ESTUDIO DE EVANGELIO

ESTUDIO DE EVANGELIO

EVANGELIZAR HOY
P. Xosé Xulio Rodrı́guez
Del 27 de julio al 2 de agosto del 2020

Hermanos queridos y recordados del Prado de México:
Comparto con vosotros este sencillo estudio del Evangelio en la carta a los Colosenses. Es para mı́ una luz y una referencia en el regreso a la diócesis, después de 20 años al servicio del Prado. Es una manera de prolongar las visitas, los inolvidables momentos que hemos pasado juntos en retiros, sesiones de formación y convivencia en vuestras casas y parroquias. Todo ha sido para mı́ un tesoro de gracia de incalculable riqueza. Ahora me toca un estilo de vida en el silencio del Nazaret y en el aprendizaje de cómo anunciar hoy a Jesucristo acompañando la vida de esta gente sencilla en la misma región dónde he nacido. Que la Guadalupana nos fortalezca y nos facilite hacer lo que el Maestro nos quiere decir en todo momento. Un abrazo.

X. Xulio.



ALGO DE MÍ

Estoy viviendo en mi parroquia natal: San Esteban de Ribas del Sil. Es una tierra agreste, poco productiva. Fue tierra de eremitas y después de monasterios. La zona se la llamó desde hace siglos la “Ribeira Sacra”.

El nombramiento que me confió el obispo es el de ser moderador de la Unidad de Atención Pastoral de Luintra, que está formada por siete pequeñas parroquias, con una población escasa y envejecida. Es una realidad pobre que hay que acompañar, contando con muchas limitaciones, pero también con el cariño y la buena acogida de la gente. Yo estoy contento con el trabajo que estamos iniciando o más bien comenzando a ver. ES muy diferente del ajetreo de estos años; menos exigente en cuanto a la elaboración, pero cuidando mucho la presencia y el diálogo sencillo con la gente, tratando de crear comunidad y de compartir la fe. Esto es a grandes rasgos lo que estoy viviendo en esta nueva etapa.

X. Xulio

EVANGELIZAR HOY

En un contexto social y cultural, que se muestra indiferente o extraño ante la religión y mucho más ante la fe, donde Dios ha sido borrado prácticamente del universo cultural, ¿cómo llevar a cabo la misión evangelizadora en estos pueblos de vieja cristiandad donde tal vez es necesario comenzar por el primer anuncio? La experiencia apostólica de Pablo que nos deja ver la carta a los Colosenses puede ser una luz y una referencia para nuestra misión pastoral hoy y para renovar nuestra pasión y nuestro ardor apostólico al servicio del Evangelio de Cristo.

1. Conciencia de haber sido llamado a anunciar el Evangelio

Como Pablo nosotros somos conscientes de que Dios nos ha llamado y nos ha elegido para esta misión. No se trata de una iniciativa o de una ocurrencia personal, sino de una llamada de Dios que hemos recibido y respondido a través de diversas mediaciones convirtiéndonos en verdaderos servidores de la Iglesia, el cuerpo de Cristo: de la cual Dios me ha nombrado servidor, conforme al encargo que me ha sido encomendado, en orden a vosotros: llevar a plenitud la palabra de Dios (1,25).

En esta hora, como en los comienzos de la misión evangelizadora, nuestra misión ha de centrarse en anunciar y en dar a conocer a Jesucristo, pues hoy es un desconocido ya para varias generaciones. Por esto mismo se hace necesario quizás comenzar por hacer el primer anuncio que ha de ir acompañado del testimonio y de acciones de caridad y solidaridad en el medio social en que vivimos. No hemos de quedarnos en atender a los que están, sino salir al encuentro de los que no están, de los alejados e indiferentes, que son muchos. Este es un gran desafío que nos provoca, interpela y nos trae en vilo: Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos con todos los recursos de la sabiduría, para presentaros a todos perfectos en Cristo (1,28).

La evangelización hoy es una tarea ardua y compleja. Requiere, por nuestra parte, formación, trabajo personal y comunitario, conocimiento de la realidad en toda su complejidad para poder presentar el Evangelio en diálogo con el devenir de la historia y del caminar del mundo actual.

Somos conscientes de que somos aprendices, de que el anuncio del Evangelio requiere preparación y una cierta competencia. No hemos de pensar que lo sabemos todo, que ya tenemos mucha experiencia, que ya no es necesario leer, estudiar, dialogar y reflexionar con otros para buscar nuevos caminos, nuevos métodos… Se trata de estar permanentemente en búsqueda a través de la oración, de la reflexión y de la presencia y acción en medio de la gente. Se trata de mantenernos activos y decididos en la lucha: Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza que actúa poderosamente en mí (1,29). Esta lucha y este trabajo no hemos de cifrarlo únicamente en nuestras capacidades y recursos, en la necesidad que tenemos de proyectarnos, de que se reconozca lo que hacemos, sino que se trata de revestirnos de la fuerza de Dios que actúa a través de nuestra debilidad. Un apóstol nunca puede olvidar que él no es el protagonista, sino quien le envía. Nuestro trabajo ha de hacer transparente la acción y la presencia de Dios. Sólo así permaneceremos firmes y gozosos en medio de las dificultades y contrariedades que comporta la misión evangelizadora: Quiero que sepáis el duro combate que sostengo por vosotros y por los de La odicea, y por todos los que no me conocen personalmente (2,1).

La evangelización es un combate, pues la conversión a Cristo implica un despojarnos de nosotros mismos, del hombre viejo que aún llevamos muy dentro. Por esto mismo la fidelidad al Evangelio, la configuración con Cristo es un trabajo muy delicado que necesita mucho cuidado, acompañamiento para dejarnos seducir definitivamente por la gran riqueza del misterio de Cristo, que es la meta del combate de la evangelización: para que se llenen de ánimo sus corazones y, estrechamente unidos en el amor mutuo, alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y el perfecto conocimiento del misterio de Cristo (2,2). Sabemos que nuestra misión y nuestro ministerio apuntan a este objetivo. A esto hemos consagrado nuestra vida, esta es nuestra razón de ser y de vivir. ¡Qué necesidad tenemos de renovarnos, de reavivar la llamada, la confianza que Dios ha tenido y ha depositado en nosotros al llamarnos y al elegirnos! Esto es lo que Pablo le recuerda a Timoteo y que tiene plena actualidad y vigencia para nosotros hoy: Por eso te recuerdo que reavives el carisma de Dios que está en ti por la imposición de mis manos (2 Tim 1,8). Pero este don que hemos de hacer llegar a nuestras gentes demanda por nuestra parte un combate espiritual que hemos de librar cada día y que se hace fuerte y fecundo por la fe: Esta es la recomendación, hijo mío Timoteo, que yo te hago, de acuerdo con las profecías pronunciadas sobre ti anteriormente. Combate, penetrado de ellas el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta (1 Tim 1,18-19).

La tarea y el trabajo del apóstol consisten en anunciar y extender el Evangelio. Se trata de un anuncio que es en verdad buena noticia, que colma las expectativas de los hombres en cualquier lugar del mundo (Mc 16,15), porque el Evangelio produce sus frutos y es una gracia y un don de Dios para la humanidad: El Evangelio sigue dando fruto y propagándose por todo el mundo, como ha ocurrido entre vosotros desde el día en que escuchasteis y comprendisteis la gracia de Dios en verdad (1,5). Qué importante y qué necesaria esta convicción de fe que muestra Pablo para asumir con gozo y esperanza los trabajos por el Evangelio. No siempre reflejamos y testimoniamos esta convicción de que el Evangelio sigue dando fruto y se sigue extendiendo. Tal vez reflejemos más que no sabemos cómo darlo a conocer o que hoy no es aceptado en nuestra sociedad. Pero estamos llamados a renovar la elección y la misión recibida, ya que Dios no retiró la llamada ni tampoco su presencia y permanencia en medio de nosotros que somos sus servidores: el evangelio que se proclama en la creación entera bajo el cielo, del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor (1,23).

El Señor nos ha llamado para realizar esta misión, de la que nos ha constituido portadores y servidores. Toda nuestra vida gira y se construye al servicio de este encargo que el Señor nos ha confiado, difundir y dar a conocer a Jesucristo, la Palabra definitiva del Padre para toda la humanidad: Dios me ha nombrado servidor (de la Iglesia), conforme al encargo que me ha sido encomendado, en orden a vosotros: llevar a plenitud la palabra de Dios (1,25; 1 Cor 1,17).

2. Desvelar el misterio de Cristo

El apóstol tiene la convicción de que la misión evangelizadora ha de conducir al conocimiento de la persona de Jesucristo y a la configuración plena con él. Para lograr esto no solo se ocupa de la predicación, que es fundamental e importantísima, sino también de la oración de tal manera que crezcan en el conocimiento de Dios gracias a la sabiduría y a la inteligencia de la fe que son obra del Espíritu: no dejamos de orar por vosotros y de pedir que consigáis un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual (1,9-10). Es Dios quien abre los corazones a la fe y hace posible que se llegue a experimentar su conocimiento como una verdadera revelación: nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre y quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar (Lc 10,22).

El conocimiento de Cristo, el desvelo o la revelación de su misterio es una gracia que nos muestra el despliegue y la acción de Dios llena de amor y de misericordia con el mundo y especialmente con la humanidad. Esta, que lo ha ignorado durante siglos, tiene la oportunidad de conocerlo y de descubrir su insondable riqueza. El designio de salvación, el misterio que Dios nos revela es ante todo Jesucristo que hace visible y cercano el reinado de Dios, el cual trae para los hombres las riquezas y los bienes que permiten alcanzar la plenitud: el misterio escondido desde siglos y generaciones y revelado ahora a sus santos, a quienes Dios ha querido dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros la esperanza de la gloria (1,26-27; Ef 3,5-9).

Este es el gran trabajo del apóstol, del heraldo del Evangelio: procurar el conocimiento de Jesucristo. Él es el gran tesoro y la gran riqueza que de una u otra manera buscan todos los hombres aún sin saberlo. El aporta la alegría del corazón y el amor mutuo: para que se llenen de ánimo sus corazones y, estrechamente unidos en el amor mutuo, alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y el perfecto conocimiento del misterio de Cristo (2,2). El misterio es Cristo mismo en el despliegue de la acción salvadora y liberadora de Dios. Ese es el gran don, la gran riqueza que se ofrece a la humanidad, que colma todos sus deseos y aspiraciones: En él están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento (2,3). Cristo hace presente y palpable el reinado de Dios con todos los tesoros que trae para la humanidad y para el mundo. Esto conlleva unas opciones por nuestra parte que invitan al riesgo, a la aventura, a la fe, a despojarnos de algunas de nuestras riquezas haciendo una inversión que parece muy arriesgada. Estas decisiones están en contradicción con las aspiraciones del entorno y van a generar el conflicto y la tensión a nuestro alrededor: el Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo (Mt 13,44).

El conocimiento de Cristo a través de la fe es la gran riqueza que permite al hombre alcanzar la plenitud, el gozo y la alegría de vivir, pues él es el origen y la fuente de todo: porque en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente, y por él, que es cabeza de todo Principado y Potestad, habéis obtenido vuestra plenitud (2,9-10). En esto consiste la fe y en la relación y unión con Cristo consiste también la salvación. Por esto mismo, este es el riesgo, la carta que hemos de jugar para tener vida, para desarrollar y lograr las potencialidades de nuestro ser que el Señor nos ha dado, puesto que lo que en realidad es y tiene consistencia es Jesucristo: Así pues, que nadie os juzgue sobre lo que coméis o bebéis, ni por fiestas, lunas nuevas o sábados. Eso era sombra de lo que tenía que venir; la realidad es Cristo (2,16-17). Esta afirmación y esta convicción de Pablo son contundentes y expresan lo que comporta la fe y la unión con Cristo. Hoy tenemos dificultad y casi no nos atrevemos a hacer esta afirmación tan fuerte ante el relativismo reinante y las convicciones líquidas del contexto posmoderno que estamos respirando. Sin embargo, lo que hemos de vivir y fortalecer es nuestra pertenencia y nuestra unión con Cristo en medio de la complejidad de la vida, pues él es la cabeza por la que todo el cuerpo vive y realiza todos los trabajos y funciones, para mantenernos unidos al cuerpo que, a través de las junturas y tendones, recibe alimento y crece como Dios le hace crecer (2,19).

3. Revestirse de Cristo

El conocimiento de Jesucristo lleva a la unión y configuración con él. Esta es la gran experiencia de Pablo que llega a hacer esta confesión: para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia (Flp 1,21). Por esto mismo, el apóstol en su misión evangelizadora se hace uno con Cristo y asume la cruz y los sufrimientos que dicha misión comporta: Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia (1,24). Esta unión con Cristo es la que está llamado a vivir el creyente. Por esto mismo la fuerza de la fe, de la unión con Cristo le da la capacidad de despojarse de la vieja condición y de revestirse del Señor Jesucristo: os habéis despojado del hombre viejo con sus obras, y os habéis revestido de la nueva condición que, mediante el conocimiento, se va renovando a imagen de su creador (3,9-10).

El hombre de fe, el cristiano tiene toda su vida centrada y proyectada en Jesucristo, el hombre nuevo, que crea un mundo nuevo y una nueva humanidad. Este alumbramiento implica renunciar al hombre viejo, a la idolatría y al pecado del mundo que tanto nos seducen: En consecuencia, dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la pasión, la codicia y la avaricia que es una idolatría (3,5). Este será un combate que hay que sostener permanentemente, ya que nosotros somos frágiles y necesitamos renovar y fortalecer la opción de fe que un día hemos hecho, ya que acusamos la seducción y el atractivo del mundo o de la carne, que es contrario al espíritu, como nos recuerda el Apóstol: si habéis muerto con Cristo a los elementos del mundo, ¿por qué os sometéis a los dictados de los que viven según el mundo? (2,20; Gal 5,16-17). Por esto mismo es tan fundamental cuidar y alimentar nuestra comunión con él: Por tanto, ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded unidos a él, arraigados y edificados en él, afianzados en la fe que os enseñaron y rebosando agradecimiento (2,6-7). Esta es la forma de permanecer en Cristo y de llegar a configurarnos lo más estrechamente posible a nuestro Maestro y Señor, en una palabra, toda nuestra vida estará centrada y fundamentada en Jesucristo rebosando gracia y también apertura y amor a los hermanos con los que formamos un solo cuerpo, una verdadera comunidad: Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón; a ella habéis sido convocaos en un solo cuerpo. Sed agradecidos. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él (3,15.17).

La comunión con Cristo nos lleva a descubrir y vivir lo que es Dios: gracia o gratuidad. Esto ha de resplandecer en nuestras vidas si de verdad nos revestimos de Cristo, si en todo nos parecemos o somos otro Cristo. Por esta razón revestirse de Cristo no consiste únicamente en asegurar y mantener una estrecha relación individual con Cristo. El Señor, que nos revela al Padre, nos envía de la misma manera a los hermanos, a vivir con ellos la gracia y la gratuidad que él nos ha regalado y a colaborar para construir la comunión y fraternidad con todos, superando los muros de división que tan frecuentemente solemos crear, pues en esta nueva condición no hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro y escita, esclavo o libre, sino Cristo, que lo es todo y en todo (3,11). He aquí todo un camino de unidad, de fraternidad y de paz que estamos llamados construir impulsados por la fe en Jesucristo, despojándonos de nuestros proyectos, ideologías, programas, pues el centro, el horizonte y la meta está en Jesucristo. Él lo es todo y todo ha de girar en torno a él.

La comunión y configuración con Cristo nos convierte en hombres de oración. La oración de que nos habla el apóstol es relación con Cristo, oración de intercesión por las comunidades y sobre todo oración de acción de gracias, que es el culmen de toda oración. La oración en el creyente y con mayor razón en el apóstol no es algo ocasional, sino algo constitutivo de su ser y de la misión: sed constantes en la oración; que ella os mantenga en vela, dando gracias a Dios (4,2). Es además una oración de intercesión, una oración con y por la comunidad que ha de ir siempre unida al ejercicio de la misión evangelizadora donde encuentra su fuente y fecundidad: orad al mismo tiempo por nosotros, para que el Señor nos dé ocasión de predicar, y de exponer el misterio de Cristo, por el cual estoy en la cárcel (4,3). La oración refleja y expresa la vitalidad y la fuerza de la caridad pastoral del verdadero apóstol de Jesucristo.

4. La caridad pastoral

El amor a las comunidades, la pasión por el Evangelio y por su difusión son algo fundamental en la vida del evangelizador. El apóstol Pablo es un fiel reflejo de este amor y de esta pasión: por mi parte, muy gustosamente gastaré y me desgastaré por vuestras almas. Amándoos más ¿seré yo menos amado? (2 Cor 12,15; 1 Cor 9,16-18; Rom 15,19-21).

El verdadero apóstol tiene como primer trabajo apostólico la oración por la comunidad, por aquellos a quienes se dispone a anunciar el Evangelio. Esta oración apostólica no solo es de petición, sino de acción de gracias al descubrir todo lo que el Señor está haciendo en las personas y grupos que reciben el Evangelio y que comienzan a conocer a Jesucristo: Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando siempre por vosotros (1,3). Esta oración le permite al apóstol descubrir todo lo que la fe y la caridad están produciendo en la vida de los creyentes desde que han abierto su mente y su corazón al Evangelio: al tener noticia de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos (1,4). ¿Cómo percibimos y acogemos los frutos y las transformaciones que Dios está realizando en la vida de la gente sencilla de nuestras pequeñas comunidades y grupos? Es necesario que nos demos tiempo para contemplar esta acción de Dios que ha de colmar de gratitud y de alegría al apóstol en su misión evangelizadora y reforzar la unión y la comunión con sus comunidades.

La alegría del apóstol es el fruto de su entrega y de los sufrimientos que han hecho posible el nacimiento a la fe de muchas personas que llegan a formar verdaderas comunidades que son miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia: Ahora me alegro e mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia (1,24). El engendramiento y el alumbramiento en la fe comportan sufrimientos y son en cierta medida dolorosos, pero son fuente de alegría y regocijo ante el nacimiento de una nueva vida, de una nueva familia fundamentada en Jesucristo: ¡Hijitos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros (Gal 4,19; 1 Cor 4,14-15; Jn 16,21).

La misión evangelizadora crea unos lazos fuertes de unión entre el evangelizador y la comunidad. Estos lazos son obra del Espíritu, que es el vínculo de unión en la fe y en la caridad, aunque en ocasiones las personas estén lejos o sea difícil tener una relación de proximidad: pues, aunque corporalmente estoy ausente, mi espíritu está con vosotros, alegrándome de veros en vuestro puesto, firmes en vuestra fe en Cristo (2,5). La alegría del apóstol tiene su fuente en la fe y en la comunión de las comunidades cristianas. Por esto mismo es tan importante estar cerca y estar con la gente, formar, instruir, conscientes de que nuestra enseñanza es necesaria y ha de tener como centro neurálgico la fe y el conocimiento de la persona de Jesucristo.

El apóstol que ama apasionadamente las comunidades que se le encomendaron está también muy atento para proteger y defenderlas de los riesgos y de los ataques de parte de los falsos pastores y de otras propuestas que no están en la línea del evangelio recibido de Jesucristo en la Iglesia. Esto es algo muy actual, pero al mismo tiempo algo que ya apareció también al principio. Siempre han pululado iluminados, falsos mesías que seducen al pueblo con sus doctrinas capciosas, llenas de vacío, fundadas en elementos del mundo y no en Cristo. El evangelizador, como atestigua el mismo Pablo, ha de ser firme y contundente en este terreno: lo digo para que nadie os engañe con argumentos capciosos… Cuidado con que os envuelvan con teorías y con vanas seducciones de tradición humana, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo (2,4.8). La mayor parte de nuestros cristianos están indefensos ante estos ataques ante el reto de dar testimonio de su fe ante quien les cuestiona y ataca. La formación cristiana de la mayoría de los laicos es muy deficiente y la ignorancia religiosa cada vez más fuerte y extensa. De ahí la importancia del ministerio de enseñar y catequizar en nuestras iglesias.

Tenemos el riesgo de quedarnos en la religiosidad, en los ritos externos, en tradiciones que muchas veces satisfacen el sentimiento y la inquietud religiosa, pero dejar muy en segundo plano o no mostrar y hacer aflorar la fe y la respuesta a Jesucristo, sin que él llegue a entrar en nuestras vidas y nos dejemos conducir por él: No tomes, no pruebes, no toques. Son cosas destinadas a gastase con el uso, según prescripciones y enseñanzas humanas. Tienen apariencia de sabiduría por su afectada piedad, su humildad y la mortificación corporal; pero no tienen valor alguno; solo sirven para cebar la carne (2,21-23). Este es un gran riesgo que no siempre percibimos y discernimos con claridad y valentía. En este tipo de cosas el centro y el protagonista principal sigue siendo cada individuo. En cambio, en la fe, la persona ha de salir de sí misma, entrar en relación con el Señor, dejarse enseñar, interpelar y conducir por él. Este es el objetivo fundamental de la evangelización y por consiguiente de nuestra misión: hacer posible la experiencia y la respuesta de fe al anuncio del Evangelio que ha de conducir al encuentro y al conocimiento de Jesucristo.

Esta misión tan sublime es también compleja y no se realiza en solitario. Es una tarea comunitaria que pasa por la colaboración, el discernimiento y el trabajo pastoral juntos.

5. En comunión y sinodalidad

La evangelización es misión de toda la Iglesia y la realiza la Iglesia y cada comunidad cristiana. Nunca es iniciativa o decisión de una persona que realice él solo y por su cuenta, sino que es una tarea comunitaria que se lleva a cabo en comunión, en colaboración y en sinodalidad, es decir, caminando con otros en trabajo, diálogo y discernimiento.

Esta dimensión colegial y sinodal aparece también subrayada en la carta a los Colosenses y es un buen espejo en el que podemos reflejarnos y ver cómo nuestra Iglesia particular está haciendo un camino similar. Si estuviese lejos de este recorrido será necesario emprender un camino de conversión en todos los sectores de nuestra Iglesia para poder realizar con fidelidad y también con una cierta eficacia la misión que se nos ha encomendado.

Pablo subraya esta dimensión colegial y sinodal ya desde el principio de la carta, en la que se dirige a los cristianos de Colosas en plural y comparte con ellos lo que ha producido en dicha comunidad el anuncio del Evangelio y la fuerza y el dinamismo de la fe: Damos gracias a Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, orando siempre por vosotros, al tener noticia de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todos los santos (1,3-4).

Es verdad que Pablo ha consagrado toda su vida a la evangelización y a fundar comunidades cristianas, pero tiene conciencia de que se necesita también el trabajo y la dedicación de otras personas, de colaboradores para llevar a cabo dicha obra. Así Epafras ha sido su compañero y colaborador en el anuncio y propagación del Evangelio en esta comunidad: Así os lo enseñó Epafras, nuestro querido compañero, fiel servidor de Cristo en lugar nuestro. Él es quien nos ha informado del amor que sentís por nosotros en el espíritu (1,7-8). Este trabajo comunitario en la misión evangelizadora es fundamental, pero tal vez en la coyuntura presente, lo es mucho más. Ante las dificultades por encontrar caminos y formas de hacer que el Evangelio pueda penetrar en el duro terreno de la secularización, la indiferencia religiosa y la autosuficiencia de la cultura occidental, se hace necesario un trabajo conjunto, una búsqueda, una reflexión y un discernimiento, para intentar trazar planes, métodos, estrategias que nos permitan abrir hoy caminos al Evangelio de suerte que siga siendo Buena Noticia para la gente de esta generación. Corremos el riesgo de repetir lo de siempre, de instalarnos en lo ya sabido, pero sabemos que eso hoy es estéril y anacrónico. Por esto hay que orar, estudiar, reflexionar y planificar juntos…

El trabajo en comunidad, en equipos, en arciprestazgos deberá tener más peso y ser más prioritario. Dicho trabajo va a fortalecer y fundamentar más profundamente la fraternidad y la comunión entre nosotros y con toda la Iglesia diocesana. No se trata simplemente de tener una relación amistosa y cordial, sino de experimentar que realmente somos hermanos, que formamos parte de una misma familia y de que todos contribuimos a sostener y cuidar dicha familia, cuyo lazo de parentesco es la fe. No se trata de que cada uno piense en su pequeña parcela o presente su propia obra. La viña es del Señor. Nosotros somos sus trabajadores y administradores. Por esto mismo estamos llamados a fortaleces la comunión a través de la acción pastoral, el discernimiento comunitario, la búsqueda de caminos e iniciativas que respondan a las necesidades de este momento, mostrando siempre nuestra disponibilidad y espíritu de servicio, conscientes de que nuestro ministerio es colegial y no simplemente individual. Así lo vivió Pablo en la relación con sus colaboradores: de todo lo que a mí se refiere, os informará Tíquico, hermano querido, servidor fiel y compañero en el servicio del Señor (4,7).

En conclusión

La misión evangelizadora hoy es una tarea compleja y difícil, siempre lo ha sido. Esta no es una situación peor o menos favorable que otros momentos o etapas de la historia. La carta a los Colosenses nos invita a ser creativos y audaces en la acción apostólica y también nos da luces y pistas para fortalecernos en la misión y para abrir caminos en el contexto nuevo que estamos viviendo.

Estos son, pues, los acentos y los puntos a tener en cuenta y a cuidar:

  1. El apóstol ha sido llamado y su compromiso e implicación en la misiónevangelizadora es la respuesta a esa llamada y a esa elección.
  2. Es necesario tomar conciencia de la necesidad de anunciar y dar a conocer a Jesucristo en nuestra sociedad, de comenzar en muchos casos por el primer anuncio y por desvelar el misterio de Cristo.
  3. El anuncio de Jesucristo ha de llevar a la configuración con Cristo, a que el creyente se revista de Jesucristo intentando ser semejante a él y hacerle visible hoy.
  4. El apóstol ha de cuidar y practicar apasionadamente la caridad pastoral, el amor total y gratuito a la gente y a las comunidades que Dios ha puesto en sus manos como una gracia, como un gran don.
  5. La misión evangelizadora no es una tarea individual que cada uno hace como quiere o como puede. No se puede ir por libre en la pastoral misionera. Es necesario discernir y colaborar con otros. La evangelización es una tarea colegial y sinodal.