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«Solo, siempre solo…»


Consciente de que la gracia recibida de Dios en Navidad de 1856 tenía un alcance eclesial, el padre Chevrier expresó, poco después de su conversión, su deseo de encontrar compañeros, alcanzados también por el llamado de Dios y decididos como él a comprometerse en una vida evangélica para el servicio de los pobres. Al finalizar un retiro, en mayo de 1858, Chevrier escribió lo siguiente:

Prometo a Jesús buscar compañeros de buena voluntad, a fin de asociarme con ellos para vivir juntos en la misma pobreza y sacrificio, a fin de trabajar con mayor eficacia en nuestra salvación y la de nuestros hermanos, si tal es su voluntad  (Ms X, p. 10).

Sin embargo, la búsqueda será larga y laboriosa. Lo vemos en la lectura de esta carta escrita a una amiga, en 1865, algunos años después de la fundación de El Prado:

Veo cómo me resisto a la santa voluntad de Dios y retraso su Obra. Me haría falta alguien constantemente aquí a mi lado, que me empujara y me recordara lo que debo hacer. ¡Qué desgraciado soy, qué digno de compasión! ¡Qué responsabilidad si no hago lo que Dios quiere! ¡Qué juicio, qué condenación la mía! Durante muchos años le decía a Dios: Dios mío, si tienes necesidad de un pobre, aquí estoy; si tienes necesidad de un loco, aquí estoy. Y me daba cuenta de que tenía la gracia para hacer todo lo que Dios me hubiera pedido.

 

Ahora, que es cuando habría de actuar, me siento perezoso, cansado. ¡Oh! Si no hubiera almas que rezan por mí, que me empujan, estaría perdido. Si Dios me enviara un buen compañero, que comprendiera bien la Obra de Dios, entonces me sentiría con más ánimo, con más fuerza; pero solo, siempre solo, me siento sin fuerzas… (Carta a la Sra. Franchet).

El año siguiente, el padre Chevrier creyó haber encontrado finalmente al compañero esperado desde hacía tanto tiempo en la persona de un sacerdote valioso que deseaba unirse a El Prado. El proyecto no llegaría a término. Sin embargo, él le escribió el 22 de enero de 1866:

Venga usted, meditaremos juntos estas cosas y las pondremos en práctica. Me doy cuenta de que tengo necesidad de alguien que comprenda al Salvador y le ame. Oh, no; como dice usted en su carta, jamás volveremos a estar solos, seremos dos y Jesús será nuestro maestro. Todo puede comprenderse con él, todo puede unirse en él, él es el lazo fuerte e indisoluble que une los corazones verdaderamente deseosos de seguirle. Tomémoslo, pues, con nosotros; que él sea nuestro Guía, nuestro Jefe, nuestro Modelo en la pobreza, en el sacrificio y en la caridad. Reunámonos con este pensamiento: Sacerdos alter Christus, y hagamos cuanto podamos para comprenderlo y seguirle (Carta al padre Gourdon).

 

La familia espiritual cuyo fundamento es Jesucristo

En El Verdadero Discípulo que el padre Chevrier escribió al final de su vida, una escena del Evangelio captó particularmente su atención para hacer que se comprendiera lo que es una verdadera familia espiritual o, si se prefiere, una verdadera comunidad cristiana. Es la escena donde vemos a Jesús, rodeado de sus discípulos que lo escuchan, declarar al momento en que su madre y sus hermanos llegan para llevarlo de regreso a Nazaret: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Cf. Mt 12, 46-50 ; Mc 3, 31-35 ; Lc 8, 19-20). El padre Chevrier comenta:

Qué bien nos hace comprender Nuestro Señor con sus palabras que la familia natural desaparece para dar lugar a una familia espiritual, que ya no tiene como lazo la carne ni la sangre, sino a Dios, su palabra y la práctica de esta misma palabra. Éste es el gran lazo de las almas y los lazos de esta familia espiritual son más íntimos y más fuertes que los que existen en las familias de la tierra, que no son sino lazos terrestres y carnales.
Cuando dos almas, iluminadas por el Espíritu Santo, escuchan la palabra de Dios y la comprenden, se forma en estas dos almas una unión de espíritu muy íntima cuyo principio y núcleo es Dios. Éste es el verdadero lazo de la religión, el verdadero lazo del alma y del corazón. Este conocimiento produce en primer lugar el amor a Dios y también el amor a quienes piensan como nosotros y según Dios; y este lazo de espíritu, basado en Dios, es infinitamente más íntimo y más fuerte que cualquier otro lazo natural. Y cuando a este lazo espiritual se une la práctica de esta misma palabra, entonces se forma una familia verdaderamente espiritual, una comunidad cristiana que tiene a Dios como fundamento, su divina palabra como lazo y a las mismas prácticas como finalidad.
Y no puede haber familia o comunidad cristiana sin esta unión de espíritu basada en el conocimiento de Jesucristo, de su divina palabra, y la práctica de las mismas obras. El amor a Jesucristo, el deseo de cumplir su palabra es el fundamento de toda familia cristiana; y sólo estaremos realmente unidos en espíritu y corazón cuando este precioso fundamento se coloque en medio de nosotros. Entonces, se cumplen estas palabras de Jesucristo: “Mis hermanos son quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”…
¡Dichosa familia! ¡Dichosos lazos que unen a todos los miembros de esta misma familia en la misma caridad y el mismo deseo de dar a conocer y amar a Jesucristo! Cuando esta familia existe realmente, debemos encontrar en ella todo lo que hay normalmente en una verdadera familia: amor, unión, apoyo, caridad, todos los cuidados espirituales y temporales que son necesarios para cada uno de los miembros, sin tener que ir a buscar a otra parte lo que es necesario para las necesidades del alma o del cuerpo; de otro modo, la familia no está completa ni es verdadera.
Esto se ve expresado, además, en los títulos de hermanos, de hermanas y de padres que nos damos unos a otros; estos títulos no deben expresar sino lo que existe interiormente; de otra manera, sólo son ridículos y falsos (vd, p. 151-152).

Jesucristo es el fundamento y el centro de esta familia espiritual. El padre Chevrier lo explica así:

En vano tratamos de construir si Dios no está con nosotros, si no es el arquitecto, si no dirige los trabajos, proporciona los planos, elige a los obreros, y dirige todo él mismo. Todo por él, con él y en él. Entonces, es Jesucristo a quien hay que buscar, es con él que hay que construir, es para él que hay que edificar; es su espíritu lo que hay que buscar, es él a quien hay que buscar y poner como fundamento de todo… Entonces, está en él hacerlo todo, elegir, llamar, construir, rechazar, llamar a quien le plazca. Lo único que podemos hacer es mostrar el camino, dar a conocer lo que Nuestro Señor mismo ha dicho, la vía que él siguió, y está en cada quien decidir si quiere seguir a Nuestro Señor así y tomar lugar en la casa de Dios… Es necesario que sea Jesucristo quien elija las piedras de su casa (Ms X, p. 324-326).
En una circunferencia, hay un centro de donde parten todos los radios y hacia el cual se dirigen. Jesucristo es también el centro donde todo debe encontrarse y de donde todo debe partir. Para ir al cielo, hay que pasar por este centro. ¿Acaso no son el pesebre, el calvario y el tabernáculo los centros hacia donde deben dirigirse los hombres para recibir la vida y la paz y volver a salir de ahí para ir a Dios?… Admirable fusión que nos reúne a todos en Jesucristo, único centro en el que debemos fundirnos, todos y por completo (vd, p. 104-105).

 

“Todos en un mismo espíritu”

Ya se trate de la célula familiar, de una comunidad religiosa, de una parroquia o de una diócesis, sólo podemos volvernos hermanos y hermanas en Cristo si nos despojamos del propio espíritu, si nos dejamos pulir por los demás y si tratamos de dejarnos conducir por el espíritu del Evangelio:
Si el espíritu de Dios es necesario a un individuo para tener la sabiduría y el amor, con mayor razón es necesario en una comunidad. Tener el espíritu de Dios lo es todo; es todo para una persona, es todo para una comunidad.
El espíritu de Dios es quien forma la unidad en una casa, quien hace la fusión en los espíritus y en los corazones, quien hace que todos constituyan uno solo. “Ut unum sint”. Esta era la oración ardiente y frecuentemente repetida de Nuestro Señor Jesucristo después de la última Cena: «Que sean todos uno en un mismo espíritu.
La verdadera unidad no está ni en las piedras, ni en el dinero, ni en las casas, ni en los hábitos, ni en la cohabitación, ni en los títulos de hermanos o de hermanas que nos damos; todo ello supone la unidad, pero no la hace; todo ello no es nada en el fondo. ¡Cuán ridículos y falsos son con frecuencia estos títulos de hermanos y hermanas! La verdadera unidad está en la unión de un mismo espíritu, de un mismo pensamiento, de un mismo amor, y Jesucristo está en el centro de esto a través del Espíritu Santo.
Permaneced en mí y yo en vosotros; por así decirlo, que todos nosotros seamos los unos en los otros y que viendo al uno se vea también al otro: ésta es la verdadera familia, la verdadera comunidad, la verdadera unión; los mismos puntos de vista, las mismas visiones, las mismas inspiraciones en Jesucristo. El Evangelio nos da un verdadero ejemplo de esta unión de espíritu y de corazón, en los primeros cristianos que no tenían todos sino un solo corazón y una sola alma (vd, p. 231).
Donde está el Espíritu del Señor, está la libertad. Dichosa la casa cuyos sujetos han renunciado a sí mismos. Cuando, en una casa, reina esta verdadera renuncia, ya no se encuentran almas que se ocupan más que de ellas mismas y de las demás; todo el mundo se ocupa de Dios y de las almas para llevarlas a Dios y salvarlas; entonces reina la paz, la alegría, la caridad, la unión, la fuerza y el arrastre hacia el bien y el amor (vd, p. 270).
¿De dónde viene que entre nosotros haya tantas pequeñas miserias, susceptibilidades, celos, maldad, negligencia? Sencillamente, de que no tenemos el espíritu de Dios. Cuando tengamos el espíritu de Dios, habrá unión, caridad, amor, celo, renuncia a sí mismo. Pídalo para usted misma y que todas lo pidan para todos (Carta a la Hna. Véronique, 1877).
Estén unidos en oración, de corazón y de espíritu, fortaleciéndose cada vez más en el amor de Nuestro Señor (Carta a los seminaristas, 1876).

 


 

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