HOMILÍA DE DON LUIS MARTÍN BARRAZA OBISPO DE TORREÓN

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO

Tener la prudencia del anciano y la espontaneidad del joven, esto es el arte de las artes

26 de julio del 2020


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“Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo”

Mt 13, 1-52

“Por eso, todo escriba instruido en las cosas del Reino de los cielos…” Con estas palabras concluye Jesús esta sección de parábolas, dándonos una clave de interpretación para todas ellas. Se ve que está de fondo el gran problema de la relación del cristianismo con el judaísmo y de todo el Antiguo Testamento. Desde ahí surgen luces para integrar toda nuestra vida. Estar instruido en las cosas del Reino de los cielos nos permite saber conciliar el pasado y el futuro, tener la prudencia del anciano y la espontaneidad del joven, esto es el arte de las artes. Vivir como un joven con experiencia y como un hombre maduro con creatividad y alegría. Es la sabiduría que pide Salomón: “Pero yo no soy más que un muchacho y no sé cómo actuar”. El Reino de los cielos es muy viejo y muy moderno, a la vez. Con razón san Lucas lo relaciona con el Espíritu Santo, que es un maestro en la fidelidad a la tradición, un “viejo zorro” y un artista “alucinado” para crear sorpresas. Sólo él nos puede ayudar a conjuntar experiencia y juventud. La desarticulación de este binomio es fuente de grandes problemas.

Como en los dos domingo anteriores, Jesús, nos sigue instruyendo por medio de parábolas. Nos revela los secretos del Reino y la enorme importancia de conocerlos. Jesús lo propone –el Reino-como un equilibrio entre lo nuevo y lo antiguo. Recoge todos los problemas tratados en las parábolas, las siete que hemos escuchado en los últimos tres domingos, desde el conflicto entre tradición y novedad, que era una dificultad muy fuerte en las primeras comunidades cristianas. La ley y los profetas son la tradición, el evangelio es lo nuevo. Jesús enseñó que “no se debía echar vino nuevo en odres viejos, ni se remienda un vestido viejo con un pedazo de tela nueva”(Mt 9, 16-17). En el evangelio que meditamos Jesús aborda lo mismo abogando por una tradición mejor que la de los escribas y fariseos, busca el equilibrio entre el pasado y el presente. El Reino de los cielos está hecho de cosas nuevas y cosas antiguas. Como en todos los tiempos, en las comunidades de Mateo, había quienes

querían volver a las tradiciones judías y quienes decían que el Antiguo Testamento había quedado sepultado totalmente en el pasado.

Los problemas de todos los tiempos, entre otros enfoques, se pueden ver como una lucha entre retrógradas y liberales. Los primeros buscarían el autoritarismo, el control, un orden que paraliza. Los segundos querrían el rompimiento de todos los esquemas, el libertinaje, la destrucción de todo lo pasado por el simple hecho de ser antiguo. Tal vez es en el plano político donde podemos reconocer esta lucha entre conservadores y liberales, al menos se maneja en el discurso. Pero también frente a temas religiosos se hacen estas oposiciones. Hay un libro que contrapone en estos términos a Benedicto XVI y a Francisco. Existen temas polémicos como la familia, el matrimonio, la sexualidad, la vida, la educación, la economía, justicia social, etc., donde se dan las acusaciones entre tradicionalistas y modernistas. Jesucristo nos propone superar todo tipo de barreras desde la sabiduría del Reino de Dios, que es como el tesoro del padre de familia donde hay cosas nuevas y cosas antiguas. Jesucristo nos enseña que debemos cumplir con la ley, con el pasado, pero superando la justicia de los escribas y fariseos(Mt 5, 17.20). Él lo ha presentado en el sermón del monte.

Las “cosas del Reino” son la sabiduría que buscaba Salomón y que ahora Jesucristo nos revela. A Dios le agradó que Salomón le hubiera pedido sabiduría y no larga vida, ni riquezas, ni la muerte de sus enemigos. Jesús nos ayuda a centrar nuestra atención en las “cosas del Reino”. Todo el homenaje que hace Dios-Yahvé a la sabiduría en la primera lectura(1 Re 3, 5-13), es el mismo que hace Jesús al Reino de los cielos.

El conocimiento del Reino de los cielos equivale a conocer los secretos de la vida y de la muerte, del bien y el mal, el conocimiento de nosotros mismos, en una palabra, de la felicidad. Jesús mismo es el ejemplo del hombre sabio, el nuevo Salomón, que conoce los misterios del futuro y del pasado. Adivinar el futuro siempre ha sido signo de poseer una gran sabiduría. En todos los pueblos el hombre sabio era el que adivinaba el futuro. Es cierto que esto se prestó a la charlatanería, pero también tuvo expresiones muy elevadas como en los profetas, que anunciaban los designios del Señor a partir de una lectura de los “signos de los tiempos”. En sus parábolas Jesús nos demuestra el profundo conocimiento que tiene del hombre, del mundo y de Dios. Concilia de forma magistral el cielo con la tierra, al hombre con Dios, el pasado con el futuro, sabe manejar ese difícil arte de la templanza, la sensatez, la moderación, la prudencia, que son los frutos de la ciencia suprema.

Por eso Jesús se presenta desde el principio del evangelio como el que no ha venido a abolir la ley ni los profetas, sino a darles plenitud (Mt 5, 17). Y si es capaz de superar uno de los problemas más difíciles que enfrentó el cristianismo en sus orígenes, “el odio entre los dos pueblos” como dirá san Pablo (Ef 2, 14-16), tendrá que ser capaz de armonizar todas las dimensiones de la existencia humana: su cuerpo y su alma, individualidad y sociabilidad, su afectividad y racionalidad, etc. Pueden ser desequilibrios, fracturas, divorcios, divisiones, polarizaciones provocadas por distintos motivos. Por ejemplo, la desarmonía que se ha producido entre libertad humana y divina. Por no aceptar su finitud, los límites de la libertad humana, que le invita a obedecer la libertad divina, es muy probable que ahora traigamos un problema de contingencia sanitaria de dimensiones globales.

Dicho de otra manera, nos invita a ponernos en tensión hacia las realidades definitivas, a las que Jesús llama el Reino de Dios. Sólo desde él se podrá superar toda polarización. Este no es otra cosa sino un símbolo de criterios, actitudes, valores, sentimientos, verdades inspiradas en la Palabra de Dios. Jesús comenzó su misión diciendo: “Conviértanse, porque está llegando el reino de los cielos”(Mt 4, 17b). Se trata del kerygma de Jesús, que parte de la expectativa mesiánica de la restauración del reino de David, pero extrapolado a los asuntos de Dios. Se trata de una imagen muy política y muy espiritual al mismo tiempo; de tan política le costó la vida a Jesús, la ambición de sus enemigos no distinguió el poder espiritual de Jesús, acabaron con él por motivos políticos. El asunto es que era un anuncio muy vivo, que cautivaba. No era un predicador más, sus palabras interpelaban, alegraban, sorprendían: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”(Mt 8, 27).

Las imágenes de lo antiguo y lo nuevo, presentadas por Jesús, son una manera de expresar una continuidad o fractura fundamental, símbolo de otras muchas divisiones que se pueden dar en nuestra vida. Se dice que estamos viviendo no sólo una época de cambios, sino un cambio de época, y hay quien dice que el cambio es todavía más profundo, un cambio de civilización, una transformación de los niveles donde se generan la percepción, los significados y el sentido de la vida. Me parece que Jesús aborda el problema de la fragmentación de la vida, desde la desconexión que se da entre pasado, presente y futuro. Su propuesta es el Reino de Dios, como ya he dicho, este es como la sabiduría que pide Salomón a Dios para poder gobernar a su pueblo. La sabiduría busca el horizonte más amplio de la existencia humana, esto es, la voluntad de Dios, frente a la cual sentimos un temor reverencial, es decir, somos invitados a quitarnos del centro.

Los obispos latinoamericanos en Aparecida nos dicen: “También se ha hecho difícil percibir la unidad de todos los fragmentos dispersos que resultan de la información que recolectamos. Es frecuente que algunos quieran mirar la realidad unilateralmente, desde la información económica, otros, desde la información política o científica, otros, desde el entretenimiento y el espectáculo. Sin embargo, ninguno de estos criterios parciales logran proponernos un significado coherente para todo lo que existe. Cuando las personas perciben esta fragmentación y limitación, suelen sentirse frustradas, ansiosas, angustiadas(DA 36).

Jesús realiza este cierre de las parábolas del Reino, llamando la atención sobre la importancia de su conocimiento, para darle sentido y armonía a toda nuestra vida. Como si después de la solemne presentación del Reino por medio de parábolas, nos explicara la razón de tanta insistencia y el por qué utiliza ese lenguaje tan florido para expresarse. Ha querido presentar el Reino por la “vía pulchritudinis”( el camino de la belleza), para enseñarnos “que creer en él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas” (EG 167). Comparar el Reino con un “tesoro” y una “perla” significa que hay que mostrar la “insondable riqueza del evangelio”(Ef 3, 8) antes que la lista de pecados.