¿Cómo alentar la esperanza y “la vida en abundancia del Reino” en un mundo vulnerado por la enfermedad y la muerte?

ESTUDIO DE EVANGELIO 

¿Cómo alentar la esperanza y “la vida en abundancia del Reino” en un mundo vulnerado por la enfermedad y la muerte?

P. Carlos Guzmán,
Reponsable del Equipo de Guadalajara

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Proemio: El Evangelio de Lucas, Jesús es presentado como la esperanza de los desesperanzados. Desde el cantico de María, que declara que Dios viene a luchar por los oprimidos, pasando por las acciones que son signos del Reino: resurrecciones, conversiones, sanaciones; hasta llegar a la entrega amorosa en la cruz. Escogemos algunas de las sanaciones hechas por Jesús para descubrir desde los pequeños la esperanza de un modo nuevo de vida y su confianza en Jesús, el Hijo de David. Y, desde Jesús descubrir que en sus gestos, tenemos las líneas de acción para evangelizar a este mundo tocado por la enfermedad: vendar con compasión las heridas y colmar del bálsamo de la misericordia a los corazones desgarrados.

¿Cómo alentar la esperanza y “la vida en abundancia del Reino” en un mundo vulnerado por la enfermedad y la muerte?

La pregunta vital que nos lleva al corazón del Evangelio a contemplar a Jesús y, a fuerza de contemplarlo conocerlo en un encuentro con Él y reconocerlo en la vida, para dejar que nos configure como discípulos y apóstoles.

Lc 5, 12 – 16: “Señor, si quieres, puedes curarme”.

v. 12: “ Se presentó un leproso…cayó rostro en tierra y suplicaba: – Señor, si quieres, puedes curarme…”

v. 13: “Extendió la mano y le tocó diciendo: – Lo quiero. Queda limpio”.

v. 15: “Su fama se extendió…v.16… pero él se retiraba a lugares solitarios para orar”.

La lepra es una terrible enfermedad, comienza con una mancha que se desarrolla hasta mutilar los miembros de las personas. Es una mancha física, pero también social: el leproso es expulsado del pueblo y está obligado a gritar: “Soy impuro, retírate…” para que nadie pueda acercarse. Esa es la ley.

Este leproso, posiblemente sabe quien es Jesús y lo que puede hacer por él, ¿cuantas veces no habrá oído del Maestro de Nazaret? Así que transgrede la ley y se acerca suplicante. “Si quieres” es una expresión que revela la fe y la esperanza del leproso. “Si quieres sácame de este doloroso trance… si quieres, puedes sanarme desde dentro y por fuera”.

La sabiduría de Jesús no se basa en la ley, según la cual tenía derecho a apedrearlo y denunciarlo si se acerca. La sabiduría de Jesús es la del amor misericordioso. Él sabe que este hombre necesita cercanía

entre tanta soledad y aislamiento. Jesús no sólo acepta esa cercanía sino que además lo toca; el intocable es tocado por Jesús.

El gesto de Jesús es de rescate: nadie puede ser excluido de la misericordia sanadora de Dios. Aquél hombre es incorporado a la comunidad humana como hombre sano. Que tiene derecho a participar y vivir la abundancia de la vida en una sociedad rasgada por la exclusión.

Jesús no desea ser un mesías exaltado por la fama y el éxito humanos. Desea ofrecer con sencillez y humildad la oportunidad que el Padre está dando a todos. Su fuerza y su poder no tienen que ver con lo humano. La fuerza y el poder humano corrompen. Sólo la fuerza de Dios es ofrecida a manos llenas: sanar, salvar, curar, perdonar, limpiar la raíz del pecado en nuestras vidas para donarnos la de Él en abundancia.

Lc 5, 17 – 26: “El poseía la fuerza del Señor para Sanar”.

v. 17b: “El poseía la fuerza del Señor para sanar”.

v. 20: “Hombre, se te perdonan tus pecados”.

v. 22: “¿Qué están pensando? ¿Qué es más fácil decir? Tus pecados te son perdonados o levántate y anda…”

v. 24: “Para que sepan que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar los pecados… levántate, toma tu camilla y echa a andar”.

La comunidad que lee el evangelio de Lucas debe diferenciar entre la persona de Jesús y su actividad en favor de los pobres, los enfermos y el Reino, de la actividad de los dignatarios religiosos judíos y su papel de “cuidadores” de la ley. Los fariseos y maestros de la ley no van más allá de sus interpretaciones. No acompañan ni cuidan al pueblo, como habría de ser su vocación. Sólo ofrecen “fardos pesados”.

esús no solo ofrece sanación, sino que también ofrece el perdón a aquel paralítico, lo que supone un escándalo para los funcionarios de la religión judía: “¿Qué estás diciendo? Eso es una blasfemia”. Sólo Dios, luego de unos ritos apropiados, perdona los pecados. Jesús no necesita cumplir con condiciones para dar el perdón y la sanación, menos de ritos propios del A.T.

Personar y sanar no son acciones fáciles, requieren de la asistencia divina, del poder dado por el Padre a Jesús. Los expertos en la ley no pueden reconocer que l poder de Jesús para perdonar y curar proceden de Dios, que ha puesto en marcha su plan de amor para los hombres en la persona de Jesús de Nazaret.

El cuadro que se presenta es significativo: aquel que es traído por la fe de sus amigos, es perdonado y sanado. La ley no ha servido de nada, los ritos no han sido necesarios. Sólo la apertura del corazón hacia Jesús, hacia la obra de Dios, hace que nos sintamos perdonados y acogidos por Él para levantarnos y comenzar de nuevo. Dios desea que nos levantemos, solo la fuerza de su amor puede lograrlo.

Lc 7, 1 – 10: “No soy digno de que entres bajo mi techo…”

v. 2: “Un centurión tenía un sirviente… estimado por el… enfermo, a punto de morir”.

v.6: “Jesús fue con ellos”.

v. 6b – 7: “No estaba lejos de la casa, cuando el centurión envió a unos amigos a decirle: Señor, no te molestes, no soy digno de que entres bajo mi techo. Pronuncia una palabra y mi muchacho quedará sano.

El texto nos habla de un centurión, un jefe militar a cargo de una “centuria”, es decir, de cien soldados acampados probablemente en las cercanías de Cafarnaúm. Lucas nos habla de un hombre poderoso pero generoso: había construido una sinagoga y tenía estrechos lazos con la comunidad judía, de quienes se sirve para pedir a Jesús que sane a su sirviente.

Se advierte enseguida que Jesús no se niega, incluso frente a la posibilidad de quedar impuro por entrar en la casa de un pagano. El Reino ha de acontecer para todos, más allá de las condiciones de raza o religión.
La comunidad cristiana primitiva nunca olvida las palabras de este hombre al saber que Jesús había accedido a su petición:

…no soy digno de que entres en mi casa… soy extranjero, no te incomodes en venir. Aquel hombre parece respetar con prudencia las prescripciones de la ley, pero más allá de eso muestra una fe tan grande que hasta el mismo Jesús se admira: “sólo pronuncia tu palabra y mi siervo sanará”. Esta es la respuesta de la fe, tener la certeza de que lejos, cerca, dentro o fuera, Dios, al pronunciar su palabra actúa de manera sorprendente. Se requiere de una fe muy fuerte en estos tiempos que vivimos. La respuesta de la fe es la que permite la acción de Dios. Nos recuerda que Jesús pregunta a sus discípulos en otro texto: Cuando venga el Hijo del Hombre ¿encontrará fe en la tierra?

Lc 13, 10 – 17: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad”.

v. 11: “…se presentó una mujer que llevaba dieciocho años padeciendo una enfermedad por un espíritu. Andaba encorvada, sin poder enderezarse”.

v. 12: “Jesús al verla la llamó…”

v. 12b – 13: “…mujer quedas libre de tu enfermedad. Le impuso las manos y al punto se enderezó”.

Una mujer, colocada en la última escala de entramado social del judaísmo, nada vale, nada tiene. Su vida, durante dieciocho años, ha sido postración e inutilidad; no puede subir la cabeza, mira hacia abajo, como todas las mujeres de Israel. Ella está encorvada por la enfermedad, sus contemporáneas están encorvadas por la vergüenza, la inutilización, la dependencia.
Ella no puede ver a Jesús. Posiblemente entra tímidamente al lugar que ocupan las mujeres en la sinagoga. La antigua e innecesaria ley ortodoxa de la mejitzá (separación) no le permite ir más allá. Pero Jesús la miró, poso su mirada sobre ella y sobre su sufrimiento y la llamó.
Nuevamente el gesto de Jesús es signo de salvación de rescate, de salud, de vuelta a la dignidad primera de los hijos de Dios.
La actitud legalista del jefe de la sinagoga es signo de la postración e inhabilitación de la persona a una ley sin sentido, mientras que la acción de Jesús, su compasión al sanar a aquella mujer, significa que ahora puede levantar la mirada y ver a Dios cara a cara.
Ella, al sanar alaba y glorifica a Dios, rescatando también el sentido del día sábado: que Dos sea glorificado, que sea un día de cercanía y no de lejanía de Dios.

Lc 17, 11 -19: “Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros”.

v. 12: “Al entrar a un pueblo le salieron al encuentro diez leprosos, que se pararon a cierta distancia…”

v. 13: “Y alzando la voz, dijeron: Jesús, maestro, ten piedad de nosotros”.

v. 14: “Al verlos dijo: vayan a presentarse sacerdote. Mientras iban de camino quedaron sanos”.

v. 15: “…uno de ellos, viéndose sano, volvió glorificando a Dios en voz alta… se postra… agradece…es samaritano…”

Lucas nos recuerda que Jesús va camino a Jerusalén (v 11), dispuesto a enfrentar su destino. Es en medio de esa decisión final que se encuentra con diez leprosos que, según la costumbre “toman distancia”. Ya han sido expulsados de la sociedad, se han juntado para poder sobrevivir, ¿que más pueden perder?
No obstante, no se adelantan a Jesús, se distancian, ya han asimilado su nueva forma de vida aislada, excluida y marginada.

La petición, más que de curación, hace referencia a los salmos de perdón, donde el pecador reconoce su culpa y desea enmendarse delante de Dios. Solo a Dios se le pide misericordia y, probablemente, estos diez han oído de Jesús como “profeta de la misericordia” que, viniendo de parte de Dios puede perdonar los pecados.

No hay detalles de la curación. La orden que da Jesús es dicha como si ya hubieran sanado. La palabra de Jesús se dice, se pronuncia y actúa, es la nueva “dabar” de misericordia y amor ofrecida a todos los que se acercan a Jesús.

¿Qué pasa en el corazón de los otros nueve leprosos? Asumen su curación como algo merecido, como lago ordinario que tenía que pasar. Es la mentalidad propia de quien centra su vida en la legalidad: si cumplo la ley, obligatoria y necesariamente obtengo algo de Dios, el exigente.

El corazón del samaritano no es autosuficiente, sabe que ha pasado algo extraordinario, que no se debe a él sino al poder de sanación de Jesús que le da una nueva oportunidad, una nueva vida.

Por eso sus expresiones son de gratuidad por la cercanía del Dios misericordia.

La referencia del samaritano como extranjero nos recuerda a los otros extranjeros que han dado el paso de la fe y se han identificado con Jesús: el centurión, la samaritana, la mujer siro- fenicia. Todos ellos nos revelan el amor universal del Padre manifestado en el ministerio de Jesús, el sanador.

Lc 18, 35 – 43: “Jesús, Hijo de David, ten piedad de mi”

v. 35: “Cuando se acercaba a Jericó, un ciego estaba sentado junto al camino”.

v.37-38:“Le dijeron que pasaba Jesús de Nazaret… el gritó: – ¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!”

v. 41: “¿Qué quieres que haga? Contestó: Señor, que yo pueda ver…”

Este texto no puede prescindir del tercer anuncio de la pasión. Los discípulos no comprenden lo que Jesús les anuncia. El texto nos recuerda que el asunto “les resultaba oscuro” (Lc 18, 24). Enseguida aparece el ciego al borde del camino, sumergido, como los discipulos, en la oscuridad, incapaz de encontrar a alguien que lo saque de su ceguera y de su postración.

El comprende, al saber que Jesús estaba pasando, que él es el único que puede iluminarle, hacerle ver. Esta actitud del ciego, hace un fuerte contraste con la de los discípulos que, estando con Jesús, aun no ven quien es. El ciego reconoce a Jesús como Hijo de David, como Mesías- salvador.
Nunca falta quien quiera silenciar la voz de los suplicantes, sin embargo Dios sabe escuchar, sólo el reconoce nuestra voz de auxilio frente a quienes pretenden silenciar la vida.

Solo reconociendo a Jesús como Señor, solo apelando a su noble corazón se puede dar el encuentro. Dios vela por sus hijos, no los abandona a su suerte. La pregunta de Jesús (¿Qué quieres que haga?) es la expresión de la ternura y compasión de Jesús, de una valoración absoluta por la libertad de la persona humana. El grito del ciego es el mismo de todos los ciegos y excluidos del mundo: “Señor que yo pueda ver”.

La acción de Jesús va a acompañada de unas palabras que el ciego espera con ansias: “Recobra la vista”. Pero Jesús va más allá y reconoce en la insistencia de aquel hombre una fe inquebrantable: nadie puede silenciar a quien está dispuesto a dejarse salvar por Dios.

Este regalo de la luz, de la salvación, tiene como consecuencia el seguimiento, la gloria y la alabanza a Dios (v43), actitudes que Jesús ha de exigir a los discípulos de ayer y de hoy.

Mirando la vida

Una situación de enfermedad de dimensiones mundiales ha producido que organicemos nuestra existencia de manera diferente a como la hemos conocido, generándose nuevos modos de relación, nuevas propuestas de realización que apuntan al autocuidado y la protección, nuevos espacios de convivencia mediados por la tecnología. Pero a la vez, esta situación extraordinaria, ha generado exclusión, aislamiento, silenciamiento, marginación, miedo o terror, desesperación, desesperanza. Se abre con singular asombro la brecha ya existente entre quienes pueden y tienen los medios suficientes para sobrevivir y quienes tienen pocas oportunidades y recursos para sostenerse.

La mentira más grande generada en esta emergencia sanitaria, es la pretensión de que nos hemos igualado todos porque todos somos vulnerables. Nunca como ahora se había visto el rechazo y la marginación hacia los más desposeídos, e incluso hacia quienes tienen enfermedades crónicas e incurables: los enfermos de cáncer, de SIDA, aquellos que reciben hemodiálisis, los ancianos solos y abandonados. Los medios de comunicación y las redes sociales no hacen más que recordarnos que somos manipulables y que solo los que están en el poder tienen la solución a todos los problemas y la curación de toda una sociedad, aunque sea a base de mentiras, relativismo y dictaduras ideológicas. Así están en el mundo los hombres: enfermos, solos, aislados y sin esperanzas.

Con una lepra que lo excluye del ámbito social y de las decisiones económicas y políticas de aquellos que hoy detentan el poder. Con una parálisis que condiciona la propia existencia, haciéndolo poco crítico y dependiente de la necedad legalista de los otros. Con una incapacidad para mirar al otro con ojos limpios y universales, produciendo ostracismo, encierro, encorvamiento del alma, aislamiento y desconfianza en el otro. Con una postración de años que no nos permite levantar la mirada y ver el futuro con esperanza y optimismo. Con un corazón que se cree con derechos, un corazón legalista que no me permite dar gracias por la vida. Con una ceguera que no me permite “ver” el paso de Dios por la propia existencia, dando luz, transformando todo.

Frente a estas enfermedades de ayer, hoy y de todos los tiempos aparecen los pequeños del evangelio con el corazón colmado de una esperanza: que el encuentro con ese joven inquieto de Nazaret pueda traer algo nuevo a sus vidas, por eso, transgrediendo la ley, el leproso se acerca suplicante: “Señor, si quieres, puedes curarme” (Lc 5, 12); sin saber cómo reaccionarían los presentes, los amigos del paralítico remueven las tejas de la casa donde estaba Jesús para colocar a su amigo a la vista de quien puede sanarlo y perdonarlo; el generoso y prudente centurión, aun con todo su poder, reconoce su indignidad y confía en la palabra de sanación y misericordia de Jesús, que, de lejos, puede sanar a su siervo (Lc 7, 1 – 10); aquella mujer encorvada y separada responde a la llamada de Jesús que la sana y le devuelve su dignidad de hija de Dios, de hija de Abraham; un extranjero, samaritano, asombrado y tocado en el fondo de su corazón por la acción de Dios, vuelve a Jesús para dar gracias por su sanación; un ciego al borde del camino grita-suplica esperanzado: “Señor, que yo pueda ver”.

Jesús vence toda separación, aislamiento, temor decretado por la ley en la vida de estos pequeños y se acerca tocando, sanando, perdonando. No hace acepción de personas, abre su corazón a todos, como el Padre ya lo ha hecho. Sólo Jesús puede hacerlo.

Anunciar a este Jesús que baja a Jerusalén para refrendar en el altar de la cruz toda su acción misericordiosa y sanante es la clave para mantener, avivar, sostener la esperanza de nuestros hermanos más pequeños y vulnerables, aquellos que han sido aislados por nuevas normas de salud y que viven con inseguridad por el futuro estos momentos difíciles que atraviesa el mundo. Frente al aislamiento y la soledad que experimentan nuestros hermanos Jesús nos invita a hacer nos compañeros de camino, a acercarnos a tocar los corazones.

Luces

  • La esperanza se anuncia, se construye y mantiene de pequeños gestos humanos: visitar y bendecir a quien se encuentra aislado, hacerles sentir nuestra presencia de hermanos y de pastores. Aunque se guarden las distancias físicas es necesario acortar las distancias del corazón con gestos de humanidad unidos a los gestos salvíficos de la Iglesia (Los sacramentos).
  • Ayudar a afianzar la vivencia del encuentro con Jesucristo a través del evangelio estudiado en pequeños grupos a razón de la limitación para reunirnos: por familias o pequeños grupos en los sectores, rescatando la dinámica de las pequeñas comunidades y del “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre”. Hoy como nunca se nos abre este espacio para evangelizar desde lo pequeño y desde los pequeños.
  • Acompañar, acudir personalmente, como buenos pastores a las familias pobres con la solidaridad inmediata. No podemos tercerizar la caridad a organizaciones o instituciones benéficas, es necesario colocar a toda la comunidad en el horizonte de la solidaridad y el compartir lo que se tiene, pero haciendo presencia con gestos de verdadera cercanía, sin flashes, ni selfies, sino con el corazón esperanzado en un futuro mejor, en una vida nueva y sana que sólo nos dará Jesucristo.