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Al padre Chevrier le parecía insuficiente el tiempo para estudiar el Evangelio y conocer mejor a Jesucristo. Siempre que podía se retiraba a “poner aceite en su lámpara”.

 Actualmente me encuentro en casa de los Padres Carmelitas para rezar un poco y estudiar la pobreza de Nuestro Señor. Leo el santo Evangelio. ¡Qué bien dicho está todo lo que ha dicho Nuestro Señor, y cómo debemos esforzarnos por practicarlo! Estudiemos siempre este bello libro; no dejes de leerlo, para practicar lo que ves en él; ya sabes que será nuestra regla...” (Carta a Jean-Claude Jaricot, seminarista, 64 [1868]).
 Para llegar a conocer bien a Dios se requiere un estudio tan grande, tan prolongado y al mismo tiempo tan suave, que nunca es demasiado el tiempo que se le dedica. (Carta a las señoritas Mercier y Bonnard, 268 [1860]).

¿Por qué estudiar así el Evangelio?

El padre Chevrier no aspiraba a convertirse en agudo exegeta. Sólo quería conocer cada vez mejor a Jesucristo, el Verbo de Dios, a quien amaba apasionadamente: en él resplandece toda la verdad, él es el único Salvador.

“Oyendo a Jesucristo, oímos al Padre; “habla el lenguaje de Dios”, dice San Juan (Jn3,34).
Viendo obrar a Jesús, vemos las acciones mismas del Padre, porque el Hijo no hace nada por sí mismo, y es el Padre quien hace sus obras.

¡Qué bella armonía! ¡Qué acuerdo entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo!
Y nosotros ¿qué otra cosa tenemos que hacer sino estudiar a Nuestro Señor, escuchar su Palabra, examinar sus acciones, para conformarnos según él y llenarnos del Espíritu Santo?

Esa es una regla segura y cierta para llenarnos del Espíritu Santo y actuar y pensar de acuerdo con él. El Evangelio contiene las palabras y las acciones de Jesucristo. El Espíritu de Dios rebosa en toda su vida, en todas sus acciones. Sus palabras, sus acciones, son como luces que, desde el Pesebre al Calvario, nos va dando el Espíritu Santo. Cada palabra de Jesucristo, cada ejemplo, es como un rayo de luz que viene del cielo para iluminarnos y darnos la vida.
Quien quiera llenarse del Espíritu de Dios debe estudiar a Nuestro Señor cada día: sus palabras, sus ejemplos, su vida. Esta es la fuente en la que encontraremos la vida, el Espíritu de Dios (vd225-226). [El estudio de Nuestro Señor debe hacerse] en la oración de cada día y así hacer pasar a Jesucristo a la propia vida (vd227).

 

El Evangelio, “fuerza de Dios” en el ejercicio del ministerio apostólico

El conocimiento de Jesucristo a través del Evangelio produce la unión con él. Sólo unido a Jesucristo, se siente capaz Antonio Chevrier de desempeñar el ministerio al que es llamado.

 Me siento tan pobre, tan incapaz, tan pequeño que me da vergüenza; y si no supiera que debo encontrarlo todo en el santo Evangelio y en las Epístolas de san Pablo, no me atrevería a emprender este trabajo, siendo tan ignorante. He leído poco, no conozco los autores que han tratado los grandes temas de la vida religiosa y sacerdotal... Pero con el santo Evangelio, me parece que soy más fuerte, que puedo tener confianza; después de todo, no soy yo, es Jesucristo, y con él nadie puede engañarse, con él se tiene autoridad, con él se es más fuerte y nadie tiene nada que decir. Así que en él me apoyaré y en él esperaré... (Carta a la Sra. Franchet, 309 [1869]).

 Me he retirado a Limonest para trabajar y rezar, para poder hablar a mis seminaristas con el Evangelio. Veo la importancia de este asunto y la necesidad que tengo de la gracia de Dios y de su luz para llegar a algo sólido, auténtico y duradero. Me doy cuenta de que sólo puede darme fuerza y apoyo delante de ellos la autoridad de Nuestro Señor y que, para poder hablar en su nombre, necesito alimentarme de su vida, de sus palabras; es muy difícil... (Carta a la Srta. de Marguerie, 446 [1877]).

 

El Evangelio: una casa abierta a todos

Para formar verdaderos discípulos de Jesucristo hay que hacerles frecuentar el Evangelio. No basta que conozcan los conceptos y argumentos de la doctrina cristiana. Para el padre Chevrier el Evangelio es como una bella casa que Dios pone a disposición de todos, no sólo para que la veamos por fuera, sino para que la visitemos, la habitemos, nos sirvamos de ella y remediemos nuestra necesidad.

 El padre [Chevrier] solía decirnos: “Cuando queráis saber qué debéis pensar sobre alguna cosa, consultad el santo Evangelio. Debemos formar nuestro juicio según el Evangelio. El Evangelio es el libro que ha formado a los santos”. (Testimonio de Sor María, primera hermana de El Prado).

En la vida de Nuestro Señor se encuentran la sabiduría y la luz. En sus detalles encontramos toda nuestra regla de conducta; encontramos la perfección y una enseñanza segura según Dios, pues Dios mismo se nos muestra en ellos.
¿Para qué sirve el Evangelio si no se le estudia?
Para conocer bien el Evangelio hay que entrar en los pequeños detalles de cada hecho, de cada acción: ahí encontramos la sabiduría.
Cuando uno pasa por una calle y ve una hermosa casa, la mira al pasar y dice: es una buena casa; no la ve más que por fuera, sin darse cuenta de todo lo que hay dentro, de la distribución, de la belleza, de las comodidades, etc. Se pasa, se mira, se comenta: es hermosa, y eso es todo; no se la utiliza. Pero si pasa adentro y visita cada piso, cada habitación, entonces puede admirar el orden, la belleza interior, la perfecta disposición.
Con el Evangelio sucede igual: muchos le miran y comentan: es hermoso; pero no han pasado adentro para examinar las bellezas interiores y no pueden servirse de él, disfrutarlo, utilizar las cosas que se encuentran en él.
Para conocer una casa hay que entrar en ella y utilizar las habitaciones que la componen.
Para conocer el Evangelio, hay que entrar, ver los detalles y poner en práctica las cosas que encontramos en él; basta con que entremos un poco y conozcamos sus detalles para comprender inmediatamente lo bella, grande y perfecta que es esta casa. Verdaderamente es la casa de la Sabiduría (vd516).

 Para conocer a Jesucristo, vayamos a las fuentes de la fe que nos son dadas por el mismo Dios y que encontramos en el santo Evangelio (MsVIII, 156).


 

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