sí, el P. Chevrier trabajó mucho. Fue este trabajo para dar a conocer a Dios el que llenó toda su vida desde el principio hasta el fin.

Desde su paso a la Aldea del Niño Jesús, había descubierto que sólo se puede enseñar el catecismo con gusto y placer cuando se tiene tiempo para prepararlo y meditarlo[58]. «¿Cómo quieren ustedes ir a enseñar el catecismo, cuando tienen la cabeza llena de preocupaciones, de inquietudes y de problemas?»[59].

«Yo sólo le pido al buen Dios una cosa, decía, y es que me enseñe a enseñar bien mi catecismo, a instruir bien a los pobres y a los niños. ¡Cómo es hermoso saber hablar de Dios, amigos míos! »[60]. Y agregaba: «¿No estamos aquí para eso y sólo para eso: conocer a Jesucristo y a su Padre y darlos a conocer a los demás? ¡¿No es esto lo suficientemente hermoso y no tenemos con ello, acaso, con qué ocupar toda nuestra vida, sin tener que ir a buscar a otros lados con qué ocupar nuestro espíritu!… Saber hablar de Dios y darlo a conocer a los pobres y a los ignorantes… ahí está nuestra vida y nuestro amor. Trabajen, pues, para lograr esta meta, que debe ser la nuestra, lo demás no importa; y si puedo introducir en todos ustedes esta atracción, todo se habrá ganado»[61]

Él quería que sus sacerdotes, en el Prado, se consagraran principalmente a esta tarea de los catecismos, como Nuestro Señor y San Pablo que anunciaban la Buena Nueva todos los días y por todas partes. Él consideraba que éste debería ser el trabajo del sacerdote. «Hay que trabajar en predicar y en catequizar noche y día. ¡Ésta es nuestra obra!»[62]

Él deseaba esta misión también para las Hermanas y los Hermanos del Prado. «Nos decía, declara la Hermana Marie: «Me gustaría que todas supieran enseñar el catecismo. ¡Cómo es hermoso dar a conocer a Jesucristo a estos pobres niños: es la labor más santa, la más importante de la casa»[63]. «Él nos instruía para enseñar el catecismo, agrega la Hermana Marie. Él quería que oráramos antes de enseñar nuestro catecismo, que nosotras mismas escribíamos, para tener la gracia de hacerlo de una manera provechosa para los niños»[64]. La Hermana Véronique añade: «¡Oh!, decía el Padre, por un alma que enseñara bien el catecismo, que tuviera el espíritu de pobreza, de humildad y de caridad, por esta alma ¡yo daría todo el Prado! Para hacer el trabajo material, encuentro muchas personas, pero para enseñar bien el catecismo, poner la fe y el amor de Nuestro Señor en las almas, hay muy pocas, casi ninguna… »[65]

Él deseaba que cada uno hiciéramos, escribiéramos nuestro propio catecismo, que comenzáramos este trabajo a buena hora, anotando cada día lo que aprendíamos en las lecturas, oraciones, estudios o conversaciones. «De este modo, decía, se enriquecerán día a día sin esfuerzo»[66].

Una última cita: «Sólo estaré contento cuando vea a todos mis Hermanos y Hermanas enseñar bien el catecismo a todos los niños y a todos los pobres. Esa es nuestra misión. Cuando hayamos enseñado a los demás a conocer a Dios y a amarlo, habremos cumplido con nuestro deber. ¡Oh! ¡qué lejos estamos todavía de esta misión que el Señor nos confió y que desempeñamos tan mal! Trabajemos, pues, en perfeccionarnos en el arte de enseñar a los demás a conocer a Dios y amarlo y, para ello, trabajemos mediante la oración y el estudio para conocerlo y amarlo nosotros mismos»[67].

 

II
¿De dónde obtuvo el Padre Chevrier semejante pasión
de dar a conocer a Jesucristo?

 

Esta es la pregunta que no podemos dejar de plantearnos después del vistazo que hemos dado a las prácticas pastorales de Antonio Chevrier. La respuesta se nos presentará con fuerza y por ello vamos a detenernos ahora en ella: el P. Chevrier robustecía sin cesar su pasión de anunciar el Evangelio en la oración y el estudio de Nuestro Señor. 

Ahí tomó forma el contenido de su predicación. Ahí asimiló en su sustancia simple los misterios dela fe. Ahí se dejó instruir como verdadero discípulo por Aquél que es «nuestro mismo y único Maestro»[68].

 

1. LA CONTEMPLACIÓN TIENE SU ORIGEN EN LA MISIÓN DEL VERBO HECHO CARNE

La meditación del «hermoso misterio de la Encarnación», que había tocado su corazón en Navidad de 1856 y el cual había convertido en fundamento de su celo y de sus acciones[69], no fue un acto aislado en su vida.

Le gustaba contemplar y hacer contemplar, en su origen, la misión del Verbo Encarnado. 

Al estudiar el prólogo de san Juan en el que está escrito que «el Verbo se hizo carne» y que «habitó entre nosotros», él comprende que Dios no puede existir sin experimentar la necesidad de entrar en comunicación con sus creaturas.

Él lo explicaba ya en un hermoso texto que data de la época en que era capellán en la Aldea del Niño Jesús: 

«¡Qué no hizo Dios, hermanos míos, para darse a conocer a nosotros, para mostrarnos que él era Nuestro Creador y Nuestro Padre! Hizo lo que las madres hacen todos los días con sus hijos. Imaginen a una madre que ha entregado a su hijo a una mujer extraña para que lo amamante: ella va a verlo de vez en cuando, le habla, no deja de decirle: yo soy tu madre; fui yo quien te dio la vida, y lo toma en sus brazos, lo acaricia, ¡le enseña a decir “mamá”! Y yo les pregunto: ¡cuál no es su dolor si se da cuenta de que su hijo prefiere a su nodriza sobre su verdadera madre! Entonces ella lo colma de caricias, de regalos, reanuda sus visitas y busca darse a conocer por la persona que es.

¡Y bien! Hermanos míos, Dios hace lo mismo, nos colma de dones, estos beneficios de los que gozamos y que nos gritan todo el tiempo que los tenemos gracias a Dios, que sólo él ha podido dárnoslos y que fueron creados para nosotros. Ha hecho más: no ha dejado de repetirlo a través de los siglos: Yo soy vuestro Dios. Lo dijo a Adán al crearlo. Lo dijo a Abraham cuando quiso elegir un pueblo que le sirviera. Hizo que lo dijeran todos los profetas, que no dejaban de recordar a los israelitas que él era su Dios y todo lo que él había hecho por ellos. No dejaba de repetir: Soy yo quien os ha creado, soy yo quien os ha salvado de vuestros enemigos, soy yo quien os sacó de la tierra de Egipto. Y se les apareció visiblemente bajo la forma de una nube, en la figura de los ángeles, en la figura del fuego. Hizo resonar su voz en el Arca de la Alianza. Pero todo esto no fue suficiente entonces para la ignorancia de los hombres, para su tosquedad… No podían elevarse al conocimiento de un Dios espiritual. 

Entonces, ¿qué hizo Dios en su deseo de darse a conocer a sus hijos? Como una buena madre, se acercó a sus hijos. Descendió, se hizo como nosotros, vino entre nosotros para dársenos a conocer. ¡Vosotros no queréis reconocerme, rechazáis a mis profetas, rechazáis a quienes envío, no reconocéis los signos que os doy! ¡Y bien ! Iré yo mismo, descenderé con vosotros, os hablaré, habitaré con vosotros, me daré a conocer a vosotros. Me manifestaré ante vosotros. Vosotros amáis a los Dioses materiales: por vosotros, dejaré de ser un espíritu, me haré cuerpo, me asemejaré a vuestros ídolos para que ya no tengáis reproches que hacerme y para que podáis finalmente reconocerme como vuestro Dios.

“¡Oh Dios! admiro tu deseo de darte a conocer…”[70].

Este texto es, en verdad, muy fuerte. Para nosotros, que vivimos en un universo marcado por los diversos materialismos teóricos y prácticos, así como por el ateismo, también es muy actual. «No podían elevarse al conocimiento de un Dios espiritual…». Entonces, para darse a conocer a los hombres, Dios decide venir él mismo: «¡Iré yo mismo, habitaré con vosotros, me haré cuerpo, para que podáis reconocerme finalmente como vuestro Dios!» ¡Y fue necesaria toda la vida de Jesús de Nazaret desde el Pesebre hasta la Cruz! 

Este mismo tema se desarrolla de nuevo con sobriedad en el «Verdadero Discípulo», págs. 61 a 63. Si Dios existe, no puede haberse encerrado en su silencio. Se hizo Palabra para el hombre. Y cuando Dios pronuncia su última palabra, su Palabra suprema y definitiva en la que expresa todo lo que tiene que comunicarnos, viene entonces «él mismo, en persona, revistiéndose de una forma humana»[71].

«Y el verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. ¡Oh, inefable misterio! Dios está con nosotros, Dios ha venido a hablarnos, ha venido a habitar con nosotros para hablarnos e instruirnos. Lo que nunca antes había hecho sino de pasada, por así decirlo, y apresuradamente, lo hizo en estos últimos tiempos de manera muy sensible, durable. Él mismo tomó la forma del hombre para habitar con nosotros y tener tiempo de hablarnos y decirnos todo lo que el Padre quería enseñarnos a través de él. No somos seres abandonados por Dios. Tenemos un Dios que es en verdad un Padre, que ama a sus hijos y quiere instruirlos y salvarlos»[72]

Ante esta «bondad infinita» del Hijo de Dios «que lo lleva a venir a nosotros[73], el P. Chevrier quiere que comencemos por detenernos largo tiempo, como él mismo lo hizo. ¡Aquí hay tanto que aprender y que admirar para todos los hombres, para los mismos pobres! 

El P. Chevrier pone entonces esta meditación fundamental, que lo convirtió, al alcance de los niños y de los sencillos de diversas maneras. Quiere que ellos, a su vez, puedan encontrar al Verbo encarnado y busca los medios adecuados que hagan este encuentro posible para ellos.

Una meditación sobre el rosario, muy antigua, puesto que data de 1860, titulada: «Estudio de Jesucristo. Pequeño rosario del cristiano», ilustra bien el propósito del P. Chevrier.

Comienza con las siguientes palabras: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. He aquí el mayor, el más hermoso, el más sorprendente y el más misterioso mensaje del Evangelio, digno de que TODOS LOS HOMBRES lo mediten para siempre[74], mensaje que encierra, en resumen, todo el Evangelio y toda nuestra creencia»[75].

La meditación se efectúa, entonces, como frecuentemente sucede en el P. Chevrier, mediante una breve reflexión sobre la participación de las tres Personas divinas en la Encarnación : «Dios Padre, que creó al mundo, envía a su Hijo para salvar a los hombres. Dios Hijo acepta venir a la tierra por amor a su Padre y por amor a nosotros. El Espíritu Santo prepara, desde el principio, la venida de Jesucristo a la tierra»[76].

Cada punto evocado aquí requiere un desarrollo. El P. Chevrier bosquejó estos desarrollos en sus notas de catecismo sobre la Encarnación y también en sus comentarios del misterio de la Anunciación.

El más original e interesante de ellos es el que consagra a la «preparación de la Encarnación» por el Espíritu Santo en la historia de la humanidad. Este texto ya fue publicado en alguna ocasión en «Sacerdotes del Prado», pero es interesante reproducirlo aquí nuevamente[77]:

«Debido a que la Encarnación del Verbo es el gran acto de Dios, su acto por excelencia, este acto se convierte en el centro de todas las ideas y de todas las operaciones de Dios. Todo converge hacia este centro único que es el Verbo Encarnado: todo lo que sucede antes de la Encarnación en relación con este momento sublime; todo lo que sucede antes no es sino una preparación para su realización: los reinos, los imperios, las naciones no se sucederán en la tierra sino para preparar su venida y los pueblos no serán sino los instrumentos de Dios para llamar a su imperio y preparar su reino. Todo esto se encuentra en el pensamiento de Dios, lo demás no es nada, el Verbo lo es todo. Todo fue hecho por él, para él.

El Padre ordenó la Encarnación por compasión hacia los hombres, sus creaturas. El Hijo se ofreció para cumplir la voluntad del Padre que también es la suya. El Espíritu Santo será quien preparará su venida: preparación que será exterior en los imperios, las naciones y los pueblos, e interior en las almas, volviendo más digna su venida.

Como el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo y es el amor de uno y otro, su labor es unir a las dos personas divinas, pues él es el amor infinito de las personas que forma una tercera persona que procede de este amor. Debido a que el Espíritu Santo es la unión de las personas divinas, tiene como labor unir a las tres personas juntas y, con ello, unir a las personas exteriores, que son las creaturas de Dios, a Dios mismo. 

Él preparará y formará a Jesucristo sobre la tierra, que es el Verbo divino y la imagen del Padre, este Verbo que hace uno con el Padre. Después trabajará para formar a Jesucristo en todas las creaturas, para unirlas al Padre por el Hijo, que hace uno con el Padre. Así, nos hace entrar en la Santísima Trinidad por el Hijo, con quien somos uno por su formación en nosotros por el Espíritu Santo. 

El trabajo del Espíritu Santo es, pues, en primer lugar, formar a Jesucristo en la tierra, formar su cuerpo, preparar su venida, preparar a la tierra, a los pueblos, los eventos y a las creaturas para recibir a este Verbo divino. 

Vean aquí el trabajo del Espíritu Santo: ¡cuánto trabajo, cuántos obstáculos, qué lucha, qué combate, desde el principio del mundo hasta el momento en que vino!

El Verbo no podía venir al principio del mundo, era necesario que el mundo se poblara, que el mundo fuera capaz de recibirlo, que alcanzara la necesidad de su venida y que fuera lo suficientemente inteligente para recibirlo.

El mundo, para Dios, es bastante parecido a un niño: es pequeño, en la infancia; tiene su adolescencia, su infancia; su edad madura, su fuerza; su decrepitud y su vejez.

Un niño no puede comprender preceptos demasiado elevados ni una moral demasiado alta: tiene que alcanzar la edad de la razón para que se le den lecciones acordes a su edad.

Así, el Espíritu Santo actuó acorde al mundo para instruirlo y prepararlo a la venida del Verbo.

En su infancia, tuvo la ley natural; en su edad de razón, tuvo la ley escrita: ley de fuerza y de vigor, al igual que un joven necesita fuerza y vigor, firmeza para llevarla; después, la ley de gracia y de amor que vino en su edad más avanzada.

El Espíritu Santo, como una madre, es quien vela por la educación del mundo y lo prepara, lo cuida, le da lo necesario para alimentarlo, instruirlo y custodiarlo, y le da en cierto momento lo que requiere para su salvación y su perfección y para que se cumpla la meta del Creador.

El Espíritu Santo, entonces, ha tomado a su cargo el cuidado de la infancia del mundo y lo ha guiado en su impetuosa juventud, y lo ha preparado para recibir al Mesías, al Salvador, la Luz verdadera y la Salvación. Y a pesar de los diferentes obstáculos, el Espíritu Santo guía al mundo hacia su finalidad única, hacia el gran punto, centro de todos los eventos y de todas las cosas terrestres: Jesucristo.

Veamos cómo el Espíritu Santo trabaja en este gran evento y cómo trabaja para hacer que nazca Jesucristo, para darlo a conocer y hacer que lo amen, que lo deseen.

El Espíritu de Dios es único: es el mismo por todas partes, lo que es en la Santísima Trinidad lo es en la tierra, trabaja de la misma manera y su acción es siempre la de unir a las almas a Dios como en la Trinidad, unir a las tres personas divinas para hacer un solo Dios.

El Espíritu Santo está sobre la tierra; actúa en las almas y las lleva a Dios: les da vida, las santifica, las eleva y les da a todas las mismas aspiraciones de amor, de fe, de caridad, pues ellas no son capaces de hacerlo, para unirlas más íntimamente a Dios a través de él y del divino Hijo.

De esta manera, cuando encuentra sobre la tierra almas que son capaces de entrar en esta unión con Dios, las toma para elevarlas él mismo hasta Dios.

Cuando encuentra almas en las que puede hacer que nazca el Verbo, que se reproduzca de alguna manera, ya sea a través de los pensamientos o de las acciones, está satisfecho.

Entonces actuará, cumplirá con este deber con alegría y satisfacción, glorificando así al Padre y al Hijo. 

De ahí proviene el hecho de que se le reproduzca en los patriarcas, de que se le represente en las ceremonias santas: fue él quien inspiró a Moisés cuando éste ordenó la inmolación del cordero, los diferentes sacrificios de la ley; es él quien habla a los profetas y les anuncia lo que sucederá y hace que el pueblo tenga paciencia para esperar a que todo esté listo en la tierra para recibirlo. Ésta es la labor del Espíritu Santo en la tierra: reproducir a Jesucristo en todas partes, darlo a conocer, mostrarlo, hablar de él a los hombres, hacer que se le ame y hacerlo nacer en las almas. Cada vez que encuentre la oportunidad, hablará de Jesucristo: en los profetas, los hombres santos como David, Jeremías, Isaías; lo hará, se sentirá complacido al encontrar hombres capaces, lo suficientemente elevados para escucharlo y oír su voz.

Fue el Espíritu Santo quien condujo a Abraham al monte Sión para inmolar a su Hijo y representar una circunstancia de la muerte del Salvador. Es este Espíritu el que inspira a los hombres santos y los hace orar, decir cosas que se relacionan con el Cristo que debe venir. Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo busca almas en las que pueda reproducir a Jesucristo, hacer que nazca Jesucristo, en las que pueda entrar para reproducir a Jesucristo en el mundo y hacer que se le ame». 

Estos textos son ricos en sentido e iluminan maravillosamente el inicio misionero del P. Chevrier.

Debido a que lo experimentó en su propia existencia, el P. Chevrier sabe que sólo el Espíritu Santo puede dar forma a Jesucristo en los espíritus y en la vida de los hombres. Es necesario que Jesucristo, que es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres en este mundo[78], venga «él mismo» a los corazones, pues él es el Único Pastor al que pertenecen las ovejas[79] y la Nueva Alianza no tiene otro fundamento ni acepta a otro mediador que no sea Jesucristo[80]. Todo nuestro trabajo consiste, pues, como lo hizo el P. Chevrier, aunque nuestras prácticas son diferentes en lo concreto, en mostrar a Jesucristo a través de nuestra propia fe, nuestra presencia, nuestras palabras, nuestras enseñanzas, y en disponernos así a «este gran acto de fe en Jesucristo, Verbo e Hijo de Dios»[81], de tal suerte que venga ÉL MISMO y que establezca su permanencia entre los hombres.

Incluso hoy, para nosotros, se trata de favorecer el encuentro de Jesucristo en persona con grupos humanos en los que el Espíritu nos precede y en los que él está trabajando para producir y formar en ellos nuevamente a Jesucristo. 

«Veamos, dice el P. Chevrier, cómo el Espíritu Santo trabaja en este gran evento, cómo trabaja para hacer que nazca Jesucristo, para darlo a conocer y hacer que se le ame, que se le desee…».

¡Cómo siguen siendo actuales también estas palabras!

 

2. LA CONTEMPLACIÓN DEL VERBO HECHO CARNE EN LAS ETAPAS SUCESIVAS DE SU REALIZACIÓN HISTÓRICA 

Debido a que el P. Chevrier considera la misión del Verbo Encarnado en su origen trinitario, la estudia más ampliamente aún en las etapas sucesivas de su realización histórica desde la concepción de Jesús en el seno de la Virgen María hasta la muerte de Jesús en la Cruz. 

Lleva a cabo este estudio de la vida de Nuestro Señor con ayuda de los textos de los Evangelios que medita y hace meditar a los niños del Prado y a la gente sencilla de la Guillotière dentro del entonces tradicional marco de los misterios del Rosario y de las estaciones del Vía Crucis y, para quienes son llamados por Jesús a seguirlo más de cerca (sacerdotes, seminaristas, hermanos y hermanas), dentro del marco que les es propio del Mural de Saint-Fons. 

¿Por qué está unión tan particular del P. Chevrier al Rosario que, al mirar hacia atrás en el tiempo, sorprende actualmente a más de uno entre nosotros? Vale la pena detenernos un poco en este punto. 

El Rosario es para el P. Chevrier como un medio simple y popular que permite a los niños y a la gente del pueblo unirse a Nuestro Señor tal y como él se nos revela y nos llama en las principales etapas de su existencia humana. Al hacer que se rezaran los misterios del Rosario, el P. Chevrier trataba de poner a su auditorio en contacto vivo con Nuestro Señor. Él hacía del Rosario un camino de instrucción y de oración para el pueblo. Uno de los numerosos estudios que el P. Chevrier escribió acerca del Rosario se titula de manera sugestiva: «El Rosario puesto en práctica o el verdadero cristiano sobre la tierra»[82].

En las notas que dejó el P. Chevrier, los comentarios sobre los misterios de la infancia de Nuestro Señor están particularmente desarrollados. Él veía en ellos un ejemplo y un modelo para la vida cristiana en sus inicios[83].

Con la escena de la Anunciación, medita y hace meditar casi siempre sobre el llamado de Dios. «Lo particular en este misterio es la elección que hizo Dios de María para hacer de ella la Madre de Dios. Dios eligió a María debido a su humildad y su pobreza. Y María respondió a esta elección diciendo: «He aquí la esclava del Señor…» Como a María, Dios nos llama a la santidad, a la primera comunión, quizá a una vocación particular… Éste es el primer acto de Dios respecto a nosotros. Está en nosotros responderle según nuestra buena voluntad y nuestra obediencia a su voz. ¡Qué desgracia no responder al llamado de Dios!» Y el P. Chevrier hace pedir aquí en la oración «responder a la voz de Dios que nos llama y decir con María: «¡Heme aquí, Señor!»[84]

En la escena de la Visitación, en donde vemos que «la Santísima Virgen» va a «visitar a Santa Isabel para santificar a san Juan Bautista», él medita y hace meditar sobre la necesidad de «la purificación del alma» como «acto preparatorio para la vida cristiana». «Dios no puede cohabitar con el pecado, la gracia no puede estar con el pecado. Cuando el buen Dios llama un alma a él, lo primero que pide de ella y que quiere obrar en ella es librarla de sus pecados… De esta manera, el primer acto que hay que hacer cuando el buen Dios nos ha llamado y cuando hemos respondido a su llamado es el de purificarnos de nuestros pecados para volvernos dignos de recibir sus gracias y comenzar verdaderamente la vida cristiana. Mientras el pecado esté en nosotros, no podemos ser verdaderos cristianos». Y el P. Chevrier hace aquí una invitación a pedir la gracia de la pureza de corazón mediante la intercesión de María[85].

«El nacimiento del Niño Jesús que vino al mundo en un establo, acostado sobre un poco de paja en medio de la mayor pobreza… nos muestra cómo debemos comenzar la vida cristiana en la tierra». El P. Chevrier medita y hace meditar esta vez sobre la necesidad de separarse del mundo y de aceptar la pobreza para responder al llamado de Dios. Hay que «abandonar la casa, la familia, los bienes» para ponerse en camino hacia Belén siguiendo a los pastores y a los magos. «Pobreza… Vida del mundo y de Jesucristo… Es nuestro Rey, hay que elegirlo. Dios nos ha elegido, está en nosotros elegirlo a él… Éstas son las dos condiciones para comenzar la vida verdaderamente cristiana: separarse del mundo al menos en espíritu y corazón y deshacerse de todo lo que implica lujo, la vanidad, el apego a las cosas terrestres. Éste es el primer paso de la vida cristiana…»[86]

En la escena de la Presentación de Jesús en el Templo, «vemos al Niño Jesús que quiere presentarse a Dios su Padre por la mediación de la Santa Virgen, para consagrarle su espíritu, su corazón, su cuerpo y su voluntad…». El P. Chevrier comenta: «Éste es el primer acto que debemos hacer al comenzar la vida cristiana, darnos a Dios, ofrecernos a Dios, consagrarnos a Dios… Debemos pedir a la Santa Virgen que nos obtenga la gracia de hacer esta entrega por completo…»[87].

A partir del hallazgo de Jesús en el Templo, el P. Chevrier comprende y hace comprender que «cuando el buen Dios nos llama por una vocación particular a trabajar por su gloria y por la salvación del prójimo, hay que saber abandonar padre y madre para consagrarse a las obras de Dios»[88]. Influenciado por las ideas religiosas de su época y sin duda marcado más de lo que él cree por la ideología entonces dominante, ve también en la vida del Niño Jesús en Nazaret un «ejemplo de todas las virtudes cristianas que deben practicarse en las familias, en los talleres, en las comunidades. Estas virtudes, dice, son el silencio, la oración, el trabajo y la obediencia»[89].

«Éstos son los cinco grados de la vida cristiana »[90] tal y como el P. Chevrier los hacía meditar habitualmente, pues retoma y desarrolla este bosquejo muchas veces en sus notas sobre el Rosario[91].

El Rosario, decía, «es el libro de todo el mundo, tanto de pobres como de ricos, de ignorantes y sabios, de sacerdotes y fieles, porque todo el mundo encuentra en él un alimento para su piedad y para su corazón»[92]. El método ya no es el que actualmente convendría por lo general para la evangelización del pueblo, por lo menos en nuestro país, pero la convicción de fe del P. Chevrier es lo que nos llama la atención: «El Evangelio contiene las palabras y las acciones de Jesucristo. El Espíritu de Dios está extendido por toda su vida, en todas sus acciones. Sus palabras, sus acciones son tanta luz como la que nos diera el Espíritu Santo desde el pesebre hasta el calvario… Ésta es la fuente en la que encontramos la vida, el espíritu de Dios»[93]

El P. Chevrier pensaba que esta fuente no debía pertenecer a unos cuántos. Pues Jesús viene él mismo y viene hacia todos y para todos, él buscaba con todas sus fuerzas los medios que le parecían más adecuados para la gente del pueblo, para los iletrados, para los niños menos cultivados o discapacitados intelectualmente, para que ELLOS MISMOS pudieran venir a sacar de esta fuente.

Pensaba que lo esencial era hacer contemplar los misterios de Cristo en su esencia[94], pues es siempre más fácil quedarse en la corteza. «Muchos, decía, sólo piensan en la corteza, sólo ven la corteza, sólo consideran la corteza; se necesita la corteza para transportar la savia, llevarla, pero ¿qué es la corteza sin savia? un árbol muerto»[95]. Intuía que el acto de fe sólo puede ser sencillo y que sólo es posible para los sencillos y para aquéllos que se dejan simplificar por el Espíritu de Dios[96]. Esto lo había aprendido en la oración.

 

CONCLUSIÓN 

El P. Chevrier escribió un día en una carta al P. Jaricot, aún seminarista: «Aprende, sobre todo, a hacer bien tu oración; en ello se aprende más que en los libros; si lo sabes hacer, el Espíritu Santo te enseñará mucho… El Pesebre, el Calvario, el Tabernáculo, es ahí donde debes ir todos los días a instruirte para convertirte en un buen sacerdote, un buen catequista»[97].

Y de nuevo: «Que los misterios de Nuestro Señor te sean tan familiares que puedas hablar de ellos como de algo que te es propio, familiar, así como la gente habla de su estado, de su vestimenta, de sus asuntos»[98].

En sus reglamentos personales, el P. Chevrier anota también: «No hay buenos catequistas sin oración». Y agrega: «Sería muy útil e incluso necesario que cada catequista tuviera un cuaderno de oración sobre el cual escribir la vida de Nuestro Señor, su enseñanza, sus virtudes, con el fin de tener un fundamento sólido sobre el cual meditar cada día»[99]

«La oración, decía entonces, es el punto importante de la vida sacerdotal. Sin oración no hay luz, no hay vida, no hay fuerza, no hay virtudes. Un hombre de oración se convierte en un hombre de Dios. La unión con Dios se lleva a cabo en la oración. Estudiar a Jesucristo en la oración… »[100]

Al final de este artículo sobre Antonio Chevrier, catequista de los pobres, somos llevados a examinar un último aspecto de la gracia que fue suya y que de ninguna manera puede despreciarse. Es el aspecto por el cual, trascendiendo las relaciones pastorales de su época, hoy en día se impone a nosotros de manera durable y permanente. Nos falta ver precisamente en qué es él para nosotros un maestro espiritual, un auténtico maestro espiritual, hasta el punto en que, en la familia del Prado – su familia –, lo llamamos con toda justicia Padre Chevrier.

Este será el tema de otro estudio, que aparecerá en un próximo boletín de la revista.

Y. MUSSET.


[1] J.-F. Six, p. 238.

[2] Reglamentos, p., 256.

[3] Proceso de Beatificación, 1. P. 172.

[4] P. Chambost, p. 216.

[5] Proceso, 2, p. 129; cf. Six, p. 127.

[6] Cartas, p. 64.

[7] Cartas, p. 101

[8] François Delry, Proceso, 4, p. 161.

[9] François Delry, id., p. 173

[10] Reglamentos. p. 256.

[11] Id.

[12] J.-F. Six, p. 230.

[13] Cf. J.-F. Six, p. 223

[14] Reglamentos, p. 256.

[15] P. Chambost, p. 281

[16] Françoise Chapuis, Proceso de Beatificación, 1, p. 61.

[17] Reglamentos, p. 176

[18] Id.

[19] La primera hora de clase tenía lugar de 10:15 a 11:15 hrs.: ahí se enseñaba a los niños a leer y escribir. De 14:00 a 16:30 aproximadamente se ocupaba de nuevo a los niños en el estudio de la lectura y la escritura, pero también en un trabajo útil en la casa, o en reparaciones. De 18:00 a 18:30 hrs. se enseñaba, según el día, historia santa, aritmética, canto de salmos (cf. Reglamentos, p. 167-168).

[20] “Para llegar a la conversión y a la santificación de las almas, decía el P. Jaricot,

el P. Chevrier hizo del Prado una casa de oración… Ahí se reza mucho y se reza bien” (Proceso de Beatificación, t. 2, p. 241).

[21] P. Chambost p. 224.

[22] Cf. Reglamentos, p. 159; Proceso de Beatificación, 2, p. 138.

[23] Cf. Reglamentos, p. 159; Proceso de Beatificación, 2, p. 14 y 138-139.

[24] Reglamentos, p. 45.

[25] Según la Hermana Josefina, Proceso de Beatificación, 1, p. 107.

[26] V.D., P. 441-447.

[27] Reglamentos, p. 125

[28] Id. p. 159

[29] Cf. Reglamentos, P. 107, 125, 159, 166 y 191. En el reglamento aprobado por el Cardenal Caverot, está escrito. “Nosotros desearíamos que se nos permitiera ir a enseñar el catecismo a los talleres, a los pueblos, a las casas, para ir a buscar a tantas almas que se alejan hoy de Dios y de la Iglesia. Sometemos este deseo a Su Eminencia” (Reglamentos, p. 185). Este mismo deseo se expresa de nuevo en la Súplica que el P. Chevrier hace llegar al Papa Pío IX por medio del Arzobispo de Lyon en 1877, pero en la versión final del texto eliminó las palabras “fábricas” y “talleres” que, sin duda, no habrían sido aprobadas. (Cf. J.-F. Six, p. 344; Reglamentos, p. 129 sv.).

[30] Cartas, p. 72-73.

[31] Reglamentos, p. 107.

[32] V.D. p. 450 (cf. en el mismo sentido el Reglamento de Parroquias, Reglamentos, p.105).

[33] Proceso de Beatificación, 1, p. 157. – “Las personas no vienen, hay que salir a buscarlas” (V.D. p. 450).

[34] “Trapos” es un termino popular lionés que significa paños o pequeños trozos de tela que las mujeres guardan u usan para trabajos de costura.

[35] Nota sobre el proyecto de creación de una orden de Hermanas llamadas- Siervas de los Pobres -, Reglamento, p. 203.

[36] Los catecismos se encuentran, en su mayoría, en el volumen VII de los Manuscritos.

[37] V.D. p. 450

[38] Catecismo, p. 260.

[39] Id., p. 262

[40] Id.

[41] Id., p. 554

[42] Id., p. 563

[43] Id., p. 108

[44] Id., p. 461

[45] Id., p. 265

[46] Cf. Chambost, p. 216 y 221. – En este catecismo en imágenes que ha sido conservado (son imágenes de mal gusto), hay al principio un comentario escrito a mano por el P. Chevrier; el resto del texto nunca fue redactado.

[47] Id., p. 221-222. “Cuando se explica el Rosario sería bueno tener un gran cuadro que represente el misterio que se va a explicar. Entonces se puede mostrar al personaje con el dedo y contar la historia de este personaje diciendo quién es, lo que dijo, lo que hizo. Esto es muy bueno para los niños y para las personas que no saben leer ni meditar” (Ms V, p. 9-10).

[48] Proceso de Beatificación, 2, p. 117.

[49] P. Chambost, p. 230.

[50] Catecismo, p. 266.

[51] Id., p. 157

[52] Id., p. 266

[53] Id.

[54] Id., p. 260-261

[55] Cartas n° 292, p. 173

[56] Id.

[57] Proceso de Beatificación, 2, p. 117.

[58] Cf. Cartas, p. 12

[59] Cartas, p. 21.

[60] Cartas, p. 66.

[61] Cartas, p. 138.

[62] V.D., p. 192

[63] Proceso de Beatificación, 1 p. 172

[64] Id., p. 173.

[65] Id., 2, p. 12

[66] Cf. V.D., p. 452

[67] Cartas, p. 135.

[68] V.D., p. 95

[69] Cartas n° 49, p. 39

[70]  Ms VII, p. 19-21

[71] V.D., p. 62.

[72] V.D., p. 62-63.

[73] V.D., p. 119.

[74] Es el autor del artículo quien enfatiza estas palabras.

[75] Ms V, p. 773.

[76] Ms V, p. 774.

[77] Escrito a mano por el mismo P. Chevrier sobre una hoja doblada, este texto se insertó después en el volumen de los comentarios de los Misterios del Rosario (Ms V, p. 401-405). F. Laborde, que era entonces profesor en Limonest, lo presentó y comentó en el número de junio de 1961 de Sacerdotes del Prado.

[78] Jn 1, 9; cf. V.D., p. 89

[79] “Él viene él mismo” Esta expresión que literalmente fascinó al P. Chevrier y que retoma sin cesar cuando habla de la Encarnación (cf. J.-F. Six, p. 143; Ms VII, p. 289, 309, 335, 516) tiene como fundamento bíblico el capítulo 34 de Ezequiel en el que Yahvé declara que pondrá fin al ministerio de los pastores humanos de su pueblo para venir él mismo. – Iré yo mismo, dice Yahvé, a buscar mis ovejas y velaré por ellas -. Isaías dice también en 35, 4: “Mirad que vuestro Dios… Vendrá y os salvará”.

[80] “Entonces, es a Jesucristo a quien hay que buscar, es con él que hay que construir, es para él que debemos edificar, es su espíritu el que hay que buscar, es a él a quien debemos buscar y poner como fundamento de todo… Lo que está fundado en Jesucristo sólo puede permanecer, lo que se fundamenta sobre otra base no puede durar ni ser sólido” (V.D., p. 103).

[81] V.D., p. 82.

[82] Ms. V, p. 45

[83] Ms V, p. 10, 17, 21, 41, 45, etc.

[84] Ms V, p. 45-46. El texto aquí citado, así como los siguientes, forman parte del estudio mencionado anteriormente y titulado: “El Rosario puesto en práctica o el verdadero cristiano sobre la tierra”.

[85] Id., P. 47.

[86] Ms V, p. 48

[87] Ms V, p. 49-50.

[88] Ms V, p. 77

[89] Ms V, p. 92.

[90] Ms V, p. 79.

[91] El lenguaje del P. Chevrier ha pasado de moda, pero las intuiciones fundamentales que desarrolla aquí son profundamente justas. Podemos comprobarlo al comparar el texto citado con las reflexiones, mucho más modernas, de Hans Urs Von Balthasar. En su síntesis teológica titulada “La Gloria y la Cruz”, él enfatiza que los Evangelios de la Infancia en Lucas expresan en un lenguaje lleno de imágenes lo que la Iglesia resumirá en los “consejos evangélicos”. La perícopa de la Anunciación porta el signo de la virginidad; la del Nacimiento, el de la pobreza; la de la Circuncisión y de la Presentación en el Templo, el signo de la obediencia. A decir verdad, los tres aspectos están presentes en todas partes: la obediencia de María (que domina por mucho la desobediencia de Zacarías) comienza con su “fiat”, impregna el “Magnificat”, caracteriza el viaje de la pareja a Belén; su pobreza se manifiesta en la ofrenda de los pobres, las “dos palomas”, pero se encuentra ya presente en la humildad de la sierva y en la oscuridad de Nazaret… En el apéndice a la historia de la Infancia, que acaba con su simetría y conduce a la edad adulta, en el episodio del joven de doce años, ya se expresa la obediencia Cristológicamente: “Mi Padre” (Dios) se opone terminantemente a “tu padre y yo” (2, 48), tan terminantemente que los padres terrestres “no comprenden”. La luz de gloria, esparcida por algún tiempo como en sueños sobre la historia de la Infancia, se apaga de repente… La espada del Verbo ya atraviesa el alma de María; ya con su propia obediencia, como más tarde con sus llamados a seguirlo, divide a la Iglesia en dos estados de vida incomprensibles para ella (estado secular en la familia: 2, 39-40 y 51-52: y estado consagrado a Dios en el Templo: 2, 45-59), sin explicación previa, como hecho culminado y estructura cruciforme visible de su Iglesia” (Hans Urs Von Balthasar, “La Gloria y la Cruz”, 3, Teología, Nueva Alianza, p. 58-59).

[92] Ms V, p. 38

[93] V.D., p. 225-226.

[94] El P. Jaricot decía que en el Prado, “todo es sustancial: Jesucristo es la idea dominante, es Jesucristo y sólo Jesucristo, Jesucristo despojado, Jesucristo crucificado, Jesucristo amor. El P. Chevrier condenaba las devociones que no llegan hasta la sustancia misma, que se quedan en la corteza” (Proceso de Beatificación, T. 2, p. 242).

[95] V.D., p. 224

[96] El capítulo fundamental del “Verdadero Discípulo” sobre la “unión a Jesucristo” termina con una exhortación a la sencillez (V.D., p. 122). Esta cualidad del alma parece esencial al P. Chevrier para que el discípulo se una a Jesucristo con todo su ser. El estudio del Evangelio, como lo comprende el P. Chevrier, debe conducir a esta sencillez de la fe en el amor. Él veía con gusto en María y José, en los pastores y en los magos, modelos de esta sencillez en el recibimiento del Verbo Encarnado.

[97] Cartas n° 64, p. 47.

[98] Id., n° 67, p. 49.

[99] Reglamentos, p. 46.

[100] Reglamentos, p. 39.