EL COMBATE ESPIRITUAL, FUENTE DE ESPERANZA Estudio de Evangelio desde la Cuarentena Antonio Bravo, Madrid, 1a parte.

EL COMBATE ESPIRITUAL, FUENTE DE ESPERANZA
Estudio de Evangelio desde la Cuarentena
Antonio Bravo, Madrid, 1a parte.


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INTRODUCCIÓN

«Suivez-moi dans mes combats contre le monde». En este capítulo del Verdadero Discípulo, el P. Chevrier, según P. Berthelon, buscó, en el estudio de nuestro Señor Jesucristo, luz y fuerza, para afrontar las dificultades y oposiciones que encontró, tanto en el interior como en el exterior del Prado, para llevar a cabo «la obra de Dios». La gracia de la Navidad de 1856, el estudio asiduo de nuestro Señor Jesucristo, la oración intensa al Espíritu Santo y el discernimiento en la Iglesia, armaron al P. Chevrier de coraje, de parresía, para avanzar con fe y esperanza en la prueba y el dolor. ¡No al pesimismo! ¡No a los profetas de

calamidades! ¡No a los profetas ingenuos y soñadores! ¡Sí a los profetas de la esperanza basada en la fe y el amor!

Confinado y golpeado por la pandemia del coronavirus, como tantos hombres y mujeres en el mundo entero, mi estudio de nuestro Señor Jesucristo, lo he enfocado en esta perspectiva:

«¿Qué combate espiritual estamos llamados a vivir para seguir a Jesús en sus combates, para engendrar y sostener la esperanza del pueblo?»

Y esto de acuerdo con el carisma que el Señor nos ha regalado: para que los pobres sean evangelizados. Los más vulnerables y pobres sufren muy especialmente los efectos de la pandemia.

Antes de compartir lo que en estos días voy estudiando, meditando y orando a partir de las Escrituras y los acontecimientos, haré unas breves reflexiones de lo que escucho en los medios de comunicación, comunico por teléfono y otros medios telemáticos, observo desde la ventana, veo en el mercado o fui a buscar las cenizas de Pepe, miembro del Prado, mi párroco y amigo.

La ciencia busca afanosamente vencer al enemigo «microscópico». Luchar por la vida es su misión y tarea. El Dios de la vida, bendijo al hombre y la mujer, creados a su imagen y semejanza y los colocó al frente de lo creado, para que fueran fecundos y co-creadores de vida; jamás de muerte. Demos gracias a cuantos luchan para derrotar la enfermedad.

Pero muchos olvidan que la fuente de la vida se encuentra en la bendición de Dios. La legítima autonomía de la ciencia, si olvida esta verdad, sucumbe de nuevo a la tentación de la idolatría. Jeremías gritó: «Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor… Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza…» (Jer 17, 5-11) La auténtica esperanza, la que no defrauda, va más allá de las posibilidades y expectativas humanas. Isaías, en un texto esplendido, pone estas palabras en boca de Dios: «Desde antiguo guardé silencio… Retrocedan cubiertos de vergüenza los que confían en un ídolo, los que dicen a sus obras: “Vosotros sois nuestros dioses”» (Is 42, 13-17) No nos salvamos, nos salvan. Los ídolos no salvan. La ciencia vencerá la pandemia, pero no puede ofrecer una salvación definitiva. ¡Dios en persona es nuestro salvador! El profeta sigue proclamando: «Viene en persona y os salvará» (Is 35, 4). «No fue un ángel ni un mensajero, fue él mismo en persona quien los salvó, los rescató con su amor y su clemencia, los levantó y soportó, todos los días del pasado» (Is 63, 9).

La razón religiosa, por su parte, busca también explicaciones al drama de la pandemia. Algunos hablan de «castigo de Dios» por los pecados personales y estructurales. Y así olvidan la respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos, sobre quién pecó para que naciera ciego aquel hombre: «Ni este pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios…» (Jn 9, 1ss). Otros hablan de un tiempo favorable, de un kairós, para la conversión. El apóstol, después de decirnos que Dios nos estaba reconciliando en Cristo, añade: «Y como cooperadores suyos, os exhortamos a no echar en saco roto la gracia de Dios. Pues dice: «En el tiempo favorable te escuché, en el día de la salvación te ayudé». Pues mirad: ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación». (2Cor 6, 1-2) El tiempo favorable se nos dio en Cristo de una vez para siempre. En él, en efecto, Dios nos otorgó «la conversión que lleva a la vida», para todo tiempo, lugar y raza (cf. Hch 11, 18). Hoy se nos sigue dando una nueva oportunidad para acoger el don gratuitamente dado.

En estos días de dolor y aislamiento, constamos, con alegría, que abundan gestos de solidaridad y ternura. Sale así a luz lo bueno que Dios depositó en el corazón del ser humano. Pero aparece también el corazón corrompido de quienes buscan explotar el drama en beneficio propio, ya sea para enriquecerse, buscar el poder u otros fines bastardos. El trigo y la cizaña siguen creciendo en el campo del Señor. Y él sigue callando, tiene paciencia, se reserva el juicio. Los hijos del reino triunfarán. (cf. Mt 13, 24-30.36-43). «La paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación» (2P 3, 15).

«¡Unidos venceremos!», «¡Juntos venceremos!». Es el grito de un pueblo frente al enemigo común. No obstante, en medio de la lucha, la división crece de forma alarmante. La unión, si no está basada en el amor y el servicio, pronto se desvanece y quiebra. No existe unión real y durable, sin una profunda conversión del corazón, sin el amor gratuito y el servicio mutuo desde el último lugar. Jesús, después de lavar los pies a los discípulos y exhortarles a hacer como él, añade esta palabra significativa: «Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica» (Jn 13, 17).

El hombre de fe calla ante el silencio de Dios. Como María, el verdadero discípulo se entrega en la fe oscura, pero cierta, al poder de la Palabra: guarda en la memoria, contempla, adora y espera paciente y silenciosamente la luz venida del Señor. «María, por su parte conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2, 19.51). La fe es paciente y esperanzada. No busca respuestas precipitadas. ¡Dejemos

que el silencio de Dios nos hable! ¡El Espíritu nos guía a la verdad plena! (cf. Jn 16, 13)

Y para ello acudamos asiduamente a la Escritura. Pablo nos recuerda cómo «todo lo que se escribió en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, a fin de que a través de nuestra paciencia y del consuelo que dan la Escrituras mantengamos la esperanza». El apóstol habla del Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo como del «Dios de la paciencia y del consuelo». Y concluye: «Que el Dios de la esperanza os colme de alegría y de paz viviendo vuestra fe, para que desbordéis de esperanza por la fuerza del Espíritu Santo». (Rom 15, 1-13) La misión de evangelizar a los pobres acontece cuando contribuimos a engendrar la esperanza que no defrauda en el corazón de los pueblos y de cada persona. Una esperanza que Dios desplegó en Jesucristo. «Por medio de él, creéis en Dios, que los resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe y vuestra esperanza estén puestas en Dios» (1P 1, 17-21)

Estas breves reflexiones no tenían más finalidad que situar mi búsqueda sobre el combate espiritual de Jesús para engendrar en el pueblo la auténtica esperanza. Jesucristo es nuestra esperanza y nosotros sus testigos y servidores en medio de «los pobres, ignorantes y pecadores». Para ello necesitamos entrar en comunión con el combate espiritual de Jesús, «el enviado del Padre». El P. Chevrier escribía con sencillez: «Jésus Christ est l’envoyé de son Père. Le prêtre est l’envoyé de Jésus Christ» (VD p 208). Los discípulos, llenos de alegría, escucharon del Resucitado estas palabras: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así os envío yo» (Jn 20, 21). Luego sopló sobre ellos y les dio el Espíritu Santo para que fueran testigos, esto es, signos e instrumentos de la salvación y reconciliación obrada por Dios en su Pascua. El reino de Dios, la vida eterna, se han hecho presentes.

Mi comunicación tendrá dos partes. En la primera compartiré algo de mi estudio de nuestro Señor Jesucristo. En la segunda parte, más breve, apuntaré algunos de los combates que estamos llamados a vivir en la luz de Jesucristo, para ser servidores de la verdadera esperanza entre «los pobres, ignorantes y pecadores».

I.- EL COMBATE ESPIRITUAL DE JESÚS

Los evangelios presentan a Jesús como el enviado de Dios, del Padre. De él viene y a él retorna con la humanidad reconciliada. El camino recorrido por él, para llevar a cabo el designio salvador del Dios de la paciencia, del consuelo y de la esperanza, fue un auténtico «combate espiritual». Él no «buscó su propio agrado», sino llevar a cabo la esperanza anunciada en las Escrituras, como ya hemos visto en lo que Pablo escribía a la acosada e insignificante comunidad de Roma. Hoy también estamos llamados a desbordar de esperanza, para sostener y servir la esperanza de un pueblo, tan golpeado y probado. Es una dimensión fundamental del ministro del Evangelio.

La fe apostólica, conviene recordarlo de entrada, tiene su originalidad en el misterio de la encarnación redentora: «El Verbo se hizo carne» (Jn 1, 14). «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer (literalmente, hecho de mujer), nacido (hecho) bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial» (Gal 4, 4-5). La carta a los Romanos precisa: «Lo que era imposible a la ley, por cuanto estaba debilitada a causa de la carne, lo ha hecho Dios: enviando a su Hijo en semejanza de carne de

pecado y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne…» (Rom 8, 3ss). Jesús no fue enviado al mundo en una carne perfecta y acabada, sino en una «carne» en devenir, débil, frágil, y mortal, como la nuestra, a fin de transformarla desde dentro, a fin que los que vivían sin esperanza, nacieran a la esperanza (cf. Ef 2, 11ss).

Jesús, «el apóstol y sumo sacerdote de la confesión de nuestra fe» y de nuestra esperanza (cf. Hb 3, 1ss), después de ser probado en todo como nosotros, menos en el pecado, fue llevado a la perfección a través del combate dramático de la obediencia. Y así, llevado a la perfección o consumación (cf. Hb 2, 10; 5, 9-10), perfeccionó «definitivamente a los que van siendo santificados» (Hb 10, 14; cf. 11, 40; 12, 22-24). El combate espiritual de Jesús, esto es, en el Espíritu se caracteriza por una radical docilidad al que lo envió, por una entrega incondicional al plan de salvación trazado por su Padre, y por una solidaridad inquebrantable con los hombres, a quienes no se avergonzó de llamar hermanos. El combate de Jesús culminó en la cruz, pero se desarrolló a lo largo de todas su existencia terrena; y todo para transformar la debilidad de la carne y su propia muerte, en fuente de vida y esperanza para la vieja humanidad. Veamos algunos aspectos del combate espiritual de Jesús, el hijo de María y José, al decir de la gente.

1.- EL COMBATE ESPIRITUAL DE JESÚS EN NAZARET

Los evangelios apenas nos hablan de los treinta años de Jesús en Nazaret. Pero puede vislumbrarse e intuirse su combate espiritual a partir de algunas sugerentes afirmaciones como las que hace Lucas en los primeros capítulos del evangelio.

Y, cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él. (Lc 2, 39-40)

Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres. (Lc 2, 51-52)

No se trata de hacer sicología religiosa, pero sí de ahondar en la afirmación: nacido de mujer, nacido bajo la ley, esto es, en el camino existencial del Hijo, que despojado de su condición divina, se humilló obedeciendo hasta morir en el madero de los malditos (cf. Flp 2, 6-11). Con la fe apostólica, queremos «conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma

muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos.» (Flp 3, 10-11)

1.1.- El combate espiritual de Jesús, «Nacido de mujer».

En Nazaret, instalado por decisión de sus padres, Jesús vivió la experiencia, no siempre fácil, la de devenir hombre entre los hombres, hermano entre los hermanos y también, como veremos luego, discípulo entre los discípulos. Jesús no vino al mundo como un hombre acabado y perfecto, sino como cualquier otro niño nacido de mujer. Asumir la debilidad constitutiva de la carne, vivirla en la dependencia de Dios y de los hombres, conlleva un real combate espiritual, aun cuando no siempre se tenga clara conciencia de ello. El Espíritu que trabaja en el corazón de todo hombre y mujer, actuaba también en el muchacho de Nazaret. Así aprendió a vivir su libertad filial, en la dependencia y obediencia de las mediaciones humanas. María y José, cuando a los doce años se quedó en el Templo, «no comprendieron» la respuesta de su Hijo: «¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?» Y «él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos».

Jesús recorrió así el camino propio de todo hombre. «Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres». Se crece ante Dios y ante los hombres, en discreción, silencio y humilde obediencia. La conciencia filial y fraterna de Jesús se gestaba, crecía, en su débil carne. Así nos mostró el camino a seguir para cultivar nuestra vocación humana y, por ello mismo, divina. Jesús oró, sin duda alguna con el salmo, que la carta a los Hebreos refiere a él y en él nos alcanza a todos nosotros:

¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies” Hb 2, 6-8; Sal 2, 5-7)

He aquí una dimensión esencial del combate espiritual: el hombre nuevo no se realiza siguiendo el camino de una autonomía altiva ante Dios y los demás, sino por el camino de la humildad y la sencillez. Jesús podía decir a sus discípulos, pues lo había vivido: «En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos». (Mt 18, 3-4) He aquí un motivo de esperanza para los pequeños sencillos, para los pobres según Dios (cf. Mt 11, 25-30)

1.2.- El combate espiritual del discípulo: «nacido bajo la ley»

Jesús, en Nazaret, vivió y se comportó como un buen judío. Lucas lo recuerda con estas sencillas palabras: «Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados» (Lc 4, 16) En la sinagoga cantó los salmos, oró con el SÊMA (Dt 6, 4-9; 11, 13- 21), rezó la oración de las dieciocho bendiciones, escuchó la lectura de la Ley y los profetas, aprendió las costumbres y tradiciones de su pueblo. Ahí, sin duda alguna, oyó las diferentes interpretaciones que se hacían de las Escrituras, así como las posturas diferentes ante la esperada llegada del reinado de Dios (zelotas, sicarios, fariseos, saduceos, esenios, etc.). Jesús escuchaba como un discípulo. Ahí aprendió a ser «servidor de la circuncisión en atención a la fidelidad de Dios, para llevar a cumplimiento las promesas hechas a los patriarcas» (Rom 15, 8). Estas palabras de Pablo nos permiten vislumbrar una dimensión importante del combate espiritual de Jesús durante sus años de Nazaret. Antes de presentarse como «el Maestro», se hizo «el Discípulo». Los labios del discípulo brotan de la escucha del discípulo (cf. Is 50, 4-9). Jesús vivió el combate de hacerse discípulo en medio de un pueblo de discípulos, pues tal era el estatuto de Israel, según los profetas, como evocó el propio Jesús (cf. Is 8, 16; 54, 13; Jer 31, 33s; Jn 6, 45).

¿En qué consiste aquí el combate espiritual de Jesús? A través de la escucha y oración ahondó, entre otros aspectos, en el amor incondicional de Dios por su pueblo y por él. Por amor se apegó a un pueblo insignificante y de dura cerviz. Un amor fiel y gratuito, que cumple siempre la palabra dada, las promesas de la alianza, siendo así esperanza y salvación del pueblo (cf. Dt 7, 7ss; Is 8, 17). El amor de Dios por «su primogénito» (cf. Ex 4, 22-23), Israel, sin embargo, no le dispensó de pasar por la prueba. Jesús escuchó y meditó cómo Dios bajó con José a Egipto, para hacer subsistir un pueblo numeroso, cumpliendo así la promesa hecha a Abrahán (cf. Gen 50, 19-21). En las Escrituras, Jesús vivenció que el Dios «escondido (Is 45, 15), el que guarda «silencio» (Is 42, 14), es el Salvador y Libertador. No es un Dios inactivo: marcha delante y detrás del pueblo, peregrina con su pueblo. El es la esperanza de Israel. Con el salmista cantó: No permitirá que resbale tu pie, tu guardián no duerme; no duerme ni reposa el guardián de Israel» (Sal 121, 3-4). La experiencia de ser amado gratuita e incondicionalmente se hizo su fuente de confianza y esperanza. Es también nuestra fuente.

Pasemos ahora a otra dimensión importante del combate espiritual de Jesús: la apertura a la totalidad de las Escrituras. Él luchó para ser discípulo de Dios, sin absolutizar las mediaciones e interpretaciones sesgadas que se hacían de su palabra. ¡«Escucha Israel»! Su escucha de

discípulo comportó un verdadero combate espiritual que fue delineando y decantando su respuesta personal entre las diversas corrientes de su pueblo. Se dejó modelar por la totalidad de la palabra que Dios dirigía a su pueblo. Como discípulo mantuvo una disposición permanente: dejarse interpretar y conducir por la palabra de la vida.

Jesús acogía la palabra de Dios por provenir del Verdadero y no sólo por la sublimidad de su maravillosa doctrina. Una palabra que recibía sin discutirla, en su totalidad y paradoja. Permaneció libre ante las interpretaciones interesadas de unos y otros. Sabía discernir. Pongamos un ejemplo. Isaías 52, 7 habla del reinado de Dios. Al final del mismo capítulo comienza el cuarto cántico del Siervo. Las interpretaciones, que se hacían en las sinagogas, sobre el reinado o reino de Dios y la figura del Mesías no tenían en cuenta la totalidad de la Escritura. La gente, ante el anuncio de su pasión, replicó a Jesús: «La Escritura nos dice que el Mesías permanecerá para siempre; ¿cómo dices tú que el Hijo del hombre tiene que ser levantado?… (Jn 12, 34). Los discípulos comprendieron las Escrituras de la esperanza sólo después de verlo resucitado y de recibir el Espíritu de la verdad (cf. Lc 24 y Hch 1-2).

El ministro del Evangelio es enviado para anunciar la palabra de la verdad y la vida, la palabra que libera y pone en camino, una palabra de esperanza. El combate espiritual tiene como finalidad dejarse modelar por la palabra de la revelación y comunicar al pueblo la totalidad del plan de Dios, sin parcialidad. Recordemos la palabra del apóstol Pablo a los presbíteros de Éfeso en Mileto:

Y ahora, mirad, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu. No sé lo que me pasará allí, salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones. Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios. Y ahora, mirad: sé que ninguno de vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino, volverá a ver mi rostro. Por eso testifico en el día de hoy que estoy limpio de la sangre de todos: pues no tuve miedo de anunciaros enteramente el plan de Dios. (Hch 20, 22-27)

1.3.- El combate de Jesús para cumplir toda justicia

Jesús, adulto ya, después de crecer en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres, se desplazó desde Galilea al Jordán. Se presentó a Juan para ser bautizado, como uno más, en la caravana de los pecadores. El Bautista, con buen criterio, se resiste; pero el Nazareno, con una libertad que sorprende, ante un profeta estimado por el

pueblo, le contradice y convence: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia» (Mt 3, 15) Justicia significa la adecuación a la voluntad de Dios, esto es a la voluntad del Padre justo (cf. Jn 17, 25), a su plan de salvación. La confrontación con el Bautista es un índice revelador de lo que es ya el talante de Jesús; es el momento en el que se pone en evidencia el fruto del combate desarrollado en los años de vida sencilla como obrero. Vislumbramos así, una vez más, el formidable combate espiritual de Jesús.

Este combate espiritual implica una actitud de discernimiento y docilidad incondicional al designio del que lo envía. Jesús había meditado, sin duda, en esta palabra profética: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos, oráculo del Señor. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de vuestros planes». (Is 55, 8-9) En el combate por llevar adelante la justicia del Padre, Jesús muestra que no basta el buen criterio religioso, que puede llegar hasta desviarnos del proyecto de Dios. Enviado en una carne semejante a la del pecado, Jesús carga sobre él, como el Siervo, el pecado del mundo, para destruir su poder, justificarnos y hacernos nueva criatura en el Espíritu (cf. Rom 8, 1ss; 2Cor 5, 17-21). El combate espiritual de Jesús fue para no desviarse de la justicia del Padre y así dar respuesta a la esperanza del pueblo elegido, a la humanidad entera…

En ese preciso momento de humildad y humillación, de solidaridad con los pecadores, los cielos se rasgaron y el Espíritu descendió sobre Jesús. El deseo del profeta se cumplía: «Somos desde hace tiempo aquellos sobre los que tú ya no gobiernas, los que no llevamos ya tu nombre. ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!» (Is 63, 19) Su oración había sido escuchada: «Cielos, destilad desde lo alto la justicia, las nubes la derramen, se abra la tierra y brote la salvación, y con ella germine la justicia. Yo, el Señor, lo he creado». (Is 45, 8) Y la voz del cielo reveló la identidad filial de Jesús: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.» (Mt 3, 17).

2.- EL COMBATE EN EL ESPÍRITU DEL HIJO AMADO

Proclamada la identidad filial de Jesús por la voz del cielo, el Espíritu, que bajó y se posó sobre él (cf. Jn 1, 32), lo condujo, lo empujó, al desierto «para ser tentado por el diablo». El combate espiritual de Jesús alcanza ahora toda su hondura y perspectiva, a fin de llevar a cabo el designio salvador del que lo envió. Está en juego la esperanza del mundo, el alumbramiento del hombre nuevo. «En efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rom 8, 20-21). San Agustín recordó de forma sugerente: «En Cristo estabas siendo tentado tú, porque Cristo tenía de ti la carne, y del procedía para ti la salvación… ¿Te fijas en que Cristo fue tentado, y no te fijas en que venció? Reconócete a ti mismo tentado en él, y reconócete vencedor en él». (Liturgia de las Horas del primer domingo de Cuaresma)

Lucas concluye el relato de Jesús tentado y victorioso en el desierto con esta observación: «Acabada toda tentación, el demonio se marchó hasta otra ocasión», para añadir a renglón seguido: «Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu». Más adelante nos dice que Jesús, en el Espíritu es enviado a evangelizar a los pobres y liberar a los oprimidos, como lo anunciase el profeta de parte de Dios. «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». En el Espíritu anunció la llegada del

reino de Dios y en el Espíritu expulsaba los demonios (cf. Lc 4, 1-30). La lucha de Jesús fue contra el pecado y a favor del pecador, contra el Príncipe de este mundo, para liberarlo y salvarlo de su poder: «Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (cf. Jn 3, 16). «Para la libertad nos ha liberado Cristo» (Gal 5, 1). Con el Espíritu de la verdad, Jesús luchó contra «el padre de la mentira». «Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». (Jn 8, 31-32) En este marco espléndido y esperanzador releo las tentaciones del desierto y su proyección en la vida, misión y pascua del Hijo del hombre. Sigo el relato de Lc 4, 1-13.

2.1.- «Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan»

Las palabras del diablo buscan romper la comunión y armonía «del Hijo amado» con el Padre que lo ha enviado. El tentador le propone a Jesús servirse del poder recibido en provecho propio, de forma autónoma. Querer disponer de Dios y ponerlo a su servicio fue la tentación de Israel en el desierto. La respuesta de Jesús es muy significativa: «Está escrito: No solo de pan vive el hombre». Jesús responde con la Escritura meditada en los largos año de Nazaret. El fruto del combate espiritual consiste en vivir y caminar en la dependencia de Dios, alimentarse de la Palabra, para llevar a cabo su plan de salvación.

Este combate, que mantiene una constante atención para vivir en la dependencia de Dios, atraviesa toda la existencia de Jesús filial de Jesús. Cuando los discípulos le insisten: «Maestro, come», él responde: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra» (Jn 4, 27-38). Ante la búsqueda de los primeros puestos por parte de los Doce, Jesús afirma: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos». (Mc 10, 45)

Jesús era consciente de tener «poder» y «libertad» para usar de él. Y esa conciencia de Jesús es la que quiere manipular el poder seductor del maligno. Ahí radica el núcleo del combate espiritual. Magnificas son las palabras de Jesús, el Buen Pastor: «Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre». (Jn 10, 17-18) Jesús ejerce libremente «su poder» despojándose de su vida en favor de las ovejas. Es la paradoja de quien vive del amor del Padre. En el Espíritu, Jesús, el hombre nuevo, vence al diablo que busca, como lo hiciera con Israel y con el viejo Adán, situarlo frente a Dios. ¡Es el camino de los hijos de Dios!

Jesús era muy consciente de que el Padre había puesto todo en sus manos, pero él permanece en su dependencia, colaborando en su obra: «Mi Padre sigue actuando y yo también actúo» (Jn 5, 17). Sus palabras, sus obras, su persona, reenvían siempre al Padre. El Dios de la esperanza se hace así presente en las palabras y obra de su Hijo.

2.2.- «… Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo»

El tentador, «el padre de la mentira», es muy sutil. «El Hijo de Dios» ha vencido en el primer asalto. Ahora, Jesús de Nazaret es tentado con «el poder y la gloria», con la posibilidad de poseer los reinos del mundo. La tentación conecta con el «deseo» y la aspiración del corazón de pueblos y personas. Todos, consciente o inconscientemente, buscamos «poder y gloria», para regir el mundo, independientemente del fin que cada uno pueda proponerse. El diablo miente doblemente: el mundo no es suyo y el poder que ofrece desemboca en esclavitud. En efecto, el precio a pagar para tener poder y gloria es reconocerlo como «señor», al que hay adorar y del que hay que depender. De esta forma la libertad queda arruinada. El diablo hace esclavos, no personas libres. El poder y la gloria que ofrece el tentador engendran nueva esclavitud.

La respuesta de Jesús es tajante, sin dejar espacio para el flirteo: «Está escrito: Al Señor, tu Dios adorarás y a él solo darás culto». El combate espiritual es un combate, en definitiva, para caminar en la libertad y llevar a los demás a la libertad. Para Israel, el desierto era el camino de la libertad. Dios, el único Señor, había liberado al pueblo de la opresión y lo conducía a la patria de la libertad. Pero Israel sucumbió a la idolatría, como hoy sigue sucediendo tantas veces. En Jesús éramos tentados y en Jesús se nos ha dado la posibilidad de vencer.

Los ídolos de este mundo nos inducen a falsas expectativas y esperanzas. El camino de la esperanza que no defrauda, la que Jesús lleva a cabo, supone adorar en exclusiva a Dios y ponerse sin condiciones al servicio de su plan salvador. No desde el poder y la gloria, sino desde la perspectiva del Siervo. Jesús no fue enviado para dominar, sino para hacer hombres libres, e instaurar la verdadera justicia en el amor. «Aprended de mí que soy manos y humilde de corazón» (Mt 11, 29). Viviendo su misión como Siervo, cumplió el proyecto de Dios, como lo expresa de forma magistral el evangelista:

Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Isaías: «Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, en quien me complazco. Sobre él pondré mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará, hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones». (Mt 12, 17-21)

Jesús no dejó de anunciar la presencia del reino de Dios, la presencia salvadora de Dios, con su vida, palabra, acción y pascua, pero como siervo. El anuncio del Evangelio de Dios, el Evangelio de Cristo, fue para Pablo su oficio sagrado, el culto rendido a quien lo eligió y envió como su testigo (cf. Rom 15, 14-21). Para ello el Apóstol se hizo siervo de Cristo Jesús y, por amor a él, siervo de los demás (cf. Rom 1, 1; 2Cor 4, 5). Estamos ante una dimensión fundamental del combate espiritual: mantenerse firme y sin concesiones en el llevar a cabo la misión recibida en la condición de siervo.


2.3.- «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito…»

Derrotado por Jesús mediante la Escritura y la fuerza del Espíritu, el diablo vuelve de nuevo al ataque. Ahora lo hace tomando pie de la misma Escritura, desde una lectura parcial de la palabra proveniente de Dios. Jesús rechaza la tentación invocando la totalidad de la revelación: «Está escrito (Mt, en el texto paralelo, dice: también está escrito): No tentarás al Señor, tu Dios». Una dimensión esencial del combate espiritual está en la acogida de la totalidad de la palabra de Dios, evitando una lectura parcial de la misma, así como la búsqueda de lo espectacular y extraordinario. ¡No podemos tentar a Dios!

Esta última tentación va a repetirse a lo largo y ancho de la misión de Jesús. Los instrumentos de los que se sirve el tentador son muchos y variados. La carne es débil, pero sostenida por el Espíritu, puede vencer. Veamos de que «instrumentos» se sirve el diablo para seguir tentando a Jesús y el combate de este para salir victorioso.

En un momento dado, la familia buscó apartar a Jesús de su misión, pues se decía que estaba fuera de sí (cf. Mc 3, 21). Cuando su madre y sus hermanos lo mandan llamar, él responde: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (3, 34-35). Es el combate por la libertad para la misión recibida del Padre.

En otro momento, le dicen sus familiares que se muestre en público: «Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo», pues, como anota el evangelista, «tampoco sus hermanos creían en él» (Jn 7, 1-8). Jesús reacciona duramente, «la mentalidad del mundo», que el padre de la mentira alienta en ellos, ya que no se corresponde con la voluntad del Padre. Él ha venido a salvar al mundo siguiendo el camino del siervo. Juan Bautista había afirmado de él: «Este es el cordero de Dios, que

quita el pecado del mundo». (Jn 1, 29) ¡Jesús permanecerá fiel a su identidad y misión hasta el final!.

Grande y constante fue el combate espiritual que Jesús mantuvo con el pueblo a lo largo de su misión pública. Cuando la gente quiso retenerlo, pues se había retirado solo al desierto, dijo: «Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado». (Lc 4, 43) Ni el éxito ni el fracaso lo retienen, avanza con la mirada fija en el proyecto del Padre, que Él había hecho suyo en la escucha propia del discípulo, en Nazaret. Quieren hacerlo rey, líder, y se retiró solo a la montaña (cf. Jn 6, 15). El evangelista nota que se quedaba fuera «en lugares solitarios» (Mc 1, 45), pues su renombre era grande. Jesús no dudó en aceptar la soledad ante la defección de sus seguidores. ¡Duro combate! ¡Cómo cuesta perder relevancia y ser pocos!

No menos intenso y constante fue el combate de Jesús, con los discípulos y sus expectativas mesiánicas, para conducirlos a la auténtica esperanza. Conocida de todos es la dura reprensión a Pedro delante de los otros discípulos: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» (Mc 8, 33) Pedro acababa de confesar por revelación de Dios: «Tú eres el Mesías»; pero la interpreta de acuerdo con los criterios de la cultura religiosa de su tiempo, según la cual la Escritura afirmaba que el Mesías no moriría (cf. Jn 12, 33-34). Jesús proseguía su combate espiritual para llevar a cabo la obra del Padre como el Siervo. Pedro comprenderá después de Pentecostés y proclamará: «El Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús…» (Hch 2, 13) Jesús luchó para hacer pasar a sus discípulos de las expectativas mesiánicas a la verdadera esperanza. Y este combate sigue librándolo entre nosotros.

Una dimensión importante de este combate espiritual de Jesús se libró a la hora de recibir a los discípulos como don del Padre: «Los que tú me has dado». Pero al mismo tiempo, después de pasar la noche en la oración de Dios, llamó libremente a los Doce que quiso. y esto de manera libre. (cf. Jn 17, 1ss; Lc 6, 12-16; Mc 3, 13-19). Una vez más estamos ante la paradoja divina. Es el combate en el Espíritu para acoger libremente el don de Dios, para asumir su hora y plan.

Inútil evocar, pues lo sabemos de sobra, su combate con las autoridades y con los que ponían su confianza y esperanza en el cumplimiento de la Ley, según la cultura religiosa de su tiempo. Jesús es el testigo de la verdad, de la misericordia divina. Luchó por la verdad que libera y salva, por la verdad de Dios y del hombre. Sus mismos

adversarios reconocían la libertad con que hablaba: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad sin que te importe nadie, pues no te fijas en apariencias» (Mt 22, 16) Marcos precisa: «eres veraz y no te preocupa lo que digan» (12, 14). Lucas, por su parte, subraya: «enseñas con rectitud» (20, 21) ¡El combate espiritual consiste en dejarse conducir por el Espíritu de la verdad, libertad y comunión!

3.- EL COMBATE DEL AMOR HASTA EL EXTREMO

El combate espiritual de Jesús, en última instancia, es la expresión de la comunión filial en «la pasión de amor» del Padre por el mundo (cf. Jn 3, 16). Jesús vivió esta pasión de amor en una carne semejante a la nuestra y, por tanto, aprendiendo a obedecer, entre gritos y lágrimas. Su combate fue dramático y agónico. En el momento de pasar de este mundo al Padre, Jesús, sostenido por el Espíritu, consuma la «obra del Padre» en favor del mundo.

3.1.- El combate filial de Jesús con su Dios y Padre

Consciente y libremente, Jesús asumió que había llegado la hora del Padre en la hora de las tinieblas. Vivió este momento entre la turbación y la acción de gracias. Era consciente de ser el pan dado por el Padre, para la vida del mundo. Ardientemente había deseado este momento. En la última cena se dio en la acción de gracias al Padre a los que habían creído en él. Es Eucaristía. El lavatorio de los pies mostró de forma simbólica su decisión de servir desde el último lugar, como un verdadero siervo. Cantó con sus discípulos los cantos de victoria y acompañado de algunos de ellos se dirigió a Getsemaní. Es la hora del combate más dramático con su propia «carne», para llevar a cabo la salvación en esperanza de la humanidad.

Su alma «está triste hasta la muerte». «Y, adelantándose un poco, cayó en tierra y rogaba que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y decía: «¡Abba!, Padre: tú lo puedes todo, aparta de mí este cáliz. Pero no sea como yo quiero, sino como tú quieres». (Mc 14, 35-36) Sólo dos subrayados de este combate de Jesús en la soledad. Con gran realismo le vemos triste. Con gran realismo santa Teresita del Niño Jesús comentó: «los mártires habían sufrido con alegría, mientras que el rey de los mártires lo había hecho con tristeza». Pero en esta lucha es donde Jesús mejor revela su conciencia filial. Aquí nos encontramos con la expresión aramea: ¡Abba!, expresión de su relación fundamental con su Dios y Padre.

Este combate alcanza todo su dramatismo en la cruz, como los evangelista nos hacen contemplar. Jesús, con voz potente, exclamó su lucha interior con palabras de la oración de Israel, con los salmos que había cantado en Nazaret: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 14, 34; cf. Sal 22, 2) «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23, 46; cf. Sal 31, 6). Ante el silencio de Dios, Jesús vive la experiencia más dolorosa del abandono. Entre gritos y lágrimas hizo la experiencia de la humillación y obediencia. Pero en la cita del salmo 31, la voz potente de quien muere, introduce una palabra clave: «¡Padre!» Jesús ora con la oración de Israel, pero con la conciencia de entregarse al Padre en el acto supremo de confianza y amor. Y así, entregado al Padre, revela su identidad filial y el sentido último de su muerte. «Todo está consumado». «Y entregó su espíritu». El Espíritu sostuvo la carne de Jesús, para ofrecerse al Padre en favor de la humanidad entera. ¡El amor ha vencido! El muro de la enemistad ha sido derribado. Comienza la nueva humanidad. Se ha cumplido su palabra: «Y cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32)

3.2.- El combate definitivo y victorioso de Jesús

Entre el ¡Abba! del Huerto y el «Padre», colgado en la cruz, Jesús experimentó de forma radical la última de las tentaciones del desierto: «Que el mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos» (Mc 15, 32). A través de los que pasaban por ahí, de las autoridades, de los soldados e incluso quien compartía el mismo suplicio, Jesús volvía a ser tentado. Y Jesús permaneció en la cruz para abrazar así a la humanidad entera, orando por ella: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34) De nuevo: ¡Padre!. Es el combate del Hijo para llevar a cabo la pasión de amor del Padre por el mundo, para realizar toda justicia: la justicia del Padre, del Padre santo, del Padre justo.

En conclusión, si Jesús es la esperanza de toda la humanidad, lo es porque permaneció en la cruz, porque murió como un esclavo para liberar a los esclavos. Un Mesías como lo imaginaban unos y otros, sólo hubiera llevado a cabo las expectativas de un pueblo oprimido, como era Israel en aquel momento. Así se habían presentado algunos pretendidos mesías. El Evangelio nos recuerda que en su Pascua, Jesucristo nos estaba salvando en esperanza del pecado, la muerte y la misma ley, como insisten los escritos del Nuevo Testamento. ¡Salve, oh cruz, esperanza única!

4.- LAS ARMAS DEL COMBATE ESPIRITUAL DE JESÚS

Inserto en un pueblo y cultura religiosa determinada, Jesús asumió «la debilidad de la carne» y «el yugo de la ley», esto es, la ley escrita u oral, (cf. Jer 2, 20; 5,5; Sir 6, 24-30; 51, 26-27), para liberar a la carne de la corrupción y «rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial». Esta es la finalidad de todo combate espiritual, de toda misión: conducir a la filiación. Tal es el camino para servir la esperanza, que Dios depositó en el ser humano. El hombre es un ser de esperanza, y ha sido salvado en esperanza. ¿Con qué armas llevó Jesús a cabo este combate? Señalaré tres de entre ellas.

Jesús, como vimos, avanzó en su existencia terrena y misión desde la totalidad de la palabra de Dios. Su arma preferida, para vencer los diferentes asaltos del «diablo», no fue otra que la Escritura. A través de ella avanzó en perfecta comunión, obediencia y sintonía con el Padre que lo envió para llevar a cabo la nueva alianza prometida.

En esta perspectiva, los evangelistas y demás escritos del Nuevo Testamento insisten en la oración de Jesús. En la oración filial, Jesús avanzaba hacia el Padre, en perfecta obediencia. Entre gritos y lágrimas, en ocasiones, pero siempre desde una entrega incondicional en las manos del Padre. En medio del combate, Jesús, el que inicia y completa la fe, se vivenciaba como el Hijo amado. En la oscuridad propia de la fe avanzaba con la certeza de ser amado (cf. Hb 12, 1-6). Cultivar la conciencia filial es su secreto y el arma decisiva en la misión.

En tercer lugar, Jesús fue hasta el final de su combate sostenido por el Espíritu. Sobre su carne débil y frágil, descendió y permaneció el Espíritu. En el Espíritu fue al desierto y venció al tentador. En el Espíritu expulsó los demonios. En el Espíritu dio gracias y bendijo al Padre. En el Espíritu caminó en todo momento en comunión con el Padre y su designio de salvación. Por el Espíritu se ofreció al Padre como sacrificio sin mancha, para purificar nuestras conciencias y dar culto al Dios vivo (cf. Hb 9, 14). Y en este mismo Espíritu fue resucitado de entre los muertos para nuestra justificación y esperanza (cf. Rom 8, 5-13).

En conclusión, bien puede decirse que Jesús, a través de todos sus combates nos revela el amor inaudito del Padre por el mundo y el camino del hombre nuevo y verdadero: Vivir para Dios y para los demás. En un contexto bautismal, la fe apostólica afirma de él: «Porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios» (Rom 6, 10). Y porque vive para Dios sigue viviendo para sus hermanos, intercediendo por ellos: «De ahí que puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos» (Heb 7, 25).