SUBSIDIO PARA LA HOMILÍA DEL DOMINGO 13 ORDINARIO CICLO A; 28 de junio de 2020

Los pequeños verdaderos discípulos

“El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta, tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo, tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo, no quedará sin recompensa» (Mt 10, 37-42).

Lecturas bíblicas: 2R 4, 8-11. 14-16; Salmo 88; Rm 6, 3-4. 8-11; Mt 10, 37-42

Podemos retener esta frase del Evangelio de hoy y considerar algunas de sus implicaciones
“El que pierda su vida por mí, la encontrará”
Mateo 10, 39

Algunos posibles puntos a considerar (quizás dos o tres):

Lazos familiares

Jesús invita a relativizar nuestros lazos familiares: ¿se habrá vuelto loco? ¿Acaso no son el pilar de nuestra vida afectiva y social? ¿Es necesario en verdad preferir a Jesús sobre nuestros padres o hijos? Recordemos las palabras de Jesús cuando proclamamos a su bienaventurada madre: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,28). Lejos de excluir a María, Jesús no quiere amarla solamente por los lazos de sangre sino por quién es ella. Señor, concédeme amar a mis padres y a mis hijos en tu nombre y no solo en nombre de los lazos de sangre… así estaré abierto al amor a los demás; así, podré amarlos incluso cuando están ausentes, lejos de mí.

Con su cruz, seguir…

La cruz no se elige. ¿No puedo deshacerme de ella? Entonces, lo que propone Jesús no es aceptar la cruz pues, en el fondo, no tengo opción. A lo que me invita es a tomarla conmigo y andar. Sufrimientos interiores o físicos, epidemias o peso de mi pecado: no dejaré que mi cruz me impida progresar y vivir. Señor, concédeme seguirte, continuar el camino contigo en la confianza.

Recibir

Juan Bautista recibe a Jesús – incluso si no sabe quién es, ni cómo proviene de Dios. Seis meses exactos antes de Navidad, el nacimiento de Juan Bautista que festejamos hoy es como el principio de un proceso que culmina con el nacimiento de Jesús: invitación a recibir al mesías, reconocer en él al profeta y al justo, el hijo del hombre y el Hijo de Dios. Oh, Espíritu, hazme entrar en ese gran movimiento de recibimiento del Hijo, de recibimiento del Padre, como un nuevo nacimiento.

¿He encontrado?

Juan Bautista dio su vida; anticipó las palabras de Jesús: “El que pierda su vida por mí, la encontrará”. Es el misterio de la resurrección. En el Evangelio, Jesús nos advierte sobre un riesgo: “El que encuentre su vida, la perderá”. Bajo el resplandor de sus palabras, ¿tengo la impresión de haber “encontrado” mi vida? ¿Qué descubrimientos me impiden seguir mi vocación cristiana? ¿Qué seguridades, posesiones o certezas he puesto a mi

alrededor para creerme vivo, con menor riesgo, a menor costo? Señor, ayúdame a deshacerme de estas cadenas que me impiden vivir en plenitud.

Justo y profeta

¿Hay justos y profetas en el mundo? ¿Quiénes son hoy en día? ¿Quiénes son a mi alrededor? Pero para que haya profetas y justos, es necesario también que estemos preparados a convertirnos en ellos. ¿Misión imposible? Según las palabras de Jesús, no es tan difícil: es necesario recibir a los profetas y a los justos, entonces, misteriosamente, seremos asociados a ellos y recibiremos su recompensa. Si Dios lo quiere, podremos incluso convertirnos en profetas y justos para los demás, sin que podamos decirlo para nosotros mismos. Señor, hazme entrar en este pueblo de profetas y de justos.

Los pequeños, verdaderos discípulos

“A uno de estos pequeños por ser mi discípulo”: Jesús no lo dice todo en esta frase. ¿Es necesario que el pequeño sea un discípulo? Podríamos atrevernos a un atajo: ¿y si reconociera en todos los “pequeños” – personas pobres, discapacitadas, enfermos, desempleados a un discípulo? ¿Y si su sencilla “pequeñez” hiciera de ellos mensajeros de Cristo, aunque no sepan nada, aunque no digan nada? Señor, concédeme la sencillez para reconocer en todos los pequeños a un discípulo.