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“El Espíritu de Dios está en los santos”


El padre Chevrier fue amigo de muchos santos: muy principalmente de la virgen María, a quien había dedicado su capilla de El Prado bajo el título de Nuestra Señora de los Siete Dolores; de san José, “padre de los pobres”; de Juan Bautista y de Juan Evangelista; de los apóstoles Pedro y Pablo, en quienes veía el “modelo de los sacerdotes”; de Antonio, el primer ermita, su santo patrón; de Francisco de Asís, a quien siguió Chevrier en su tierno amor por la humanidad de Cristo, desde el Pesebre hasta la Cruz —no olvidemos que fue terciario franciscano y se confesaba con capuchinos—; de Cayetano de Tiena, que quiso vivir la pobreza en medio del lujo de la Roma renacentista, entregándose al servicio de los enfermos; de Francisco Javier, Francisco de Sales; de Vicente de Paul, Francisco Régis, Benito Labre; de Juan María Vianney, el cura de Ars, su consejero y compatriota…
En los santos admiraba especialmente la simplicidad de su fe y su prontitud para responder a las llamadas de Dios.

María cree en la palabra del ángel, cree en la omnipotencia de Dios, cree en lo que Dios va a hacer en ella; y este acto de fe atrae al Hijo de Dios. La fe hace milagros. Todo es posible al que cree… (Comentario a los Misterios del Rosario, MsV, 430).

 

San Antonio no razona cuando en una iglesia escucha esta palabra del Evangelio: “Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo”. Él va, vende lo que tiene, lo da a un pobre y se retira a la soledad.
San Francisco de Asís oye también esta palabra de Jesucristo en una iglesia: “No tengáis oro ni plata, ni zapatos, ni dos túnicas”. Entiende esto como dicho para él y deja todo para hacerse el verdadero pobre de Jesucristo en el mundo. Esta es la simplicidad de los niños que pide Nuestro Señor a sus verdaderos discípulos.
¡Cuántos razonamientos hubieran podido hacer todos los santos que han seguido el camino evangélico, para evitar entrar en un camino tan elevado, tan perfecto, tan difícil para la naturaleza; y si se hubieran dejado atrapar por todos esos razonamientos, jamás habrían llegado a ser santos…
El razonamiento mata el Evangelio y priva al alma de ese impulso que nos llevaría a seguir a Jesucristo y a imitarle en su belleza evangélica.
Los santos no razonan tanto. ¡Porque hay tantos razonadores, por eso hay tan pocos santos! (vd 127).

 

Sólo los santos pueden renovar el mundo

Antes de su “conversión”, el joven presbítero Antonio Chevrier pensaba que algo no iba bien en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo, cuando se asistía a una descristianización galopante de los barrios obreros sin que se tomaran medidas eficaces. Pero, luego, comprendió que lo que faltaba en La Guillotière era el testimonio arrebatador de los santos y sus virtudes poderosas. “Llegar a ser santos”, él y todos sus colaboradores, fue entonces su primera consigna pastoral. Pero una santidad de este calibre, que invitase a la gente a la conversión, sólo podía ser el fruto de una gracia muy particular de Dios. Pues bien, a Chevrier no le faltó ni audacia ni perseverancia para pedir esta gracia para sí y los suyos. Los resultados no se hicieron esperar. ¡Es verdad, los santos transforman al mundo!

Dios nos ha enviado hasta el día de hoy el pan material, pero eso no es nada. Yo le pido almas abnegadas, almas generosas, piedras vivas, santos. Sed, queridos amigos, esas piedras, esos santos, esas almas generosas, que deben trabajar para Jesucristo, con Jesucristo, para continuar en la tierra su vida de sacrificio, de abnegación y de caridad (Carta a sus seminaristas, 89 [1872]).

La mayor riqueza es un sacerdote santo, pobre (vd 520).

Una onza de santidad y de pobreza vale más que toda la gloria del mundo (vd 521).

Hay que realizar las acciones de los santos. Hay que seguir el Evangelio a la letra… (Palabras del padre Chevrier a la Srta. Tamisier).

Mis queridos hijos, es preciso que seáis santos. Hoy día más que nunca sólo los santos podrán regenerar el mundo, trabajar provechosamente en la conversión de los pecadores y en la gloria de Dios…
¡Cuántas cosas hermosas hacían los santos en la tierra, qué agradables eran a Dios y qué útiles para el prójimo! Los santos son la gloria de Dios en la tierra, son la expresión viva de la divinidad aquí abajo, son la alegría de los ángeles y el gozo de los hombres.
Un santo es un hombre que está unido a Dios, que es una sola cosa con él, que pide a Dios, que habla a Dios y a quien obedece Dios. Es un hombre que tiene todos los poderes de Dios en su mano, es un hombre que remueve el universo cuando está bien unido al Dueño que gobierna todas las cosas.
Los santos son los hombres más poderosos de la tierra, atraen todo hacia ellos porque tienen la caridad, la luz de Dios, la fecundidad del Espíritu Santo. Tienen la riqueza de Dios que ellos distribuyen a todos los hombres; son los ecónomos de Dios en la tierra.
Y es preciso, mis queridos hijos, que lleguéis a ser santos; es preciso que seáis luces para conducir a los hombres por el buen camino, que seáis fuego para caldear a los fríos y a los helados, que seáis imágenes vivas de Dios en la tierra para servir de modelos a todos los cristianos.
Mis queridos hijos, esforzaos por llegar a ser santos. No se logra inmediatamente; hay que trabajar en ello mucho tiempo y desde el principio de la vida; es una gran tarea que cumplir, una meta bien elevada que alcanzar; pero hay que conseguirlo para ser buenos sacerdotes. Un sacerdote que no es un santo hace poco bien entre las almas y nos es necesario, sobre todo a vosotros, llegar a serlo (Carta a sus seminaristas, 82 [1872]).

Sed santos. Ese es todo vuestro trabajo de cada día… (Carta a sus seminaristas, 105 [1875]).

Jesucristo nos llama a la perfección, a convertirnos en verdaderos discípulos (vd 121).

 

 

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