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El Espíritu de Dios lo tienen pocos


 

El ideal que se despliega ante los que Dios llama a la santidad es tan alto, y la respuesta es con frecuencia tan pobre... El padre Chevrier sufría al ver su propia respuesta y la de tantos sacerdotes y cristianos.

Veo el bien que debería hacer y que no hago; me doy cuenta de que tendría que ser fuerte para agradar al Salvador y cumplir con más fruto este gran ministerio, y no hago nada; no tengo el arrojo suficiente para ser un insensato a causa de Jesús nuestro Salvador. En la plegaria, en la oración, ante la santa Eucaristía, cuántas cosas no desearía hacer uno, y luego, cuando se  está en la acción, ¡cuántas cobardías y miserias! Rece usted por este pobre capellán (Carta a Camille Rambaud, 2º [1859]).

El sacerdote es otro Jesucristo: ¡qué hermoso! Rece usted para que yo llegue a serlo verdaderamente. Me doy cuenta de que estoy tan alejado de este hermoso modelo, que a veces me desanimo, tan alejado de su pobreza, tan alejado de su muerte, tan alejado de su caridad... (Carta al sacerdote Gourdon, 52 [1865]).

 

Hay que reconocer que están ustedes bastante lejos de poseer ese Espíritu de Dios que les es tan necesario para ser verdaderas hijas de Jesucristo, están ustedes bastante lejos de esa completa renuncia que pide Nuestro Señor para pertenecerle del todo y seguirle en su caridad, su humildad, su dulzura y su abnegación... Pidan a Dios que pueda trabajar yo en mi santificación y en la de ustedes, pues sufro en lo secreto de mi alma al vernos a todos nosotros en un estado tan triste y tan lánguido, nosotros que deberíamos ser tan humildes, tan fervorosos, tan caritativos, tan abnegados y tan pobres, según el Espíritu de Dios (Carta a las primeras hermanas de El Prado, 170 [1869]).

El padre Chevrier solía decir que “el Espíritu de Dios es poco frecuente”:

Sí, el Espíritu de Dios es poco frecuente, porque es muy difícil dejar del todo la propia razón, la propia ciencia, la propia vida natural, los propios defectos de espíritu, para llenarse del Espíritu de Dios y no actuar sino de acuerdo con el Espíritu de Dios.
Es difícil estar unido a Dios hasta el punto de ser una sola cosa con él; es difícil ser lo bastante humilde, lo bastante pequeño, lo bastante dócil, lo bastante silencioso, para poder recibir y seguir siempre sus inspiraciones. Sus inspiraciones son tan suaves, tan finas, tan imperceptibles algunas veces, por no decir siempre, que es difícil captarlas, comprenderlas y aceptarlas. Por el contrario, la ciencia, la razón, el mundo, los hábitos hacen tanto ruido alrededor nuestro, que se hace muy difícil oírle y seguirle perfectamente.
Para tener el Espíritu Santo, es necesario haber dejado esta vida natural que nos envuelve y nos arrastra. Hay que haber luchado mucho tiempo contra los propios defectos, espirituales y carnales, hay que haber estudiado mucho tiempo el santo Evangelio, hay que haber rezado mucho tiempo para pedirlo. ¡Qué pocos son los que han cumplido estas condiciones!
Por otro lado, es tan fuerte en nosotros la vida natural, y la vida espiritual es tan elevada, tan opuesta a nuestra naturaleza, que uno está tentado a considerar imposibles las inspiraciones del Espíritu Santo, como si fueran quimeras. Las grandes enseñanzas del Evangelio, los consejos, son vistos como imposibles y se prefiere seguir el camino acostumbrado, el camino ordinario, en vez de abrazar los caminos elevados y muchas veces áridos para la naturaleza, que proceden del Espíritu Santo. Y luego, con el razonamiento, se destruye todo el Evangelio, siempre se encuentra la manera de arreglar las cosas y quedarse con el camino natural.
El razonamiento mata al Evangelio y destruye todo lo que hay de elevado, de grande, de espiritual, en los consejos de Nuestro Señor, como en lo que toca a la pobreza, el desprendimiento, la caridad, la renuncia, la mortificación, la penitencia.
Por eso, cuando se encuentra a alguien en la tierra que tiene el Espíritu de Dios, ¡cómo se le busca!, ¡cómo se corre a él!, se va a buscar ese Espíritu, esos consejos que vienen de lo alto; parece entonces que se está con Dios y que es el cielo en la tierra; es raro, y, sin embargo, sólo dependería de nosotros el tenerlo llenándonos del Evangelio y poniéndolo en práctica.
¡El Espíritu de Dios! El dárselo a uno es el mayor tesoro que Dios puede regalar. El mayor regalo que Dios hace en la tierra es dar su Espíritu a algunos hombres para que los otros puedan verlo, consultarlo y seguirlo, beneficiándose de él.
Pidámoslo a Dios y no dejemos de pedirlo para nosotros y para los demás (vd228-229).

 

“El Espíritu de Dios lo es todo”

 “Dios mío, dame tu Espíritu” es la oración que debemos hacer continuamente; ¡el Espíritu de Dios lo es todo! Si estamos animados por él, lo tenemos todo, poseemos todas las riquezas del cielo y de la tierra.

Pero hay que pedirlo con verdadera intención de recibirlo, con voluntad de hacer todos los sacrificios posibles que se exigen para tenerlo y recibirlo; de otro modo no podremos recibirlo ni Dios podrá dárnoslo.
El Espíritu de Dios no está ni en una regla positiva, ni en las formas, ni en lo exterior, ni en los hábitos, ni en los reglamentos; está en nosotros, cuando se nos es dado. Se oye este rumor, pero no se sabe ni de dónde viene ni adónde va; sopla donde quiere. Nos llega en el momento en que menos lo esperamos. Cuando lo buscamos, no lo encontramos, es independiente de nuestra voluntad, del momento, del tiempo y de la hora; viene cuando quiere, a nosotros nos toca recibirlo cuando viene. Tiene libertad de acción, y es independiente de nosotros, pero se nos comunica cuando menos lo pensamos; no está en el razonamiento, ni en el estudio, ni en las teorías, ni en las reglas; es el fuego divino que se mueve siempre, que se alza hacia lo alto caprichosamente, aparece y desaparece como la llama en el leño; hay que tomarlo y alegrarse cuando se nos muestra, y conservarlo siempre que se nos comunica (vd 511).
Mucho nos queda todavía por rezar, por recibir el Espíritu de Dios. No dejéis de pedir para mí el Espíritu de Dios; ¡en eso consiste todo! Si tenemos el Espíritu de Dios, lo tendremos todo. Si pudiera adquirir un poco para comunicároslo, ¡qué dichoso sería!; habría acabado mi obra. Pidámoslo los unos para los otros, recitemos juntos todos los días el ‘Veni Creator’ para poder recibirlo con abundancia y para que yo os lo pueda comunicar (Carta a sus seminaristas, 117 [1877]).

 

“Sobre todo hay que poner la savia interior...”

El orden y la disciplina pueden resultar poco valiosos si son resultado de adiestramientos meramente externos, automáticos. En la vida cristiana también lo exterior debe ser obra y gracia del Espíritu Santo.

Lo exterior supone el Espíritu de Dios, pero no lo da. La siguiente comparación puede hacer comprender este punto:
Tenemos dos árboles, el uno artificial y el otro natural. Los dos son perfectamente parecidos.
El árbol artificial ha sido hecho por mano de hombre: el tronco, las ramas, las hojas, las flores, los frutos son hermosos, de bellos colores, de bellas formas; es de un parecido perfecto con el árbol natural, es maravilloso en el orden, la disposición, la forma, el color, el aspecto externo; pero este árbol no tiene ni raíz ni savia; no tiene vida en absoluto, está muerto, sólo tiene vida artificial, vida ficticia.
El hombre es quien lo ha hecho todo, Dios no ha puesto nada. Es bello a los ojos, pero no tiene vida interior ni verdaderos frutos; sus frutos no son buenos para comer y los pájaros del cielo no vienen a descansar en él para alimentarse.
Por el contrario, en el árbol natural ha hecho pocas cosas el hombre; el hombre ha plantado, podado, regado, pero Dios lo ha hecho crecer.
Hay una savia interior y misteriosa que no se ve, pero que viene de Dios y da la vida; esta savia misteriosa ha producido el tronco, las flores, las hojas, los frutos; y los frutos son buenos para comer. En este árbol hay una vida interior que viene de Dios y que no existe en el otro; cualquiera que sea la belleza del árbol artificial, éste no será más que un árbol muerto y el otro un árbol con vida...
Es más frecuente ocuparse de lo exterior que de lo interior. No se pone la savia vivificante, se hacen árboles artificiales, se hacen árboles muertos. Es mucho más fácil hacer un árbol artificial que un árbol vivo. El árbol artificial no exige más que un poco de cuidado, de trabajo, de energía, de exactitud, de regularidad. Mientras que para hacer un árbol vivo, hay que encontrar la savia vivificante, hay que comunicar esta savia a las almas a las que se instruye y, para comunicarla, hay que tenerla, hay que dar la gracia, la vida, la fe, el amor vivificante, y esto no se da si no se tiene, y no se adquiere sin esfuerzo y sin Dios. Es un trabajo espiritual mucho más difícil que el trabajo material.
Quien debe producir todo lo exterior en nosotros es el Espíritu Santo. Empecemos a poner en nosotros el Espíritu de Dios; cuando él está, hace como la savia del árbol, produce en nosotros todo lo exterior.
Debemos ocuparnos mucho más de lo interior que de lo exterior, dar mucha más importancia a lo interior que a lo exterior; poned lo interior en las almas, lo exterior terminará por venir; poned lo exterior, no habéis hecho nada.
Se dirá que lo exterior es señal de lo interior. No siempre; hay personas que externamente pueden controlarse mejor y sin embargo son menos agradables a Dios que otras, que tienen menos exterior pero más interior, tienen más voluntad, hacen más esfuerzos. “No juzguéis según las apariencias, según el rostro”, dice Nuestro Señor.
Lo exterior sin el Espíritu de Dios es un cuerpo sin alma. Comenzar por lo exterior es construir en el aire, sin fundamento, es hacer máquinas, veletas. Sobre todo hay que poner la fe, el amor de Dios, la savia interior (vd 220-221).

No hay que dar demasiada importancia a la corteza; muchos no piensan más que en la corteza, no ven más que la corteza, no juzgan más que por la corteza; la corteza es necesaria para conducir la savia, llevar la savia, pero ¿qué es la corteza sin savia? Un árbol muerto. Se debe proteger la corteza del árbol, pero sobre todo se debe regar, abonar el árbol para tener una buena savia fuerte y vivificante y el árbol será hermosos y magnífico. Se debe cuidar las raíces (vd224).

El padre Chevrier quería difundir esta profunda convicción entre las personas que confiaban en él para orientar su vida espiritual.

Aprende a hacer bien la oración; en ella se aprende más que en los libros; si sabes hacerla, el Espíritu Santo te enseñará mucho (Carta a Jean-Claude Jaricot, 61 [1866]).

Recuerde que el mejor director es el Espíritu Santo; el mayor director de nuestras almas es Nuestro Señor. Si le consulta, él le enseñará a usted más que yo y muchos otros. Sepa usted beneficiarse un poco de él; en el silencio de la oración él le señalará muchas más faltas que las que le podría señalar yo en todos los discursos que pudiera pronunciar (Carta a la Srita. Grivet, 388 [1878]).

 

“El Espíritu Santo nos da el amor...”

Dios, que es Amor, quiere que también nosotros amemos. Dios quiere que alcancemos nuestra plenitud humana viviendo a fondo nuestra condición de hijos suyos: amándole a él y a nuestros hermanos. El Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, nos va conduciendo hacia la verdad plena, hacia el amor consumado.

El Espíritu de Dios está en la caridad; en ella reside el principio vital que viene del Espíritu Santo que es amor por esencia... El amor de Dios y del prójimo, éste es el principio y la savia vivificante de todo, que debe producir todo en nosotros; cuando un alma tiene esto, lo tiene todo.
Más vale la caridad sin exterior que un exterior sin caridad. Más vale el desorden con amor que el orden sin amor (vd223).

El Espíritu Santo, que es amor, produce las obras de Dios. El Espíritu Santo es el gran agente de las cosas de Dios, el gran obrero del Padre y del Hijo... El Espíritu Santo pone en movimiento los sentidos interiores del alma, abre nuestros sentidos espirituales, el ojo del alma, el oído del alma, el gusto, el olfato, el tacto, el amor de nuestro corazón por las cosas espirituales. De modo que, cuando tenemos el Espíritu Santo, vemos, oímos, comprendemos, olemos, tocamos las cosas de Dios...
El Espíritu produce obras de Dios espirituales y asombrosas mediante el amor. Muchos comprenden las cosas sólo por la inteligencia y no por el corazón. Los que no comprenden más que por la inteligencia, no producen nada, porque sólo el amor produce algo. No tienen el Espíritu Santo y son incapaces de producir nada celeste o espiritual...
El Espíritu Santo es un fuego que pone todo en movimiento en nuestras almas cuando existen en ellas los elementos primeros que deben ser puestos en movimiento: la existencia, dada por el Padre, y el conocimiento o luz, dado por el Hijo, esta forma exterior que se nos muestra, que vemos, pero que no podemos comprender y amar más que por el Espíritu Santo (MsX, 123).
No dejaré pasar esta bella semana de Pentecostés sin deciros algo. Es la semana del Espíritu Santo y vosotros sabéis cuánta necesidad tenemos de este Espíritu para vivir la vida de Dios.
“Lo que ha nacido de la carne es carne, lo que ha nacido del Espíritu es espíritu”, y todavía nos dice Nuestro Señor que “el que no nace del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de los cielos”. Hemos de recibir, pues, esta nueva vida y operar en nosotros este segundo nacimiento del Espíritu, el único que nos acerca a Dios. “Lo que ha nacido de la carne es carne”; nosotros tenemos ese primer hombre de Adán con todas sus concupiscencias, sus defectos, sus miserias, sus funestas secuelas; todo esto está en nosotros como consecuencia del pecado. El Espíritu Santo viene a destruir esta primera naturaleza, ese hombre viejo, mediante su gracia y su poder, y a poner en nosotros esta vida espiritual y divina que nos hace parecernos a nuestro Creador; hemos sido creados a su imagen y semejanza desgraciadamente eclipsada por el pecado.
Imploremos, pues el Espíritu Santo ¡es tan necesario! Para hacernos comprender su necesidad, decía Jesucristo: “Es necesario que yo me vaya para enviaros el Espíritu Santo”. Las tres Personas divinas realizan una operación en nosotros a fin de convertirnos en hombres perfectos: el Padre nos crea; el Hijo nos muestra la verdad, el camino, es nuestra luz, pero el Espíritu Santo nos da el amor, nos hace amarlo, y quien ama comprende, quien ama siente, quien ama puede actuar. El Espíritu Santo, pues, perfecciona lo que Jesucristo ha comenzado.
El Padre da la existencia, el Hijo se nos revela y nos muestra a Dios y el camino, y el Espíritu Santo nos lo hace comprender y amar. Estas tres operaciones de la Santísima Trinidad se realizan en nosotros y las tres son igualmente necesarias, pero la operación del Espíritu Santo es, por así decir, la más necesaria, pues ¿de qué sirve ver, si no se comprende lo que se ve?, ¿de qué sirve oír, si no se comprende lo que se oye?, ¿de qué sirve comprender, si no se ama? ¡Ojalá comprendáis bien esta operación del Espíritu en nosotros, para poder pedirle que actúe en vosotros sin que pongáis ningún obstáculo a su acción!
Que el Espíritu Santo sea, pues, vuestra luz y vuestro amor, que os haga comprender y amar al Padre y al Hijo, y entonces seréis verdaderamente los hijos de Dios que no han nacido de la carne y de la sangre, sino de Dios por el Espíritu (Carta a sus seminaristas, 93 [1873]).

 

“El Espíritu Santo produce en nosotros a Jesucristo...”

El Espíritu Santo perfila en nosotros la imagen de Jesucristo, el Hijo. De este modo somos introducidos en la familia del Dios Trinidad.

...Siendo el Espíritu Santo la unión de las personas divinas, tiene por oficio unir a las tres personas y, por esa misma razón, unir a las personas exteriores que son las criaturas de Dios con Dios mismo.
Él preparará y formará en la tierra a Jesucristo, que es el Verbo divino y la imagen del Padre; este Verbo que es una misma cosa con el Padre. Trabajará luego en formar a Jesucristo en todas las criaturas, a fin de unirlas al Padre mediante el Hijo, que es una sola cosa con el Padre. Así nos hace entrar en la Trinidad a través del Hijo, con quien somos una sola cosa por haberle formado en nosotros el Espíritu Santo.
El oficio del Espíritu Santo, pues, consiste primeramente en formar a Jesucristo en la tierra, formar su cuerpo, preparar su venida, preparar la tierra, los pueblos, los acontecimientos y las criaturas para recibir a este Verbo divino...
El Verbo no podía venir al principio del mundo, era necesario que el mundo estuviera habitado, que el mundo fuera capaz de recibirle, que comprendiera su necesidad y que fuera lo bastante inteligente para recibirlo.
Para Dios, el mundo se parece bastante a un niño: es pequeño, en pañales; tiene su adolescencia, su infancia, su edad madura, su fuerza, su decrepitud y su vejez.
Un niño no puede comprender unos preceptos demasiado elevados y una moral demasiado alta: hay que esperar a la edad de la razón para darle lecciones adaptadas a su edad. Así ha actuado el Espíritu Santo respecto del mundo para instruirle y prepararle para la venida del Verbo. Ha tenido la ley natural de su infancia; en su edad de razón ha tenido la ley escrita: ley de fuerza y de vigor, pues se necesita fuerza, vigor y firmeza para contener a un joven; luego, la ley de gracia y de amor que vino en la edad más avanzada...
El Espíritu Santo, pues, ha cuidado del mundo desde su edad infantil, le ha guiado en su efervescente juventud y le ha preparado para recibir al Mesías, el Salvador, la Luz verdadera y la Salvación. Y en medio de todos los diferentes obstáculos, el Espíritu Santo hace marchar al mundo hacia su única meta, hacia el gran punto, centro de todo acontecimiento y de todas las cosas terrestres: Jesucristo.
Vemos cómo el Espíritu Santo trabaja en este gran acontecimiento y cómo trabaja para hacer nacer a Jesucristo, para hacerle conocer y amar, para hacerle desear.
El Espíritu de Dios es único: es el mismo en todas partes, es en la tierra lo mismo que es en la Trinidad, opera lo mismo y su acción consiste siempre en unir a las tres personas divinas para no hacer más que un solo Dios.
El Espíritu de Dios está en la tierra; actúa en las almas y las lleva a Dios: las anima, las santifica, las eleva y da a todas las mismas aspiraciones de amor, de fe, de caridad, en la medida en que son capaces, para unirlas más íntimamente a Dios, mediante él mismo y el divino Hijo. Así cuando encuentre almas en la tierra que sean capaces de entrar en esta unión con Dios, se apoderará de ellas para elevarlas hasta Dios mismo. Estará contento cuando encuentre almas en las que pueda hacer nacer al Verbo, reproducirle de alguna manera, sea por los pensamientos o por las acciones. Entonces actuará, cumplirá este deber con gozo y contento, glorificará así al Padre y al Hijo.
Éste es el oficio del Espíritu Santo en la tierra: reproducir a Jesucristo por todas partes, darle a conocer, mostrarle, hablar de él a los hombres, hacerle amar y hacerle nacer en las almas...
Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo busca almas en las que pueda reproducir a Jesucristo, hacer nacer a Jesucristo, en las que él pueda invitarse para reproducir a Jesucristo ante el mundo y hacerle amar (MsV, 401-105).


 

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