EL DESAFÍO DE UN SIGNO

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“Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo  y mandó a dos de sus Discípulos para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?”  Jesús le respondió: “Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: que los ciegos ven y los paralíticos caminan;  los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la buena noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquel para quien yo no sea motivo de tropiezo!”.

Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud diciendo: “¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes. ¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí y más que un profeta. Él es aquel de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”. Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él”.

 (Mt 11, 2-11)

  

Para tener en cuenta…

 

El encuentro entre la embajada de los mensajeros del Bautista y Jesús, que en el ciclo litúrgico que estamos comenzando ilumina el Tercer Domingo de Adviento; es una invitación y un desafío; tanto para los Discípulos del Bautista, como para la multitud a la que se dirige el Señor, en la segunda mitad del pasaje, como para nosotros que llegamos a él después de dos milenios de marcha, de dos milenios del éxodo de la Iglesia peregrina en dirección al adviento de Dios.

 

Es una invitación a aprender a reconocer los signos de la presencia vivificante del Señor en medio de la humanidad, su opción inquebrantable por los más débiles de entre los hombres, por aquellos que no han tenido oportunidad o sistemáticamente se les ha negado. Es una invitación que corre de ida y vuelta entre la figura del Bautista y la del propio Jesús.

 

No es desde un espacio de tranquila contemplación desde donde con urgencia lanza la pregunta Juan a través de sus Discípulos; es desde el apremio de la cárcel, desde la consciencia de que se está agotando su tiempo, que su tarea está concluyendo y que necesita confirmar el signo del cual él es el precursor, para saber que la misión profética que le ha correspondido de parte del Señor ya está realizada.

 

Es una interrogante hecha por Juan a Jesús a tavés de sus discípulos, no tanto para saber que el que le ha correspondido como misión anunciar ya está en medio de su pueblo, y por tanto su tarea está ya cumplida, sino más bien en vista de sus propios discípulos, para redireccionar su seguimiento; en un último acto de entrega absoluta a la misión que ha recibido de lo alto: para que su eclipse sea completo, ha de entregar a quienes lo han seguido en las manos del Señor, cuyo es su servidor, ha de desprenderse del natural deseo de reconocimiento, del natural cobijo afectivo que produce el saberse seguido, escuchado, amado; precisamente por amor a esos discípulos, que, cuando él ya no esté, cuando el vaso de su vida haya sido brutalmente derramado, han de continuar su aprendizaje, ahora con el verdadero Maestro, con Aquel esperado por la historia, con el que ha constituído el sentido del peregrinar del pueblo que se ha sabido convocado y conducido por el propio Dios hacia la madurez del tiempo.

 

La pregunta de Juan, por su parte, asume y sintetiza la siempre punzante y mil veces repetida interpelación de los pobres, la de los excluidos, la de los perseguidos, la de los postergados; la de los que claman por la justicia, la de los que a punto de desfallecer aún se aferran a la esperanza.

 

La pregunta de Juan por un signo de confirmación viene precisamente de aquel que es él mismo, en sí mismo un signo de un tiempo nuevo, de una economía nueva: un tiempo de conversión, un saber y declarar que es necesario abandonarse en las manos del Señor; no es otra cosa lo que Juan, que delante de sus contemporáneos parece emerger desde lo profundo de las mareas del tiempo, que parece venir desde el remoto pasado del nomadismo que ha salido a recoger lo que Dios ha querido sembrar por las planicies del desierto, quiere representar.

 

Y desde este hombre completamente entregado al designio salvador que sólo conoce el Padre, surge la pregunta perentoria que ha de desgarrar el velo de la historia: ¿Eres tú el que ha de venir o debemos todavía seguir esperando?

 

La  respuesta de Jesús se inscribe tambien en la economía de los signos: la presencia del Señor se deja ver precisamente en medio de aquellos que siguen esperando, en medio de los pobres, de los enfermos, de los excluidos; la presencia del Señor no se anuncia con signos espectaculares, en medio de la parafernalia palaciega, con grandes discursos, sino acontece de uno en uno, en esos ciegos que ahora ven, en esos enfermos sanados, en los leprosos reintegrados al tejido social, en los pobres que son destinatarios y testigos del Reino, del plan de Dios que se alcanza a palpar allí en donde la solidaridad y la justicia se entretejen en el urdido de la trama de la sociedad.

 

Pero como todo signo, para descubrirlo hay que estar esperándolo, para reconocerlo hay que estar prevenidos, hay que salir a buscarlo, saber mirar, saber escrutar e interpretar; podemos pasar entre la gente y no darnos cuenta de lo que el Señor está haciendo en medio de su pueblo, podemos persistir con la mirada embotada por el pesimismo, y pasar al lado de la novedad sin verla.

 

Por eso es que la invitación del Señor es un desafío: desafío a que los Discípulos del Juan el Profeta se conviertan ellos mismos en profetas: ¡Vayan a contar lo que ustedes oyen y ven! Y convirtiéndose en profetas se hagan así Discípulos Misioneros del propio Jesús; Discípulos capaces de rastrear incansables la huella del paso del Señor, dondequiera que ésta se imprima; Misioneros que lleven esta noticia que ha de ser anunciada a los pobres, hasta donde quede un pobre que pueda sostener en ella su esperanza.

 

Pero es también un desafío en el orden de la acción; no se puede anunciar la liberación, la justicia, la misericordia de Dios, el Reino brotando y floreciendo allí donde están los postergados, si los Discípulos Misioneros no se convierten ellos mismos, -nosotros mismos- en agentes de liberación, de misericordia, de justicia; en ciudadanos del Reino, que con su inteligencia, con su voluntad entregada, con sus manos, descubran los brotes, los alienten y los hagan florecer.

 

Este Evangelio es por último también una invitación y desafío en modo de advertencia; y esta última de cara a la multitud que ha sido testigo de la pregunta de los Discípulo de Juan y la respuesta de Jesús; los signos hay que salir a buscarlo, pero cuando los encontramos hay que saber reconocerlos y leerlos como tales; podemos buscar lo que nuestros sueños de grandeza y de poder porfían en urdir: (la caña agitada por el viento y el hombre vestido con refinamiento en el palacio son alusiones en el Evangelio a la figura de Herodes) pero así no encontraremos al Señor, pasaremos de largo, desconoceremos sistemáticamente su forma de actuar; o al contrario, podemos salir al desierto para que en él nos sorprenda la novedad de Dios, dispuestos a dejarnos renovar, a recoger el desafío, a recibirlo con alegría, a colaborar con empeño para multiplicar y diseminar la esperanza en el Dios que viene para quedarse con nosotros.

 

Raúl Moris G. Pbro.