INTRODUCCIÓN A LA ASAMBLEA DEL P. ARMANDO PASQUALOTTO

Prado general
13, rue Père Chevrie
69007LYON – Francia

Asamblea del Prado mexicano: 9-13 de noviembre de 2015 

  

La Asamblea del Prado Mexicano
en el marco de Programación General 2013-2019

¿Qué cosa está en juego?

Cuando un prado regional se convoca en asamblea, es consciente de vivir una etapa importante de su camino. En efecto, en la familia del prado se habla de asamblea cuando, al expirar un tiempo determinado, se verifica el camino recorrido, se adoptan nuevos programas y se renuevan las responsabilidades para pedir a los hermanos mayores que acompañen el camino de la familia del prado local.

1. La historia de un camino

El paso del tiempo nos hace conscientes de que ha habido un comienzo, una evolución y un presente que describe la realidad del Prado Mexicano. ¿Cuándo nació? ¿Por quién ha sido descubierto y en qué forma se ha difundido? ¿Cómo ha evolucionado en la Iglesia y en la sociedad de este país?

Quien ha reconocido el don del Espíritu Santo manifestado en la Iglesia a través de la persona de Chevrier y a él se ha adherido, en realidad ha respondido a una llamada de Dios. Eso es de lo que hoy debemos tomar conciencia como familia del Prado.

Los primeros miembros iniciaron un camino por el país y ya se ve la presencia de la familia espiritual del mismo en algunas diócesis de México. Se parte siempre por atracción, la percepción de que un testigo ha mostrado una verdad profunda que va más allá de las culturas y los tiempos y de que lleva verdad en su propia vida cristiana y ministerial como en su vida de la Iglesia. Una experiencia que ha llevado luz y que ha dado fundamento y solidez a su propia identidad y misión de presbítero. Un miembro del Prado un día me dijo: ”El seminario me ha enseñado a hacer al sacerdote, el Prado a ser sacerdote”.

Puede ser que en los años post Concilio la propuesta espiritual del Prado haya tenido el mérito de ofrecer una formación espiritual y un estilo pastoral al clero que las diócesis aún no había puesto a punto para mantener alta la calidad de la espiritualidad del sacerdote diocesano. Un papel más de suplencia fue el del Prado que, tras el entusiasmo post conciliar, ha hecho el bien a los sacerdotes diocesanos que se nutren de la intuición espiritual de Antonio Chevrier. 

Si éste fue el motivo de fondo de la expansión del Prado, es decir, la suplencia, esto puede explicar por qué hoy tenemos dificultades en proponer el carisma a las nuevas generaciones de sacerdotes diocesanos. Los prados históricos como los constituidos en Francia, España, Italia, Medio Oriente y otros numerosos, como Brasil, Colombia y México, aunque también algunos menores, están experimentando las consecuencias de un nacimiento ligado más a la necesidad de formación espiritual-sacerdotal propia de un pasado reciente, que al reconocerse como una vocación particular al interior del ministerio y que se une a la vocación al presbiterado.

Al experimentar cuán fuerte y actual, en el sentido de la radicalidad evangélica, es el carisma del Prado, tropezamos con nuestra incapacidad de proponerlo a los correligionarios y honestamente nos hace reflexionar en las motivaciones personales, pero sobre todo parece revelar el límite de una forma privada o subjetiva de vivir el carisma. Preguntémonos, ¿cómo nos falta el coraje de testificar de manera abierta la alegría de conocer a Jesucristo para seguirlo siempre más de cerca?, ¿cómo la misión de anunciar a los pobres el Evangelio de Jesucristo nunca es confusa como una sensibilidad de una parte del presbiterio o una opción preferencial que se vive más a nivel intelectual que práctico?, ¿por qué no advertimos la necesidad de precisar dentro del presbiterio y con nuestros obispos el sentido y el lugar del carisma de los sacerdotes del Prado? Aunque si advirtiendo el sentido de estas solicitudes y su importancia y actualidad, no podemos identificar los signos vocacionales de quien está asociado a esta obra de anuncio, entonces por debilidad de discernimiento, por pudor, quizá, carecemos de parresia, de valor y libertad para llamar a otros y ayudarles a responder a un llamado divino y encaminarse hacia la familia y la espiritualidad del Prado.

El Prado Mexicano deberá interrogarse sobre su capacidad de ofrecerse a otros presbíteros diocesanos que no conocen el carisma. Se deberá comprobar el tipo de testimonio y de pastoral que consigue poner en práctica respecto a los rasgos esenciales del carisma. Incluso preguntarse si, y cuánto, está orientado y convencido de que el carisma es un don también para los fieles laicos, un don que debe darse a las personas en busca de su vocación y que podrían estar orientadas a la vida religiosa como lo son las hermanas del Prado o a la vida consagrada como lo indican el ramo femenino y masculino de laicos consagrados del Prado.
 

2. Cultivar un espíritu típico de quien quiere establecer una obra

Por lo tanto, hay una vocación hacia lo que debe madurar la necesidad que está en el origen de encuentro con la espiritualidad del Prado; hay un estilo de vida, un modo de ser discípulos y apóstoles de Jesucristo por descubrir y asumir, si se quiere convertir a un bajo perfil de vivir el ministerio, lo que, sin darse cuenta, se desliza en el estrecho pasaje de la función y de ser meros sirvientes del culto.

La memoria de la historia del Prado local nos permite conocer la evolución que ha tenido su presencia en la Iglesia local, como el camino recorrido en estas décadas y el propio modo de proponer el carisma a otros sacerdotes. La historia está escrita por las generaciones de sacerdotes que se suceden en la escena de la historia de la Iglesia de México. Cada una de éstas lleva sus rasgos específicos con los tintes propios de la eclesiología y de las corrientes culturales, y también de las ideológicas de su tiempo. 

Seguramente la familia del Prado de hoy, como la de mañana, encuentra en la dinámica de la relación su matriz más obvia. Dependerá del servicio que cada uno desempeñe y de los contactos que consiga tener con otros sacerdotes en pastoral o con los seminaristas, si lo formadores de las nuevas generaciones de sacerdotes entregan su conocimiento del carisma del Prado. Es bello estar entre nuestros presbíteros diocesanos y atestiguar la belleza del don recibido, uno que es gratuito y que ha dado espesor al propio ser sacerdote evangelizador de pobres. 

Vivir en la lógica de gratuidad puede ayudarnos para mostrar el deseo a otros correligionarios de lo que es la fuerza irresistible de la atracción de Jesús Pobre, crucificado y entregado como buen Pan, para que vivamos de ese don. Como Chevrier, debemos cultivar el estupor por una gracia que nos ha conquistado, debemos permanecer humildes para sentirnos indignos de tal elección y al mismo tiempo amar tanto al Espíritu Santo y a su Obra como para querer pasar cada minuto del día en ésta, impulsados a actuar, a hacer no por sí solos, sino con otros que, como nosotros, han sido atraídos a Él por la acción del Espíritu Santo.

Preguntémonos por una verificación: ¿el Señor hacia qué personas me está proponiendo ir?, ¿cómo me prepara el terreno para formular su interrogante “Qué cosa busco”?, y luego una invitación: “Vengan y vean” de cerca quienes son las personas que tratan de vivir la espiritualidad del Prado.
 

3. La familia del Prado y su organización

El contexto de la Asamblea nos pide abordar la cuestión de la organización. Una familia se organiza cuando se da una estructura mínima para su buen funcionamiento. Así, las constituciones son un punto óptimo de referencia porque el Espíritu Santo que obra en la Iglesia es fuente de un carisma suscitado en el corazón de alguien, pero la estructuración en una organización significa proteger el carisma y la acción del Espíritu Santo de derivas subjetivas típicas de las tendencias políticas. Sin embargo, no debemos perder de vista el hecho de que una estructura es un servicio y debe estar al servicio del carisma. Por eso el rostro de la estructura no es otro que el de hermanos que asumen la responsabilidad de ponerse al servicio de prójimo para que se abra y asuma la llamada y la misión propia del Prado.

En este sentido, el Instituto del Prado debe mantener siempre una obra que encuentra su razón de ser en el doble movimiento místico y apostólico. El mismo Chevrier había intuido lo que el Señor le dio a conocer y más tarde realizar, no podía recaer sólo en sus propias fuerzas, sino que tenía que rodearse de colaboradores. También nosotros debemos reconocer que el actor primero que obra en los corazones y que suscita el atractivo por el Señor del Pesebre, de la Cruz y del Tabernáculo es el Espíritu Santo. Para motivar una adhesión, no basta la simpatía, la amistad y el interés sociocultural con un grupo de sacerdotes cercanos a la propia sensibilidad o a un proyecto pastoral. Quien nos ha puesto juntos es precisamente la acción secreta del Espíritu Santo que, como reconoce Antonio Chevrier, labora un alma y luego otra, pero sólo cuando él quiere las hace encontrarse y las pone juntas para que se realice su obra (VD 151).

Una asamblea que se constituye cada cuatro años necesita situarse dentro de ese horizonte espiritual. En este contexto, el Espíritu ilumina, inspira y orienta la vida de la familia de Prado en sentido apostólico. No somos discípulos de Jesucristo para nosotros mismos. No basta profundizar en el conocimiento de Jesucristo para un bienestar interior o para satisfacer el sentido del deber y no tener sentimientos de culpa. 

Es necesario tener plena conciencia de que con ese conocimiento de Jesucristo toma forma el llamado de ir hacia la gente y compartir con ellos la insondable riqueza de Jesucristo (Ef. 3,8). De ahí que llevar el Evangelio a los pobres es lo esencial que nos debe caracterizar como Prado, y es esta obra la que estamos llamados a realizar en nuestro tiempo y en esta iglesia, en fidelidad a la obra del Espíritu inaugurada la noche de Navidad de 1856 en la que Chevrier reconoce haber tenido su conversión y el comienzo del Prado.

Comprendemos que la organización es consecuencia de las acciones del Espíritu en la historia y que está justificada sólo si se pone al servicio de lo espiritual. Conocer a Jesucristo es todo (VD 113-114), tener el Espíritu de Dios es todo (VD 231). Llevar el Evangelio a los pobres vale más que todo y el resto nada es (VD 299). La anterior, es la vida interior que late y motiva cada programa y cada estructura. Lo fue para Chevrier, lo será también para nosotros.

4. Servir al camino de fe de los pobres de hoy entre la continuidad y la discontinuidad

En este punto de la reflexión se de una pista de la búsqueda que formulo en estos términos: ¿cuáles son los lugares y las formas ministeriales que se adaptan a nuestro tiempo que nos permitirán custodiar y proponer el carisma del Prado en su aspecto profético?

El pasado nos ha dado a conocer elecciones proféticas de algunos sacerdotes del Prado luego reconocidas por la Iglesia o revisadas y concluidas por ella, tales como los sacerdotes obreros. El mismo Mons. Ancel, obispo auxiliar de Lyon, así como superior general del Prado, se vio interpelado sobre el fenómeno típico en los años 60 y 70 del siglo XX de los sacerdotes obreros. Porque estos hermanos del Ministerio no se sienten bajo sospecha pero quizá sí abandonados por la Iglesia y permanecen expuestos a un tipo de ministerio en soledad, él hizo la elección de ayudarlos y advertirlos del riesgo de que el ministerio no eche raíces en su propia misión, la de ser testigos del Evangelio con el fin de ganar la fe de sus hermanos. Él se expuso al mundo obrero, comprendido como el mundo de los pobres de intención, advirtiendo la responsabilidad hacia los sacerdotes expuestos al abandono del ministerio y, en algunos casos, de la fe misma, a causa de elecciones impregnadas de ideología y menos de espíritu pastoral. Así fue que se orientó hacia el mundo obrero y de los sacerdotes obreros. Una experiencia singular pero rica en estímulo para nuestro respeto a la elección pastoral actual es comprobar si tienen en la evangelización de pobres su objetivo.

Una vez que la Iglesia firmemente pidió a los sacerdotes obreros dejar el mundo laboral, la vía posterior que llevó a los sacerdotes a compartir la suerte de los pobres fue su presencia, lo cual es similar a los miembros de Prado en las Asociaciones eclesiales orientadas al acompañamiento de los cristianos en la vida social o laboral, donde algunos se dedicaron a los cuidados de los reclusos, otros fueron misioneros en las iglesias de países del tercer mundo y por lo tanto estuvieron presentes en países pobres para compartir la condición de los pobres como sacerdotes fidei donum; fue la elección eclesial de compartir la riqueza de vocaciones presbiterales en el intercambio entre iglesias.

La evolución de este modo de hacer que los sacerdotes se acerquen a los pobres debería hacernos reflexionar sobre si hay también una experiencia que hoy designamos como significativa y más capaz de evangelizar a los pobres de nuestro tiempo. Me pregunto si en la Iglesia en México existe una presencia ministerial que vaya en esa dirección.

Señalo solamente que aún hoy los miembros del Prado que viven en países pobres no necesitan de grandes reflexiones o de identificar elecciones específicas a este respecto. Más bien, tenemos que reflexionar con ellos lo que significa vivir el estado de pobreza material como una condición favorable a nuestra esencia de discípulos y apóstoles de Jesucristo Pobre. Así nos pondremos al resguardo de búsquedas idolátricas de medios materiales, si bien necesarios, pero que podrían ser buscados de manera compulsiva y confundirlos como emisarios de la salvación, de una liberación que simplemente no pueden ofrecer.

Por último, la mayoría de los sacerdotes del Prado se mandan hoy a las parroquias y su ministerio se caracteriza por las tareas y los deberes típicos de un párroco o vicario parroquial. Esto no impide que nuestra petición sea siempre puntual con el fin de vivir como el carisma del Prado mientras se desarrolla el ministerio ordinario del cuidado pastoral de una comunidad cristiana en parroquia. El Prado no tiene un proyecto pastoral propio que implementar, pero sí un estilo de vida y las prioridades que el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia y que nosotros sacerdotes diocesanos estamos llamados a vivir y a dar testimonio. ¿Estamos conscientes de este aspecto de nuestra identidad ministerial como miembros del Prado?


5. El Prado mexicano en el contexto de familia del Prado internacional

El Prado mexicano no es una isla. De hecho, se encuentra insertado en un contexto supranacional que ve al Prado presente en otros 49 países. En las iglesias de América, África, Asia y Europa el carisma del Prado fue acogido y unos 1350 sacerdotes diocesanos buscan alcanzar una vida fraternal al compartir su conocimiento de Jesucristo y abrir la misión evangelizadora de los pobres, los primeros destinatarios.

Son cuatro los prados históricos, Francia, España, Italia y Medio Oriente, constituidos por el Prado, mismos a los que este año se añade el Prado de Corea del Sur. Luego están los grupos regionales cuyo número es importante, como Brasil, Colombia, México, también tenemos una presencia significativa en Congo Kinshasa, Vietnam y Madagascar. 

El Prado General, cuando las condiciones son adecuadas, alienta la escritura de un directorio con el fin de promover la asunción de responsabilidades y procurar que en dicha región el Prado se constituya y entre en una nueva etapa de su identidad, preservando al mismo tiempo la comunión y el vínculo con el Prado General. En el caso de Brasil, estará listo para dar este paso y así entrar entre los Prados constituidos tan pronto encuentre la convicción y la capacidad de mantenimiento financiero.

Y el Prado mexicano (presente en 11 diócesis de 121), ¿en qué punto del camino hacia la autonomía responsable se encuentra y, por consiguiente, está listo para ser un prado erigido?

La elección en estos años de dotarse de una estructura organizativa eligiendo a un responsable regional asistido por un consejo, luego de asumir la carga de planificar la formación de quien pide conocer por un lado y profundizar en el carisma por otro, y, por último, del autofinanciamiento, nos anima a seguir el camino y a reflexionar sobre la calidad del compromiso de cada miembro del Prado a fin de promover una base sólida del carisma en la práctica de la vida personal como en la misión apostólica que nos es propia. 

Pero la modalidad más significativa de vivir el camino hacia una estructuración del Prado constituido es cultivar un espíritu fundador. Cada miembro del Prado que ha celebrado su compromiso, sea temporal o definitivo, debe sentirse investido de esta tarea de interpelar, proponer y llamar a otros correligionarios a unirse a la familia espiritual del Prado. No se trata de una operación para crecer en número, sino para colaborar con la acción del Espíritu Santo que ha dado este don a la Iglesia a partir de Chevrier y luego por nuestra unión, y que sin duda sigue obrando en la vida de sacerdotes diocesanos y llamando a unirse a la obra de evangelización de los pobres, confiada a la Iglesia y de manera particular a nosotros los sacerdotes del Prado.


6. La tarea actual

Ahora se trata de entrar en un clima de asambleas para vivir con responsabilidad el don recibido. Debemos preguntarnos qué le pide el Señor a la familia del Prado de México. Se trata de apelar a la luz de la fe y al amor del Espíritu Santo así como a la esperanza de un futuro que Dios siempre regala a aquellos que ama, para asumir solidariamente las exigencias de la familia del Prado que conformamos.

Se trata de asumir juntos una misión que parte de la realidad social y eclesiástica de México, una que vivimos en comunión con nuestros obispos y con el camino de la iglesia de América Latina cuya formulación más reciente pasa por el texto de Aparecida.

Se trata de identificar y elegir a una persona como coordinador regional para acogerlo como aquel que el Señor quiere darnos. Un hermano que ha asimilado bien el carisma y que puede atestiguar su apego a Jesucristo y su dedicación a la evangelización de los pobres. Un hermano que tenga el espíritu del discernimiento y que sepa orientar y acompañar a las personas en formación y a aquellos que dan la formación, así como iniciativas de formación en general, sin olvidar el contacto con los obispos. Junto a él, como un responsable de la formación, operará el concejo formado por otros seis hermanos elegidos. Él debe ser un hermano que espera indicaciones de todos nosotros para un desempeño eficaz de su servicio.

¿Será de tiempo completo o medio tiempo? ¿Sobre qué prioridad le pedimos operar? ¿En qué condiciones, espirituales y materiales, lo podemos sostener? Que el Espíritu Santo nos guíe y que el Beato Antonio Chevrier interceda por nosotros para que tengamos la gracia que nos sirva para celebrar una asamblea eficaz.

Lyon 23/09/2015, San Pio de Pietrelcina
Armando Pasqualotto
(2° Asistente P. G.-Lyon)