APORTE PARA LA HOMILÍA – DOMINGO 1º DE ADVIENTO

HACIA EL PRÓXIMO DOMINGO

Aporte para la Homilía 

Circle-HOMILIA-NOV-24-2015

DOMINGO 1º DE ADVIENTO

“TENGAN ÁNIMO Y LEVANTEN LA CABEZA ”
Lc 21,25-28;34-36

Domingo 29 de noviembre de 2015

 

Evangelio de Jesucristo según san Lucas
Capítulo 21, versículos 25 a 28 y 34 a 36

 En aquellos tiempos, Jesús hablaba a sus discípulos de su venida: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo porque sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación. Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante del Hijo del hombre»”.

 

1. Hacia el Domingo… meditación cotidiana del próximo día del Señor. 

Lun 23 Venir
Este domingo entramos en el tiempo de Adviento. ¿Qué es el Adviento? El principio del evangelio del domingo nos lo recuerda: “En aquellos tiempos, Jesús hablaba a sus discípulos de su venida”. El Adviento es el tiempo en que Jesús nos habla sobre su venida, sea de su nacimiento en Belén, sea de su aparición entre nosotros o de su venida progresiva a nuestro corazón, o bien de su regreso al final de los tiempos. Jesús no es un hombre del pasado. Es un hombre que viene a nuestro encuentro hoy. Viene a hacer historia con nosotros, conmigo. Entonces, me preparo. Ven, Señor Jesús.
 

Mar 24 Estar conmovido
Para hablar de su venida, Jesús menciona signos grandiosos en el cielo, en el mar y en la tierra. Todo se conmoverá. ¿Cómo explicar mejor que un mundo antiguo se derrumbará con la venida de Cristo? Con él, el mundo cambia radicalmente a una era nueva. Con él, se me conduce a entrar en la novedad de Dios. ¿Esto me da miedo? Ven, Señor Jesús.

Mié 25 Esperar
Si Jesús viene a nosotros, “lleno de poder y de gloria” y si el mundo que conocemos actualmente cambia radicalmente, ¿qué podemos hacer? Esperar. Esperar sin tener miedo de lo que va a suceder. Pero esperar con un gran deseo de ver al Señor venir al mundo, a nuestra historia, a mi vida. Esperar aquello a lo que aspiro en lo más profundo de mí: una tierra nueva donde reinará la justicia y la paz. Esperar un mundo donde todos los pobres serán saciados. Esperar un Reino donde el sufrimiento y los miedos ya no existirán. Esperar… En mi oración, puedo confiar a Dios lo que espero verdaderamente. Ven, Señor Jesús.
 

Jue 26 Tener ánimo
Jesús no oculta que los hombres morirán de miedo cuando todo esto suceda. La novedad, la irrupción de un nuevo mundo, no va a regocijar espontáneamente a todo el mundo. Pero ¿qué sucede con los discípulos de Jesús? “Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación”. ¿Miedo? No. ¿Confianza? Sí, y de la que hace tener ánimo, levantar la cabeza y no agacharla. Es la posición de quienes resucitan, quienes son salvados, quienes entran a la vida nueva. Entonces, el día de hoy, oro de pie, muy erguido, viendo el futuro de frente. Ven, Señor Jesús.
 

Vie 27 Apesadumbrarse
Jesús sabe que hay riesgo de que la espera sea larga. Nuestro corazón, cansado de velar por la venida de Cristo, puede apesadumbrarse. Y de golpe, “las preocupaciones de la vida” pueden tomar la delantera y distraernos de la actitud justa que hay que tener para esperar y recibir a Jesús cuando venga. Aligerar el corazón, liberarse de las preocupaciones es una buena manera de prepararse para la Navidad. ¿Lo hago? Ven, Señor Jesús.
 

Sáb 28 Permanecer vigilantes
¿Cómo luchar contra lo que sobrecarga y nos desvía de la espera de aquel a quien amamos? ¿Cómo combatir estos lastres de la vida que nos hacen sucumbir bajo su peso? ¿Cómo hacer frente a la falta de esperanza que, algunas veces, nos dobla la espalda? Jesús no propone soluciones milagrosas, sino que hace un llamado a nuestra libertad. Trata de suscitar en nosotros un sobresalto de libertad al invitarnos a dos actitudes muy concretas. Primero, permanecer vigilantes. Entonces, alejo de mí lo que adormece la esperanza y el valor. Después, orar todo el tiempo. Entonces, me vuelvo hacia el Señor y le digo una vez más y siempre mi deseo. Ven, Señor Jesús.

Dom 29 Mantenerse de pie ante el Hijo del hombre
El evangelio del primer domingo de Adviento se termina con una postura que habla de la finalidad de este tiempo de Adviento: tener la fuerza de mantenerse de pie ante el Hijo del hombre. Jesús no pide estar de rodillas o postrado ante él cuando venga. Pide que estemos de pie, que nos mantengamos de pie. Es la posición del hombre libre, que se sabe salvado y que se pone de pie para recibir a su libertador. Entonces, este domingo, practiquemos mantenernos de pie ante Jesús, en la misa por ejemplo (al momento de la comunión), al dar una ofrenda a un mendigo (figura privilegiada de Cristo), al abrir los brazos para recibir a los niños, al bendecir la comida compartida en familia o con amigos… ¡Estemos de pie!

 

Una manera de vivir “menos es más” (1/5)
Un crecimiento a través de la sobriedad

La espiritualidad cristiana propone otra manera de comprender la calidad de vida, y exhorta a un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de ayudar a apreciar profundamente las cosas sin obsesionarse por el consumo. Es importante asimilar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que “menos es más”. En efecto, la acumulación constante de posibilidades de consumo distrae el corazón e impide evaluar cada cosa y cada momento. Por el contrario, el hecho de estar serenamente presente en cada realidad, por pequeña que sea, nos abre mucho más posibilidades de comprensión y de plenitud personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento a través de la sobriedad y una capacidad de estar feliz con poco. Es un regreso a la simplicidad que nos permite detenernos para apreciar lo que es pequeño, para dar gracias por las posibilidades que ofrece la vida, sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica de la dominación y de la simple acumulación de placeres.

Papa Francisco, ‘Laudato si’, n°222.

Orar al centro del mundo con el Papa Francisco
Oremos para que sepamos abrirnos al encuentro personal y al diálogo con todos, incluso con quienes tienen convicciones diferentes a las nuestras. 

 “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas”
Lucas 21, 25

¿Signos grandiosos en el cielo? Los pastores vieron uno la noche de Navidad: una luz repentina los envolvió. Los magos también vieron un signo: una estrella que se dirigió a un establo. Y nosotros, ¿qué signos veremos en el cielo o sobre la tierra para anunciarnos la venida de nuestro salvador? Para abrir nuestros ojos y despertar nuestra atención a la venida de Cristo, proponemos cada semana un párrafo de la encíclica del Papa Francisco ‘Laudato Si’. En esta carta, el Papa nos invita a entrar en un estilo de vida evangélico en que “menos es más”. Nada como esto para prepararnos a reconocer los cielos nuevos y la tierra nueva que el Señor nos dará.

¡Buena entrada al Adviento!

 

2. Comentario Exegético-Espiritual  P. Raúl Moris, Prado de Chile

El tiempo litúrgico del Adviento, con el que abrimos el año, es el que mejor refleja el caminar de la Iglesia, nacida de la Encarnación y en tensa espera del cumplimiento definitivo de la Parusía,  de la promesa de la presencia definitiva y triunfal de Cristo vencedor de la historia, principio y sentido de esta aventura de amor de Dios con nosotros: la Creación y la Historia de la Salvación.

El Adviento es el tiempo de la esperanza que se yergue contra toda esperanza: cuando más ardua se haga la marcha de la Iglesia, cuanto más obstáculos aparezcan en el camino, cuanto más sobre este andar se cierna la noche del sin sentido, cuanto más contracorriente sea el tenaz navegar de la Iglesia, más profundamente estaremos penetrando en el misterio de esta comunidad llamada a no desfallecer, llamada a estar en vigilia permanente, llamada a ponerse en marcha tras una huella que se hace difusa en la oscuridad, tras el débil, pero persistente eco de una voz que nos repite una y otra vez la promesa de venir a nuestro encuentro.

Las palabras con las que el Evangelio según san Lucas nos recibe en este Adviento son las de un Apocalipsis, son las palabras e imágenes propias de este género literario destinado a animar con un anuncio de esperanza la vida de una comunidad en medio de un mundo que parece comenzar a resquebrajarse.

El Evangelio de Lucas está escrito para una comunidad cristiana de la segunda generación, cristianos que han abrazado la fe por el testimonio de los apóstoles fundadores, de los discípulos que han sido testigos oculares del paso de Jesús; son cristianos que viven fuera de Palestina, quizá en las inmediaciones de Antioquia, son cristianos que han acogido la Buena Noticia del Señor, viniendo no sólo desde el pueblo de Israel en la diáspora, sino también desde las distintas religiones, costumbres y culturas que convivían en las cosmopolitas ciudades comerciales del Imperio Romano a lo largo y ancho de la cuenca del Mediterráneo; son cristianos que han vivido las turbulencias históricas, religiosas, sociales, económicas, de la década del 70 o han tenido noticias cercanas de ellas, son cristianos que han acogido con fervor el anuncio de la salvación, convencidos de estar viviendo los últimos días del orden del mundo; son cristianos que están siendo acosados por la desesperanza que puede ser engendrada por la larga y seca espera que sobreviene al entusiasta ardor de la conversión, espera en medio de un entorno cultural, cuyos cimientos parecen conmoverse cada vez más, cuyas seguridades parecen desvanecerse en el aire.

Habrá señales en el sol, la luna y las estrellas… Comienza este pasaje conla descripción de la angustia y el desaliento ante los acontecimientos del mundo, con la descripción de la aterrada y perpleja mirada de la gente frente a la violencia de la historia que se cierne sobre ella, recordemos que las primeras persecuciones a los cristianos comienzan en el Imperio hacia el 64 dC., como asimismo el permanente estado de guerra fronteriza y de lucha intestina en torno a la corte romana; sin embargo la primera llamada de este texto no es la enumeración de las calamidades que -aunque contemporáneas al evangelista- son presentadas como profecía en labios de Jesús; sino una llamada a mirar el mundo en busca de significados; la realidad no se agota en la descripción de eventos inquietantes: ellos se inscriben en el ámbito de los signos, han de ser leídos como si de un texto se tratase, un texto cuyo sentido último está en manos del Señor, quien, en medio de los acontecimientos de nuestra historia, aún entre los que desafían todo intento de inteligibilidad, ha dispuesto escribir su propia historia de fidelidad a la palabra empeñada con el hombre, palabra de vida y esperanza.

Tengan ánimo y levanten la cabeza porque está por llegarles la liberación… la vida en permanente estado de amenaza, la precariedad de nuestras seguridades, el poco precio que parece tener la vida individual en una época turbulenta, pueden causar abatimiento en una comunidad que está viviendo falta de fe. Sin embargo, el cristiano no está llamado a ser presa de la angustia, de la desolación, tampoco está llamado a dar la espada al mundo, a encerrarse con los ojos cerrados, inerme, a esperar que la calamidad sobrevenga; bajo ningún punto de vista es “resignación” la palabra que ha señalar el itinerario del discípulo de Cristo, sino la Esperanza.

En esto consiste el propósito de leer los eventos de la historia como signo: en poder alimentar la esperanza de la comunidad; no para refugiarse del mundo en la promesa de un trasmundo, sino para salir y dar la cara, para anunciar proféticamente la liberación en medio de la convulsión; Lucas propone una actitud pro-activa, levantar la cabeza, avanzar resueltamente, animar la vida de la comunidad con el recuerdo de quién no se desdice de sus palabras: el Señor que ha de venir a coronar la historia; Lucas está escribiendo estas palabras para las generaciones de mártires que empezaba a gestar la Iglesia.  

Tengan cuidado por no dejarse aturdir… Sin embargo en medio de las dificultades que está viviendo la comunidad de Lucas, aparece otra amenaza fruto de la desesperanza: la evasión; mientras todo se derrumba allá afuera, el desesperado puede optar por la frenética inconciencia de la fiesta en el filo del abismo; embotar los sentidos, aturdir el miedo; la evasión es el disfraz de la angustia que cerrando los ojos danza en círculos hasta caer rendida delante de la muerte, evasión para no pensar, para no enfrentar, para dejar de temer… En épocas de cambios vertiginosos, de desafíos, de inseguridad social y personal, la dulce trampa de la evasión se asoma de prisa; pasaba en la época de las primeras comunidades, pasa en la nuestra.

 Los cristianos a los que se dirige Lucas conocían sin duda esta tentación, que se cierne sobre los más débiles, sobre los que han sido golpeados demasiadas veces por la adversidad, sobre aquellos que no han podido enraizar sólidamente su fe y por eso el Evangelista los previene: no ha de ser la evasión el camino, ni siquiera aquella que, lejos de los excesos de los sentidos, temerosa de la fiesta de los cuerpos, se agazapa bajo el manto de la piedad, la evasión de los que ponen la mirada en el cielo y se desentienden del suelo.  

 Estén alertas y oren en todo momento… El cristiano, peregrino del Adviento, está llamado a la lucidez, a permanecer despierto, a mantenerse en vela, activo y en oración; esa actitud de vigilancia será una insistencia en Lucas, esa actitud de vigilancia valiente y perseverante, que edifica la comunidad, ayudando a despertarse a los que están tentados a caer vencidos por la propia historia, sosteniéndolos, animándolos, urgiéndolos a una constructiva espera, a una alegre espera.

Ésa es la actitud del Adviento que nos recuerda la vocación de la Iglesia a mantenerse lúcida y apasionadamente enamorada de su Señor que está por venir; que aviva nuestra esperanza y nos consuela con la conmemoración de la Encarnación, primer momento del cumplimiento de la antigua promesa de amor pronunciada por Dios a su Pueblo; y nos proyecta, con la mirada elevada al cielo y los pies firmes en el suelo, hacia el final, hacia el día en que el resplandor de la Presencia de Cristo, ilumine, redima, y haga plenos de sentido incluso esos momentos en los que -con los dientes apretados y los ojos en alto a pesar del viento en contra, a pesar de las tormentas- más nos cuesta dar resueltos  los pasos para salir al encuentro del Señor que viene.