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La pobreza del padre Chevrier

Las condiciones materiales de la sala de El Prado habían sido bien soportadas por sus clientes habituales. Otra cosa era alojar allí a los muchachos que habían de hacer la primera comunión. Durante algunos meses el padre Chevrier tuvo que dormir en un rincón de la habitación que hacía de sacristía. Él mismo recordaba luego lo que fue la increíble pobreza, severa pero hermosa, de El Prado en sus comienzos.

El Prado era la sala de baile más antigua de La Guillotière. Llevaba más de veinte años funcionando. En ella podían bailar cómodamente mil personas… Los vecinos habían pedido varias veces a las autoridades la supresión de este baile, a causa del ruido y del desorden que ocasionaba en el barrio, y no lo habían conseguido. Dios quería hacer de él su obra…

 

Hacía más de un año que yo codiciaba este lugar, para hacer de él un lugar de oración y de conversión para los pecadores. ¡Qué temeridad; un local tan grande, un alquiler tan caro: 4 000 francos! Entonces, Dios nos facilitó la realización de nuestros deseos inspirando al sacerdote Rolland la idea de pagarnos el alquiler del primer año. Y el día de Nuestra Señora de Loreto (el 10 de diciembre de 1860) cerró el baile y tomamos posesión de este lugar para establecer en él la obra de las primeras comuniones.
No teníamos otra cosa que compartir sino la pobreza: una gran sala de cincuenta metros de largo, un piso a un metro por debajo del nivel de la calle, un papel pintado extendido a lo largo de toda la sala para tapar el techo, ningún mueble.
Primero había que alojar al Maestro, al buen Dios, y hacerle una habitación bajo este techo de pecado… Todo el mundo estaba tan contento de ver esta transformación que no hubo nadie que no quisiera colaborar. Todo fue arreglado: los vasos sagrados, los manteles del altar, los candelabros, las pilas para el agua bendita, la campana, los ornamentos. Se puede decir que la Providencia lo envió todo y que en menos de dos meses quedó montada y organizada la capilla…
Tomamos como alojamiento lo que quedaba a cada lado. Afortunadamente, habían pasado los fríos. Un suelo desnudo, un techo de papel, unas simples paredes de ladrillos. Nos instalamos en este nuevo establo y, durante seis meses, no tuvimos otro refugio nuestros niños y nosotros mismos.
Hacia el mes de julio, hacíamos una novena a la Santísima Virgen y a san José para pedir alguna mejora en nuestra posición y poder pasar el invierno con menos frío, cuando un día por la mañana, vino a visitarnos un señor. Al ver nuestra ruina, nuestro techo, todo rajado, él mismo envió obreros a reparar la casa. Se levantó el suelo, fue retirado el papel y se hicieron nuevas separaciones para vivir con más higiene. Yo tuve una habitación para mí; hasta entonces había dormido con los niños y luego en la sacristía… (Ms X, 256-257).

Si Dios ha hecho El Prado, ciertamente no ha sido para darme una propiedad de cien mil francos: ¿qué habré de hacer? Todo se lo he dado a Dios y no le he pedido más que la santa pobreza como herencia (Carta a la Sra. Franchet, 295 [1865]).

La contemplación del abajamiento del Hijo de Dios le hacía a Chevrier amar esa pobreza salvadora. No es que no supiera apreciar la belleza del arte o el esplendor de las ceremonias. Es que el camino que él se sentía llamado a recorrer no pasaba por ahí. Así lo muestra esta carta escrita desde Roma en 1859:

A pesar de toda la belleza y esplendor que encuentro en Roma, prefiero todavía nuestra pequeña capilla y mi pequeña celda: ahí se encuentra más fácilmente al buen Jesús y el corazón está más a gusto. Cada vez me convenzo más de que yo no estoy hecho para las grandezas, que nada me conviene más que los pobres y los pequeños y que ahí se encuentra la mayor satisfacción y la alegría más auténtica. Ayer jueves, día de la Epifanía, he asistido al oficio de la capilla Sixtina. Imagínese una grande y vasta nave, toda ella pintada de arriba abajo con magníficos frescos, incluido el techo, representando temas del Nuevo Testamento en los que figuran más de mil personajes de distintos tonos que dan a esta capilla un aspecto que no se encuentra en ninguna parte; tres bancos tapizados en los que se sientan treinta cardenales vestidos de púrpura y armiño, el papa llegando luego con toda su corte de prelados, obispos y arzobispos. Hay que confesar que todo esto es imponente y que en ningún otro sitio reviste la religión tanta grandiosidad y esplendor. Sin embargo, yo habría preferido ver el Pesebre del buen Jesús y ser pastor para tener la alegría de estar en el establo del Salvador (Carta a Paul du Bourg, 15).

La llamada a ser pobre la había escuchado Antonio Chevrier una noche de Navidad. En 1856, rezando ante el Pesebre del Niño Jesús, se sintió irresistiblemente atraído hacia ese camino de pobreza.

El Pesebre. Ése es el comienzo de toda obra de Dios (Carta al sacerdote Gourdon, 52 [1865]).

La pobreza es el primer ejemplo que nos da Jesucristo al entrar al mundo (vd407).

 

La pobreza del Maestro

El padre Chevrier siempre tenía presente su modelo: Jesucristo pobre en su nacimiento, en su vida y en su muerte. Quería que cuantos trabajaban con él en la evangelización de los pobres, imitaran también la pobreza de Jesucristo. Para ellos y para sí mismo hace hablar así al Maestro:

“Lo que os pido, lo he practicado yo mismo, igual que mis apóstoles.
Os he dado ejemplo para que, como he hecho yo, hagáis también vosotros.
Seguidme.
He querido ser pobre.
He elegido unos padres pobres.
He nacido como un pobre.
La pobreza ha sido mi signo distintivo.
Me he puesto en la categoría de los pobres.
He vivido como un pobre.
He trabajado como un pobre.
He sufrido como un pobre.
No poseía nada, he estado sin techo como un pobre.
Me he conducido como un pobre.
Me he humillado como un pobre.
He tenido hambre como un pobre.
He tenido sed como un pobre.
He estado desnudo como un pobre.
He sido abandonado como un pobre.
He muerto como un pobre.
Y todo esto porque he querido, por obediencia a mi Padre y por amor a vosotros” (Ms XII, 239).

La pobreza en sí misma no es buena, pero ¿si alguien se empobrece por amor? Nuestro Señor, siendo rico, quiso hacerse pobre para enriquecernos con su pobreza. No han faltado a lo largo de la historia quienes, subyugados por Jesucristo, han querido seguir ese mismo camino. Antonio Chevrier se fijó especialmente en Francisco de Asís. Rezaba así:

Si nacéis así pobre, oh Jesús, es para enseñarme que el primer paso en la vida perfecta es la pobreza. Abrazo esta hermosa virtud de la pobreza, pues, con alegría y amor, y quiero hacer de ella mi virtud favorita y querida; será la primera de mis virtudes, puesto que a través de ella venís a mí, a través de ella quiero ir yo a vos (P 3, 146).

¡Oh pobreza, qué hermosa eres! Jesucristo, mi Maestro, te ha encontrado tan bella que te ha desposado al bajar del cielo, ha hecho de ti la compañera de su vida y ha querido morir contigo en la cruz. Concédeme, Maestro mío, esta hermosa pobreza. Que la tome con alegría, que la abrace con amor, para hacer de ella la compañera de toda mi vida y morir con ella sobre un trozo de madera, como mi Maestro (vd323).

 

La pobreza de los pobres

Jesús quiso nacer, vivir y morir como los pobres. Para imitarle, también Antonio Chevrier quiso fijarse en la vida de los pobres a los que fue enviado. De ellos aprendió las formas concretas de la pobreza que son requisitos para quienes están llamados a anunciar el Evangelio.

Muchas veces los pobres no tienen más mesa que sus rodillas ni más silla que un banco o una piedra. Como instrumental no tienen sino una escudilla de barro o de madera, y para apoyar su espalda fatigada por el trabajo no tienen más que la pared. ¿Y qué hay en su mesa? Unas patatas cocidas, queso, unas legumbres, algunas veces carne. ¡Si pudiéramos hacer como ellos y comer a lo pobre!
¿Acaso Nuestro Señor no comía a lo pobre muchas veces y casi siempre, cuando estaba sentado junto al pozo de Jacob y sus apóstoles le decían que comiera? ¿No comía a lo pobre cuando buscaba higos en una higuera para alimentarse, porque tenía hambre?
Contentémonos con poco, tomemos lo que sea realmente necesario, pero evitemos esos aparatos, esas ceremonias que acostumbran los ricos y burgueses, comamos como caminantes y pobres… No hay que separarse de los pobres, ni siquiera en la comida, y no darles ocasión para decir: está bastante mejor tratado que nosotros. ¿Para qué sirve hacerse pobre, si no se vive como los pobres? (vd187-188).

Los pobres no tienen criada, hacen su trabajo. Nosotros debemos ser, cuando sea necesario, albañiles, yeseros, carpinteros, lavaplatos, remendones, etc. San Pablo trabajaba con sus manos para subvenir a sus necesidades e incluso a las de los demás (P 1, 208).

Procuraremos que nuestra habitación se aproxime todo lo posible a la de los pobres (vd291).

Cuando no tengamos vivienda propia, sino una prestada, y nos echen de ella y nos veamos obligados a mudarnos como los pobres, entonces tendremos la verdadera pobreza (vd520).

Seamos verdaderamente pobres y acerquémonos lo más posible a los pobres (vd522).

El discípulo no es más que el Maestro. ¿Qué derecho tengo yo de ser mejor tratado, mejor alojado, mejor alimentado que Jesucristo, que los apóstoles, que los mismos pobres? ¿No nos da vergüenza un pobre que trabaja? ¡Nosotros comiendo buenas tajadas y los demás sólo pan negro! ¿Qué derecho tenéis? Los otros trabajarán fatigosamente todo el día, y vosotros sin hacer nada. ¿Qué derecho tenéis delante de Dios? (vd296).

Hay que tener presente que la pobreza voluntaria y buscada no tiene el mismo valor que la pobreza efectiva del mundo de los pobres de la tierra, de las madres de familia, de los obreros sin trabajo, de los pobres sin comida y sin vivienda, y que un pobre voluntario religioso nunca sufrirá como los pobres del mundo. Por eso, san Francisco, que amaba verdaderamente la pobreza, envidiaba la suerte de los pobres y se esforzaba por parecerse a ellos (vd524).

 

Los bienes y el dinero

El padre Chevrier se preocupaba por aspectos muy concretos de la formación de quienes se incorporaban a su familia espiritual. En El Verdadero Discípulo escribió:

Nuestro Señor expresa muy bien en dos palabras cómo debemos conducirnos  respecto a las cosas de la tierra, cuando, hablando de las relaciones de bienes que él tiene con su Padre, de esta comunidad que existe entre su Padre y él, dice: “Todo lo mío es tuyo y lo tuyo, mío” (Jn. 17, 10).
Para entrar en esta disposición de espíritu, debemos considerar todas las cosas como pertenecientes a Dios y a los pobres; ante Dios no somos dueños ni propietarios de nada, no somos más que administradores de Dios y distribuidores de los pobres.
Podemos utilizar esos bienes según nuestra necesidad, pero debemos estar dispuestos a darlos a cualquiera que los necesite.
Esta primera disposición de alma destruye en nosotros ese espíritu de propiedad tan contrario a la caridad, a la pobreza, al desprendimiento y al sacrificio.
Nada hay, en efecto, más chocante en una casa de hermanos en Jesucristo y de verdaderos pobres que oír a cada paso: “esto es mío, es mi habitación, es mi cama, es mi reloj, es mi mesa, es mío, no quiero que lo toquéis”.
Por el contrario, el que entra en este espíritu de Jesucristo, no se apega a nada, ni a sus bienes, ni a su vivienda, ni a sus muebles, ni a su ropa, ni a su dinero, ni a sus ahorros, ni a ninguna de estas cosas terrestres a las que el mundo tanto se apega. Su divisa es ésta: todo lo mío es vuestro. Si viene uno que es pobre y tiene necesidad de cualquier cosa, le dice: ahí tienes, mi habitación, mi cama, mi ropa, mis ahorros; todo lo mío es tuyo.
¡Qué hermoso es cuando un hombre no está apegado a nada y dice a los pobres de Dios: todo lo mío es vuestro, y se despoja así hasta hacerse tan pobre como los más pobres! Así hacían los santos, que no podían soportar ver a nadie más pobre que ellos y lo daban todo hasta no tener ya más que dar, y entonces se daban ellos mismos (vd288).

La verdadera pobreza y el espíritu de pobreza se encierran en esta frase: tener lo necesario y saber conformarse. A la pobreza se falta por no saber conformarse con lo necesario. Se empieza bien con la pobreza, pero poco a poco a uno le va pareciendo que esto no es lo bastante cómodo, no es suficiente, no es bastante sólido o bastante limpio, que no dura mucho, y otras mil razones engañosas. Y entonces se añade, se cambia, se embellece, parece que esto es más conveniente, que aquello dura más y poco a poco termina uno teniendo una habitación más cómoda, a gusto, en la que no falta nada; una mesa confortable en la que se encuentra más de lo necesario; la ropa conveniente, que dura más, es más sólida y se ajusta a los gustos del mundo. Poco a poco, se llega a hacer como el mundo y a perder el espíritu de pobreza…
Quien tiene el espíritu de pobreza, siempre tiene demasiado, tiende siempre a recortar; quien tiene el espíritu del mundo, nunca tiene suficiente, jamás está contento, siempre necesita algo más. El verdadero pobre de Jesucristo siempre va recortando, disminuyendo. El que tiene el espíritu del mundo siempre va creciendo, aumentando.
El que tiene el espíritu de pobreza se dice a sí mismo: aún tengo más de lo que necesito; ¡hay tantos pobres que no tienen lo que yo, tantos pobres que sufren y carecen de lo necesario! Y yo ¿qué derecho tengo a estar mejor alojado, mejor alimentado, mejor vestido que los pobres de Dios?
Donde no hay por qué sufrir, no hay verdadera pobreza (vd295).

Cuando Jesús envía a sus apóstoles en misión, les dice: “No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón” (Mt 10, 9-10). “No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto” (Lc 9, 3; 10, 4). Con estas palabras quiere Nuestro Señor desterrar de nuestra alma toda preocupación por el futuro. Somos sus obreros, sus servidores: él cuidará de nosotros. El obrero es digno de su salario (vd318).
Así pues, si somos verdaderamente los obreros de Dios, tendremos nuestro salario, Dios nos lo enviará. ¿No es nuestra casa una prueba de esta gran verdad? ¿Dónde están nuestros recursos? ¿Dónde están nuestros ingresos? Y sin embargo, Dios alimenta cada día a casi doscientas personas. ¿No es eso una prueba evidente de la Providencia de Dios sobre nosotros, y de que, si seguimos viviendo como hemos empezado, tendremos siempre el apoyo de Dios y su socorro? (vd321).
“Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo? Contestaron: Nada” (Lc 22, 35). Dios envía a sus apóstoles en la pobreza y les da lo necesario, pero ellos no se ocupan de edificar, de negocios temporales. Dios promete el ciento por uno en este mundo, cuando se trabaja por él y se hace realmente la obra de Dios (vd322).

El padre Chevrier decía:
Nuestra vocación es la pobreza y el servicio a los pobres. Nuestro Prado durará mientras conserve su espíritu de simplicidad y de pobreza, pero ¡ay de él!, si llegara a apartarse de ese espíritu: la caridad no subsistiría mucho tiempo (P 1, 220).

 

Los frutos de la pobreza

La pobreza nos mantiene en la humildad, la dulzura, la confianza, la oración, ante Dios y ante los hombres (vd521).

Cuando se tiene la pobreza ante los ojos con su incomodidad y sus privaciones, puede uno imitar más fácilmente a Nuestro Señor y besar esas toscas paredes y esas baldosas hundidas que nos representan el establo de Belén. Ahí sólo amamos a Jesús, porque sólo él se presenta ante nuestras miradas y no hay nada que pueda distraernos. ¡Sí, qué amable es la pobreza! Y cuanto más se parezca una casa al establo, mejor se encuentra uno en ella. El amor hace amarlo todo. Si los hombres conocieran este tesoro, no se tomarían tanto trabajo en acomodarse, colocarse y arreglarse… (Carta a la Sra. Franchet, 310 [1869]).

Cuanto más pobre se es de las cosas de la tierra, más se posee a Jesucristo (P 3, 147).

En la pobreza encuentra el sacerdote su fuerza, su poder y su libertad (vd519).

¡Qué libertad, qué poder da al sacerdote esta santa y hermosa pobreza de Jesucristo!
¡Qué ejemplo para el mundo, este mundo que no trabaja sino por el dinero, que no piensa sino en el dinero, que no vive más que para el dinero! […] ¡Qué hermoso! ¡Qué grande! ¡Qué admirable es este hombre! (vd322).

 

“¡Cuánta necesidad tiene Dios de sacerdotes pobres!”

El padre Chevrier era muy sensible a la falta de pobreza en la Iglesia. La gracia de Navidad le hizo comprender que la pobreza evangélica no es pura disciplina espartana: en ella se juega la eficacia apostólica. Veía con claridad que las riquezas, y más aún el enriquecimiento personal, eran un obstáculo para que mucha gente sencilla reconociera las señales de Jesucristo en la vida de la Iglesia. Lo denuncia con realismo.

¿No es vergonzoso ver a sacerdotes enriquecerse, comprar tierras y casas con dinero de la Iglesia, y sacerdotes que, en el mundo, habrían sido obreros, que apenas se habrían apañado para vivir en el mundo, sacerdotes que lo son gracias a la Iglesia y a las limosnas y que se enriquecen? ¿Es que uno se hace sacerdote para enriquecerse? ¡Qué desgracia para la Iglesia! (vd522).

Evitaremos colocar en nuestras iglesias y sacristías esos carteles, esas tarifas que fijan el precio de las cosas santas, de los entierros y de las sillas. Los fieles que tienen fe comprenden este deber para con el sacerdote y dan fácilmente a los sacerdotes que han realizado una función santa. Pero, qué queréis pedir a unos impíos, que desprecian ya al sacerdote, que miran al sacerdote como un avaro y un hombre de buen comer; a gente que no viene a la iglesia más que tres o cuatro veces en su vida: a las bodas, los bautizos y los entierros, y que cada vez que viene a la iglesia oye del sacerdote o del sacristán estas palabras: “Debe usted tanto”, y esto con autoridad y exigencia.
Estos modos de actuar no hacen sino apartar a la gente de la Iglesia, y se va de ella maldiciendo, criticando la religión y diciendo que la religión es una religión de dinero. La verdad es que muy poca gente da de buena gana su dinero a los sacerdotes y ordinariamente se van diciendo palabras injuriosas… ¿No parece un comercio cuando se dice: “Usted me debe tanto”? Y cuando los fieles os preguntan: “¿Cuánto es? ¿Cuánto es por la misa”? (vd315).

Cuando uno entra en una casa religiosa y ve lujo en ella, eso duele (P 2, 51).

La mirada de Antonio Chevrier sobre las revoluciones es extrañamente positiva.

¿No pasa con frecuencia que Dios envía revoluciones y hace que los mismos fieles nos despojen de todo lo que poseemos para castigar nuestra avaricia y nuestro apego a los bienes de la tierra? Eso es lo primero que hacen los revolucionarios: despojarnos, hacernos pobres. ¿No se podría decir que Dios quiere castigarnos por nuestro apego a los bienes de la tierra y forzarnos así a practicar la pobreza, puesto que no queremos practicarla voluntariamente?
Y a veces es una suerte que ocurra esto, porque, si no, nos adormeceríamos en las riquezas y el bienestar y dejaríamos de preocuparnos de las cosas de Dios. Cuando Dios dice: “¡ay de los ricos!”, lo dice aún más por sus ministros que por los demás, porque, si alguien debe practicar la pobreza, ésos son sobre todo los sacerdotes, sus servidores (vd316).

Nuestro puesto en el corazón de los pueblos volveremos a encontrarlo por el desprendimiento y la pobreza. Cuanto más pobres y desinteresados seamos, menos exigentes seremos, más amigos del pueblo, y nos será más fácil el bien (vd316).

Cuánta necesidad tiene Dios de buenos sacerdotes pobres. Es lo que sueño y deseo ardientemente desde hace más de diez años, que haya buenos sacerdotes en las parroquias, todo consiste en eso… (Carta al sacerdote Gourdon, 53 [1865]).

¿Pues por qué no habíamos de ver hoy hombres desprendidos como san Pablo, animados de su celo por las almas, hasta el punto de ceder su derecho a favor de los pobres pecadores, para traerlos a la Iglesia y devolverles la fe y la estima del sacerdote, el amor a Jesucristo? (vd316).

Hoy más que nunca hay que ser pobre para luchar contra el mundo, el lujo y el bienestar que crece prodigiosamente por todas partes… Si el sacerdote hace como todo el mundo, ¿cómo podría conducir e instruir? (vd519).


 

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