He aquí la Esclava del Señor…

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El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: ” ¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo. Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin. María dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relaciones con ningún hombre?. El ángel le respondió: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios?. María dijo entonces: “He aquí la esclava del Señor, que se haga en mí según tu Palabra”. Y el ángel se alejó.

(Lc 1, 26-36)

Para tener en cuenta…

El relato de la Anunciación del Señor a la Virgen María, que el Evangelio según San Lucas nos transmite, nos presenta de modo admirable el Misterio de la Encarnación, centro de nuestra fe, centro de nuestra historia, de esta historia que para el creyente es Historia de Salvación. Este relato va a ser también la pieza clave para poder situar en ella el papel de María, la Madre del Salvador, y la fuente primordial desde donde la Tradición beberá para fundamentar y definir la dogmática en relación a María.

Lo primero a tener en cuenta es el género del relato: Lucas se enraíza en la tradición literaria bíblica al escribir este texto, para redactarlo en forma de relato vocacional, del mismo modo como Ex 3; Is 6, 1-8, o en el mismo Evangelio de Lucas (5, 1-11); el Relato de la Anunciación es el del encuentro de Dios con el hombre para anunciarle su plan de salvación y para invitarlo a ser parte activa en él; y como tal se encontrarán en el texto de la Anunciación los elementos propios del género, los mismos que aparecen en los otros relatos mencionados: una teofanía, la respuesta temerosa, y la objeción de parte del hombre, la misión y el signo confirmatorio de parte del Señor, la acogida obediente a la vocación. 

Comienza el relato con la Teofanía: al modo acostumbrado en la literatura bíblica que conoce el Evangelista, esta irrupción del Señor, el Altísimo –uno de los títulos que recibe en el mismo discurso del Ángel Gabriel- ocurre a través de una de sus mediaciones tradicionales: como en el Antiguo Testamento es el Ángel del Señor, (eufemismo usado para salvar su trascendencia, inaccesibilidad, y majestad de su Nombre, que no puede llegar y ser pronunciado) el que se comunica en Su Nombre, y se hace portador de Su Voluntad, aquí también, único lugar, junto con el relato del anuncio del nacimiento del Bautista a su padre, Zacarías en donde el Ángel recibe un nombre propio: Gabriel.

La reacción de María, será la esperada en los relatos vocacionales: Ella reconoce que en el ordinario de su vida cotidiana está aconteciendo lo extraordinario: en nuestro continuo del tiempo ha irrumpido la discontinuidad de la Eternidad del Padre; por tanto, no puede sino sentir un profundo temor, que se manifiesta en la turbación que experimenta ante el saludo (el original griego utiliza el verbo tarasso, que hace relación con un grado de temor y turbación, que se manifiesta incluso físicamente: María queda estupefacta, trémula al escuchar la voz del Ángel), esta actitud se ve reforzada por su parte por la advertencia de Gabriel, que repite el “no temas”, habitual para indicarle al lector de que va a ser testigo de la Presencia divina.

 

El temor ante la irrupción sacra, no obstante, no será óbice para que María manifieste una objeción  razonable: la clave de un relato vocacional en la Sagrada Escritura, consiste en manifestar el carácter de invitación que posee la irrupción de la Gracia, que no viene a arrasar la voluntad del sujeto a quien Dios ha escogido y se dirige, sino viene humildemente a solicitar su libre y consentida anuencia para desplegarse en todo su esplendor en la vida y en el espacio humano.

 

Aquí, Lucas manifiesta, por cierto, una buena noticia sorprendente y provocadora: en la inmensa mayoría de los relatos vocacionales, las partes involucradas son Dios que sale en búsqueda de su elegido, y un varón, que reconociendo su fragilidad acoge la llamada de su Señor, en este relato, la escogida es una mujer, una mujer pequeña, casi una niña, de una aldea insignificante, que ni siquiera había dejado su huella en la cartografía del Imperio Romano; una mujer que no habría sido considerada en la tradición israelita como un interlocutor válido para ningún tipo de alianza (ni siquiera en la alianza matrimonial, en donde la novia normalmente era el objeto a negociar entre los padres o entre el padre y el novio, sin ella tener derecho a réplica alguna); una mujer, que, sin embargo, en este relato tiene voz, valentía para objetar, libertad y decisión.

 

Podría objetarse a esta observación el hecho de que evidentemente habría de ser una mujer el interlocutor del Señor, puesto que la vocación a la que María está siendo convocada es a ser Madre del Salvador; sin embargo, en los parámetros culturales del mundo antiguo, incluso la maternidad es cuestión a tratar dentro de las negociaciones patriarcales, no una decisión de la mujer, considerada como simple receptáculo de la simiente humana, (al punto de que bastaba la evidencia de la esterilidad, para que una mujer pudiese ser repudiada por su marido) María, de manera absolutamente inédita asume sobre sí misma, responsablemente y bajo su propia cuenta y riesgo la maternidad redentora.

 

En este punto aparece en toda su hondura el contrapunto, que la tradición de la Iglesia desde antiguo rescató, entre las dos figuras femeninas decisivas en la Historia de la Salvación: Eva, la madre de los vivientes; María, la Madre de la Salvación. Aquí cobra central relevancia la fe de la Iglesia que en las postrimerías del segundo milenio creyente encontró su definición en el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en la Bula  Ineffabilis Deus, del Papa Pío IX en el año 1854.

 

Qué proclama este dogma: Que María, y solo ella, fue preservada del pecado original, desde su misma concepción, por singular privilegio, en vista a ser la Madre de Cristo, (el dogma, por cierto, no trata sobre la extraordinaria concepción virginal de Jesús en el seno de María, sino de la propia concepción de María como creatura; convicción de la Iglesia que se asienta, en el mismo peculiar y único título que el Ángel pronuncia en el saludo a María: Kekharitomene, es decir, la que está gozando desde el comienzo y para siempre de la plenitud de la Gracia).

 

Qué está detrás de este artículo de fe de la Iglesia: a saber, la prístina libertad que había de tener María  para responder a la vocación del Señor. Libertad análoga a la que tuvo Eva para precipitarse en la tentación y darle la espalda al querer del Creador: Allí en donde Eva dijo: No, y con ese No se abrió la puerta para el pecado y la muerte en nuestra historia, y la responsabilidad humana frente a sus propias decisiones quedó dañada (en efecto, en el relato del Génesis, ni Adán, ni Eva asumen responsablemente su parte en los sucedido: Adán le enrostra la culpa a Eva, Eva, a la Serpiente); Ahí mismo y con la misma entera libertad, María dice: , que se haga en mí según tu Palabra, y con este asentimiento responsable y creyente, tomando sobre sus propios hombros el peso de su libre decisión, solo confiada en el poder de Dios, (que en el relato de la Anunciación se subraya con el signo confirmatorio de la maternidad extemporánea de Isabel) se abre para siempre la puerta de la salvación y de la vida sin fin, designio original del Padre para la humanidad.

 

Un desafío quedaba para Lucas en la tarea de relatar este momento singular de la Historia de la Salvación: el de purificar de elementos míticos el Misterio de la Encarnación, de modo de que no apareciera como uno más entre los frecuentes relatos de cohabitaciones de dioses con mortales, expedientes de genealogía divina a reyes y héroes sobrehumanos o semidioses, relatos que poblaban las diversas religiones de Mediterráneo. El Relato de la Anunciación es cuidadoso al extremo en evitar esta confusión; no se encontrará en él ninguna alusión a esas floridas mitologías: la imagen escogida será la del Arca de la Alianza, la acción del Señor en María no será una fecundación milagrosa, María no será Esposa en su papel de Madre del Salvador, Ella será el Templo inhabitado por Dios.

 

Si la Tienda del Encuentro albergaba y ocultaba el Arca de la Alianza, signo de la Presencia del Señor, ahora, en el tiempo de la Encarnación, cuando el Señor decide hacerse uno de nosotros para siempre, el Templo del Dios-con-nosotros debía también abrirse en seno de la humanidad: ser parte de esa humanidad redimida, nueva; el Sí perfectamente libre, intensamente lúcido y valiente de María hizo posible este Misterio para siempre.

 

Raúl Moris G. Pbro.