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La vida que llevaban los obreros de La Guillotière, la explotación de que eran víctimas: ahí resonaba la voz que, para Antonio Chevrier, era la llamada a convertirse a Jesús y a su Evangelio.

Con los ojos abiertos ante la miseria del tiempo

            [Siendo vicario en la parroquia de San Andrés, a Chevrier le impresionaba] el espectáculo cada vez más tremendo de la creciente miseria humana. Se diría que, a medida que los grandes de la tierra se enriquecen, a medida que las riquezas van siendo recogidas en unas pocas manos que las buscan ávidamente, crece la pobreza, disminuye el trabajo, dejan de ser pagados los salarios. Se ve a pobres obreros trabajando desde el alba hasta entrada la noche para apenas ganarse su pan y el de sus hijos. Sin embargo, ¿no es el trabajo el medio de ganar el pan? (Sermones, Ms IV, 665).

Quiere hacer ver y sentir a todos lo que él mismo ve y siente. En uno de sus sermones de 1852 denuncia con dolor las miras tan rastreras con que muchas veces se plantea la educación de los niños:

Al ver con qué esmero se prepara hoy día a los niños para ejercer tal arte o tal profesión, y cómo se olvida todo lo que se refiere a su salvación o a su moralidad, se diría que no tienen otro destino que el de las máquinas alrededor de las que se mueven, o más aún, como ha dicho alguien, que son ellos mismos herramientas hechas para enriquecer a sus amos… (Sermones, Ms III, 12).

 

La angustia por los niños pobres

A Antonio Chevrier le conmovía la situación de los niños, abandonados a sí mismos. Pero le dolía, sobre todo, el desprecio que hacia ellos experimentaban algunas personas “bien educadas”. Esto se convirtió en una de sus preocupaciones permanentes. En junio de 1859, escribió a Camille Rambaud:

Estos pobres niños, cuando se acercan tan desarrapados, tan malos como desgraciadamente son, no son agradables de ver. M. A.… no podía ni olerlos y cuando, a su partida, me dio unas botellas de vino para reponerme y recobrar fuerzas, me dijo: “Mucho cuidado con dárselas a su cuadrilla”. ¡Pobre gente! Es lamentable que hablen así, pero, ¿qué quiere usted?, ésa es su mentalidad, no ven más lejos. Y esta mentalidad es la de la mayoría. También los niños son marginados, mal vistos y despreciados; ¿cómo quiere usted que se acerquen a un mundo que los desprecia y los rechaza?

En el proceso de beatificación, una bienhechora de El Prado recuerda lo siguiente:

Una mañana, después de haber oído su misa, fui a hablar con él; hacía muchísimo frío, pues estábamos pasando un invierno bastante riguroso. [El padre Chevrier] se me acercó diciendo: “Hay muchos niños que lo están pasando mal en este momento. Hay que acoger a estos pobres náufragos de la fortuna que, tan jóvenes, están siendo ya golpeados por la desgracia. Acabo de encontrar uno, muy despierto, que estaba llorando. Le pregunté qué le pasaba. Me respondió:
—Soy muy desgraciado.
—Pero, mi pobre amigo, ¿dónde pasas la noche?
—Me acuesto en un tonel.
—¿En un tonel?, le pregunté. ¿Y cómo te las arreglas para comer?
Me enseñó tres viviendas.
—Mire, por la mañana me dan un poco en esa casa. En esa tienda que tiene la puerta cerrada hay niños; cuando comen, voy a mirarlos por los cristales; en seguida que me ven, me llevan algo de comer y con el permiso de su madre me dejan entrar para calentarme. Por la noche, una señora al lado de su casa me da un poco de sopa y voy a acostarme en el tonel que le he dicho.
—¡Pobre pequeño! Pasarás mucho frío...
—¡Ah, claro! Pero me acurruco bien, y, cuando tengo frío, me doy la vuelta del otro lado.
—Bueno, pues vente conmigo; no puedo darte ninguna cama porque están todas ocupadas. Voy a comprar paja, la echaremos en el suelo con unas mantas; ahí estarás mejor que en ese tonel. Te daré una cama en cuanto la tenga.”
Después continuó: “A estos pobres niños yo los busco por todas partes, de noche y de día, en los caminos, en las calles, en los paseos e incluso en los basureros. ¡Muchas veces encuentro cosas muy buenas en los basureros! Estoy convencido de que algunos de ellos serán espléndidos sacerdotes” (Testimonio de María de Foulquier, P 3, 183).

Un año después de su conversión, el padre Chevrier escribió en su primer Reglamento:

Al ver al niño más repugnante puedo decir: Jesús se ha sacrificado, ha muerto por él, ¿qué no debería hacer yo? Jesús quiere darse a él en alimento, ¿qué no debo darle yo?

La situación de abandono e ignorancia de los niños le llevó a fundar la obra de El Prado en 1860, para

preparar a la primera comunión a los niños pobres y mayores que no pueden hacerla en las parroquias. La mayor parte de estos niños están trabajando desde los ocho o nueve años, sus padres no los han llevado nunca ni a la escuela ni a la catequesis y, una vez que se les ha pasado la edad, ya no se atreven a ir a las catequesis normales (Ms X, 256).

A nadie le parece mal que un hijo de buena familia o incluso de simples obreros pase tres, cuatro o diez años en la escuela o en internados sin hacer nada, solamente para su instrucción o su educación, ¡y a nosotros se nos criticará por tener cinco meses a niños pobres para formarlos en la vida cristiana y enseñarles sus deberes sin hacerles trabajar! (vd305).

Para entrar aquí, se necesita cumplir con  tres condiciones: no tener nada, no saber nada, no valer nada (P2, 31).

 

Amar a los pobres

No es fácil el trato con quienes, carentes de toda educación, se ven obligados a sobrevivir en la miseria, la delincuencia, los abusos. A quienes se sentían llamados a trabajar en su educación, el padre Chevrier dirigió sus escritos.

A los niños se les debe tratar con dulzura y caridad y no se les debe pegar bajo ningún concepto. Si tienen defectos, habrá que reprenderlos con paciencia y rezar por ellos. Vienen para convertirse; no pueden hacerse buenos en un día; hay que ir despacio, esperar con paciencia y contar mucho más con la gracia de Dios que con nosotros mismos. Se obtiene más por la dulzura que por cualquier otro medio. Hay que quererlos como a hijos que tratamos de conducir a Dios. Todo se resume en estas palabras: para ellos debemos ser padres y madres, tener para ellos el corazón de un padre y una madre. Ante ellos somos los representantes de Jesucristo, y qué raros son los que lo comprenden y saben atenerse a ello en la práctica. Entre los que dirigen a los niños se puede encontrar mercenarios, amos y amas, jefes, mandos; pero padres, madres, pastores, hombres que sepan esperar, rezar y sufrir, muy pocos, prácticamente ninguno… Nosotros les servimos de padres y de madres. Un padre, una madre se conducen en todo por amor y eso es lo que hace llevadera una tarea tan laboriosa. Cuidan a sus hijos, velan por ellos, piensan en ellos antes que en sí mismos, se hacen sus servidores, se ocupan de todas sus necesidades, de su comida, de su casa, de su ropa. Su corazón les hace ser precavidos y previsores. Pidamos a Dios un corazón de padre y de madre para guiar y amar a nuestros niños (Reglamento de los primeros Hermanos y Hermanas de El Prado).

El primer reglamento dice también:

Nuestro Señor manifiesta su caridad a través de la gran compasión que siente por los pobres, los que sufren, los enfermos, los pecadores. Llama a todos diciendo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). No rechaza a nadie. Acepta a todo el mundo con ternura y caridad: a los niños, los pobres, los enfermos, los pecadores. Da de comer a los que tienen hambre. Perdona a todo el mundo, incluso en la cruz. Muere dando su vida por sus ovejas y se da como alimento diciendo: “Tomad y comed” (Mt 26, 26). Tales son los ejemplos de caridad que nos da Nuestro Señor.
Pediremos a Dios que suscite en nosotros una gran compasión por los pobres y los pecadores, que es el fundamento de la caridad. Sin esta compasión espiritual no haremos nada. Fomentaremos esta divina caridad en nosotros, a fin de poder ir al encuentro de la miseria del prójimo y decir como Jesucristo: “Venid a mí y os aliviaré“. Imitaremos a Nuestro Señor en su bondad para con los niños, llamándoles a él y dándoles particulares muestras de ternura y de cariño. Les serviremos de padre y de madre, ocupándonos de ellos con un cariño sincero para ganar sus almas para Dios.
Cuando se presente la ocasión, sentaremos a nuestra mesa a los padres de nuestros niños, así como a los pobres, sintiéndonos dichosos de servirles y de mostrarles nuestro cariño.
Tendremos presente estas palabras del Maestro: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt9, 13), y que los corazones se ganan por el amor y no por la rigidez y la severidad.
Socorreremos a todos los que nos lo pidan, aunque no sea más que con una estampa o una buena palabra, recordando las palabras de san Pedro: “No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo” (Hch 3, 6). Nunca rehuiremos el prestar un servicio a quienquiera que sea, con alegría y buen humor, considerándonos por caridad como los servidores de todo el mundo. Adoptaremos como divisa de caridad estas palabras de Nuestro Señor: “Tomad y comed”, considerándonos como un pan espiritual que debe alimentar a todo el mundo, por la palabra, el ejemplo y la entrega.

 

Elegir la compañía de los pobres

El padre Chevrier contempla en el Evangelio cómo Jesús “hace de los pobres y los pecadores su compañía predilecta” (VD 395). Quiere tomarle por Maestro de caridad y amor a los pobres. Quiere que cuantos se asocien a su trabajo en El Prado le tomen también por Maestro y sigan su camino:

Elegiremos, como Nuestro Señor, lo más humilde y lo más pobre que haya sobre la tierra.
Pediremos a Nuestro Señor esta humildad de corazón para no hacerlo por obligación, sino por sentirnos atraídos, por amor.
Elegiremos preferentemente la compañía de los pobres y de los pecadores” (vd402).

“Consintamos en pasar la vida con los pobres, en no ocuparnos sino de los pobres. Para hacer el bien a estos niños, hay que estar con ellos, vivir su vida…” (Reglamento de El Prado).

El padre Chevrier vio confirmada por el Papa su vocación de evangelizar a los pobres haciéndose pobre como ellos. Así se lo explicó a los seminaristas de El Prado, estudiantes en Roma, exhortándoles a permanecer hasta el final en esa vocación:

Me alegra saber que habéis tenido la dicha de ver a nuestro Santo Padre, el papa Pío IX, quien os ha bendecido y, en vosotros, ha bendecido a los pobres, los pobres que debéis evangelizar, instruir, y a todos nosotros. ‘Benedictio pauperibus’. Qué bien concuerda la palabra del Vicario de Cristo con la del Maestro: ‘Dichosos los pobres’. Sí, seamos siempre los pobres de Dios, permanezcamos siempre pobres, trabajemos con los pobres. Que el carácter distintivo de nuestra vida sean siempre la pobreza y la sencillez, y tendremos siempre la bendición de Dios y de nuestro Santo Padre. ¡Cuánto bien hace el trabajar con los pobres, con los pequeños! No trabajéis para crecer y subir, trabajad para haceros pequeños y achicaros de modo que os coloquéis a la altura de los pobres, para estar con ellos, vivir con ellos, morir con ellos: y no temamos los reproches que los judíos hacían a Nuestro Señor: “Vuestro Maestro está siempre con los pobres, los publicanos y la gente de mala vida”. Es un reproche que debe enorgullecernos en lugar de avergonzarnos. Nuestro Señor vino a buscar a los pobres. “Me ha enviado a llevar la buena noticia a los pobres”. Aprended, pues, a amar de verdad a los pobres, y que esta bendición de Pío IX, nuestro jefe visible y verdadero representante de Jesucristo, os sea buen augurio y os haga amar a los pobres y permanecer siempre en la santa pobreza (Carta a Jean Broche, 114, [1876]).

 

Servir a los pobres

Jesucristo quiso identificarse con los pobres. Servir a los pobres es servir a Jesucristo. Servir a Jesucristo es reinar.

Amar y servir a los pobres es un honor que nos eleva (P 2, 31).

Incluso cuando llevéis sotana, decía a sus seminaristas, no temáis, por prestar un servicio, ayudar a los obreros, echar una mano, empujar en caso de necesidad la rueda de un carro, incluso en la calle. No temáis perder la dignidad por hacer esto (P 4, 81).

Y decía también a una hermana:

Ame mucho a los pobres, vaya a verlos, coma con ellos y no tema rebajarse; al contrario, uno se eleva. Además, no valemos más que esas gentes (P 2, 50).

Es cierto que no todo el mundo está llamado a compartir la vida de los pobres. El contacto con ellos, sin embargo, siempre puede ser provechoso. El padre Chevrier se lo recuerda con severidad a una dama de la burguesía de Lyon, que le había elegido como director espiritual:

Pensaba que le hacía a usted un gran honor al invitarla a venir a peinar a mis pobres. Nuestro Señor ha dicho que, siempre que se sirve a un pobre, se le sirve a él mismo. Así que usted ha rehusado a Nuestro Señor este pequeño servicio que le pedía y se ha visto privada de una enorme gracia. Yo lo he hecho en su lugar y me ha llenado de gozo el poder llevar a cabo este acto de caridad; en adelante, no cederé mi puesto a nadie, pues el buen Maestro sabe pagar generosamente los servicios que se le prestan. Para participar en esta buena obra, sólo le pediré que la próxima vez que venga me traiga un peine mejor que el mío. Pido a Dios que sea usted algo más generosa en su servicio… (Carta a la Sra. Franchet, 292 [1863]).

 

La grandeza de los pobres

El padre Chevrier jamás consintió que los niños, durante su estancia en El Prado, trabajaran para mantener la casa con sus ganancias. Aceptaba agradecido, sin embargo, las pequeñas aportaciones de la gente sencilla de La Guillotière. Recordaba con emoción cómo Dios se había servido de la generosidad y sabiduría de los pobres para asegurar la subsistencia de El Prado.

Hace ya un año que somos en El Prado entre 35 y 40 personas sin contar con otra ayuda que la de la Providencia. No nos ha faltado. Para alimentarnos, Dios se ha servido de los pobres, el cepillo de la iglesia, las limosnas voluntarias. Cuando hemos estado necesitados, encontramos siempre un generoso desinterés a nuestro alrededor. Una buena señora, obrera, nos envió su peine de plata. Otra obrera nos dio sus cubiertos también de plata. Una trabajadora eventual se desprendió de todo lo que tenía y nos dio, repartido en varias ocasiones, hasta seiscientos francos, que eran toda su fortuna. Una mujer que trabajaba en la seda, feliz de participar en la buena obra, vino un día a decirnos que haría medio metro más de tela cada jornada para nosotros, y no olvidaba su promesa; de vez en cuando se presentaba a traernos mantequilla, pan, ropa que ella nos compraba. Otra mujer hace una colecta entre sus conocidos y, casi cada día, nos trae la pequeña limosna que ha recogido de esa buena gente. Un obrero de Thurins, por agradecimiento y por participar en las obras, nos envía diez francos. Hasta ahora nos han alimentado los pobres y los obreros (Ms X, 257-258).

Hay almas que, como por naturaleza, son sensibles a la verdad y, desde que la ven, la aceptan con alegría y satisfacción; estas almas tienen el espíritu de Dios más que los grandes sabios de la teología que no pueden llegar a ello sino a través de razonamientos y deducciones sin fin.

Dios ha puesto en ciertas almas un sentido espiritual y práctico que supone más sentido común y espíritu de Dios que el que hay en la cabeza de los más grandes sabios. Testigos de ello son algunos buenos campesinos, obreros, mujeres que comprenden en seguida las cosas de Dios y las saben explicar mejor que muchos otros (vd218).

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