Ustedes también estén preparados…

 Jesús dijo a sus Discípulos: cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en los días de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noe entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo en el molino, una será llevada y la otra dejada. Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va a venir el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también esté preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada. (Mt 24, 37-44)

Para tener en cuenta…

Llega para la Iglesia el tiempo de Adviento; el tiempo de recordar que hemos sido convocados para estar despiertos, para estar atentos, para mantener  la tensión que fortalece el tono muscular del caminar, para animarnos unos a otros a prepararnos para el encuentro con el Señor que es el fin de la marcha de la Iglesia.

Son tantas las cosas que nos proponemos hacer cuando estamos comenzando el año, pero a medida que avanza, la fatiga de los días nos comienza a pasar la cuenta; se acumulan sobre nuestros hombros las huellas que han dejado las apreturas por las que hemos pasado, las angustias que han ido carcomiéndonos el ánimo, las desilusiones, los proyectos abortados o truncados, las largas jornadas de reuniones, las interminables vigilias de trabajo o de estudio en noches que se hacen cortas para dormir y poder despertarse medianamente lúcido al otro día para seguir funcionando, la fatiga de levantarse día tras día con los dientes apretados sabiendo que hay que poner en marcha la máquina de la nueva jornada; es natural el caer entonces en la tentación de marcar cansinamente el paso, comenzar a bajar la guardia…

Por eso es tiempo de recordar que la Iglesia no ha sido dejada por Jesús en medio del mundo para marcar el paso por la historia, sino para enseñar al mundo a vivir en la tensión de la esperanza, urgida y urgiéndolo a vivir despierto, en permanente vigilia; evitando el rodar rutinario por el riel del tiempo, del Khronos, que se desgrana uniforme, gota a gota, segundo a segundo, inexorable y mecánico, que se desplaza sin mayor asombro a través del carril que le signa el ciclo de las estaciones, de los siglos, de los milenios, para aprender a vivir según la rutina militante del vigía, liviano el sueño, las armas prontas, con la ligereza que exige la inminencia del kairós, del momento de Dios, pletórico de su presencia, repleto de significado, que resplandecerá definitivo en el triunfo final del plan salvador de Dios, pero que llena de sentido los distintas estaciones del tránsito de la Iglesia por la historia, las estaciones gozosas, plenas de entusiasmo constructor, henchidas de entusiasmo santificador, pero también las estaciones dolorosas, las de los tiempos de acoso y persecución, como también las sombrías, las que parecen sumergidas en el gris de la desesperanza, del sinsentido, de la sensación de rutina que invade la mirada del que de pronto alza la vista a su derredor para descubrir tan solo ruinas.

Las comunidades a las que Mateo dirige estas palabras están viviendo también el agotamiento que sobreviene a las largas jornadas de entusiasta seguimiento; al comienzo, marchaban con presteza las iglesias que habían nacido convocadas por la fuerza del anuncio gozoso del kerygma que proclamaba lo inédito, lo inaudito: que ya no era preciso seguir esperando el cumplimiento de la antigua promesa hecha al pueblo de Israel, que ésta se había cumplido como nadie hubiese podido siquiera imaginar, que la tierra había conocido ya el hollar de los pasos del Dios-con-nosotros; que el aire había sostenido y transportado los sonidos de su voz, que los enfermos habían sentido en sus cuerpos la fuerza de sus manos sanadoras, re-creadoras, que los pobres lo habían reconocido como uno de ellos, que los pecadores habían sabido de la alegría de saberse también invitados al sencillo gozo de la fiesta de los justos; que pese a no haber sido acogido por los poderosos y a su empeño de acallarlo brutalmente clavándolo en la cruz, con su Resurrección había instalado para siempre en medio nuestro el proyecto de Dios ya inaugurado y sellado con su sangre: el Reino, Alianza nueva, Don generoso y Misión exigente que no admite espera.
 
Al  comienzo, las comunidades nacidas de este anuncio, impulsadas por el soplo fresco, inflamadas del ardor incendiario del Espíritu Santo, colmadas de la abundancia de carismas nuevos y sorprendentes que animaban su andar, habían brotado con fuerza, se habían diseminado por el mundo sin reconocer fronteras, estaban dando frutos por todo el Mediterráneo, pero este impulso abrasador original poco a poco scomenzaba a ralentizar, pasaban las décadas y la Presencia triunfante del Señor -la Parusía- se hacía de rogar; el clima de exaltación inicial al ir entrando en los cauces de la repetición de los gestos, de las palabras, de las promesas una y otra vez formuladas, se iba enrareciendo, enfriando; el paso se iba haciendo forzado, entorpecido primero por la rutina, luego por la persecución que desde la mitad de la década del 60 empezaba a cernirse amenazante sobre las diversas comunidades.

Estaban asomándose los tiempos de la tibieza; el éxodo que la Iglesia había emprendido para salir al encuentro del adviento final, se hacía cada vez más arduo, cuando se tiene la sensación de que el camino se extiende y se extiende más y más cuanto más hemos marchado, nos empieza a fallar el paso, los tropiezos se hacen más frecuentes… las comunidades contemplaban con estupor que los mejores de entre ellas, entregaban su vida por el anuncio del Señor… pero el Señor no venía en su rescate; que se enfriaban poco a poco los ardores carismáticos iniciales y la gente volvía a su vida de siempre, a los viejos conformismos, a los pactos ingenuos con los que jugamos tantas veces a conjurar a la suerte, a la muerte… y el Señor se demoraba; que en este clima de desazón, de inseguridad se erigían líderes que aprovechándose de los remanentes de fervor los querían instrumentalizar para sus propios fines… y el Señor tardaba tanto.

De allí la fuerza del llamado que Mateo hace en su Evangelio: despertar del sopor religioso que acontece cuando las palabras y los gestos de la fe han sido alcanzados por la rutina; despertar y, si es preciso, forzar la vigilia, la atenta y nerviosa espera del dueño de casa que lucha contra el sueño aguardando con ojo avizor y oído ligero los más mínimos rumores, las más difusas sombras que delatan la llegada del ladrón nocturno; la mirada atenta y esperanzada del vigía que de pie en lo alto de la atalaya escruta la impenetrable sombra para ser el primero en dar la voz de alerta, para ser el primero en correr por las calles despertando a los que han sido vencidos por el cansancio, dando voces de que el Señor está de regreso, de que las primeras luces de la aurora se han instalado imbatibles en el horizonte sobre la línea de los montes. Despertar, para que, tanto si habremos de perecer en la espera, o continuar hasta llegar a ser testigos oculares de esa presencia triunfante anhelada, el Señor nos encuentre lúcidos, preparados, dispuestos a responder por aquello que nos encargó hacer antes de su partida; con esta herencia que Él depositó en nuestras manos, en esta Iglesia frágil, pero capaz de ser fuerte en la espera enamorada.
 
Sin embargo, cómo permanecer en la atenta vigilia y al mismo tiempo vivir con normalidad el día a día, cómo transitar por nuestra vida sin que parezca que nos mantenemos en un constante estado de sitio, sin que el temor de que la llegada del Señor nos pille desprevenidos, se cierna sobre nosotros como una amenaza; porque el pasaje que habla de los que serán tomados y los que serán dejados, en el centro de este Evangelio, no puede ser leído de manera fatalista, ni como un oscuro anuncio de predestinación, sino como lo que realmente es: una invitación perentoria a estar dispuestos a acoger al Señor, ya sea que se demore, ya sea que venga hoy mismo. Estar preparados es saber que las armas, los implementos y las instrucciones para la marcha nos han sido ya dados: son los gestos y palabras del Señor registradas por los testigos que nos legaron los Evangelios, pero que éstos hay que tomárselos en serio y aprender a vivir en consecuencia.

Este es el tiempo del Adviento que ahora volvemos a comenzar, ahora que acaba el año y que nuestras fuerzas están debilitadas, este es el Adviento que nos recuerda que éste es el verdadero ritmo y compás de la Iglesia, que comenzó a andar al mismo tiempo que profería la plegaria que aún no cesa, el primer grito apasionado con que la esposa reclamó y sigue reclamando la Presencia amada: Marana Thá: ¡Ven pronto, Señor!  ¡Ven, Salvador!

 

Raúl Moris G., Pbro.