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Ir a los pobres

A la luz del misterio de la Encarnación, el padre Chevrier comprendió que seguir al Verbo de Dios en su descenso entre los hombres, e ir al encuentro de los pobres de este mundo son un solo y mismo camino.

Iré en medio de ellos y viviré su propia vida; esos niños verán más de cerca lo que es el sacerdote, y les daré la fe (Palabras del padre Chevrier, referidas por el padre Pericón).

Jesucristo dio a los discípulos de Juan Bautista esta señal de su medianidad: “los pobres son evangelizados”. Esta misma misión es la que el Señor Resucitado ha confiado a su Iglesia. El padre Chevrier y sus compañeros de la casa de El Prado asumieron esta misión como el ideal que había de configurar sus vidas.

 

Hay que instruir a los ignorantes, evangelizar a los pobres. Es la misión de Nuestro Señor. Es la misión de todo sacerdote, particularmente la nuestra: es nuestra herencia. Ir a los pobres, hablar del Reino de Dios a los obreros, a los humildes, a los pequeños, a los abandonados, a todos los que sufren. ¡Se nos permite ir como Nuestro Señor, como los apóstoles, “a los lugares públicos y a las casas” (Hch 20, 20), a las plazas, las fábricas, las familias, a llevar la fe, predicar el Evangelio, catequizar, dar a conocer a Nuestro Señor! (P4, 161).

Nada desearía tanto como preparar buenos catequistas para la Iglesia y formar una asociación de sacerdotes dedicados a este fin. Esta era la gran misión de Nuestro Señor. “Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres”. (Lc 4, 18). ¡Ojalá podáis entrar en estos pensamientos y llegar también vosotros a ser celosos sacerdotes, dispuestos a ir a cualquier parte a evangelizar a los pobres (Carta a los seminaristas [Maurice Daspres], 130 [1877]).

La gente no viene, hay que salir a buscarla (vd450).

El padre Chevrier decía a las primeras hermanas de El Prado:

No estáis llamadas a permanecer juntas. Seréis separadas, pues os enviaré adonde sea necesario para trabajar en la obra de Dios. No quiero teneros a todas juntas recogidas como a un montón de piedras. Nuestro Señor envió a sus apóstoles y se dispersaron por el mundo. Lo mismo haré yo con vosotras (P3, 107).

Hoy no se trata de acuartelarse en una casa y no ocuparse más que de naderías muchas veces, de tonterías o de chismes. Hoy se necesitan hombres y cristianos de acción que instruyan al pueblo y ejerzan la caridad en el mundo (MsX, 203).

 

Nuestra primera misión es dar a conocer a Jesucristo y a su Padre

Esta afirmación del padre Chevrier no fue una consigna fácil de llevar a cabo. En efecto, muchas actividades sociales de la Iglesia, realizadas por motivos generosos y bien intencionados, tomaban a veces la delantera y reemplazaban de hecho al anuncio de Jesucristo. Un apóstol no puede soportar sin sufrimiento que se contrarresten dos tareas que son complementarias y deben ir unidas.

Cuando el Maestro envía a sus obreros al mundo, no los envía para hacer colectas, pedir, edificar, construir, establecerse en el mundo. Los envía para enseñar, instruir y bautizar. Ése es el gran objetivo… Así, pues, cuando nosotros vamos a cualquier lugar, lo primero que debemos hacer es instruir, dar la catequesis, bautizar, curar, servir a todo el mundo. Ésa es nuestra primera misión.
Si se empieza edificando, reparando, colocando, comprando, pidiendo, haciendo colectas, no se hace la obra de Dios: se hace la obra material. Hay que empezar por la obra espiritual… Hay que dar la máxima importancia a la obra espiritual: instruir, catequizar, es el primer deber que tenemos que cumplir…
Debemos empezar las obras y las parroquias evangelizando, catequizando, rezando, fomentando la vida espiritual, dejando a Dios el cuidado de enviarnos el dinero o las casas. ¿Para qué sirven las casas o el dinero, si no se hace la obra de Dios? Empezad por las almas. ¿Qué pensar de quienes no se preocupan más que de edificar, de embellecer su casa rectoral, su iglesia, y que, para ello, no hacen más que correr tras los alcaldes, los prefectos, los señores, las damas? ¡Lástima! Abandonan las almas para ir detrás de las piedras… No hemos sido enviados a construir, sino a convertir (vd306-307).

Por un alma que hiciera bien la catequesis, que tuviera el verdadero espíritu de pobreza, de humildad y de caridad, por un alma así, ¡yo daría todo El Prado! Para hacer el trabajo material encuentro bastante gente, pero para hacer bien la catequesis, poner la fe y el amor de Nuestro Señor en las almas, hay muy pocos, casi nadie… (P2, 12).

“Dar bien la catequesis es todo” diría el padre Chevrier para subrayar su carácter absoluto. La transmisión de fe no es, en efecto, una tarea menor, que se pueda encomendar a gente desocupada. Para ser buen catequista de los pobres hay que ser sencillos y profundos; hay que tener esa calidad de alma y esa disciplina de trabajo que nacen del amor verdadero.

Lo único que pido a Dios es que me enseñe a hacer bien la catequesis, a instruir bien a los pobres y a los niños. Amigos míos, ¡qué hermoso es saber hablar de Dios! (Carta a sus seminaristas [Jean Broche], 93 [1873]).

Para usted y para todos los de la casa sólo pido a Dios que se sientan espiritualmente atraídos a hacer bien la catequesis, que amen la pobreza y la caridad. Si podemos sentir cada vez más en nosotros esta atracción y crecemos en el amor de Nuestro Señor, lo habremos ganado todo.
¡Qué triste es ver cómo todo este mundo no se ocupa más que de cosas distintas de aquéllas a las que debiéramos estar enteramente consagrados! ¿No estamos aquí para esto y sólo para esto, para conocer a Jesucristo y a su Padre, y para darle a conocer a los demás? ¿No es suficientemente hermoso, y no encontramos en ello ocupación bastante para toda nuestra vida, sin tener que ir a buscar a otra parte algo en qué ocupar nuestro espíritu? En esto consiste también todo mi deseo, en tener hermanos y hermanas catequistas. Yo mismo trabajo en ello, lleno de gozo y alegría. Saber hablar de Dios y darle a conocer a los pobres y a los ignorantes, ésa es nuestra vida y nuestro amor.
Esfuércese, pues, querida hermana, en alcanzar lo que debe ser nuestra meta; lo demás no es nada. Y si consigo que todos ustedes sientan esta atracción, lo habré ganado todo… (Carta a Sor Verónica, 181 [1873]).

Es necesario tener en el corazón el deseo de instruir, de enseñar a los demás lo que uno sabe. Estamos aquí para esto… La catequesis es todo. El objetivo de la obra es dar a conocer a Dios. Quienes no sienten el deseo de instruir y de salvar almas no se encuentran en su vocación (P1,107).

Siga haciendo la catequesis los jueves y los domingos, que ésa es nuestra misión; yo no estaré contento sino cuando vea a todos mis hermanos y hermanas impartir bien la catequesis a todos los niños y a todos los pobres. Habremos cumplido nuestro deber cuando hayamos enseñado a los demás a conocer a Dios y a amarlo. ¡Qué lejos nos encontramos aún de esta hermosa misión que nos ha confiado el Señor y qué mal la cumplimos! Trabajemos, pues, por perfeccionarnos en el arte de enseñar a los otros a conocer y amar a Dios; para esto, esforcémonos, mediante la oración y el estudio en conocerle y amarle nosotros mismos (Carta a Sor Verónica, 188 [1877]).

 

Formar cristianos auténticos

En su tiempo, la formación cristiana se hacía consistir, sobre todo, en aprender de memoria las preguntas y respuestas de un catecismo y en habituarse con disciplina a la práctica de la oración y de los sacramentos. Antonio Chevrier encontró otra pedagogía para transmitir la fe y formar cristianos, inspirada en lo que hacía el propio Jesucristo.

¡Qué triste es ver a niños dos horas al día aprendiendo palabras y aburriéndose de repetir siempre lo mismo, ellos y el catequista! ¡Es un fastidio!
Cuando se instruye a personas mayores o a ignorantes, no se les puede decir: andad, tomad estos catecismos y leed; hay que instruir personalmente, ponerse a la altura de cada uno y de la mayoría e instruir con la palabra…
La finalidad del catecismo es iluminar la inteligencia mediante el conocimiento, tocar el corazón mediante el amor y hacer que la voluntad se decida a actuar.
La fe, el amor y la acción, éstos son los tres efectos que hay que procurar producir: dar la fe por el conocimiento, los razonamientos, la contemplación de las cosas; hacer nacer el amor a la verdad que se enseña y conducir a la realización de acciones en relación con la verdad conocida y amada.
Para llegar a estos tres efectos, hay que utilizar todos los medios posibles y, como dice san Pablo, hay que dar a luz como una madre, hacerse nodriza y padre y dar la propia vida por caridad (vd450-452).

Durante los tres años que pasó Jesucristo con sus apóstoles formándoles en la vida evangélica y apostólica, no vemos que se dedique a darles formas exteriores y regulares, disciplinares; vivían según el tiempo, como podían. Sin embargo, le vemos ocuparse constantemente de la transformación interior de sus apóstoles. Los instruía sin cesar, los reprendía a cada instante, les disponía a todo, los formaba en todo.
Instruir, reprender y poner en acción, inducir a actuar; éste es el gran método para formar a las personas y darles la vida interior. Instruir, reprender y poner en acción, inducir a actuar; esto es la vida, la savia y el medio de comunicarla…
En la fundación de la Iglesia, la mayor obra del Todopoderoso, la más hermosa obra del mundo, Nuestro Señor no emplea ningún medio exterior; toma un hombre al que comunica su vida, su espíritu; él elige doce a los que forma en la vida evangélica, pero no les forma con disciplina militar ni haciéndoles marcar el paso; no edifica ni toca el bombo ni música ni concierto ni teatro; al contrario, les prohíbe emplear cualquier medio exterior, sin dinero ni bella apariencia: “mirad que os mando como corderos en medio de lobos” (Lc 10, 3); “id, enseñad” (Mt 28, 19). Predicar, instruir, curar.. “salía de él una fuerza” (Lc 6, 19). Los medios exteriores no conducen a nada; la cruz, el sufrimiento, la gracia, la paciencia sí (vd222).

 

Ganarse el pan mostrando a Jesucristo al mundo

Hijo de obreros, Antonio Chevrier pasó toda la vida entre trabajadores obligados a una actividad penosa y regular. El sacerdote no tenía por qué gozar de privilegios: su holgazanería y sus costumbres aburguesadas constituían un grave motivo de escándalo para la gente sencilla. Los que se dedican al anuncio del Evangelio se lo tienen que tomar con la seriedad y el rigor de un auténtico trabajo, por el que Dios pagará un salario como sólo él sabe hacerlo.

El sacerdote, con más razón que nadie, debe trabajar toda la jornada. Los albañiles trabajan todo el día, los carpinteros, los ebanistas, los agricultores, los sastres, etc. Todas estas personas trabajan todo el día, e incluso a veces durante la noche, para ganarse la vida y la de sus hijos, y el sacerdote va a tener un destino más llevadero que los demás; él, que tiene un cargo mucho más elevado.
¿No se debe a que el sacerdote no ha trabajado, o a que ha trabajado mal, que el campo del padre de familia esté en tan mal estado, que la ignorancia haya invadido a nuestros pobres obreros y que ellos se subleven hoy contra nosotros? Si hubiéramos trabajado bien y hubiéramos hecho una buena labor, no seríamos ahora tan desdichados ni tan perseguidos. Si el campo está sin cultivar y no produce más que malas hierbas, es porque no lo hemos arado ni sembrado. Hay que esforzarse por predicar, catequizar, noche y día. ¡Ése es nuestro trabajo! (vd191-192).

Los obreros no comen su pan sino después de habérselo ganado… Nosotros, que somos los obreros del buen Dios, no debemos comer nuestro pan sino después de habérnoslo ganado trabajando en las obras de Dios (P 4, 202).

El sacerdote gana su pan mostrando a Jesucristo al mundo (P 1, 174).

La casa de Dios está ardiendo y nos entretenemos en bobadas. Todo el mundo nos está pidiendo pan. Hay motivos para llorar. Como decía el profeta, los hijos han pedido pan y no había nadie para dárselo (P 3, 124).

¡Qué escasos son los buenos obreros y cómo estropeamos así la obra de Dios! Más que hacer, muchas veces deshacemos. ¡Cuánto me hace sufrir mi pereza! ¡Qué pobre soy delante de Dios! Rece por este pobre, que más le valdría quedarse donde está que volver a la obra para no hacer nada (Carta a la Sra. Franchet, 294 [1865]).

¡Trabajemos, trabajemos, hijos míos; descansaremos allá arriba! (P 4, 175).

Más vale vivir diez años menos trabajando por Dios, que vivir diez años más sin hacer nada” (Reglamento de vida para los sacerdotes de El Prado, Ms X, 179).

Me he matado en la obra. También vosotros debéis mataros (P 2, 159).

Lo esencial es acabar la obra de Dios; lo demás no es nada (Carta, 1878).


 

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