APORTE PARA LA HOMILÍA – MAESTRO, QUE YO RECOBRÉ LA VISTA…

HACIA EL PRÓXIMO DOMINGO

Aporte para la Homilía 

Circle-HOMILIA-OCT-20-2015

MAESTRO, QUE YO RECOBRÉ LA VISTA…
Domingo XXX del Tiempo Ordinario
Domingo 25 de octubre de 2015

 

Evangelio de Jesucristo según san Marcos
Capítulo 10, versículos 46 al 52

“Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo –Bartimeo, un mendigo ciego– estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!». Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino”.

 

Lun 19 Historias cruzadas
Miro a la multitud, numerosa, en marcha. Hierve con conversaciones graves pues Jesús acaba de anunciar su Pasión por tercera ocasión. Miro ahora a Bartimeo, sentado al borde del camino, solo, silencioso. Sin duda no espera nada de este día. Se deja atrapar por el contraste que surge. Todo separa a esta multitud de Bartimeo y, sin embargo, los vemos reunidos en una misma escena evangélica. La multitud entra en la historia de Bartimeo; Bartimeo entra en la historia de esta multitud. Contemplo esta unión de itinerarios.

Mar 20 Un hombre al centro
Miro a Jesús. Como siempre, está en movimiento, acompañado de sus discípulos. Al igual que sucede con frecuencia, está rodeado de una multitud que lo escucha. Camina hacia Jerusalén, donde sabe que será crucificado, y enseña largamente. Su ojo agudo sin duda ha detectado a Bartimeo, pero lo rebasa sin detenerse. Miro a Jesús, absorto en sus pensamientos. Habla a sus discípulos y a la multitud, sin dejar de caminar. Me permito unirme a ellos.

Mié 21 Gritos
Oigo los gritos de Bartimeo. Son gritos sin objeto definido: “Hijo de David, ten piedad de mí”. Dejo que resuenen estas palabras que se convertirán en oración de Iglesia: “Kyrie Eleison”. Oigo a la multitud desairar a Bartimeo. Les molesta los gritos intempestivos que les impiden oír las enseñanzas del maestro. Oigo enseguida a la multitud que llama a Bartimeo para que se acerque a Jesús: “Ánimo. Levántate. Él te llama”. Oigo la petición de Bartimeo: “Maestro, que yo pueda ver”. Las cosas se precisan: Bartimeo no pide limosna, espera mucho más, espera curación; una esperanza nueva nace, una transformación radical se desea. Y a mí, ¿en qué me toca todo esto?
 

Jue 22 Llamados
Escucho a Jesús llamar a Bartimeo luego de haber oído sus primeros gritos: “Llámenlo”. Jesús acostumbra hacer preguntas a quienes lo siguen, para implicarlos en su acción. Oigo estas palabras de Jesús para invitar a Bartimeo: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Jesús convoca la libertad de Bartimeo a fin de responder mejor a su expectativa. Finalmente, oigo a Jesús revelar a Bartimeo lo que, en definitiva, lo ha sanado: “Vete, tu fe te ha salvado”. Lejos de atraparlo, estas palabras abren a Bartimeo a una relación libre con Jesús. Saco provecho de ello para mí mismo.

Vie 23 Transformaciones
Miro el cambio radical de la multitud frente a Bartimeo: antes trataba de callarlo, para que no la molestara, y entonces Jesús la invita a desempeñar un papel de intermediario entre Bartimeo y él. Miro a la multitud volverse hacia Bartimeo luego de haberle volteado la espalda. Miro también el cambio radical de Bartimeo: él que estaba sentado, pasivo, ahora “salta” y corre hacia Jesús, abandonando incluso su manto. Miro saltar a Bartimeo. Lo miro finalmente seguir a Jesús por el camino, con la multitud. Y yo, ¿dónde estoy en todo esto?
 

Sáb 24 Momento de detenerse
Finalmente, veo lo que Jesús hace en esta escena. Lo miro caminar, luego detenerse cuando percibe el llamado de Bartimeo; lo miro hablar a la multitud, a Bartimeo; lo miro ponerse en marcha nuevamente. No hay grandes discursos, no hay gestos grandilocuentes en este pasaje, sino un momento para detenerse casi insignificante, un tiempo que abre un futuro a un hombre que no lo tenía, un momento que convierte a la multitud. Jesús pasa, atento al mundo que lo rodea, y sobre su paso, la vida florece. Que este momento de detenerse evangelice mi vida.
 

Dom 25 Como un perfume de resurrección
Cerrando la última subida de Jesús hacia Jerusalén, este corto episodio resuena como una anticipación de la resurrección: el ciego Bartimeo, mendigando y estático, encuentra una vida plenamente expresada, redescubriendo la vista y siguiendo a Jesús. Sobre todo, él que estaba solo ahora se ve reintroducido a una comunidad con la que va a caminar. Pues esta es la Vida que se nos propone: una vida de pie, en marcha, al seno de una comunidad que nos abre el camino hacia Jesús y nos ayuda a rencontrarlo y a seguirlo. Y esta Vida se nos propone desde hoy. Según lo que me haya tocado esta semana, puedo recordar una vez más tal o cual punto, en la perspectiva y el recibimiento alegre de esta Vida en plenitud.

Una manera de orar con el sínodo (4/4)
Oro con mi familia: padres, hijos, cónyuge, hermanos, primos, etc. Para mí, es como una iglesia doméstica. Doy gracias a Dios por las vivencias hermosas y alegres. Le pido perdón por lo doloroso o lo que es factor de división. Imploro su ayuda para afrontar los retos que se presentan en el mañana.

Orar al centro del mundo con el Papa Francisco
Oremos para que, en el espíritu misionero, las comunidades cristianas del continente asiático anuncien el Evangelio a todos aquellos que todavía lo esperan.

En la casa
Leemos juntos el evangelio del domingo que narra la sanación de Bartimeo, el mendigo ciego. Cada uno elige un personaje: Jesús, el mendigo, la multitud, diciendo lo que hace, lo que dice, lo que sucede. Luego tomamos tiempo para representar la escena dando vida a cada personaje a medida que alguien lee la narración. Enseguida tomamos tiempo de silencio para reflexionar sobre la manera en que cada quien ha vivido esta representación. Compartimos las impresiones. Tomamos tiempo para volver a leer en voz alta este texto antes de expresar una oración por escrito o verbalmente. Oramos también por todos los mendigos de la tierra.


“¡Ánimo. Levántate. El te llama!”
Marc 10, 49

En la sociedad de hoy, la confianza es quizá lo que falta más. Sin embargo, sin confianza no podemos hacer nada. Estamos paralizados. Confiar en Dios, en los demás, en uno mismo, proporciona seguridad y dinamismo porque el centro de gravedad ya no es uno mismo sino otro, exterior. Esta apertura conduce a un olvido de sí mismo, a una descentralización. Es lo que la multitud propone a Bartimeo, luego de haberlo desairado. Como es ciego, él se deja guiar. Está acostumbrado. Y vemos que en el encuentro con Jesús, todo cambia. Jesús no lo toma de la mano, sino que hace un llamado a su deseo más profundo. “¿Qué quieres que haga por ti?”. Bartimeo se convierte en alguien que puede dar su opinión. Pero para ello, debe meterse de lleno, comprometerse. Es una manera de ver lo que se le da. Jesús abre también sus ojos de carne, porque ha creído. Esta semana, pidamos a Cristo que abra nuestros ojos y que seamos conscientes de nuestro deseo profundo. Podemos tener confianza, él nos llama y nos conduce por sus caminos. De pie, seamos discípulos misioneros sin miedo y sin compunción.

Comentario Exegético Espiritual.
P. Raúl Moris, Prado de Chile

 Concluye la extensa sección acerca de las condiciones del discipulado en Marcos con el episodio del ciego Bartimeo a las puertas de Jericó, camino a Jerusalén. Si los relatos de curaciones poseen siempre un trasfondo simbólico y catequético en los Evangelios, el episodio de Bartimeo, el mendigo ciego del camino, será la ilustración y el compendio de toda la enseñanza acerca de qué significa llegar a ser discípulo de Jesús.

Incluso el nombre del personaje es en sí mismo una síntesis del plan trazado por Marcos para presentar cómo la buena noticia de Jesús es para un nuevo pueblo de convocados, en el que la frontera insalvable entre Israel y los paganos ha quedado superada. No es casual ni meramente circunstancial el que en este relato se incluya el nombre de quien ha sido alcanzado por la gracia de Dios, mientras que en los relatos de los capítulos precedentes los interlocutores de Jesús suelen ser personajes anónimos. 

No se menciona el nombre del Ciego de Betsaida, con quien se inicia esta sección, y que nos mostraba el discipulado como un proceso gradual de apertura al don de Dios y al acompañamiento de Jesús para llegar a convertir la mirada hasta llegar a ver como nos ve el Señor; sin embargo este último ciego, el del último milagro narrado por Marcos en el trayecto hacia Jerusalén, hacia la Pasión, posee un nombre que lo vincula con el doble origen del nuevo pueblo: es Bartimeo, el hijo (en hebreo, bar) de Timeo, un personaje de nombre griego, por lo demás significativo, Timeo viene del griego Timao, “honrar”; en una cultura donde el honor es un valor fundamental, llamarse Timeo, equivale a ser declarado honorable y capaz de honrar; En Bartimeo se manifiesta el discípulo nuevo, aquel cuyas raíces se hunden tanto en la cultura judía como en la griega; aquél que estaba esperando la llamada de Jesús para acercarse a él y dejar que le abriera los ojos, para volver a mirar -convertida la mirada por el poder de Dios- para adquirir una dignidad nueva, no proveniente de la sangre ni de la condición social, sino nacida del reconocimiento de Jesús como señor, maestro y salvador.   

¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!…; Bartimeo será el modelo final del proceso de discipulado que Jesús ha venido proclamando en las perícopas anteriores, mediante el recurso del contraejemplo, por eso en él, en sus palabras y en sus acciones van a resonar los ecos, de las llamadas y de las pruebas por las que los discípulos han ido pasando. 

Lo primero que se destaca es el modo en que el ciego llama la atención de Jesús, la forma que adquiere su petición. Bartimeo va a llamar a Jesús con el título mesiánico que declara su realeza, lo reconoce como aquel en el que se cumple la promesa del Rey que, desde el mismo tronco familiar de la dinastía comenzada por el David, sería suscitado por Dios, para animar la esperanza del pueblo de la elección en medio de los avatares de su dolorosa historia; ¿Quién es éste Bartimeo, entonces, que se hace eco de este anhelo mesiánico? Es uno que ya ha recibido una primera evangelización, uno de los que se hace parte de este pueblo que espera confiado en que el Señor no habrá de olvidar lo que desde antiguo prometió. 

Para poder ahondar, sin embargo, en el sentido de la interpelación del ciego hay que volver sobre las peticiones hechas a Jesús en dos momentos precedentes: la del Hombre rico, en Mc 10, 17b: “Maestro bueno, ¿Qué he de hacer para heredar la vida eterna?”  y  la de los Hijos de Zebedeo en 10, 35b: “Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir”. El comienzo de cada solicitud es similar; se abren con un apelativo que da cuenta del reconocimiento de quién es Jesús; los diversos peticionantes no están por tanto recién conociéndolo, han hecho un camino de encuentro (como lo ha hecho Pedro, en el momento en que llama primero y a nombre de la comunidad de apóstoles “Mesías” a Jesús), sin embargo este tiempo de encuentro es sólo la antesala para la verdadera relación que éste les propone: la del seguimiento del discípulo; han partido bien, han sabido reconocer la plena identidad del Señor, aún velada por el abajamiento y la carne, sin embargo, el modo como continúa la oración es la que marca la diferencia entre el que sólo está situado en punto de partida, en el momento del encuentro, y aquél que está entrando ya en la senda del discípulo: la petición del Joven rico y la de Santiago y Juan, comparten otro elemento: la autoafirmación; en el primero de los casos, de la propia capacidad para gestionar la entrada en la vida, en el segundo de la propia voluntad frente a la voluntad del Señor.

El Rico, no quiere, ni puede abandonar su propio modo de hacer las cosas cuando se dirige a Jesús, lo que él busca es saber la fórmula, el método para apropiarse de la vida eterna, y adquirirlo, no está en su horizonte el que su propia salvación pueda depender de otro distinto a él mismo; el que pueda alcanzarse no con el esfuerzo de acaparar, sino por mediante el confiado abandono en el querer del Señor, y la respuesta de Jesús es clara: no es por acumulación ni por apropiación que se adquiere la vida eterna, no es un bien  para ser ganado, ni menos comprado, sino para ser recibido gratuito y, paradojalmente, en medio del más absoluto ejercicio de despojamiento.

Los Hijos de Zebedeo, por su parte, tampoco han hecho el ejercicio de desprendimiento más importante, están por cierto contados dentro de ese grupo que como ha dicho Pedro en 10,28ss, lo han dejado todo: casa, familia, bienes, para seguir a Jesús; sin embargo, no han abandonado en manos del Señor lo más fundamental: la propia voluntad y la dinámica que de ella se desprende: la de los cálculos del poder; mientras no dejen esto, mientras su seguimiento no sea sino un disfraz piadoso que oculta sus verdaderos planes -los de apropiación de puestos, los intentos de enmascarar su propia voluntad, para realizarla luego a cuenta del nombre de Jesús- no han avanzado un paso en el caminar del discípulo.

Aquí es donde la petición de Bartimeo es radicalmente distinta: centrada no en sí mismo, ni en su capacidad, ni en su voluntad, sino centrada en la capacidad empática y en la voluntad de Dios. Bartimeo se erige así en modelo de discípulo y maestro en el ejercicio de la oración confiada y abandonada en las manos del Señor, es por eso que cada vez que la Iglesia se reúne a celebrar al Señor en la Eucaristía, o viene a pedir la gracia de parte de Dios en los sacramentos, vuelve una y otra vez a repetir las palabras de Bartimeo, única oración, junto con la del propio Señor: el Padre nuestro, en donde con sencillez, el que ora se pone por entero a disposición de la voluntad de Dios, declarando que Él sabe ser compasivo, sabe cuán dependientes somos de Su misericordia.

Entonces llamaron  al ciego y le dijeron: “¡Ánimo, levántate! Él te llama”… El Evangelista está escribiendo estas palabras para una comunidad eclesial que tiene que aprender cuán importante es su dimensión misionera, es por eso que en estas palabras sitúa la acción de la Iglesia en medio de un mundo que ofrece resistencias al llamado del Señor: el ciego grita clamando en dirección de Jesús, la multitud lo intenta acallar, el ciego no se arredre, sino que insiste, la oposición ambiental a su clamor no sirve de obstáculo verdadero, sino de estímulo para el verdadero discípulo; sin embargo, ha de mediar la acción decidida de la Iglesia, es ella la que debe salir al encuentro del que está a la vera del camino, es ella quien ha de anunciar la buena noticia del querer del Señor, y a partir de esta noticia, dicha abiertamente y con claridad, animar al que busca encontrarse con Él.

El ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él… Con este gesto, el ciego de Jericó será también modelo de decidido y radical despojamiento; cabría preguntarse: ¿De qué se despoja en realidad Bartimeo? Siendo mendigo, no parece ser comparable arrojar el manto a vender todo lo propio, a dejar la seguridad que da la posesión abundante de bienes, como se le exige al Joven Rico, sin embargo el gesto es proporcionalmente el mismo. La situación de Bartimeo va a cambiar y él está dispuesto a abrazar el cambio: va a pasar de ser mendigo, objeto público de la conmiseración, reconocido como un protegido del Dios que cuida del pobre, de la viuda y del huérfano, y que ha dispuesto como gesto meritorio y piadoso en el pueblo de Israel el ejercicio de la limosna; a ser un arriesgado aventurero seguidor de este otro aventurero, que escandaliza a los bien pensantes, que pone en tela de juicio a su propia cultura, que va con paso decidido a convertirse en objeto de desprecio, a dejarse inmolar en la cruz. Bartimeo está dispuesto a emprender esta senda y su decisión se manifiesta en el ímpetu del gesto: en el salto para levantarse y allegarse con premura a Jesús.   

Maestro, que yo recobre la vista…en las palabras de Bartimeo, se expresa el deseo genuino del que ha comprendido qué significa de verdad que el Señor nos convierta en discípulos: recuperar la vista, entorpecida por la experiencia del pecado, entorpecida por una historia de autoafirmación, para ponerse en disposición de aprender a mirar de nuevo el mundo y nuestra propia vida desde la mirada del Señor, aprender a pensar como Dios, como le insistía Jesús a Pedro, aprender a recibir la invitación de Dios a la vida -con toda su complejidad- como un regalo, acogido desde la sencillez y el desprendimiento de quien no está para reivindicar méritos sino para simplemente dejarse amar por Dios, aprender qué significa beber del cáliz de la voluntad del Padre, que siempre nos quedará grande, cáliz que nos sabrá tan a menudo amargo; aprender a pedir misericordia, para decidirnos a  entrar confiados al camino abierto por el andar de Jesús.