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Navidad, 1856


El 28 de mayo de 1850, a los tres días de ser ordenado sacerdote, Antonio Chevrier fue nombrado vicario de la parroquia de San Andrés, en el barrio obrero de La Guillotière, en las afueras de Lyon. Después de seis años de ejercer allí el ministerio, la noche de Navidad de 1856, el padre Chevrier se sintió llamado a tomar el mismo camino que tomó el Hijo de Dios el día de su Encarnación para acercarse a los hombres. 

El Prado nació en San Andrés. Meditando la noche de Navidad sobre la pobreza de Nuestro Señor y su abajamiento en medio de los hombres, tomé la resolución de dejarlo todo y vivir lo más pobremente posible (P2,7).

Me convirtió el misterio de la Encarnación (P2,97). Este misterio me ha llevado a pedir a Dios la pobreza y la humildad y me ha hecho dejar el ministerio para practicar la santa pobreza de Nuestro Señor (Cartas, 52, [1865]). Mi vida quedó determinada desde entonces (P1,47).

Me decía a mí mismo: el Hijo de Dios ha bajado a la tierra para salvar a los hombres y convertir a los pecadores. Y sin embargo, ¿qué vemos? ¡Cuántos pecadores hay en el mundo! Los hombres siguen condenándose. Entonces me decidí a seguir más de cerca a Nuestro Señor Jesucristo, para hacerme más capaz de trabajar eficazmente en la salvación de las almas, y mi deseo es que también vosotros sigáis de cerca a Nuestro Señor (P 2,98).

Llamado a trabajar en la obra de Dios

Dios tiene siempre la iniciativa en la realización de su designio. Todo nuestro esfuerzo sería inútil si no fuera respuesta a su llamada.

Las obras las hace Dios... Las obras no las hacen las previsiones humanas, ni el dinero, ni nuestros cálculos y combinaciones. Dios elige un alma. Así es como Él crea las obras. Elige un alma. La cambia, la vuelve, la forma, la moldea, la corrige, la coloca aquí y allá. Luego elige otra y luego otra. Las reúne y, a su debido tiempo, hace despuntar la gracia... (Palabras del padre Chevrier a la señorita Tamisier, iniciadora de los Congresos eucarísticos).
La primera condición es ser llamado por Dios para trabajar en su obra (vd320).

En vano intentaremos construir si Dios no está con nosotros, si él no es el arquitecto, si él no dirige los trabajos, da el plano, elige a sus obreros y lo ordena todo él mismo... Él debe, pues, hacerlo todo, elegir, llamar, construir, rechazar, llamar a quien le plazca...
Es necesario que sea Jesucristo quien escoja las piedras de su casa. Una sola piedra mala o mal colocada puede hacer tambalear o hacer caer el edificio. ¿Quién se atreverá a inmiscuirse en la construcción del edificio? ¿Quién se atreverá a hacer de arquitecto, a hacer la obra: el arquitecto de Dios o Dios mismo? Dejar hacer a Dios (vd 103).

 

Abrir su puerta...

Hacerse discípulo de Jesús es abrirle la puerta de par en par, dejar que tome posesión de nuestra vida y que realice su obra en nosotros.

 El Espíritu Santo dice en alguna parte que está a la puerta y llama. Dice aún más: que empuja la puerta para entrar, ‘ecce sto ad ostium et pulso’ (Ap 3,20). Nuestro corazón es, por lo tanto, como una puerta a la que el Maestro llama y por la que intenta entrar.
Ahora bien, una puerta puede estar en varias posiciones. Y cuando alguien llama a esta puerta y se va a abrir, se la puede dejar cerrada y no permitir entrar en absoluto; se la puede dejar solamente entreabierta y dejar en el umbral a los que vienen; finalmente, se la puede abrir completamente y dejar entrar a los que llaman. Esto podemos hacerlo también con Jesucristo, nuestro Maestro, respecto a la puerta de nuestro corazón, cuando él trata de entrar.
Quien no abre su puerta es porque no quiere dejar entrar al Maestro y rechaza por completo recibirlo para seguirle; es el que prefiere seguir sus ideas, sus pasiones, el mundo.
Quien no abre más que la mitad es el que escucha sin dejar entrar del todo al Maestro en su casa; se queda dueño de la puerta, se queda dueño de su casa, no quiere recibir a nadie, queda dueño de su casa y de su corazón. Escucha, pero toma lo que quiere, hace lo que quiere, toma lo que le conviene y deja el resto que le disgusta. Recibe al Maestro con reserva y prudencia y escucha a su razón, a sus pequeñas pasiones que son sus dueñas, más que al verdadero Maestro que quiere entrar; desconfía, tiene miedo, no abre sino a medias su corazón. Y el Maestro no puede entrar para disponer como debería hacerlo.
El último abre del todo su puerta y deja entrar en su casa al Maestro que llama. Goza recibiéndole y dándole un puesto de honor, le escucha feliz y no desea sino comprender lo que dice y ponerlo en práctica. No discute, sino que busca el modo de practicar lo que oye. Está en espíritu a los pies del Maestro, como María, y no se deja engañar ni por el razonamiento ni por las pasiones que se rebelan. Cuando habla el Maestro, no tiene él otros deseos que comprender lo que oye y ponerlo en práctica, alimentar con ello su alma. Le guía únicamente el amor. Quiere entrar en el Reino de los cielos, no desea otra cosa. Desprecia todo lo que la razón y las pasiones pueden decirle. Jesucristo es su único Maestro y quiere seguirle sólo a él.
Alma sumisa y generosa, no dice: esto es difícil, esto es imposible, esto se opone a la prudencia, esto no es normal; nada de eso. El Maestro ha hablado, el Maestro lo ha dicho, basta (vd124-125).
 No tengamos miedo... Si hubiera que caminar sobre el mar como Pedro, vayamos a Jesús, si, como a Pedro, él nos dice: Ven (vd127).

 

“Aquí estoy...”

En la Sagrada Escritura el padre Chevrier aprendió a responder a la llamada de Dios. Asimismo, nos enseña a hacer nuestra la palabra de Dios, repitiéndola con sencillez,  que tiene poder para moldear, incluso en nuestras miserias y debilidades, lo que debe ser nuestra respuesta.

“¡Aquí estoy!” (1Sm3,4). “Soy tuyo” (Sal118,94).

 “Habla, Señor, que tu siervo te escuchas” (1Sm3,9).

 “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn6,68).

Tú eres mi Luz, tú eres mi Camino, mi Vida, mi Sabiduría y mi Amor. “Te seguiré donde vayas” (Lc 9,57).

Estoy dispuesto a morir contigo, daré mi vida por ti, iré a la cárcel y a la muerte (ver Jn11,16; 13,37).

Tú eres mi Rey, mi Jefe y mi Maestro.

Señor, si tienes necesidad de un pobre, ¡aquí estoy yo!

Si tienes necesidad de un loco, ¡aquí estoy yo!

Aquí estoy, Jesús, para hacer tu voluntad: ¡soy tuyo! (vd122).

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