Escritos Espirituales

Escritos Espirituales

I. LA LLAMADA DE DIOS

 

Navidad, 1856

 

El 28 de mayo de 1850, a los tres días de ser ordenado sacerdote, Antonio Chevrier fue nombrado vicario de la parroquia de San Andrés, en el barrio obrero de La Guillotière, en las afueras de Lyon. Después de seis años de ejercer allí el ministerio, la noche de Navidad de 1856, el padre Chevrier se sintió llamado a tomar el mismo camino que tomó el Hijo de Dios el día de su Encarnación para acercarse a los hombres.

El Prado nació en San Andrés. Meditando la noche de Navidad sobre la pobreza de Nuestro Señor y su abajamiento en medio de los hombres, tomé la resolución de dejarlo todo y vivir lo más pobremente posible (P2,7).

Me convirtió el misterio de la Encarnación (P2,97). Este misterio me ha llevado a pedir a Dios la pobreza y la humildad y me ha hecho dejar el ministerio para practicar la santa pobreza de Nuestro Señor (Cartas, 52, [1865]). Mi vida quedó determinada desde entonces (P1,47).

Me decía a mí mismo: el Hijo de Dios ha bajado a la tierra para salvar a los hombres y convertir a los pecadores. Y sin embargo, ¿qué vemos? ¡Cuántos pecadores hay en el mundo! Los hombres siguen condenándose. Entonces me decidí a seguir más de cerca a Nuestro Señor Jesucristo, para hacerme más capaz de trabajar eficazmente en la salvación de las almas, y mi deseo es que también vosotros sigáis de cerca a Nuestro Señor (P 2,98).

Llamado a trabajar en la obra de Dios

Dios tiene siempre la iniciativa en la realización de su designio. Todo nuestro esfuerzo sería inútil si no fuera respuesta a su llamada.

Las obras las hace Dios… Las obras no las hacen las previsiones humanas, ni el dinero, ni nuestros cálculos y combinaciones. Dios elige un alma. Así es como Él crea las obras. Elige un alma. La cambia, la vuelve, la forma, la moldea, la corrige, la coloca aquí y allá. Luego elige otra y luego otra. Las reúne y, a su debido tiempo, hace despuntar la gracia… (Palabras del padre Chevrier a la señorita Tamisier, iniciadora de los Congresos eucarísticos).
La primera condición es ser llamado por Dios para trabajar en su obra (vd320).

En vano intentaremos construir si Dios no está con nosotros, si él no es el arquitecto, si él no dirige los trabajos, da el plano, elige a sus obreros y lo ordena todo él mismo… Él debe, pues, hacerlo todo, elegir, llamar, construir, rechazar, llamar a quien le plazca…
Es necesario que sea Jesucristo quien escoja las piedras de su casa. Una sola piedra mala o mal colocada puede hacer tambalear o hacer caer el edificio. ¿Quién se atreverá a inmiscuirse en la construcción del edificio? ¿Quién se atreverá a hacer de arquitecto, a hacer la obra: el arquitecto de Dios o Dios mismo? Dejar hacer a Dios (vd 103).

Abrir su puerta…

Hacerse discípulo de Jesús es abrirle la puerta de par en par, dejar que tome posesión de nuestra vida y que realice su obra en nosotros.

El Espíritu Santo dice en alguna parte que está a la puerta y llama. Dice aún más: que empuja la puerta para entrar, ‘ecce sto ad ostium et pulso’ (Ap 3,20). Nuestro corazón es, por lo tanto, como una puerta a la que el Maestro llama y por la que intenta entrar.

Ahora bien, una puerta puede estar en varias posiciones. Y cuando alguien llama a esta puerta y se va a abrir, se la puede dejar cerrada y no permitir entrar en absoluto; se la puede dejar solamente entreabierta y dejar en el umbral a los que vienen; finalmente, se la puede abrir completamente y dejar entrar a los que llaman. Esto podemos hacerlo también con Jesucristo, nuestro Maestro, respecto a la puerta de nuestro corazón, cuando él trata de entrar.

Quien no abre su puerta es porque no quiere dejar entrar al Maestro y rechaza por completo recibirlo para seguirle; es el que prefiere seguir sus ideas, sus pasiones, el mundo.

Quien no abre más que la mitad es el que escucha sin dejar entrar del todo al Maestro en su casa; se queda dueño de la puerta, se queda dueño de su casa, no quiere recibir a nadie, queda dueño de su casa y de su corazón. Escucha, pero toma lo que quiere, hace lo que quiere, toma lo que le conviene y deja el resto que le disgusta. Recibe al Maestro con reserva y prudencia y escucha a su razón, a sus pequeñas pasiones que son sus dueñas, más que al verdadero Maestro que quiere entrar; desconfía, tiene miedo, no abre sino a medias su corazón. Y el Maestro no puede entrar para disponer como debería hacerlo.

El último abre del todo su puerta y deja entrar en su casa al Maestro que llama. Goza recibiéndole y dándole un puesto de honor, le escucha feliz y no desea sino comprender lo que dice y ponerlo en práctica. No discute, sino que busca el modo de practicar lo que oye. Está en espíritu a los pies del Maestro, como María, y no se deja engañar ni por el razonamiento ni por las pasiones que se rebelan. Cuando habla el Maestro, no tiene él otros deseos que comprender lo que oye y ponerlo en práctica, alimentar con ello su alma. Le guía únicamente el amor. Quiere entrar en el Reino de los cielos, no desea otra cosa. Desprecia todo lo que la razón y las pasiones pueden decirle. Jesucristo es su único Maestro y quiere seguirle sólo a él.

Alma sumisa y generosa, no dice: esto es difícil, esto es imposible, esto se opone a la prudencia, esto no es normal; nada de eso. El Maestro ha hablado, el Maestro lo ha dicho, basta (vd124-125).

No tengamos miedo… Si hubiera que caminar sobre el mar como Pedro, vayamos a Jesús, si, como a Pedro, él nos dice: Ven (vd127).

“Aquí estoy…”

En la Sagrada Escritura el padre Chevrier aprendió a responder a la llamada de Dios. Asimismo, nos enseña a hacer nuestra la palabra de Dios, repitiéndola con sencillez,  que tiene poder para moldear, incluso en nuestras miserias y debilidades, lo que debe ser nuestra respuesta.

“¡Aquí estoy!” (1Sm3,4). “Soy tuyo” (Sal118,94).

“Habla, Señor, que tu siervo te escuchas” (1Sm3,9).

“Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn6,68).

Tú eres mi Luz, tú eres mi Camino, mi Vida, mi Sabiduría y mi Amor. “Te seguiré donde vayas” (Lc 9,57).

Estoy dispuesto a morir contigo, daré mi vida por ti, iré a la cárcel y a la muerte (ver Jn11,16; 13,37).

Tú eres mi Rey, mi Jefe y mi Maestro.

Señor, si tienes necesidad de un pobre, ¡aquí estoy yo!

Si tienes necesidad de un loco, ¡aquí estoy yo!

Aquí estoy, Jesús, para hacer tu voluntad: ¡soy tuyo! (vd122).

II.GRANDEZA Y BELLEZA DE JESUCRISTO

 

La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros

 

Todo aquel que quiera entrar en relación con Jesucristo ha de tomar el mismo camino que el Verbo tomó para venir hasta nosotros: el camino de la Encarnación. En este gran misterio Dios mismo nos sale al encuentro en el hombre Jesús. Recibirle a él es recibir el don del Padre, que es su mismo Hijo, y con él y en él poder descubrir nuestra condición de hijos de Dios y de hermanos de los hombres. Así lo vio el padre Chevrier: éste es el punto de partida para comenzar la vida cristiana.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Ésta es la palabra del Evangelio más grande, más bella, más sorprendente, más misteriosa, digna de ser meditada siempre por todos los hombres, palabra en que se resume todo el Evangelio y toda nuestra fe (MsV, 773).

Un Dios se hace niño… Dios, por amor, se hace visible. Nos pertenece. Nos ha sido dado… Viene para guiar a los hombres. No basta guiar desde lejos, dar órdenes desde lejos. Él viene en persona… Un misionero que se contentara con enviar cartas a los paganos: ¡qué diferencia encontraría si fuera en persona! Él viene a formar un nuevo pueblo de verdaderos adoradores, de hermanos” (Sermón de Navidad [1857]).

¡Qué medio elige Dios para salvar al hombre? Elige venir él mismo. Hace como un padre o una madre que ha perdido a su hijo: va a buscarlo. ¿Qué se necesitaba para esto? Hacerse visible, venir a la tierra… (MsVII, 335).

 

“A Dios nadie lo ha visto jamás. El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer” (JnK1, 18).

Habló a Abrahán bajo la forma de los ángeles. Habló a Moisés y a los profetas bajo formas más o menos sensibles. En fin, en el correr de los siglos, en el momento decretado por la Providencia, habló a todos los hombres, él mismo en persona, revistiéndose de una forma humana…

“Y la Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Jn1,14).
¡Oh inefable misterio! Dios está con nosotros. Dios ha venido a hablarnos, ha venido a habitar con nosotros para hablarnos e instruirnos.

Lo que en otro tiempo no había hecho más que de pasada, por así decirlo, y de prisa, en estos últimos tiempos lo ha realizado de una manera muy sensible, duradera. Él mismo ha tomado la forma de hombre para habitar entre nosotros y tener tiempo para hablarnos y decirnos todo lo que el Padre quería enseñarnos por él.

No somos seres abandonados por Dios. Tenemos un Dios que es verdaderamente un Padre, que ama a sus hijos y quiere instruirlos y salvarlos (vd61-63).

Dios no podía hacernos mayor regalo, darnos un tesoro más grande, que darnos a su Verbo, a su Hijo adorable, porque él es todo para nosotros (vd89).

 

Él es nuestra Luz y nuestra Sabiduría

La meditación del misterio de la Encarnación en la noche de Navidad del año de 1856 fue una experiencia decisiva en la vida de Antonio Chevrier, una verdadera conversión. La pobreza y la humildad del Verbo en su descenso hasta los hombres se volvieron especialmente luminosas y atrayentes para su discípulo. Al contemplar a Jesucristo, adquirimos la verdadera sabiduría y podemos discernir la valía de las distintas realidades humanas. Cuando las miramos a la Luz que no conoce ocaso, que es Jesucristo mismo, las cosas de los hombres y sus situaciones cotidianas adquieren su verdadera dimensión.

Jesucristo nos ha sido dado para enseñarnos a distinguir lo verdadero de lo falso, el bien del mal, lo justo de lo injusto, y a estimar cada cosa en su justo valor, a saber poner en su lugar lo terreno, lo espiritual, el tiempo y la eternidad.

Por esto es él “la luz verdadera que alumbra a todo hombre” (Jn1,9).

Es el Verbo divino; en él se halla la vida y la vida es la luz de los hombres.

Él viene de arriba, con toda la belleza, la gloria, el esplendor de los cielos.

También es llamado “sol que nace de lo alto” (Lc1,78), “sol de justicia” (Mal3,20), “reflejo de la gloria del Padre” (Heb1,3).

No es solamente un rayo de luz que nos viene de lo alto, como en los santos y los profetas, sino toda la luz divina que viene a iluminarnos con su esplendor.

También dice la Escritura que “el pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz” (Mt4,16). “La luz brilla en las tinieblas” (Jn1,5).

Nuestro Señor mismo no teme decirnos que él es “la luz del mundo” (Jn8,12).

Cuando Dios creó el mundo, nos dio el sol para iluminar los ojos de nuestro cuerpo. Pero cuando Dios creó nuestras almas, nos dio a Jesucristo, su Verbo, para iluminar nuestras almas y nuestras inteligencias, porque en él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres.

Por Jesucristo recibimos la vida y la luz, la verdadera luz, “lux vera” (Jn1,9), para distinguir esta luz de lo alto de todas esas pequeñas luces humanas y terrenas que iluminan tan tenuemente la oscuridad de nuestras almas.
Jesucristo es la luz de nuestras almas, como el sol es la luz de nuestros cuerpos.

El sol alegra nuestros ojos, nos alumbra, nos descubre los objetos, nos hace conocer y apreciar cada cosa, cada objeto, y nos muestra el camino que hay que seguir, nos muestra el valor, el color de las cosas, el uso que debemos hacer de ellas. ¡Qué inmenso beneficio el del sol para nuestros cuerpos!

Jesucristo es el sol de nuestras inteligencias y de nuestras almas. A su luz debemos nosotros aprender a conocer cada cosa, a conocer la verdad, el valor espiritual de las cosas terrenas, a distinguir lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, el bien del mal.

¡Cuánto mejor es este conocimiento espiritual de las cosas que el conocimiento material que nos da el sol de las cosas visibles y creadas!

Así, pues, cuando queramos conocer algo, estimarlo, juzgarlo, valorarlo, no tenemos más que buscar la Luz, Jesucristo, y él nos iluminará y nos enseñará cuánto vale y cómo debemos estimarlo; no tenemos más que saber lo que él piensa de ello, lo que hace con ello, y tendremos la verdadera luz, el verdadero juicio de las cosas.

Por lo mismo que él es nuestra verdadera Luz, es nuestra Sabiduría, pues si actuamos según esta luz, no nos equivocaremos jamás; si nos conducimos según esta luz, no nos extraviaremos. Si apreciamos las cosas según esta luz, juzgaremos justamente, porque él es la verdadera luz que viene del cielo y salió del mismo Dios para iluminarnos. La luz del cielo es la divina sabiduría… (vd89-91).

Esta sabiduría se difunde en toda su vida; sus acciones, sus palabras son rasgos de sabiduría y de luz que nos iluminan y nos muestran cómo debemos conducirnos para ser verdaderamente sabios… En los grandes hombres se encuentra a veces una brizna de sabiduría, un pequeño rayo de esa luz que nos ilumina, pero Jesucristo es toda la Sabiduría, él la posee por entero, pues ha recibido el Espíritu sin medida.

No hay que ir muy lejos para encontrar la sabiduría; se encuentra en Jesucristo. Basta conocer, estudiar a Jesucristo.
Hay quienes la buscan en los grandes libros, en la filosofía, en los viajes, en el estudio. Se halla en Jesucristo. No conozco sino a Jesucristo, dice san Pablo, y a Jesucristo crucificado (vd91).

 

Él es nuestro Maestro

“Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque efectivamente lo soy” (Jn 13, 14). Cuando hemos conocido a Jesús en profundidad, como Verbo de Dios y Enviado del Padre, nada nos impide que le tomemos por Maestro y “Maestro único” (Mt 23, 8). Esta decisión gozosa será fruto de nuestra admiración más sincera y no de ninguna imposición autoritaria. ¿Cabe mayor fortuna que la de haber conocido a Jesucristo y haberle entregado toda nuestra confianza?

Jesucristo es nuestro solo y único Maestro.
Él es el Verbo de Dios, en él están todos los tesoros de la ciencia y de la sabiduría. Como Verbo, es el pensamiento mismo de Dios, posee toda la ciencia de Dios, todos los conocimientos del Padre.
Él es la palabra del Padre, revestida de una forma exterior para hablarnos; viene del cielo para hablarnos y darnos a conocer los deseos de Dios su Padre.
Él en persona es la carta viva que el Padre nos ha enviado para que la leamos y la cumplamos.
Nos lo enseña Dios mismo: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones” (Is42, 1).
El día de la transfiguración el Padre lo proclama diciendo: “Éste es mi Hijo, el amado, el predilecto. Escuchadle” (Mt17, 5).
“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn3, 16).
Su oficio principal es el de instruir al mundo. Se lo explica a los habitantes de Nazaret, al comentar las palabras del profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres” (Lc4, 18).
Él decía a sus apóstoles: “También a los otros pueblos tengo que anunciarles el reino de Dios, para eso me han enviado” (Lc4, 43).
“Para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad” (Jn 18, 37).
“Yo soy la luz del mundo” (Jn9, 5). “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn14, 6).
Es su título. Decía a sus apóstoles: “Vosotros me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy” (Jn13, 13).
Lo que enseña, lo enseña de acuerdo con su Padre que le ha enviado: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7, 16). “El que me envió es veraz y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él” (Jn8, 28).
Verdaderamente él es nuestro Maestro. Ha recibido de Dios el gran encargo de enseñar a los hombres. Ha sido enviado para esto. Sólo él puede instruirnos, porque sólo él conoce a Dios.
Escuchándole a él, escuchamos al mismo Dios y creyendo en él, tenemos la vida eterna. Es nuestro Maestro… (vd95-98).

 

“¡Qué bello es Jesucristo!”

“¡Oh Verbo!, ¡oh Cristo!”. Así comienza la plegaria más conocida del padre Chevrier; es una oración de discípulo, llena de admiración, de confianza y de ofrenda de sí mismo. Antes que nada, es una admiración maravillada delante de la grandeza y la belleza del Verbo de Dios, que se revela en la humanidad de Jesucristo. Junto con la admiración va la confianza de que el Verbo de Dios vaya cumpliendo en nosotros su obra de iluminación y de conversión. Y, para conseguir este propósito, la plegaria manifiesta la ofrenda personal, la disponibilidad para dejarse transformar por la Palabra de Dios y pertenecer totalmente a Jesucristo.

¡Oh Verbo! ¡Oh Cristo!
¡Qué bello y qué grande eres!
¡Quién acertara a conocerte! ¡Quién pudiera comprenderte!
Haz, oh Cristo, que yo te conozca y te ame.
Tú, que eres la luz, manda un rayo de esa divina luz sobre mi pobre alma, para que yo pueda verte y comprenderte.
Dame una fe en Ti tan grande, que todas tus palabras sean luces que me iluminen, me atraigan hacia Ti y me hagan seguirte en todos los caminos de la justicia y de la verdad.

¡Oh Cristo! ¡Oh Verbo!
¡Mi Señor y mi único Maestro!
Habla, que quiero escucharte y poner en práctica tu palabra. Quiero escuchar tu divina palabra, que sé que viene del cielo.
Quiero escucharla, meditarla, practicarla, porque en tu palabra está la vida, la alegría, la paz y la felicidad.
Habla, Señor. Tú eres mi Señor y mi Maestro.
Quiero escucharte sólo a Ti.

 

Conocer a Jesucristo lo es todo…

Nos encontramos ante uno de los “todo” del padre Chevrier, término que emplea en raras ocasiones para marcar el carácter absoluto e incomparable de una realidad espiritual o apostólica. En este caso, el “todo” es el conocimiento de Jesucristo. Para Chevrier, como para san Pablo, nada se puede igualar con un bien tan excelente (ver Flp 3, 8). Quien conoce de verdad a Jesucristo ha encontrado el tesoro escondido o la perla preciosa del Evangelio.

 

“San Pablo ponía el conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo por encima de todos los demás conocimientos y se preciaba de no saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado. Ése es, en efecto, el conocimiento que está por encima de todos los demás, y el único que puede hacer de nosotros sacerdotes auténticos y dignos de él. Para predicar a Jesucristo, ¿no será necesario conocerle? Para imitar a Jesucristo, ¿no será necesario conocerle? ¿Y cómo podremos conocerle si no le estudiamos?” (Carta a sus seminaristas, 86 [1872]).

El conocimiento de Jesucristo es la clave de todo. Conocer a Dios y a su Cristo: en eso consiste todo el ser del hombre, del sacerdote, del santo (Carta a sus seminaristas, 105 [1875]).

Nuestro primer trabajo es, pues, conocer a Jesucristo para luego ser totalmente suyos (vd46).

Conocer a Jesucristo, estudiarlo, orar, eso es lo que hay que hacer para llegar a ser una piedra del edificio espiritual de Dios… (vd103).

Si Jesucristo es todo para el apóstol, éste procurará que también lo sea para cuantos él conoce y orienta. Antonio Chevrier partía de una convicción profunda: toda persona es capaz de conocer, amar y seguir a Jesucristo. Esto es lo que más desea en lo hondo del corazón. Pero hace falta que alguien se lo haga visible y señale el camino.

Me parece que se ocupa usted demasiado de sí misma y no piensa lo bastante en Nuestro Señor, nuestro divino Maestro. En usted misma no encontrará sino miserias y cuanto más piense en ello, más desdichada se sentirá. Alce un poco la mirada, mire a Nuestro Señor, estudie su divina palabra, sus divinos ejemplos; llénese de él, aliméntese de él y verá cómo desaparecen todos esos fantasmas. Que Jesucristo sea su vida, querida hermana, que Jesucristo sea su amor (Carta a una religiosa, 459 [1878]).

Más que en nuestras propias miserias, debemos pensar en Nuestro Señor. Si un pintor se mirara constantemente a sí mismo en lugar de fijarse en su modelo, jamás llegaría a copiarlo. Eso es lo que usted tiene que hacer, querida hija; mire más a menudo a Nuestro Señor y no se atienda tanto a sí misma, entonces tendrá más vida. Aplíquese a imitar a Nuestro Señor, y esto sin turbación, sin angustia. Contémplele con amor y con el deseo de imitarle, eso es todo. Deje usted sus faltas, sus miserias, en el océano de su misericordia. Cuando se ama a Jesús no hay que preocuparse de más (Carta a una hermana de El Prado, 257 [1873]).

No descuide usted su breve rato de meditación, estudie a Nuestro Señor Jesucristo; eso lo es todo; y cada día recuerde una de sus palabras o una de sus acciones para ponerlas en práctica o, por lo menos, saborear la dulzura y el gusto (Carta a la Srta. Grivet, 374 [1876]).

La vida sobrenatural sólo se encuentra en el conocimiento de Jesús, en el estudio de sus palabras y sus acciones. Una palabra de Jesús levanta el alma, una acción de Nuestro Señor hace más que cualquier otra cosa (Carta a la Sra. Franchet, 310 [1869]).

Rezad mucho, queridos hijos. La oración, el crucifijo, el Pesebre instruyen más que los libros, y la ciencia que se aprende al pie del crucifijo o del tabernáculo es mucho más sólida y verdadera y es mucho más beneficiosa que la que se aprende en los libros (Carta a sus seminaristas, 115 [1876]).

 

La adhesión a Jesucristo y sus frutos en la vida del discípulo

El conocimiento de Jesucristo y nuestra adhesión entusiasta a su persona y a su obra nos van transformando en él, en lo interior y en lo exterior. Si somos de Cristo, nuestros pensamientos, palabras y acciones serán conformes a los suyos. Es una transformación real y auténtica, no sólo un puro deseo o un voluntarismo estéril. Tenemos un modelo imitable en san Pablo, que pudo llegar a afirmar: “No soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20).

“Quien ha encontrado a Jesucristo ha encontrado el mayor tesoro. Lo demás no es nada… Ha encontrado la sabiduría, la luz, la vida, la paz, el gozo, la felicidad en la tierra y en el cielo, el fundamento sólido sobre el que se puede edificar, el perdón, la gracia. Lo ha encontrado todo…”

[Quien ha encontrado a Jesucristo] No estima ninguna otra cosa más que a Jesucristo, porque para él Jesucristo lo es todo. San Pablo lo expresa muy bien: “Todo eso que [antes de mi conversión] era para mí ganancia, lo consideré pérdida comparado con Cristo; más aún, todo lo estimo pérdida, en comparación con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo… Para conocerlo a Él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte” (Flp3,7-8.10)…
[Quien ha encontrado a Jesucristo] Lo deja todo para poseer[lo], porque Jesucristo lo es todo para él y no estima ninguna otra cosa más que [él]… Cuando los apóstoles encontraron a Jesucristo, dejaron sus redes y le siguieron… (Mc1,38). [Quien ha encontrado a Jesucristo] No quiere sino agradar[lo], porque Él es su gozo, su felicidad, su Maestro, su Dios. “Cuando digo esto, dice san Pablo, ¿busco la aprobación de los hombres, o la de Dios?; ¿trato de agradar a los hombres? Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gal1, 10).
El conocimiento de Jesucristo produce necesariamente el amor y, cuanto más conocemos a Jesucristo, su belleza, su grandeza, sus riquezas, más crece nuestro amor a Él y más procuramos agradarle y más rechazamos lo que no va con Él…
Por amor a Jesucristo [uno] no teme incluso pasar por loco… “Nosotros; unos necios por Cristo” (1Cor4, 10). San Pablo distingue dos clases de personas o de sacerdotes de Jesucristo, los que actúan un poco según el mundo y los que pertenecen a Jesucristo por completo…
Que el mundo piense lo que quiera, no me importa; que me tenga por loco, no me importa; pertenezco a Jesucristo, le sigo, camino tras sus huellas…
Nada [me] puede separar de Jesucristo. San Pablo exclama: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” […] Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rom8, 35.38-39).
Toda [la] felicidad está en seguir a Jesucristo. [Quien lo ha encontrado] Ha oído y comprendido esta palabra del Maestro: “Sígueme”. Ha comprendido estas otras palabras: “Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn13, 15). Y quiere conformarse a la imagen de Jesús, su Maestro y su Modelo (ver Rom8, 29).
Cuando se quiere sinceramente a alguien, se es feliz siguiéndole, caminando tras sus huellas. Se busca verle, oírle y se hace todo por imitarle.
No [se] vive más que para Jesucristo. “Nos apremia el amor de Cristo, al considerar que si uno murió por todos, todos murieron. Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2Cor5,14-15). Jesucristo es su vida. “Para mí la vida es Cristo” (Flp1, 21). “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal2, 20).
Jesucristo debe ser nuestra vida, es decir, Jesucristo debe ser el objeto habitual y constante de nuestro pensamiento, hacia donde se dirijan día y noche todos nuestros deseos y afectos. La madre vive para su hijo, la esposa para su esposo, el esposo para su esposa, el amigo para su amigo, el avaro para su dinero, el egoísta para sí mismo, el negociante para su comercio. Así es la vida de estos seres: cada uno pone su vida en lo que busca, en lo que ama, y, cuando se ve separado de ello, llora, languidece, gime hasta que consigue estar de nuevo junto al objeto de su amor. Para nosotros, nuestra vida es Jesucristo.
En un reloj hay un resorte que hace mover todos los engranajes y da la hora. En nosotros, ese resorte invisible, oculto, debe ser Jesucristo; debe hacer que le mostremos a Él mismo. Donde está nuestro tesoro, allí está también nuestro corazón. Si Jesucristo es nuestro tesoro, nuestro corazón y nuestros pensamientos estarán siempre en Él… (vd114-118).
“Conocer a Jesucristo, amar a Jesucristo, imitar a Jesucristo, seguir a Jesucristo, eso es todo lo que deseamos, ésa es toda nuestra vida” (Finalidad última de la Asociación de los Sacerdotes de El Prado [1879]).

 

Vayamos a Jesucristo

No es una orden venida de afuera, sino un imperativo interior. Quien ha comenzado a conocer a Jesucristo, quiere más. Responder a una gracia de Dios nos dispone para la siguiente. Lo importante es decidirnos y salir de nosotros.

¿Quieres ser de Jesucristo? ¿Sientes el deseo de pertenecerle? ¿De quién quieres ser, si no eres de Jesucristo? Escucha sus llamadas. Escucha sus promesas (vd119).
¿Sientes nacer en ti esta gracia? Es decir, ¿te sientes interiormente atraído hacia Jesucristo? ¿Un sentimiento interior lleno de admiración por Jesucristo, por su belleza, su grandeza, su bondad infinita que le lleva a venir a nosotros, un sentimiento que nos conmueve y nos lleva a entregarnos a él? ¿Un pequeño soplo divino que viene de arriba y nos impulsa, una pequeña luz sobrenatural que nos ilumina y nos hace ver un poco a Jesucristo y su belleza infinita?
Si sentimos en nosotros este soplo divino, si percibimos una pequeña luz, si nos sentimos atraídos aunque sólo sea un poco hacia Jesucristo, cultivemos esa atracción, hagámosla crecer con la plegaria, la oración, el estudio, para que crezca y dé frutos… (vd119).

III. EL EVANGELIO

Al padre Chevrier le parecía insuficiente el tiempo para estudiar el Evangelio y conocer mejor a Jesucristo. Siempre que podía se retiraba a “poner aceite en su lámpara”.

Actualmente me encuentro en casa de los Padres Carmelitas para rezar un poco y estudiar la pobreza de Nuestro Señor. Leo el santo Evangelio. ¡Qué bien dicho está todo lo que ha dicho Nuestro Señor, y cómo debemos esforzarnos por practicarlo! Estudiemos siempre este bello libro; no dejes de leerlo, para practicar lo que ves en él; ya sabes que será nuestra regla…” (Carta a Jean-Claude Jaricot, seminarista, 64 [1868]).
Para llegar a conocer bien a Dios se requiere un estudio tan grande, tan prolongado y al mismo tiempo tan suave, que nunca es demasiado el tiempo que se le dedica. (Carta a las señoritas Mercier y Bonnard, 268 [1860]).

¿Por qué estudiar así el Evangelio?

El padre Chevrier no aspiraba a convertirse en agudo exegeta. Sólo quería conocer cada vez mejor a Jesucristo, el Verbo de Dios, a quien amaba apasionadamente: en él resplandece toda la verdad, él es el único Salvador.

“Oyendo a Jesucristo, oímos al Padre; “habla el lenguaje de Dios”, dice San Juan (Jn3,34).
Viendo obrar a Jesús, vemos las acciones mismas del Padre, porque el Hijo no hace nada por sí mismo, y es el Padre quien hace sus obras.

¡Qué bella armonía! ¡Qué acuerdo entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo!
Y nosotros ¿qué otra cosa tenemos que hacer sino estudiar a Nuestro Señor, escuchar su Palabra, examinar sus acciones, para conformarnos según él y llenarnos del Espíritu Santo?

Esa es una regla segura y cierta para llenarnos del Espíritu Santo y actuar y pensar de acuerdo con él. El Evangelio contiene las palabras y las acciones de Jesucristo. El Espíritu de Dios rebosa en toda su vida, en todas sus acciones. Sus palabras, sus acciones, son como luces que, desde el Pesebre al Calvario, nos va dando el Espíritu Santo. Cada palabra de Jesucristo, cada ejemplo, es como un rayo de luz que viene del cielo para iluminarnos y darnos la vida.

Quien quiera llenarse del Espíritu de Dios debe estudiar a Nuestro Señor cada día: sus palabras, sus ejemplos, su vida. Esta es la fuente en la que encontraremos la vida, el Espíritu de Dios (vd225-226). [El estudio de Nuestro Señor debe hacerse] en la oración de cada día y así hacer pasar a Jesucristo a la propia vida (vd227).

El Evangelio, “fuerza de Dios” en el ejercicio del ministerio apostólico

El conocimiento de Jesucristo a través del Evangelio produce la unión con él. Sólo unido a Jesucristo, se siente capaz Antonio Chevrier de desempeñar el ministerio al que es llamado.

Me siento tan pobre, tan incapaz, tan pequeño que me da vergüenza; y si no supiera que debo encontrarlo todo en el santo Evangelio y en las Epístolas de san Pablo, no me atrevería a emprender este trabajo, siendo tan ignorante. He leído poco, no conozco los autores que han tratado los grandes temas de la vida religiosa y sacerdotal… Pero con el santo Evangelio, me parece que soy más fuerte, que puedo tener confianza; después de todo, no soy yo, es Jesucristo, y con él nadie puede engañarse, con él se tiene autoridad, con él se es más fuerte y nadie tiene nada que decir. Así que en él me apoyaré y en él esperaré… (Carta a la Sra. Franchet, 309 [1869]).

Me he retirado a Limonest para trabajar y rezar, para poder hablar a mis seminaristas con el Evangelio. Veo la importancia de este asunto y la necesidad que tengo de la gracia de Dios y de su luz para llegar a algo sólido, auténtico y duradero. Me doy cuenta de que sólo puede darme fuerza y apoyo delante de ellos la autoridad de Nuestro Señor y que, para poder hablar en su nombre, necesito alimentarme de su vida, de sus palabras; es muy difícil… (Carta a la Srta. de Marguerie, 446 [1877]).

 

El Evangelio: una casa abierta a todos

Para formar verdaderos discípulos de Jesucristo hay que hacerles frecuentar el Evangelio. No basta que conozcan los conceptos y argumentos de la doctrina cristiana. Para el padre Chevrier el Evangelio es como una bella casa que Dios pone a disposición de todos, no sólo para que la veamos por fuera, sino para que la visitemos, la habitemos, nos sirvamos de ella y remediemos nuestra necesidad.

El padre [Chevrier] solía decirnos: “Cuando queráis saber qué debéis pensar sobre alguna cosa, consultad el santo Evangelio. Debemos formar nuestro juicio según el Evangelio. El Evangelio es el libro que ha formado a los santos”. (Testimonio de Sor María, primera hermana de El Prado).

En la vida de Nuestro Señor se encuentran la sabiduría y la luz. En sus detalles encontramos toda nuestra regla de conducta; encontramos la perfección y una enseñanza segura según Dios, pues Dios mismo se nos muestra en ellos.
¿Para qué sirve el Evangelio si no se le estudia?
Para conocer bien el Evangelio hay que entrar en los pequeños detalles de cada hecho, de cada acción: ahí encontramos la sabiduría.

Cuando uno pasa por una calle y ve una hermosa casa, la mira al pasar y dice: es una buena casa; no la ve más que por fuera, sin darse cuenta de todo lo que hay dentro, de la distribución, de la belleza, de las comodidades, etc. Se pasa, se mira, se comenta: es hermosa, y eso es todo; no se la utiliza. Pero si pasa adentro y visita cada piso, cada habitación, entonces puede admirar el orden, la belleza interior, la perfecta disposición.

Con el Evangelio sucede igual: muchos le miran y comentan: es hermoso; pero no han pasado adentro para examinar las bellezas interiores y no pueden servirse de él, disfrutarlo, utilizar las cosas que se encuentran en él.
Para conocer una casa hay que entrar en ella y utilizar las habitaciones que la componen.

Para conocer el Evangelio, hay que entrar, ver los detalles y poner en práctica las cosas que encontramos en él; basta con que entremos un poco y conozcamos sus detalles para comprender inmediatamente lo bella, grande y perfecta que es esta casa. Verdaderamente es la casa de la Sabiduría (vd516).

Para conocer a Jesucristo, vayamos a las fuentes de la fe que nos son dadas por el mismo Dios y que encontramos en el santo Evangelio (MsVIII, 156).

IV. EL CAMINO DEL DISCÍPULO

 

Seguir a Jesucristo

 

No se puede ser discípulo de Jesús a distancia, sin asumir sus opciones y correr sus mismos riesgos. Practicando el Evangelio y caminando tras las huellas del Maestro, se amplía nuestro conocimiento de Jesucristo y se refuerza nuestra adhesión inicial.

Tomo a Jesús como Maestro. Quiero escucharle y seguirle, como un verdadero discípulo, no de lejos, sino lo más cerca posible (MsXI, 34).

Seguir a Jesucristo es ir por donde él va, es hacer todo lo que él hace, es no abandonarle jamás.
Es imitarle en todo lo posible.
Es seguir sus ejemplos, parecerse a él lo más perfectamente posible para llegar a ser como él, otro “él-mismo”: el sacerdote es otro Cristo.
Es poder decir como san Pablo: “Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo” (1Cor11,1).
Es lo que indica Nuestro Señor cuando dice a sus apóstoles: “Os he dado ejemplo para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis” (Jn13,15).

Seguir a Jesucristo es ir con él al Pesebre para allí hacerse pobre.
Es ir con él a Egipto para compartir allí su exilio y su pobreza.
Es permanecer con él en Nazaret, en el silencio, para llevar allí una vida oscura y oculta.
Es ir con él al desierto para ayunar y orar.
Es recorrer las ciudades y aldeas instruyendo a los ignorantes, consolando a los afligidos, curando a los enfermos y anunciando la salvación al mundo.
Es combatir los vicios y luchar contra el mal con valor y firmeza.
Es caminar en medio de las persecuciones e injusticias del mundo.
Es subir al Calvario para morir allí.
Es dejarse clavar en la cruz y morir en ella para obedecer a Dios y salvar al mundo.
Es ir al cielo con él, porque dijo que los que le hubieran seguido en la tierra estarían a su lado en el cielo.
El siervo no es más que el amo: al siervo le basta con parecerse a su amo para ser perfecto.
“Yo soy el Camino” (vd341).

“Seguidme, es decir, haced como yo, pasad por el mismo camino que yo; seguidme en el camino que he tomado para cumplir mi misión; actuad como he actuado yo, caminad tras mis huellas, no toméis otro camino, pues podríais equivocaros y no llegar a la meta. Debéis continuar mi obra. Vosotros sois mis apóstoles, mis sucesores, tenéis que actuar como yo para llegar a la meta. Yo he convertido al universo: he tomado el camino del Pesebre, de la Cruz. Tomad el mismo camino si queréis llegar al mismo fin; de otro modo no llegaréis… Yo os envío a vosotros como mi Padre me ha enviado a mí; haced pues, como yo, si queréis cumplir la misión que yo os confío en nombre de mi Padre” (vd342).

 

Llegar a ser otro Jesucristo

Para la mayoría de la gente del barrio obrero de La Guillotière, los sacerdotes representaban  los intereses y los hábitos de una Iglesia alejada de ellos. Antonio Chevrier creía, sin embargo, que el sacerdote podía llevar el Evangelio a esas personas con tal de que éstas pudieran ver en él a Jesucristo pobre, crucificado y comido. La vida del apóstol adquiría así un valor sacramental.

Nuestra unión con Jesucristo debe ser tan íntima, tan visible, tan perfecta, que los hombres deben decir al vernos: ¡es otro Jesucristo! Debemos reproducir, exterior e interiormente, las virtudes de Jesucristo, su pobreza, sus sufrimientos, su oración, su caridad. Debemos representar a Jesucristo pobre en su pesebre, a Jesucristo sufriente en su pasión, a Jesucristo dejándose comer en la santa Eucaristía (vd 101).

“Si no creéis en mi palabra, creed en mis obras”, decía Nuestro Señor a los judíos. Ojalá pudiéramos decir nosotros lo mismo y mostrar nuestras obras a los hombres para comprometerles a creer y a convertirse. “Ved cómo soy pobre, ved cómo estoy clavado en la cruz, ved cómo me dejo comer por vosotros, sin decir nada, para vuestro bien” (vd137).

Es necesario que se vea a Jesucristo en todo nuestro exterior. Todo nuestro ser debe revelarlo (vd197). Es preciso llegar a ser otro Jesucristo visible (Ms X, 38). Imitar a Nuestro Señor, seguir a Jesucristo, llegar a ser otro Jesucristo en la tierra, ésa es la meta que me he propuesto desde el principio (Carta al sacerdote Dutel, 75 [1869]).

 

El Pesebre, el Calvario, el Tabernáculo

Ser otro Jesucristo es el punto de llegada; y no se llega de golpe. Antonio Chevrier, fijándose en Jesucristo, señaló tres etapas para identificarnos con Jesús y su ministerio mesiánico: el Pesebre, la Cruz y la Eucaristía.
A un amigo, que quería unírsele para compartir la vida de El Prado, le escribía en enero de 1866:

El tema de mis continuas reflexiones es éste: el sacerdote es otro Cristo. Debemos reproducir en toda nuestra vida la de Jesucristo, nuestro modelo: ser pobre como él en el pesebre, ser crucificado como él en la cruz para la salvación de los pecadores y ser comido como él en el sacramento de la Eucaristía. El sacerdote es, igual que Jesucristo, un hombre despojado, un hombre crucificado, un hombre comido; pero para ser comido por los fieles, hay que ser un buen pan bien cocido por la muerte a sí mismo, bien cocido en la pobreza, en el sufrimiento y en la muerte, como el Salvador, nuestro modelo; entonces todo lo nuestro servirá de alimento a los fieles: nuestras palabras, nuestros ejemplos; nos desviviremos como una madre se desvive por dar de comer a sus hijos (Carta al sacerdote Gourdon, 56 [1866]).

En Saint-Fons, que era entonces un pueblecito a las afueras de Lyon, le regalaron al padre Chevrier una casa pequeña. Allá iba a menudo a pasar algunos días de retiro, solo o con sus seminaristas.
En la planta baja aún se conserva un mural, en el que Chevrier escribió con grandes caracteres un cuadro sintético con su ideal del “sacerdote según el Evangelio”. Es lo que se conoce como “el Mural de Saint-Fons”.

Aprende sobre todo a ser pobre, mortificado y caritativo. El Pesebre, el Calvario, el Tabernáculo: ahí debes acudir todos los días a instruirte para llegar a ser un buen sacerdote, un buen catequista (Carta a Jean-Claude Jaricot, 61 [1866]).

Qué grandes vais a ser cuando seáis sacerdotes, pero tendréis que ser pequeños al mismo tiempo para ser verdaderamente otros Jesucristo en la tierra. Tened presente que debéis representar el Pesebre, el Calvario, el Tabernáculo; estos tres signos deben ser como los estigmas que habéis de llevar continuamente sobre vosotros: los últimos de la tierra, los servidores de todos, los esclavos de los demás por la caridad, los últimos de todos por la humildad. ¡Qué hermoso, pero qué difícil!

 

Sacerdos Alter Christus

Verbum caro factum est et habitavit in nobis
Exemplum dedi vobis, ut quemadmodum ego feci, ita et vos faciatis

V. LOS POBRES

 

 

La vida que llevaban los obreros de La Guillotière, la explotación de que eran víctimas: ahí resonaba la voz que, para Antonio Chevrier, era la llamada a convertirse a Jesús y a su Evangelio.

Con los ojos abiertos ante la miseria del tiempo

[Siendo vicario en la parroquia de San Andrés, a Chevrier le impresionaba] el espectáculo cada vez más tremendo de la creciente miseria humana. Se diría que, a medida que los grandes de la tierra se enriquecen, a medida que las riquezas van siendo recogidas en unas pocas manos que las buscan ávidamente, crece la pobreza, disminuye el trabajo, dejan de ser pagados los salarios. Se ve a pobres obreros trabajando desde el alba hasta entrada la noche para apenas ganarse su pan y el de sus hijos. Sin embargo, ¿no es el trabajo el medio de ganar el pan? (Sermones, Ms IV, 665).

Quiere hacer ver y sentir a todos lo que él mismo ve y siente. En uno de sus sermones de 1852 denuncia con dolor las miras tan rastreras con que muchas veces se plantea la educación de los niños:

Al ver con qué esmero se prepara hoy día a los niños para ejercer tal arte o tal profesión, y cómo se olvida todo lo que se refiere a su salvación o a su moralidad, se diría que no tienen otro destino que el de las máquinas alrededor de las que se mueven, o más aún, como ha dicho alguien, que son ellos mismos herramientas hechas para enriquecer a sus amos… (Sermones, Ms III, 12).

La angustia por los niños pobres

A Antonio Chevrier le conmovía la situación de los niños, abandonados a sí mismos. Pero le dolía, sobre todo, el desprecio que hacia ellos experimentaban algunas personas “bien educadas”. Esto se convirtió en una de sus preocupaciones permanentes. En junio de 1859, escribió a Camille Rambaud:

Estos pobres niños, cuando se acercan tan desarrapados, tan malos como desgraciadamente son, no son agradables de ver. M. A.… no podía ni olerlos y cuando, a su partida, me dio unas botellas de vino para reponerme y recobrar fuerzas, me dijo: “Mucho cuidado con dárselas a su cuadrilla”. ¡Pobre gente! Es lamentable que hablen así, pero, ¿qué quiere usted?, ésa es su mentalidad, no ven más lejos. Y esta mentalidad es la de la mayoría. También los niños son marginados, mal vistos y despreciados; ¿cómo quiere usted que se acerquen a un mundo que los desprecia y los rechaza?

En el proceso de beatificación, una bienhechora de El Prado recuerda lo siguiente:

Una mañana, después de haber oído su misa, fui a hablar con él; hacía muchísimo frío, pues estábamos pasando un invierno bastante riguroso. [El padre Chevrier] se me acercó diciendo: “Hay muchos niños que lo están pasando mal en este momento. Hay que acoger a estos pobres náufragos de la fortuna que, tan jóvenes, están siendo ya golpeados por la desgracia. Acabo de encontrar uno, muy despierto, que estaba llorando. Le pregunté qué le pasaba. Me respondió:
—Soy muy desgraciado.
—Pero, mi pobre amigo, ¿dónde pasas la noche?
—Me acuesto en un tonel.
—¿En un tonel?, le pregunté. ¿Y cómo te las arreglas para comer?
Me enseñó tres viviendas.
—Mire, por la mañana me dan un poco en esa casa. En esa tienda que tiene la puerta cerrada hay niños; cuando comen, voy a mirarlos por los cristales; en seguida que me ven, me llevan algo de comer y con el permiso de su madre me dejan entrar para calentarme. Por la noche, una señora al lado de su casa me da un poco de sopa y voy a acostarme en el tonel que le he dicho.
—¡Pobre pequeño! Pasarás mucho frío…
—¡Ah, claro! Pero me acurruco bien, y, cuando tengo frío, me doy la vuelta del otro lado.
—Bueno, pues vente conmigo; no puedo darte ninguna cama porque están todas ocupadas. Voy a comprar paja, la echaremos en el suelo con unas mantas; ahí estarás mejor que en ese tonel. Te daré una cama en cuanto la tenga.”
Después continuó: “A estos pobres niños yo los busco por todas partes, de noche y de día, en los caminos, en las calles, en los paseos e incluso en los basureros. ¡Muchas veces encuentro cosas muy buenas en los basureros! Estoy convencido de que algunos de ellos serán espléndidos sacerdotes” (Testimonio de María de Foulquier, P 3, 183).

Un año después de su conversión, el padre Chevrier escribió en su primer Reglamento:

Al ver al niño más repugnante puedo decir: Jesús se ha sacrificado, ha muerto por él, ¿qué no debería hacer yo? Jesús quiere darse a él en alimento, ¿qué no debo darle yo?

La situación de abandono e ignorancia de los niños le llevó a fundar la obra de El Prado en 1860, para

preparar a la primera comunión a los niños pobres y mayores que no pueden hacerla en las parroquias. La mayor parte de estos niños están trabajando desde los ocho o nueve años, sus padres no los han llevado nunca ni a la escuela ni a la catequesis y, una vez que se les ha pasado la edad, ya no se atreven a ir a las catequesis normales (Ms X, 256).

A nadie le parece mal que un hijo de buena familia o incluso de simples obreros pase tres, cuatro o diez años en la escuela o en internados sin hacer nada, solamente para su instrucción o su educación, ¡y a nosotros se nos criticará por tener cinco meses a niños pobres para formarlos en la vida cristiana y enseñarles sus deberes sin hacerles trabajar! (vd305).

Para entrar aquí, se necesita cumplir con  tres condiciones: no tener nada, no saber nada, no valer nada (P2, 31).

 

Amar a los pobres

No es fácil el trato con quienes, carentes de toda educación, se ven obligados a sobrevivir en la miseria, la delincuencia, los abusos. A quienes se sentían llamados a trabajar en su educación, el padre Chevrier dirigió sus escritos.

A los niños se les debe tratar con dulzura y caridad y no se les debe pegar bajo ningún concepto. Si tienen defectos, habrá que reprenderlos con paciencia y rezar por ellos. Vienen para convertirse; no pueden hacerse buenos en un día; hay que ir despacio, esperar con paciencia y contar mucho más con la gracia de Dios que con nosotros mismos. Se obtiene más por la dulzura que por cualquier otro medio. Hay que quererlos como a hijos que tratamos de conducir a Dios. Todo se resume en estas palabras: para ellos debemos ser padres y madres, tener para ellos el corazón de un padre y una madre. Ante ellos somos los representantes de Jesucristo, y qué raros son los que lo comprenden y saben atenerse a ello en la práctica. Entre los que dirigen a los niños se puede encontrar mercenarios, amos y amas, jefes, mandos; pero padres, madres, pastores, hombres que sepan esperar, rezar y sufrir, muy pocos, prácticamente ninguno… Nosotros les servimos de padres y de madres. Un padre, una madre se conducen en todo por amor y eso es lo que hace llevadera una tarea tan laboriosa. Cuidan a sus hijos, velan por ellos, piensan en ellos antes que en sí mismos, se hacen sus servidores, se ocupan de todas sus necesidades, de su comida, de su casa, de su ropa. Su corazón les hace ser precavidos y previsores. Pidamos a Dios un corazón de padre y de madre para guiar y amar a nuestros niños (Reglamento de los primeros Hermanos y Hermanas de El Prado).

El primer reglamento dice también:

Nuestro Señor manifiesta su caridad a través de la gran compasión que siente por los pobres, los que sufren, los enfermos, los pecadores. Llama a todos diciendo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). No rechaza a nadie. Acepta a todo el mundo con ternura y caridad: a los niños, los pobres, los enfermos, los pecadores. Da de comer a los que tienen hambre. Perdona a todo el mundo, incluso en la cruz. Muere dando su vida por sus ovejas y se da como alimento diciendo: “Tomad y comed” (Mt 26, 26). Tales son los ejemplos de caridad que nos da Nuestro Señor.

Pediremos a Dios que suscite en nosotros una gran compasión por los pobres y los pecadores, que es el fundamento de la caridad. Sin esta compasión espiritual no haremos nada. Fomentaremos esta divina caridad en nosotros, a fin de poder ir al encuentro de la miseria del prójimo y decir como Jesucristo: “Venid a mí y os aliviaré“. Imitaremos a Nuestro Señor en su bondad para con los niños, llamándoles a él y dándoles particulares muestras de ternura y de cariño. Les serviremos de padre y de madre, ocupándonos de ellos con un cariño sincero para ganar sus almas para Dios.

Cuando se presente la ocasión, sentaremos a nuestra mesa a los padres de nuestros niños, así como a los pobres, sintiéndonos dichosos de servirles y de mostrarles nuestro cariño.

Tendremos presente estas palabras del Maestro: “Misericordia quiero y no sacrificios” (Mt9, 13), y que los corazones se ganan por el amor y no por la rigidez y la severidad.

Socorreremos a todos los que nos lo pidan, aunque no sea más que con una estampa o una buena palabra, recordando las palabras de san Pedro: “No tengo plata ni oro, te doy lo que tengo” (Hch 3, 6). Nunca rehuiremos el prestar un servicio a quienquiera que sea, con alegría y buen humor, considerándonos por caridad como los servidores de todo el mundo. Adoptaremos como divisa de caridad estas palabras de Nuestro Señor: “Tomad y comed”, considerándonos como un pan espiritual que debe alimentar a todo el mundo, por la palabra, el ejemplo y la entrega.

 

Elegir la compañía de los pobres

El padre Chevrier contempla en el Evangelio cómo Jesús “hace de los pobres y los pecadores su compañía predilecta” (VD 395). Quiere tomarle por Maestro de caridad y amor a los pobres. Quiere que cuantos se asocien a su trabajo en El Prado le tomen también por Maestro y sigan su camino:

Elegiremos, como Nuestro Señor, lo más humilde y lo más pobre que haya sobre la tierra.
Pediremos a Nuestro Señor esta humildad de corazón para no hacerlo por obligación, sino por sentirnos atraídos, por amor.
Elegiremos preferentemente la compañía de los pobres y de los pecadores” (vd402).

“Consintamos en pasar la vida con los pobres, en no ocuparnos sino de los pobres. Para hacer el bien a estos niños, hay que estar con ellos, vivir su vida…” (Reglamento de El Prado).

El padre Chevrier vio confirmada por el Papa su vocación de evangelizar a los pobres haciéndose pobre como ellos. Así se lo explicó a los seminaristas de El Prado, estudiantes en Roma, exhortándoles a permanecer hasta el final en esa vocación:

Me alegra saber que habéis tenido la dicha de ver a nuestro Santo Padre, el papa Pío IX, quien os ha bendecido y, en vosotros, ha bendecido a los pobres, los pobres que debéis evangelizar, instruir, y a todos nosotros. ‘Benedictio pauperibus’. Qué bien concuerda la palabra del Vicario de Cristo con la del Maestro: ‘Dichosos los pobres’. Sí, seamos siempre los pobres de Dios, permanezcamos siempre pobres, trabajemos con los pobres. Que el carácter distintivo de nuestra vida sean siempre la pobreza y la sencillez, y tendremos siempre la bendición de Dios y de nuestro Santo Padre. ¡Cuánto bien hace el trabajar con los pobres, con los pequeños! No trabajéis para crecer y subir, trabajad para haceros pequeños y achicaros de modo que os coloquéis a la altura de los pobres, para estar con ellos, vivir con ellos, morir con ellos: y no temamos los reproches que los judíos hacían a Nuestro Señor: “Vuestro Maestro está siempre con los pobres, los publicanos y la gente de mala vida”. Es un reproche que debe enorgullecernos en lugar de avergonzarnos. Nuestro Señor vino a buscar a los pobres. “Me ha enviado a llevar la buena noticia a los pobres”. Aprended, pues, a amar de verdad a los pobres, y que esta bendición de Pío IX, nuestro jefe visible y verdadero representante de Jesucristo, os sea buen augurio y os haga amar a los pobres y permanecer siempre en la santa pobreza (Carta a Jean Broche, 114, [1876]).

 

Servir a los pobres

Jesucristo quiso identificarse con los pobres. Servir a los pobres es servir a Jesucristo. Servir a Jesucristo es reinar.

Amar y servir a los pobres es un honor que nos eleva (P 2, 31).

Incluso cuando llevéis sotana, decía a sus seminaristas, no temáis, por prestar un servicio, ayudar a los obreros, echar una mano, empujar en caso de necesidad la rueda de un carro, incluso en la calle. No temáis perder la dignidad por hacer esto (P 4, 81).

Y decía también a una hermana:

Ame mucho a los pobres, vaya a verlos, coma con ellos y no tema rebajarse; al contrario, uno se eleva. Además, no valemos más que esas gentes (P 2, 50).

Es cierto que no todo el mundo está llamado a compartir la vida de los pobres. El contacto con ellos, sin embargo, siempre puede ser provechoso. El padre Chevrier se lo recuerda con severidad a una dama de la burguesía de Lyon, que le había elegido como director espiritual:

Pensaba que le hacía a usted un gran honor al invitarla a venir a peinar a mis pobres. Nuestro Señor ha dicho que, siempre que se sirve a un pobre, se le sirve a él mismo. Así que usted ha rehusado a Nuestro Señor este pequeño servicio que le pedía y se ha visto privada de una enorme gracia. Yo lo he hecho en su lugar y me ha llenado de gozo el poder llevar a cabo este acto de caridad; en adelante, no cederé mi puesto a nadie, pues el buen Maestro sabe pagar generosamente los servicios que se le prestan. Para participar en esta buena obra, sólo le pediré que la próxima vez que venga me traiga un peine mejor que el mío. Pido a Dios que sea usted algo más generosa en su servicio… (Carta a la Sra. Franchet, 292 [1863]).

 

La grandeza de los pobres

El padre Chevrier jamás consintió que los niños, durante su estancia en El Prado, trabajaran para mantener la casa con sus ganancias. Aceptaba agradecido, sin embargo, las pequeñas aportaciones de la gente sencilla de La Guillotière. Recordaba con emoción cómo Dios se había servido de la generosidad y sabiduría de los pobres para asegurar la subsistencia de El Prado.

Hace ya un año que somos en El Prado entre 35 y 40 personas sin contar con otra ayuda que la de la Providencia. No nos ha faltado. Para alimentarnos, Dios se ha servido de los pobres, el cepillo de la iglesia, las limosnas voluntarias. Cuando hemos estado necesitados, encontramos siempre un generoso desinterés a nuestro alrededor. Una buena señora, obrera, nos envió su peine de plata. Otra obrera nos dio sus cubiertos también de plata. Una trabajadora eventual se desprendió de todo lo que tenía y nos dio, repartido en varias ocasiones, hasta seiscientos francos, que eran toda su fortuna. Una mujer que trabajaba en la seda, feliz de participar en la buena obra, vino un día a decirnos que haría medio metro más de tela cada jornada para nosotros, y no olvidaba su promesa; de vez en cuando se presentaba a traernos mantequilla, pan, ropa que ella nos compraba. Otra mujer hace una colecta entre sus conocidos y, casi cada día, nos trae la pequeña limosna que ha recogido de esa buena gente. Un obrero de Thurins, por agradecimiento y por participar en las obras, nos envía diez francos. Hasta ahora nos han alimentado los pobres y los obreros (Ms X, 257-258).

Hay almas que, como por naturaleza, son sensibles a la verdad y, desde que la ven, la aceptan con alegría y satisfacción; estas almas tienen el espíritu de Dios más que los grandes sabios de la teología que no pueden llegar a ello sino a través de razonamientos y deducciones sin fin.

Dios ha puesto en ciertas almas un sentido espiritual y práctico que supone más sentido común y espíritu de Dios que el que hay en la cabeza de los más grandes sabios. Testigos de ello son algunos buenos campesinos, obreros, mujeres que comprenden en seguida las cosas de Dios y las saben explicar mejor que muchos otros (vd218).

VI. LA MISIÓN

 

Ir a los pobres

 

A la luz del misterio de la Encarnación, el padre Chevrier comprendió que seguir al Verbo de Dios en su descenso entre los hombres, e ir al encuentro de los pobres de este mundo son un solo y mismo camino.

Iré en medio de ellos y viviré su propia vida; esos niños verán más de cerca lo que es el sacerdote, y les daré la fe (Palabras del padre Chevrier, referidas por el padre Pericón).

Jesucristo dio a los discípulos de Juan Bautista esta señal de su medianidad: “los pobres son evangelizados”. Esta misma misión es la que el Señor Resucitado ha confiado a su Iglesia. El padre Chevrier y sus compañeros de la casa de El Prado asumieron esta misión como el ideal que había de configurar sus vidas.

 

Hay que instruir a los ignorantes, evangelizar a los pobres. Es la misión de Nuestro Señor. Es la misión de todo sacerdote, particularmente la nuestra: es nuestra herencia. Ir a los pobres, hablar del Reino de Dios a los obreros, a los humildes, a los pequeños, a los abandonados, a todos los que sufren. ¡Se nos permite ir como Nuestro Señor, como los apóstoles, “a los lugares públicos y a las casas” (Hch 20, 20), a las plazas, las fábricas, las familias, a llevar la fe, predicar el Evangelio, catequizar, dar a conocer a Nuestro Señor! (P4, 161).

Nada desearía tanto como preparar buenos catequistas para la Iglesia y formar una asociación de sacerdotes dedicados a este fin. Esta era la gran misión de Nuestro Señor. “Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres”. (Lc 4, 18). ¡Ojalá podáis entrar en estos pensamientos y llegar también vosotros a ser celosos sacerdotes, dispuestos a ir a cualquier parte a evangelizar a los pobres (Carta a los seminaristas [Maurice Daspres], 130 [1877]).

La gente no viene, hay que salir a buscarla (vd450).

El padre Chevrier decía a las primeras hermanas de El Prado:

No estáis llamadas a permanecer juntas. Seréis separadas, pues os enviaré adonde sea necesario para trabajar en la obra de Dios. No quiero teneros a todas juntas recogidas como a un montón de piedras. Nuestro Señor envió a sus apóstoles y se dispersaron por el mundo. Lo mismo haré yo con vosotras (P3, 107).

Hoy no se trata de acuartelarse en una casa y no ocuparse más que de naderías muchas veces, de tonterías o de chismes. Hoy se necesitan hombres y cristianos de acción que instruyan al pueblo y ejerzan la caridad en el mundo (MsX, 203).

 

Nuestra primera misión es dar a conocer a Jesucristo y a su Padre

Esta afirmación del padre Chevrier no fue una consigna fácil de llevar a cabo. En efecto, muchas actividades sociales de la Iglesia, realizadas por motivos generosos y bien intencionados, tomaban a veces la delantera y reemplazaban de hecho al anuncio de Jesucristo. Un apóstol no puede soportar sin sufrimiento que se contrarresten dos tareas que son complementarias y deben ir unidas.

Cuando el Maestro envía a sus obreros al mundo, no los envía para hacer colectas, pedir, edificar, construir, establecerse en el mundo. Los envía para enseñar, instruir y bautizar. Ése es el gran objetivo… Así, pues, cuando nosotros vamos a cualquier lugar, lo primero que debemos hacer es instruir, dar la catequesis, bautizar, curar, servir a todo el mundo. Ésa es nuestra primera misión.

Si se empieza edificando, reparando, colocando, comprando, pidiendo, haciendo colectas, no se hace la obra de Dios: se hace la obra material. Hay que empezar por la obra espiritual… Hay que dar la máxima importancia a la obra espiritual: instruir, catequizar, es el primer deber que tenemos que cumplir…

Debemos empezar las obras y las parroquias evangelizando, catequizando, rezando, fomentando la vida espiritual, dejando a Dios el cuidado de enviarnos el dinero o las casas. ¿Para qué sirven las casas o el dinero, si no se hace la obra de Dios? Empezad por las almas. ¿Qué pensar de quienes no se preocupan más que de edificar, de embellecer su casa rectoral, su iglesia, y que, para ello, no hacen más que correr tras los alcaldes, los prefectos, los señores, las damas? ¡Lástima! Abandonan las almas para ir detrás de las piedras… No hemos sido enviados a construir, sino a convertir (vd306-307).

Por un alma que hiciera bien la catequesis, que tuviera el verdadero espíritu de pobreza, de humildad y de caridad, por un alma así, ¡yo daría todo El Prado! Para hacer el trabajo material encuentro bastante gente, pero para hacer bien la catequesis, poner la fe y el amor de Nuestro Señor en las almas, hay muy pocos, casi nadie… (P2, 12).

“Dar bien la catequesis es todo” diría el padre Chevrier para subrayar su carácter absoluto. La transmisión de fe no es, en efecto, una tarea menor, que se pueda encomendar a gente desocupada. Para ser buen catequista de los pobres hay que ser sencillos y profundos; hay que tener esa calidad de alma y esa disciplina de trabajo que nacen del amor verdadero.

Lo único que pido a Dios es que me enseñe a hacer bien la catequesis, a instruir bien a los pobres y a los niños. Amigos míos, ¡qué hermoso es saber hablar de Dios! (Carta a sus seminaristas [Jean Broche], 93 [1873]).

Para usted y para todos los de la casa sólo pido a Dios que se sientan espiritualmente atraídos a hacer bien la catequesis, que amen la pobreza y la caridad. Si podemos sentir cada vez más en nosotros esta atracción y crecemos en el amor de Nuestro Señor, lo habremos ganado todo.

¡Qué triste es ver cómo todo este mundo no se ocupa más que de cosas distintas de aquéllas a las que debiéramos estar enteramente consagrados! ¿No estamos aquí para esto y sólo para esto, para conocer a Jesucristo y a su Padre, y para darle a conocer a los demás? ¿No es suficientemente hermoso, y no encontramos en ello ocupación bastante para toda nuestra vida, sin tener que ir a buscar a otra parte algo en qué ocupar nuestro espíritu? En esto consiste también todo mi deseo, en tener hermanos y hermanas catequistas. Yo mismo trabajo en ello, lleno de gozo y alegría. Saber hablar de Dios y darle a conocer a los pobres y a los ignorantes, ésa es nuestra vida y nuestro amor.

Esfuércese, pues, querida hermana, en alcanzar lo que debe ser nuestra meta; lo demás no es nada. Y si consigo que todos ustedes sientan esta atracción, lo habré ganado todo… (Carta a Sor Verónica, 181 [1873]).

Es necesario tener en el corazón el deseo de instruir, de enseñar a los demás lo que uno sabe. Estamos aquí para esto… La catequesis es todo. El objetivo de la obra es dar a conocer a Dios. Quienes no sienten el deseo de instruir y de salvar almas no se encuentran en su vocación (P1,107).

Siga haciendo la catequesis los jueves y los domingos, que ésa es nuestra misión; yo no estaré contento sino cuando vea a todos mis hermanos y hermanas impartir bien la catequesis a todos los niños y a todos los pobres. Habremos cumplido nuestro deber cuando hayamos enseñado a los demás a conocer a Dios y a amarlo. ¡Qué lejos nos encontramos aún de esta hermosa misión que nos ha confiado el Señor y qué mal la cumplimos! Trabajemos, pues, por perfeccionarnos en el arte de enseñar a los otros a conocer y amar a Dios; para esto, esforcémonos, mediante la oración y el estudio en conocerle y amarle nosotros mismos (Carta a Sor Verónica, 188 [1877]).

 

Formar cristianos auténticos

En su tiempo, la formación cristiana se hacía consistir, sobre todo, en aprender de memoria las preguntas y respuestas de un catecismo y en habituarse con disciplina a la práctica de la oración y de los sacramentos. Antonio Chevrier encontró otra pedagogía para transmitir la fe y formar cristianos, inspirada en lo que hacía el propio Jesucristo.

¡Qué triste es ver a niños dos horas al día aprendiendo palabras y aburriéndose de repetir siempre lo mismo, ellos y el catequista! ¡Es un fastidio!

Cuando se instruye a personas mayores o a ignorantes, no se les puede decir: andad, tomad estos catecismos y leed; hay que instruir personalmente, ponerse a la altura de cada uno y de la mayoría e instruir con la palabra…
La finalidad del catecismo es iluminar la inteligencia mediante el conocimiento, tocar el corazón mediante el amor y hacer que la voluntad se decida a actuar.

La fe, el amor y la acción, éstos son los tres efectos que hay que procurar producir: dar la fe por el conocimiento, los razonamientos, la contemplación de las cosas; hacer nacer el amor a la verdad que se enseña y conducir a la realización de acciones en relación con la verdad conocida y amada.

Para llegar a estos tres efectos, hay que utilizar todos los medios posibles y, como dice san Pablo, hay que dar a luz como una madre, hacerse nodriza y padre y dar la propia vida por caridad (vd450-452).

Durante los tres años que pasó Jesucristo con sus apóstoles formándoles en la vida evangélica y apostólica, no vemos que se dedique a darles formas exteriores y regulares, disciplinares; vivían según el tiempo, como podían. Sin embargo, le vemos ocuparse constantemente de la transformación interior de sus apóstoles. Los instruía sin cesar, los reprendía a cada instante, les disponía a todo, los formaba en todo.

Instruir, reprender y poner en acción, inducir a actuar; éste es el gran método para formar a las personas y darles la vida interior. Instruir, reprender y poner en acción, inducir a actuar; esto es la vida, la savia y el medio de comunicarla…
En la fundación de la Iglesia, la mayor obra del Todopoderoso, la más hermosa obra del mundo, Nuestro Señor no emplea ningún medio exterior; toma un hombre al que comunica su vida, su espíritu; él elige doce a los que forma en la vida evangélica, pero no les forma con disciplina militar ni haciéndoles marcar el paso; no edifica ni toca el bombo ni música ni concierto ni teatro; al contrario, les prohíbe emplear cualquier medio exterior, sin dinero ni bella apariencia: “mirad que os mando como corderos en medio de lobos” (Lc 10, 3); “id, enseñad” (Mt 28, 19). Predicar, instruir, curar.. “salía de él una fuerza” (Lc 6, 19). Los medios exteriores no conducen a nada; la cruz, el sufrimiento, la gracia, la paciencia sí (vd222).

 

Ganarse el pan mostrando a Jesucristo al mundo

Hijo de obreros, Antonio Chevrier pasó toda la vida entre trabajadores obligados a una actividad penosa y regular. El sacerdote no tenía por qué gozar de privilegios: su holgazanería y sus costumbres aburguesadas constituían un grave motivo de escándalo para la gente sencilla. Los que se dedican al anuncio del Evangelio se lo tienen que tomar con la seriedad y el rigor de un auténtico trabajo, por el que Dios pagará un salario como sólo él sabe hacerlo.

El sacerdote, con más razón que nadie, debe trabajar toda la jornada. Los albañiles trabajan todo el día, los carpinteros, los ebanistas, los agricultores, los sastres, etc. Todas estas personas trabajan todo el día, e incluso a veces durante la noche, para ganarse la vida y la de sus hijos, y el sacerdote va a tener un destino más llevadero que los demás; él, que tiene un cargo mucho más elevado.

¿No se debe a que el sacerdote no ha trabajado, o a que ha trabajado mal, que el campo del padre de familia esté en tan mal estado, que la ignorancia haya invadido a nuestros pobres obreros y que ellos se subleven hoy contra nosotros? Si hubiéramos trabajado bien y hubiéramos hecho una buena labor, no seríamos ahora tan desdichados ni tan perseguidos. Si el campo está sin cultivar y no produce más que malas hierbas, es porque no lo hemos arado ni sembrado. Hay que esforzarse por predicar, catequizar, noche y día. ¡Ése es nuestro trabajo! (vd191-192).

Los obreros no comen su pan sino después de habérselo ganado… Nosotros, que somos los obreros del buen Dios, no debemos comer nuestro pan sino después de habérnoslo ganado trabajando en las obras de Dios (P 4, 202).

El sacerdote gana su pan mostrando a Jesucristo al mundo (P 1, 174).

La casa de Dios está ardiendo y nos entretenemos en bobadas. Todo el mundo nos está pidiendo pan. Hay motivos para llorar. Como decía el profeta, los hijos han pedido pan y no había nadie para dárselo (P 3, 124).

¡Qué escasos son los buenos obreros y cómo estropeamos así la obra de Dios! Más que hacer, muchas veces deshacemos. ¡Cuánto me hace sufrir mi pereza! ¡Qué pobre soy delante de Dios! Rece por este pobre, que más le valdría quedarse donde está que volver a la obra para no hacer nada (Carta a la Sra. Franchet, 294 [1865]).

¡Trabajemos, trabajemos, hijos míos; descansaremos allá arriba! (P 4, 175).

Más vale vivir diez años menos trabajando por Dios, que vivir diez años más sin hacer nada” (Reglamento de vida para los sacerdotes de El Prado, Ms X, 179).

Me he matado en la obra. También vosotros debéis mataros (P 2, 159).

Lo esencial es acabar la obra de Dios; lo demás no es nada (Carta, 1878).

 

VII. LA POBREZA EVANGÉLICA

 

La pobreza del padre Chevrier

 

Las condiciones materiales de la sala de El Prado habían sido bien soportadas por sus clientes habituales. Otra cosa era alojar allí a los muchachos que habían de hacer la primera comunión. Durante algunos meses el padre Chevrier tuvo que dormir en un rincón de la habitación que hacía de sacristía. Él mismo recordaba luego lo que fue la increíble pobreza, severa pero hermosa, de El Prado en sus comienzos.

El Prado era la sala de baile más antigua de La Guillotière. Llevaba más de veinte años funcionando. En ella podían bailar cómodamente mil personas… Los vecinos habían pedido varias veces a las autoridades la supresión de este baile, a causa del ruido y del desorden que ocasionaba en el barrio, y no lo habían conseguido. Dios quería hacer de él su obra…

 

Hacía más de un año que yo codiciaba este lugar, para hacer de él un lugar de oración y de conversión para los pecadores. ¡Qué temeridad; un local tan grande, un alquiler tan caro: 4 000 francos! Entonces, Dios nos facilitó la realización de nuestros deseos inspirando al sacerdote Rolland la idea de pagarnos el alquiler del primer año. Y el día de Nuestra Señora de Loreto (el 10 de diciembre de 1860) cerró el baile y tomamos posesión de este lugar para establecer en él la obra de las primeras comuniones.

No teníamos otra cosa que compartir sino la pobreza: una gran sala de cincuenta metros de largo, un piso a un metro por debajo del nivel de la calle, un papel pintado extendido a lo largo de toda la sala para tapar el techo, ningún mueble.

Primero había que alojar al Maestro, al buen Dios, y hacerle una habitación bajo este techo de pecado… Todo el mundo estaba tan contento de ver esta transformación que no hubo nadie que no quisiera colaborar. Todo fue arreglado: los vasos sagrados, los manteles del altar, los candelabros, las pilas para el agua bendita, la campana, los ornamentos. Se puede decir que la Providencia lo envió todo y que en menos de dos meses quedó montada y organizada la capilla…

Tomamos como alojamiento lo que quedaba a cada lado. Afortunadamente, habían pasado los fríos. Un suelo desnudo, un techo de papel, unas simples paredes de ladrillos. Nos instalamos en este nuevo establo y, durante seis meses, no tuvimos otro refugio nuestros niños y nosotros mismos.

Hacia el mes de julio, hacíamos una novena a la Santísima Virgen y a san José para pedir alguna mejora en nuestra posición y poder pasar el invierno con menos frío, cuando un día por la mañana, vino a visitarnos un señor. Al ver nuestra ruina, nuestro techo, todo rajado, él mismo envió obreros a reparar la casa. Se levantó el suelo, fue retirado el papel y se hicieron nuevas separaciones para vivir con más higiene. Yo tuve una habitación para mí; hasta entonces había dormido con los niños y luego en la sacristía… (Ms X, 256-257).

Si Dios ha hecho El Prado, ciertamente no ha sido para darme una propiedad de cien mil francos: ¿qué habré de hacer? Todo se lo he dado a Dios y no le he pedido más que la santa pobreza como herencia (Carta a la Sra. Franchet, 295 [1865]).

La contemplación del abajamiento del Hijo de Dios le hacía a Chevrier amar esa pobreza salvadora. No es que no supiera apreciar la belleza del arte o el esplendor de las ceremonias. Es que el camino que él se sentía llamado a recorrer no pasaba por ahí. Así lo muestra esta carta escrita desde Roma en 1859:

A pesar de toda la belleza y esplendor que encuentro en Roma, prefiero todavía nuestra pequeña capilla y mi pequeña celda: ahí se encuentra más fácilmente al buen Jesús y el corazón está más a gusto. Cada vez me convenzo más de que yo no estoy hecho para las grandezas, que nada me conviene más que los pobres y los pequeños y que ahí se encuentra la mayor satisfacción y la alegría más auténtica. Ayer jueves, día de la Epifanía, he asistido al oficio de la capilla Sixtina. Imagínese una grande y vasta nave, toda ella pintada de arriba abajo con magníficos frescos, incluido el techo, representando temas del Nuevo Testamento en los que figuran más de mil personajes de distintos tonos que dan a esta capilla un aspecto que no se encuentra en ninguna parte; tres bancos tapizados en los que se sientan treinta cardenales vestidos de púrpura y armiño, el papa llegando luego con toda su corte de prelados, obispos y arzobispos. Hay que confesar que todo esto es imponente y que en ningún otro sitio reviste la religión tanta grandiosidad y esplendor. Sin embargo, yo habría preferido ver el Pesebre del buen Jesús y ser pastor para tener la alegría de estar en el establo del Salvador (Carta a Paul du Bourg, 15).

La llamada a ser pobre la había escuchado Antonio Chevrier una noche de Navidad. En 1856, rezando ante el Pesebre del Niño Jesús, se sintió irresistiblemente atraído hacia ese camino de pobreza.

El Pesebre. Ése es el comienzo de toda obra de Dios (Carta al sacerdote Gourdon, 52 [1865]).

La pobreza es el primer ejemplo que nos da Jesucristo al entrar al mundo (vd407).

 

La pobreza del Maestro

El padre Chevrier siempre tenía presente su modelo: Jesucristo pobre en su nacimiento, en su vida y en su muerte. Quería que cuantos trabajaban con él en la evangelización de los pobres, imitaran también la pobreza de Jesucristo. Para ellos y para sí mismo hace hablar así al Maestro:

“Lo que os pido, lo he practicado yo mismo, igual que mis apóstoles.
Os he dado ejemplo para que, como he hecho yo, hagáis también vosotros.
Seguidme.
He querido ser pobre.
He elegido unos padres pobres.
He nacido como un pobre.
La pobreza ha sido mi signo distintivo.
Me he puesto en la categoría de los pobres.
He vivido como un pobre.
He trabajado como un pobre.
He sufrido como un pobre.
No poseía nada, he estado sin techo como un pobre.
Me he conducido como un pobre.
Me he humillado como un pobre.
He tenido hambre como un pobre.
He tenido sed como un pobre.
He estado desnudo como un pobre.
He sido abandonado como un pobre.
He muerto como un pobre.
Y todo esto porque he querido, por obediencia a mi Padre y por amor a vosotros” (Ms XII, 239).

La pobreza en sí misma no es buena, pero ¿si alguien se empobrece por amor? Nuestro Señor, siendo rico, quiso hacerse pobre para enriquecernos con su pobreza. No han faltado a lo largo de la historia quienes, subyugados por Jesucristo, han querido seguir ese mismo camino. Antonio Chevrier se fijó especialmente en Francisco de Asís. Rezaba así:

Si nacéis así pobre, oh Jesús, es para enseñarme que el primer paso en la vida perfecta es la pobreza. Abrazo esta hermosa virtud de la pobreza, pues, con alegría y amor, y quiero hacer de ella mi virtud favorita y querida; será la primera de mis virtudes, puesto que a través de ella venís a mí, a través de ella quiero ir yo a vos (P 3, 146).

¡Oh pobreza, qué hermosa eres! Jesucristo, mi Maestro, te ha encontrado tan bella que te ha desposado al bajar del cielo, ha hecho de ti la compañera de su vida y ha querido morir contigo en la cruz. Concédeme, Maestro mío, esta hermosa pobreza. Que la tome con alegría, que la abrace con amor, para hacer de ella la compañera de toda mi vida y morir con ella sobre un trozo de madera, como mi Maestro (vd323).

 

La pobreza de los pobres

Jesús quiso nacer, vivir y morir como los pobres. Para imitarle, también Antonio Chevrier quiso fijarse en la vida de los pobres a los que fue enviado. De ellos aprendió las formas concretas de la pobreza que son requisitos para quienes están llamados a anunciar el Evangelio.

Muchas veces los pobres no tienen más mesa que sus rodillas ni más silla que un banco o una piedra. Como instrumental no tienen sino una escudilla de barro o de madera, y para apoyar su espalda fatigada por el trabajo no tienen más que la pared. ¿Y qué hay en su mesa? Unas patatas cocidas, queso, unas legumbres, algunas veces carne. ¡Si pudiéramos hacer como ellos y comer a lo pobre!
¿Acaso Nuestro Señor no comía a lo pobre muchas veces y casi siempre, cuando estaba sentado junto al pozo de Jacob y sus apóstoles le decían que comiera? ¿No comía a lo pobre cuando buscaba higos en una higuera para alimentarse, porque tenía hambre?

Contentémonos con poco, tomemos lo que sea realmente necesario, pero evitemos esos aparatos, esas ceremonias que acostumbran los ricos y burgueses, comamos como caminantes y pobres… No hay que separarse de los pobres, ni siquiera en la comida, y no darles ocasión para decir: está bastante mejor tratado que nosotros. ¿Para qué sirve hacerse pobre, si no se vive como los pobres? (vd187-188).

Los pobres no tienen criada, hacen su trabajo. Nosotros debemos ser, cuando sea necesario, albañiles, yeseros, carpinteros, lavaplatos, remendones, etc. San Pablo trabajaba con sus manos para subvenir a sus necesidades e incluso a las de los demás (P 1, 208).

Procuraremos que nuestra habitación se aproxime todo lo posible a la de los pobres (vd291).

Cuando no tengamos vivienda propia, sino una prestada, y nos echen de ella y nos veamos obligados a mudarnos como los pobres, entonces tendremos la verdadera pobreza (vd520).

Seamos verdaderamente pobres y acerquémonos lo más posible a los pobres (vd522).

El discípulo no es más que el Maestro. ¿Qué derecho tengo yo de ser mejor tratado, mejor alojado, mejor alimentado que Jesucristo, que los apóstoles, que los mismos pobres? ¿No nos da vergüenza un pobre que trabaja? ¡Nosotros comiendo buenas tajadas y los demás sólo pan negro! ¿Qué derecho tenéis? Los otros trabajarán fatigosamente todo el día, y vosotros sin hacer nada. ¿Qué derecho tenéis delante de Dios? (vd296).

Hay que tener presente que la pobreza voluntaria y buscada no tiene el mismo valor que la pobreza efectiva del mundo de los pobres de la tierra, de las madres de familia, de los obreros sin trabajo, de los pobres sin comida y sin vivienda, y que un pobre voluntario religioso nunca sufrirá como los pobres del mundo. Por eso, san Francisco, que amaba verdaderamente la pobreza, envidiaba la suerte de los pobres y se esforzaba por parecerse a ellos (vd524).

 

Los bienes y el dinero

El padre Chevrier se preocupaba por aspectos muy concretos de la formación de quienes se incorporaban a su familia espiritual. En El Verdadero Discípulo escribió:

Nuestro Señor expresa muy bien en dos palabras cómo debemos conducirnos  respecto a las cosas de la tierra, cuando, hablando de las relaciones de bienes que él tiene con su Padre, de esta comunidad que existe entre su Padre y él, dice: “Todo lo mío es tuyo y lo tuyo, mío” (Jn. 17, 10).
Para entrar en esta disposición de espíritu, debemos considerar todas las cosas como pertenecientes a Dios y a los pobres; ante Dios no somos dueños ni propietarios de nada, no somos más que administradores de Dios y distribuidores de los pobres.

Podemos utilizar esos bienes según nuestra necesidad, pero debemos estar dispuestos a darlos a cualquiera que los necesite.

Esta primera disposición de alma destruye en nosotros ese espíritu de propiedad tan contrario a la caridad, a la pobreza, al desprendimiento y al sacrificio.

Nada hay, en efecto, más chocante en una casa de hermanos en Jesucristo y de verdaderos pobres que oír a cada paso: “esto es mío, es mi habitación, es mi cama, es mi reloj, es mi mesa, es mío, no quiero que lo toquéis”.

Por el contrario, el que entra en este espíritu de Jesucristo, no se apega a nada, ni a sus bienes, ni a su vivienda, ni a sus muebles, ni a su ropa, ni a su dinero, ni a sus ahorros, ni a ninguna de estas cosas terrestres a las que el mundo tanto se apega. Su divisa es ésta: todo lo mío es vuestro. Si viene uno que es pobre y tiene necesidad de cualquier cosa, le dice: ahí tienes, mi habitación, mi cama, mi ropa, mis ahorros; todo lo mío es tuyo.

¡Qué hermoso es cuando un hombre no está apegado a nada y dice a los pobres de Dios: todo lo mío es vuestro, y se despoja así hasta hacerse tan pobre como los más pobres! Así hacían los santos, que no podían soportar ver a nadie más pobre que ellos y lo daban todo hasta no tener ya más que dar, y entonces se daban ellos mismos (vd288).

La verdadera pobreza y el espíritu de pobreza se encierran en esta frase: tener lo necesario y saber conformarse. A la pobreza se falta por no saber conformarse con lo necesario. Se empieza bien con la pobreza, pero poco a poco a uno le va pareciendo que esto no es lo bastante cómodo, no es suficiente, no es bastante sólido o bastante limpio, que no dura mucho, y otras mil razones engañosas. Y entonces se añade, se cambia, se embellece, parece que esto es más conveniente, que aquello dura más y poco a poco termina uno teniendo una habitación más cómoda, a gusto, en la que no falta nada; una mesa confortable en la que se encuentra más de lo necesario; la ropa conveniente, que dura más, es más sólida y se ajusta a los gustos del mundo. Poco a poco, se llega a hacer como el mundo y a perder el espíritu de pobreza…

Quien tiene el espíritu de pobreza, siempre tiene demasiado, tiende siempre a recortar; quien tiene el espíritu del mundo, nunca tiene suficiente, jamás está contento, siempre necesita algo más. El verdadero pobre de Jesucristo siempre va recortando, disminuyendo. El que tiene el espíritu del mundo siempre va creciendo, aumentando.

El que tiene el espíritu de pobreza se dice a sí mismo: aún tengo más de lo que necesito; ¡hay tantos pobres que no tienen lo que yo, tantos pobres que sufren y carecen de lo necesario! Y yo ¿qué derecho tengo a estar mejor alojado, mejor alimentado, mejor vestido que los pobres de Dios?
Donde no hay por qué sufrir, no hay verdadera pobreza (vd295).

Cuando Jesús envía a sus apóstoles en misión, les dice: “No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni túnica de repuesto, ni sandalias, ni bastón” (Mt 10, 9-10). “No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto” (Lc 9, 3; 10, 4). Con estas palabras quiere Nuestro Señor desterrar de nuestra alma toda preocupación por el futuro. Somos sus obreros, sus servidores: él cuidará de nosotros. El obrero es digno de su salario (vd318).

Así pues, si somos verdaderamente los obreros de Dios, tendremos nuestro salario, Dios nos lo enviará. ¿No es nuestra casa una prueba de esta gran verdad? ¿Dónde están nuestros recursos? ¿Dónde están nuestros ingresos? Y sin embargo, Dios alimenta cada día a casi doscientas personas. ¿No es eso una prueba evidente de la Providencia de Dios sobre nosotros, y de que, si seguimos viviendo como hemos empezado, tendremos siempre el apoyo de Dios y su socorro? (vd321).
“Cuando os envié sin bolsa ni alforja, ni sandalias, ¿os faltó algo? Contestaron: Nada” (Lc 22, 35). Dios envía a sus apóstoles en la pobreza y les da lo necesario, pero ellos no se ocupan de edificar, de negocios temporales. Dios promete el ciento por uno en este mundo, cuando se trabaja por él y se hace realmente la obra de Dios (vd322).

El padre Chevrier decía:
Nuestra vocación es la pobreza y el servicio a los pobres. Nuestro Prado durará mientras conserve su espíritu de simplicidad y de pobreza, pero ¡ay de él!, si llegara a apartarse de ese espíritu: la caridad no subsistiría mucho tiempo (P 1, 220).

 

Los frutos de la pobreza

La pobreza nos mantiene en la humildad, la dulzura, la confianza, la oración, ante Dios y ante los hombres (vd521).

Cuando se tiene la pobreza ante los ojos con su incomodidad y sus privaciones, puede uno imitar más fácilmente a Nuestro Señor y besar esas toscas paredes y esas baldosas hundidas que nos representan el establo de Belén. Ahí sólo amamos a Jesús, porque sólo él se presenta ante nuestras miradas y no hay nada que pueda distraernos. ¡Sí, qué amable es la pobreza! Y cuanto más se parezca una casa al establo, mejor se encuentra uno en ella. El amor hace amarlo todo. Si los hombres conocieran este tesoro, no se tomarían tanto trabajo en acomodarse, colocarse y arreglarse… (Carta a la Sra. Franchet, 310 [1869]).

Cuanto más pobre se es de las cosas de la tierra, más se posee a Jesucristo (P 3, 147).

En la pobreza encuentra el sacerdote su fuerza, su poder y su libertad (vd519).

¡Qué libertad, qué poder da al sacerdote esta santa y hermosa pobreza de Jesucristo!
¡Qué ejemplo para el mundo, este mundo que no trabaja sino por el dinero, que no piensa sino en el dinero, que no vive más que para el dinero! […] ¡Qué hermoso! ¡Qué grande! ¡Qué admirable es este hombre! (vd322).

 

“¡Cuánta necesidad tiene Dios de sacerdotes pobres!”

El padre Chevrier era muy sensible a la falta de pobreza en la Iglesia. La gracia de Navidad le hizo comprender que la pobreza evangélica no es pura disciplina espartana: en ella se juega la eficacia apostólica. Veía con claridad que las riquezas, y más aún el enriquecimiento personal, eran un obstáculo para que mucha gente sencilla reconociera las señales de Jesucristo en la vida de la Iglesia. Lo denuncia con realismo.

¿No es vergonzoso ver a sacerdotes enriquecerse, comprar tierras y casas con dinero de la Iglesia, y sacerdotes que, en el mundo, habrían sido obreros, que apenas se habrían apañado para vivir en el mundo, sacerdotes que lo son gracias a la Iglesia y a las limosnas y que se enriquecen? ¿Es que uno se hace sacerdote para enriquecerse? ¡Qué desgracia para la Iglesia! (vd522).

Evitaremos colocar en nuestras iglesias y sacristías esos carteles, esas tarifas que fijan el precio de las cosas santas, de los entierros y de las sillas. Los fieles que tienen fe comprenden este deber para con el sacerdote y dan fácilmente a los sacerdotes que han realizado una función santa. Pero, qué queréis pedir a unos impíos, que desprecian ya al sacerdote, que miran al sacerdote como un avaro y un hombre de buen comer; a gente que no viene a la iglesia más que tres o cuatro veces en su vida: a las bodas, los bautizos y los entierros, y que cada vez que viene a la iglesia oye del sacerdote o del sacristán estas palabras: “Debe usted tanto”, y esto con autoridad y exigencia.

Estos modos de actuar no hacen sino apartar a la gente de la Iglesia, y se va de ella maldiciendo, criticando la religión y diciendo que la religión es una religión de dinero. La verdad es que muy poca gente da de buena gana su dinero a los sacerdotes y ordinariamente se van diciendo palabras injuriosas… ¿No parece un comercio cuando se dice: “Usted me debe tanto”? Y cuando los fieles os preguntan: “¿Cuánto es? ¿Cuánto es por la misa”? (vd315).

Cuando uno entra en una casa religiosa y ve lujo en ella, eso duele (P 2, 51).

La mirada de Antonio Chevrier sobre las revoluciones es extrañamente positiva.

¿No pasa con frecuencia que Dios envía revoluciones y hace que los mismos fieles nos despojen de todo lo que poseemos para castigar nuestra avaricia y nuestro apego a los bienes de la tierra? Eso es lo primero que hacen los revolucionarios: despojarnos, hacernos pobres. ¿No se podría decir que Dios quiere castigarnos por nuestro apego a los bienes de la tierra y forzarnos así a practicar la pobreza, puesto que no queremos practicarla voluntariamente?

Y a veces es una suerte que ocurra esto, porque, si no, nos adormeceríamos en las riquezas y el bienestar y dejaríamos de preocuparnos de las cosas de Dios. Cuando Dios dice: “¡ay de los ricos!”, lo dice aún más por sus ministros que por los demás, porque, si alguien debe practicar la pobreza, ésos son sobre todo los sacerdotes, sus servidores (vd316).

Nuestro puesto en el corazón de los pueblos volveremos a encontrarlo por el desprendimiento y la pobreza. Cuanto más pobres y desinteresados seamos, menos exigentes seremos, más amigos del pueblo, y nos será más fácil el bien (vd316).

Cuánta necesidad tiene Dios de buenos sacerdotes pobres. Es lo que sueño y deseo ardientemente desde hace más de diez años, que haya buenos sacerdotes en las parroquias, todo consiste en eso… (Carta al sacerdote Gourdon, 53 [1865]).

¿Pues por qué no habíamos de ver hoy hombres desprendidos como san Pablo, animados de su celo por las almas, hasta el punto de ceder su derecho a favor de los pobres pecadores, para traerlos a la Iglesia y devolverles la fe y la estima del sacerdote, el amor a Jesucristo? (vd316).

Hoy más que nunca hay que ser pobre para luchar contra el mundo, el lujo y el bienestar que crece prodigiosamente por todas partes… Si el sacerdote hace como todo el mundo, ¿cómo podría conducir e instruir? (vd519).

 

VIII. SUFRIMIENTO Y DESPOJAMIENTO

 

La cruz del Salvador

 

Antonio Chevrier nunca se avergonzó de la cruz de Cristo. Configurado con Cristo en los misterios de su pasión, el discípulo aprende sufriendo a obedecer y a ofrecer su vida por sus hermanos. Ante esta fidelidad radical, el Padre encuentra el camino libre para dar la Vida al mundo.

Voy a aprovechar este tiempo para estudiar un poco la pasión de Nuestro Señor. No será tiempo perdido. En esta pasión del Salvador hay cosas tan hermosas… (Carta a la Sra. Franchet).

El Crucifijo, el Calvario, es el segundo estado en que se nos muestra Nuestro Señor como modelo… (vd480).

En su Pasión es donde ha sido Nuestro Señor el más hermoso y el más perfecto (P 2, 145).

Jesucristo ha cumplido su misión de Salvador del modo más perfecto ante su Padre y ante nosotros. ¡Con qué generosidad se ofrece a su Padre. Con qué sumisión acepta los rigores de su justicia! ¡Con qué calma habla de su muerte y se la anuncia a sus discípulos! ¡Con qué ardor incluso la desea! Llegado el momento, ¡con qué valor se presenta ante sus enemigos! ¡Con qué dignidad les habla! ¡Con qué bondad los trata!  ¡Con qué dulzura se entrega a ellos y se deja conducir adonde ellos quieren! ¡Con qué majestad habla a sus jueces! ¡Con qué paciencia sufre! ¡Qué silencio en todas las acusaciones! ¡Con qué humildad recibe las afrentas y las injurias! ¡Con qué bondad perdona! ¡Con qué perfección obedece! ¡Con qué amor sufre! ¡Con qué poder muere!

 

Todo esto, voluntariamente, por amor a su Padre y a nosotros. Es el gran mártir del amor y de la obediencia (Ms VI, 434).

A los hombres se los conoce en el sufrimiento; el carácter tan elevado y tan hermoso de Cristo lo podemos conocer en su pasión. No se ve en él ni acritud, ni miedo, ni turbación, ni venganza, ni desprecio, ni temor, ni debilidad, ni quejas, ni defensa, ni palabra alguna contra sus acusadores, ni disputas, ni gritos… (Ms VI, 414).

Hace días que estoy leyendo la Pasión en el Evangelio. He recorrido con atención todo el relato evangélico por ver si encontraba en él una palabra de reprobación, de reproche, dirigida a los perseguidores, a los jueces, a los verdugos de Jesús: ni una, ni la sombra de la más leve crítica. Bien hubiera podido decir el evangelista: el débil Pilato, los verdugos le trataron con crueldad; no, nada, ni una palabra que revele reproche, amargura, condena hacia los que le hacen sufrir. Sólo el Espíritu Santo puede actuar así y contenerse haciendo semejante relato. ¡Cuánto nos estimula esto a la muerte a nosotros mismos, muerte al cuerpo, muerte al espíritu, muerte a este corazón, muerte a todo lo que somos para ser instrumentos dóciles y manejables en sus manos (Carta a una señora desconocida).

 

La cruz del discípulo

La solidaridad del discípulo con los pobres ha de ser real y concreta; es decir, ha de compartir voluntariamente los sufrimientos injustamente impuestos a los pobres. Pero esta solidaridad hasta el sufrimiento y la sangre no sería por sí misma redentora, si no fuera, como la de Cristo, la expresión del “amor más grande”, la de aquél que da su vida por sus amigos (Jn 15, 13).
Su comentario de Lc 9, 23 (“El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”) retrata la propia experiencia de Antonio Chevrier.

Cuando uno se hace sacerdote o religioso, discípulo de Jesucristo, no es para divertirse, vivir a lo burgués, labrarse una posición, ahorrar dinero, llevar una vida cómoda, deleitarse más que en el mundo. No; es para tomar la cruz, para sufrir, trabajar, para seguir a Jesucristo: Jesucristo flagelado, perseguido, pobre, coronado de espinas…
Tomar la cruz es, pues, tomar la vida evangélica tal como Nuestro Señor nos la da, aceptar los sufrimientos que van unidos a esta vida de pobreza, de renuncia, de sacrificio, de abnegación. Si no se acepta esto, no se puede ser su discípulo (vd330-331).

Es necesario llevar la cruz. No se trata solamente de tomarla. Se puede tomar una cosa sin cargar con ella. Se puede tomar una cosa y no utilizarla. Pero Nuestro Señor pone bien los puntos sobre las íes. “Quien no cargue con su cruz, no puede ser mi discípulo”. No sólo hay que aceptarla, sino llevarla. Muchos aceptan, toman la cruz y no cargan con ella.
Llevar la cruz es soportar realmente los sufrimientos de la cruz. Hay quienes toman la cruz y la rechazan cuando hace un poco de daño. No es eso. Hay que llevarla.

Es decir, hay que cargar con los inconvenientes de la vida apostólica. Hay que llevar los sufrimientos que son las consecuencias de la pobreza, de la renuncia a las criaturas, a sí mismo; del odio y del desprecio del mundo. Consecuencia de un reglamento de vida más serio, de una vida de desprendimiento, de renuncia y de sacrificio…
Jesucristo nos ha salvado llevando su cruz y ha entrado así en la gloria… Así que hay que cargar con la cruz y llevarla con alegría y amor, pensando que por la cruz glorificamos a Dios y ganamos almas…

Nuestro Señor añade por último: “Que cargue con su cruz cada día”.

Cómo piensa en todo; qué bien determina nuestros deberes.

Debemos llevar nuestra cruz cada día; todos los días hay que empezar de nuevo. Cuando se la deja por la noche, hay que tomarla otra vez por la mañana y llevarla como la víspera y mejor que la víspera. Cada día, sin cansarse, con perseverancia; si se la deja caer, hay que tomarla de nuevo hasta el final. No hay que desanimarse en el camino de la cruz.
Siempre hay por qué sufrir, hasta la muerte, y habrá que morir en la cruz, dejarse clavar en la cruz como Nuestro Señor; caer algunas veces, pero levantarse mediante la oración y continuar la marcha. Es necesario perseverar.
Nuestro Señor nos dice estas palabras porque la pobre naturaleza se rebela a veces y se cansa y quiere dejar la cruz. Pero no. Una vez que se ha empezado, hay que perseverar y llevar la cruz todos los días.

Todos los días hacer la catequesis, todos los días soportar al prójimo, al mundo, resistir al cansancio de la naturaleza con la gracia de Dios…

“Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6, 14).
“Yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús” (Gal 6, 17).
La cruz es el amor de los santos (vd331-333).

 

“Vuestro hermano desamparado en su cruz…”

En la primavera de 1878, el sufrimiento del padre Chevrier tocó fondo. Enfermo, a un año de su muerte, ya sentía que le faltaban las fuerzas. Además, el padre Jaricot, su compañero de trabajo e ilusiones desde hacía nueve años, le había anunciado que dejaría El Prado para ir a la Trapa. Los cuatro primeros y únicos sacerdotes salidos de El Prado y ordenados en Roma el año anterior —toda la esperanza en un futuro— se asustaron y hablaron de irse. El 5 de abril de 1878 Chevrier escribió a Jaricot la carta siguiente:

¡Admirables efectos produce tu ejemplo!
Duret lleva algunos días diciendo que no es capaz de hacer la catequesis, que debe buscar su salvación por encima de todo, que ningún hombre es indispensable en una obra tan hermosa, que Dios se encargará de sustituirle, que Dios no me abandonará; que siente la necesidad de retirarse y trabajar, que debe ir a la Gran Cartuja; que hubiera hecho mejor quedándose como hermano y entregándose a la obra sin asumir la responsabilidad de sacerdote, que esta responsabilidad le da miedo del juicio de Dios; que cuando haya pasado unos años en la Gran Cartuja, volverá más fuerte y más seguro de su vocación; que la vocación de El Prado, sin embargo, es bien hermosa y que él no elegirá otra, pero que debe irse. No sé si, después de esta serie, no se irá.

Farissier desea ser misionero y, de vez en cuando, hace saber su intención de ir a China.
Broche prefiere Limonest a El Prado y creo que se quedará con Jaillet.

Delorme no anda bien de salud y no podrá arreglarse solo, a pesar de su coraje; necesitará pasar algunos meses en el campo, y la marcha de sus compañeros no le va a animar nada. Si las cosas son así, pediré a los latinistas que vayan al seminario y no podré recibir a más niños para la primera comunión. No me veo con salud ni con ánimos para hacer lo mismo que hace años. Dios me había dado ayudas, buenos coadjutores; él me los retira: ¡bendito sea su santo nombre! Dios me está demostrando palpablemente que no necesita a nadie para hacer su obra. Dices que Dios no necesita a nadie, que actuará muy bien sin nosotros, y es evidente; creo que, después de nosotros, Dios enviará a quien lo haga mejor; es mi único consuelo y mi única esperanza, pues en todo caso me daría una cierta pena ver El Prado desierto y sin niños cuando, durante dieciocho años ha sido lugar de tantos sudores,  trabajos y conversiones.

Marchad todos a rezar y a hacer penitencia en el claustro. Lamento no poder ir también yo, pues tengo bastante más necesidad que vosotros, siendo más mayor y teniendo, por tanto, muchos más pecados. Pero, si no voy con vosotros, quizá vaya a Saint-Fons, y tendré el consuelo de haber hecho trapenses y cartujos y misioneros, ya que no he conseguido hacer catequistas, aunque me parece que hoy es ésta la necesidad del momento y de la Iglesia.

Mi querido amigo, reza a Dios por nosotros y sobre todo por mí, que pensaba haber hecho algo, una obra, y veo que no he hecho nada. Ojalá me instruya esta humillación y expíe todos mis pecados de orgullo y otros de mi vida.
Vuestro hermano en Jesucristo desamparado en su cruz.

 

“Dejar hacer a Dios…”

“Dejar hacer a Dios” se traduce frecuentemente en sufrimientos concretos, en ver morir uno tras otro los proyectos, las expectativas, descubriendo al tiempo nuestros límites y nuestra propia debilidad. Dejar que Cristo te vaya despojando, muriendo con él con tal de vivir su misma vida, para así resucitar con él.

El padre Chevrier acompañaba en sus momentos de prueba a cuantos buscaban en él un apoyo para ser fieles a Jesucristo hasta el don total de sí mismos.

Un día se quejaba a Jesús santa Catalina por la cruz tan pesada que le hacía llevar y Nuestro Señor le respondió: “Cómo me gusta verte bajo el peso de la cruz; en un momento de sufrimiento conmigo me glorificas más que en muchos años de alegría y de consuelo”.

Querida hija, en estos días de tribulación y de prueba es usted mil veces más agradable a Jesús de lo que lo ha sido en todos sus momentos de alegría y dicha en otro tiempo. Consuélese, Jesús está cumpliendo los deseos de usted, que había deseado pertenecerle completamente; él mismo se encarga de realizar esos deseos suyos. La pobre naturaleza se rebela, es cierto; es tan duro abandonarse enteramente, pero es necesario, y usted no le pertenecerá jamás mientras no esté usted desprendida de todo en la tierra.

Usted sabe bien cuánto le influye lo natural; pues bien, para destruirlo, se requiere tiempo, se requieren golpes de martillo; déjeselos dar a Jesús, él se encarga de todo. Vea qué bien ha empezado y qué buen obrero es. Déjele hacer, tallará bien y le quitará a usted todo lo que le sobra. Acéptelo todo con sumisión; sus sufrimientos me dan pena, pero no puedo por menos que dar gracias a Dios por lo bien que está haciendo su obra y le pido que le conceda la gracia de comprender y de no oponerse a la obra de Dios en usted (Carta a la Sra. Franchet, 297, [1866]).

Sepa sacar provecho de sus sufrimientos, que son el tesoro del Maestro; él la pone a usted en la cruz para configurarla según su imagen; le hace sufrir para hacer de usted una piedra que, como dice san Pedro, debe entrar en la estructura de su edificio espiritual y celeste. Déjese, pues, tallar bien; había mucho que quitar en esta piedra y usted no se daba cuenta, aunque era cierto. En el sufrimiento practica usted la humildad, la paciencia, la caridad, la sumisión a Dios, y todo esto purifica, limpia y perfecciona. ¡Ánimo! Deje actuar al buen obrero del cielo; él sabe bien dónde tiene que dar golpes y acierta con el trozo justo que hay que desprender. Usted sabe bien que algunas piedras deben ser talladas más que otras; usted es una de esas piedras, acéptelo y deje hacer (Carta a la Srta. De Marguerie, 433 [1875]).

La purificación de su alma está en la aceptación de todas las penalidades, arideces o privaciones que le sobrevienen… Rezo por usted y pido que su alma se vaya liberando cada vez más a fin de convertirse en oro puro, digno de ser ofrecido a Dios. Dios mismo es quien la ha puesto a usted en el fuego para purificarla; él es más experto que nosotros, dejémosle hacer, todo es para gloria suya; no falle usted a su gracia y a sus buenas inspiraciones, que no carecerá usted de ellas (Carta a la Sra. Franchet).

 

Sufrimiento y perfección

Los textos que a continuación se presentan desvelan a qué sorprendente perfección puede conducir el camino del discípulo que sigue el “Mural de Saint-Fons”.

Miércoles… Siento una necesidad inmensa de gracia y de luz, de expiación…
Para merecer la gracia, la luz, el perdón, Jesucristo se abajó, se hizo pobre, sufrió. Yo debo hacer otro tanto.
Cuanto mayor es el despojamiento exterior e interior en un alma, más abunda la gracia, la luz y el espíritu de Dios en esa alma. ¿Qué haré?

El conformarse exteriormente a Nuestro Señor es un medio de llegar a la conformidad interior…
Jesús ha engendrado su Iglesia por la pobreza, la humildad, la muerte; así engendraremos también nosotros (Ms X, 29).

Hay que ser muy humilde, muy desprendido, despojado de todo como un pobre mendigo. ¿Cuándo llegaré a ser lo bastante despreciable a mis ojos y a los de todo el mundo, para que la luz de Dios me ilumine y me conduzca? (Carta a la Sra. Franchet).

Los hombres auténticos se forman con los sufrimientos y las humillaciones. Un hombre que no ha sufrido nada y no ha aguantado nada, no sabe nada ni sirve para nada (Carta a un seminarista [Maurice Daspres], 130, [1877]).

El sufrimiento es la característica de un verdadero apóstol de Jesucristo… Es el gran signo del amor auténtico. Es el sello de las almas grandes (vd486).

Toda obra de Dios debe llevar primeramente el sello de la pobreza y del sufrimiento… Ni las tierras ni las casas, ni el oro ni la plata hacen las obras de Dios, sino los hombres, hombres generosos, entregados, que saben sufrir, animados por el Espíritu de Dios.

Lo que se necesita para hacer las obras es lo siguiente: dadme un alma que sea generosa, entregada, que sepa sufrir y valdrá más que un millón; cuando, a su lado, se halle otra con el mismo deseo y encaminada al mismo fin, la obra habrá quedado fundada (vd308).

Las tribulaciones y las cruces son los medios más rápidos, más seguros, para hacernos llegar a la perfección de la caridad (Carta a la Sra. Franchet, 201 [1863]).

Antes de ser un pan de vida, hay que pasar por el Pesebre y el Calvario. Igual que el trigo: hay que trillarlo, aventarlo, molerlo, separar el salvado; pierde su forma, luego ya puede convertirse en pan útil para nuestros cuerpos… Si se comiera el trigo con su espiga, haría daño; con el salvado, no sería comestible. Cuando ha sido molido, entonces se convierte en alimento. Con nosotros sucede lo mismo; no podemos ser útiles al prójimo para el alma y el cuerpo mientras no pasemos por la muerte (Notas de retiro [1866], Ms X, 24).

Hemos de hacer de nuestro cuerpo una hostia viva, llevar la muerte de Jesucristo en nuestro cuerpo de modo que la vida de Jesucristo aparezca en él.

Nos convertiremos en hostias vivas dejándonos consumir para Dios como una víctima que se inmola cada día para él, como un cirio que va siendo consumido por el fuego, como el incienso que se quema y se consume expandiendo ante Dios un buen olor.

Todo en nosotros debe esparcir este buen olor de Jesucristo… De la misma manera que, cuando se abre un tarro de perfume, sale del tarro el buen olor, así nosotros cuando hablemos o actuemos, debe salir de nosotros el buen olor de Jesucristo, es decir, su fe, su amor, su dulzura, su humildad, su caridad (vd197-198).

Sólo las almas despojadas pueden hacer el bien a los demás. Si uno no está despojado de sí mismo, no puede tener el verdadero celo, la verdadera caridad, el auténtico espíritu de sacrificio (P 3, 143).

La sabiduría está en el despojamiento completo de sí mismo, de toda criatura y de todas las cosas terrestres. Cuando se ha adquirido este completo despojamiento, entonces puede uno elevarse con Jesucristo a las regiones superiores de su amor; entonces no se tiene ya nada de sí mismo, nada terrenal; entonces nada entristece, nada abate, nada turba, porque todo lo terrenal está aniquilado y se vive con Jesucristo; entonces se le sigue a todas partes, a todas las regiones superiores de la caridad, del celo, del sufrimiento y de la muerte. Qué hermoso es un hombre, un sacerdote que ha tomado este camino, y, cuando persevera en él con Jesucristo, cuántas cosas puede hacer… (Carta a la Srta. De Marguerie, 440 [1876]).

 

IX. EL ESPÍRITU DE DIOS

 

El Espíritu de Dios lo tienen pocos

 

El ideal que se despliega ante los que Dios llama a la santidad es tan alto, y la respuesta es con frecuencia tan pobre… El padre Chevrier sufría al ver su propia respuesta y la de tantos sacerdotes y cristianos.

Veo el bien que debería hacer y que no hago; me doy cuenta de que tendría que ser fuerte para agradar al Salvador y cumplir con más fruto este gran ministerio, y no hago nada; no tengo el arrojo suficiente para ser un insensato a causa de Jesús nuestro Salvador. En la plegaria, en la oración, ante la santa Eucaristía, cuántas cosas no desearía hacer uno, y luego, cuando se  está en la acción, ¡cuántas cobardías y miserias! Rece usted por este pobre capellán (Carta a Camille Rambaud, 2º [1859]).

El sacerdote es otro Jesucristo: ¡qué hermoso! Rece usted para que yo llegue a serlo verdaderamente. Me doy cuenta de que estoy tan alejado de este hermoso modelo, que a veces me desanimo, tan alejado de su pobreza, tan alejado de su muerte, tan alejado de su caridad… (Carta al sacerdote Gourdon, 52 [1865]).

 

Hay que reconocer que están ustedes bastante lejos de poseer ese Espíritu de Dios que les es tan necesario para ser verdaderas hijas de Jesucristo, están ustedes bastante lejos de esa completa renuncia que pide Nuestro Señor para pertenecerle del todo y seguirle en su caridad, su humildad, su dulzura y su abnegación… Pidan a Dios que pueda trabajar yo en mi santificación y en la de ustedes, pues sufro en lo secreto de mi alma al vernos a todos nosotros en un estado tan triste y tan lánguido, nosotros que deberíamos ser tan humildes, tan fervorosos, tan caritativos, tan abnegados y tan pobres, según el Espíritu de Dios (Carta a las primeras hermanas de El Prado, 170 [1869]).

El padre Chevrier solía decir que “el Espíritu de Dios es poco frecuente”:

Sí, el Espíritu de Dios es poco frecuente, porque es muy difícil dejar del todo la propia razón, la propia ciencia, la propia vida natural, los propios defectos de espíritu, para llenarse del Espíritu de Dios y no actuar sino de acuerdo con el Espíritu de Dios.

Es difícil estar unido a Dios hasta el punto de ser una sola cosa con él; es difícil ser lo bastante humilde, lo bastante pequeño, lo bastante dócil, lo bastante silencioso, para poder recibir y seguir siempre sus inspiraciones. Sus inspiraciones son tan suaves, tan finas, tan imperceptibles algunas veces, por no decir siempre, que es difícil captarlas, comprenderlas y aceptarlas. Por el contrario, la ciencia, la razón, el mundo, los hábitos hacen tanto ruido alrededor nuestro, que se hace muy difícil oírle y seguirle perfectamente.

Para tener el Espíritu Santo, es necesario haber dejado esta vida natural que nos envuelve y nos arrastra. Hay que haber luchado mucho tiempo contra los propios defectos, espirituales y carnales, hay que haber estudiado mucho tiempo el santo Evangelio, hay que haber rezado mucho tiempo para pedirlo. ¡Qué pocos son los que han cumplido estas condiciones!

Por otro lado, es tan fuerte en nosotros la vida natural, y la vida espiritual es tan elevada, tan opuesta a nuestra naturaleza, que uno está tentado a considerar imposibles las inspiraciones del Espíritu Santo, como si fueran quimeras. Las grandes enseñanzas del Evangelio, los consejos, son vistos como imposibles y se prefiere seguir el camino acostumbrado, el camino ordinario, en vez de abrazar los caminos elevados y muchas veces áridos para la naturaleza, que proceden del Espíritu Santo. Y luego, con el razonamiento, se destruye todo el Evangelio, siempre se encuentra la manera de arreglar las cosas y quedarse con el camino natural.

El razonamiento mata al Evangelio y destruye todo lo que hay de elevado, de grande, de espiritual, en los consejos de Nuestro Señor, como en lo que toca a la pobreza, el desprendimiento, la caridad, la renuncia, la mortificación, la penitencia.

Por eso, cuando se encuentra a alguien en la tierra que tiene el Espíritu de Dios, ¡cómo se le busca!, ¡cómo se corre a él!, se va a buscar ese Espíritu, esos consejos que vienen de lo alto; parece entonces que se está con Dios y que es el cielo en la tierra; es raro, y, sin embargo, sólo dependería de nosotros el tenerlo llenándonos del Evangelio y poniéndolo en práctica.

¡El Espíritu de Dios! El dárselo a uno es el mayor tesoro que Dios puede regalar. El mayor regalo que Dios hace en la tierra es dar su Espíritu a algunos hombres para que los otros puedan verlo, consultarlo y seguirlo, beneficiándose de él.

Pidámoslo a Dios y no dejemos de pedirlo para nosotros y para los demás (vd228-229).

 

“El Espíritu de Dios lo es todo”

“Dios mío, dame tu Espíritu” es la oración que debemos hacer continuamente; ¡el Espíritu de Dios lo es todo! Si estamos animados por él, lo tenemos todo, poseemos todas las riquezas del cielo y de la tierra.

Pero hay que pedirlo con verdadera intención de recibirlo, con voluntad de hacer todos los sacrificios posibles que se exigen para tenerlo y recibirlo; de otro modo no podremos recibirlo ni Dios podrá dárnoslo.

El Espíritu de Dios no está ni en una regla positiva, ni en las formas, ni en lo exterior, ni en los hábitos, ni en los reglamentos; está en nosotros, cuando se nos es dado. Se oye este rumor, pero no se sabe ni de dónde viene ni adónde va; sopla donde quiere. Nos llega en el momento en que menos lo esperamos. Cuando lo buscamos, no lo encontramos, es independiente de nuestra voluntad, del momento, del tiempo y de la hora; viene cuando quiere, a nosotros nos toca recibirlo cuando viene. Tiene libertad de acción, y es independiente de nosotros, pero se nos comunica cuando menos lo pensamos; no está en el razonamiento, ni en el estudio, ni en las teorías, ni en las reglas; es el fuego divino que se mueve siempre, que se alza hacia lo alto caprichosamente, aparece y desaparece como la llama en el leño; hay que tomarlo y alegrarse cuando se nos muestra, y conservarlo siempre que se nos comunica (vd 511).

Mucho nos queda todavía por rezar, por recibir el Espíritu de Dios. No dejéis de pedir para mí el Espíritu de Dios; ¡en eso consiste todo! Si tenemos el Espíritu de Dios, lo tendremos todo. Si pudiera adquirir un poco para comunicároslo, ¡qué dichoso sería!; habría acabado mi obra. Pidámoslo los unos para los otros, recitemos juntos todos los días el ‘Veni Creator’ para poder recibirlo con abundancia y para que yo os lo pueda comunicar (Carta a sus seminaristas, 117 [1877]).

 

“Sobre todo hay que poner la savia interior…”

El orden y la disciplina pueden resultar poco valiosos si son resultado de adiestramientos meramente externos, automáticos. En la vida cristiana también lo exterior debe ser obra y gracia del Espíritu Santo.

Lo exterior supone el Espíritu de Dios, pero no lo da. La siguiente comparación puede hacer comprender este punto:

Tenemos dos árboles, el uno artificial y el otro natural. Los dos son perfectamente parecidos.
El árbol artificial ha sido hecho por mano de hombre: el tronco, las ramas, las hojas, las flores, los frutos son hermosos, de bellos colores, de bellas formas; es de un parecido perfecto con el árbol natural, es maravilloso en el orden, la disposición, la forma, el color, el aspecto externo; pero este árbol no tiene ni raíz ni savia; no tiene vida en absoluto, está muerto, sólo tiene vida artificial, vida ficticia.

El hombre es quien lo ha hecho todo, Dios no ha puesto nada. Es bello a los ojos, pero no tiene vida interior ni verdaderos frutos; sus frutos no son buenos para comer y los pájaros del cielo no vienen a descansar en él para alimentarse.

Por el contrario, en el árbol natural ha hecho pocas cosas el hombre; el hombre ha plantado, podado, regado, pero Dios lo ha hecho crecer.

Hay una savia interior y misteriosa que no se ve, pero que viene de Dios y da la vida; esta savia misteriosa ha producido el tronco, las flores, las hojas, los frutos; y los frutos son buenos para comer. En este árbol hay una vida interior que viene de Dios y que no existe en el otro; cualquiera que sea la belleza del árbol artificial, éste no será más que un árbol muerto y el otro un árbol con vida…

Es más frecuente ocuparse de lo exterior que de lo interior. No se pone la savia vivificante, se hacen árboles artificiales, se hacen árboles muertos. Es mucho más fácil hacer un árbol artificial que un árbol vivo. El árbol artificial no exige más que un poco de cuidado, de trabajo, de energía, de exactitud, de regularidad. Mientras que para hacer un árbol vivo, hay que encontrar la savia vivificante, hay que comunicar esta savia a las almas a las que se instruye y, para comunicarla, hay que tenerla, hay que dar la gracia, la vida, la fe, el amor vivificante, y esto no se da si no se tiene, y no se adquiere sin esfuerzo y sin Dios. Es un trabajo espiritual mucho más difícil que el trabajo material.

Quien debe producir todo lo exterior en nosotros es el Espíritu Santo. Empecemos a poner en nosotros el Espíritu de Dios; cuando él está, hace como la savia del árbol, produce en nosotros todo lo exterior.

Debemos ocuparnos mucho más de lo interior que de lo exterior, dar mucha más importancia a lo interior que a lo exterior; poned lo interior en las almas, lo exterior terminará por venir; poned lo exterior, no habéis hecho nada.

Se dirá que lo exterior es señal de lo interior. No siempre; hay personas que externamente pueden controlarse mejor y sin embargo son menos agradables a Dios que otras, que tienen menos exterior pero más interior, tienen más voluntad, hacen más esfuerzos. “No juzguéis según las apariencias, según el rostro”, dice Nuestro Señor.

Lo exterior sin el Espíritu de Dios es un cuerpo sin alma. Comenzar por lo exterior es construir en el aire, sin fundamento, es hacer máquinas, veletas. Sobre todo hay que poner la fe, el amor de Dios, la savia interior (vd 220-221).

No hay que dar demasiada importancia a la corteza; muchos no piensan más que en la corteza, no ven más que la corteza, no juzgan más que por la corteza; la corteza es necesaria para conducir la savia, llevar la savia, pero ¿qué es la corteza sin savia? Un árbol muerto. Se debe proteger la corteza del árbol, pero sobre todo se debe regar, abonar el árbol para tener una buena savia fuerte y vivificante y el árbol será hermosos y magnífico. Se debe cuidar las raíces (vd224).

El padre Chevrier quería difundir esta profunda convicción entre las personas que confiaban en él para orientar su vida espiritual.

Aprende a hacer bien la oración; en ella se aprende más que en los libros; si sabes hacerla, el Espíritu Santo te enseñará mucho (Carta a Jean-Claude Jaricot, 61 [1866]).

Recuerde que el mejor director es el Espíritu Santo; el mayor director de nuestras almas es Nuestro Señor. Si le consulta, él le enseñará a usted más que yo y muchos otros. Sepa usted beneficiarse un poco de él; en el silencio de la oración él le señalará muchas más faltas que las que le podría señalar yo en todos los discursos que pudiera pronunciar (Carta a la Srita. Grivet, 388 [1878]).

 

“El Espíritu Santo nos da el amor…”

Dios, que es Amor, quiere que también nosotros amemos. Dios quiere que alcancemos nuestra plenitud humana viviendo a fondo nuestra condición de hijos suyos: amándole a él y a nuestros hermanos. El Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, nos va conduciendo hacia la verdad plena, hacia el amor consumado.

El Espíritu de Dios está en la caridad; en ella reside el principio vital que viene del Espíritu Santo que es amor por esencia… El amor de Dios y del prójimo, éste es el principio y la savia vivificante de todo, que debe producir todo en nosotros; cuando un alma tiene esto, lo tiene todo.
Más vale la caridad sin exterior que un exterior sin caridad. Más vale el desorden con amor que el orden sin amor (vd223).

El Espíritu Santo, que es amor, produce las obras de Dios. El Espíritu Santo es el gran agente de las cosas de Dios, el gran obrero del Padre y del Hijo… El Espíritu Santo pone en movimiento los sentidos interiores del alma, abre nuestros sentidos espirituales, el ojo del alma, el oído del alma, el gusto, el olfato, el tacto, el amor de nuestro corazón por las cosas espirituales. De modo que, cuando tenemos el Espíritu Santo, vemos, oímos, comprendemos, olemos, tocamos las cosas de Dios…
El Espíritu produce obras de Dios espirituales y asombrosas mediante el amor. Muchos comprenden las cosas sólo por la inteligencia y no por el corazón. Los que no comprenden más que por la inteligencia, no producen nada, porque sólo el amor produce algo. No tienen el Espíritu Santo y son incapaces de producir nada celeste o espiritual…

El Espíritu Santo es un fuego que pone todo en movimiento en nuestras almas cuando existen en ellas los elementos primeros que deben ser puestos en movimiento: la existencia, dada por el Padre, y el conocimiento o luz, dado por el Hijo, esta forma exterior que se nos muestra, que vemos, pero que no podemos comprender y amar más que por el Espíritu Santo (MsX, 123).

No dejaré pasar esta bella semana de Pentecostés sin deciros algo. Es la semana del Espíritu Santo y vosotros sabéis cuánta necesidad tenemos de este Espíritu para vivir la vida de Dios.

“Lo que ha nacido de la carne es carne, lo que ha nacido del Espíritu es espíritu”, y todavía nos dice Nuestro Señor que “el que no nace del agua y del Espíritu Santo no puede entrar en el reino de los cielos”. Hemos de recibir, pues, esta nueva vida y operar en nosotros este segundo nacimiento del Espíritu, el único que nos acerca a Dios. “Lo que ha nacido de la carne es carne”; nosotros tenemos ese primer hombre de Adán con todas sus concupiscencias, sus defectos, sus miserias, sus funestas secuelas; todo esto está en nosotros como consecuencia del pecado. El Espíritu Santo viene a destruir esta primera naturaleza, ese hombre viejo, mediante su gracia y su poder, y a poner en nosotros esta vida espiritual y divina que nos hace parecernos a nuestro Creador; hemos sido creados a su imagen y semejanza desgraciadamente eclipsada por el pecado.

Imploremos, pues el Espíritu Santo ¡es tan necesario! Para hacernos comprender su necesidad, decía Jesucristo: “Es necesario que yo me vaya para enviaros el Espíritu Santo”. Las tres Personas divinas realizan una operación en nosotros a fin de convertirnos en hombres perfectos: el Padre nos crea; el Hijo nos muestra la verdad, el camino, es nuestra luz, pero el Espíritu Santo nos da el amor, nos hace amarlo, y quien ama comprende, quien ama siente, quien ama puede actuar. El Espíritu Santo, pues, perfecciona lo que Jesucristo ha comenzado.

El Padre da la existencia, el Hijo se nos revela y nos muestra a Dios y el camino, y el Espíritu Santo nos lo hace comprender y amar. Estas tres operaciones de la Santísima Trinidad se realizan en nosotros y las tres son igualmente necesarias, pero la operación del Espíritu Santo es, por así decir, la más necesaria, pues ¿de qué sirve ver, si no se comprende lo que se ve?, ¿de qué sirve oír, si no se comprende lo que se oye?, ¿de qué sirve comprender, si no se ama? ¡Ojalá comprendáis bien esta operación del Espíritu en nosotros, para poder pedirle que actúe en vosotros sin que pongáis ningún obstáculo a su acción!

Que el Espíritu Santo sea, pues, vuestra luz y vuestro amor, que os haga comprender y amar al Padre y al Hijo, y entonces seréis verdaderamente los hijos de Dios que no han nacido de la carne y de la sangre, sino de Dios por el Espíritu (Carta a sus seminaristas, 93 [1873]).

 

El Espíritu Santo produce en nosotros a Jesucristo…”

El Espíritu Santo perfila en nosotros la imagen de Jesucristo, el Hijo. De este modo somos introducidos en la familia del Dios Trinidad.

…Siendo el Espíritu Santo la unión de las personas divinas, tiene por oficio unir a las tres personas y, por esa misma razón, unir a las personas exteriores que son las criaturas de Dios con Dios mismo.
Él preparará y formará en la tierra a Jesucristo, que es el Verbo divino y la imagen del Padre; este Verbo que es una misma cosa con el Padre. Trabajará luego en formar a Jesucristo en todas las criaturas, a fin de unirlas al Padre mediante el Hijo, que es una sola cosa con el Padre. Así nos hace entrar en la Trinidad a través del Hijo, con quien somos una sola cosa por haberle formado en nosotros el Espíritu Santo.

El oficio del Espíritu Santo, pues, consiste primeramente en formar a Jesucristo en la tierra, formar su cuerpo, preparar su venida, preparar la tierra, los pueblos, los acontecimientos y las criaturas para recibir a este Verbo divino…

El Verbo no podía venir al principio del mundo, era necesario que el mundo estuviera habitado, que el mundo fuera capaz de recibirle, que comprendiera su necesidad y que fuera lo bastante inteligente para recibirlo.

Para Dios, el mundo se parece bastante a un niño: es pequeño, en pañales; tiene su adolescencia, su infancia, su edad madura, su fuerza, su decrepitud y su vejez.

Un niño no puede comprender unos preceptos demasiado elevados y una moral demasiado alta: hay que esperar a la edad de la razón para darle lecciones adaptadas a su edad. Así ha actuado el Espíritu Santo respecto del mundo para instruirle y prepararle para la venida del Verbo. Ha tenido la ley natural de su infancia; en su edad de razón ha tenido la ley escrita: ley de fuerza y de vigor, pues se necesita fuerza, vigor y firmeza para contener a un joven; luego, la ley de gracia y de amor que vino en la edad más avanzada…

El Espíritu Santo, pues, ha cuidado del mundo desde su edad infantil, le ha guiado en su efervescente juventud y le ha preparado para recibir al Mesías, el Salvador, la Luz verdadera y la Salvación. Y en medio de todos los diferentes obstáculos, el Espíritu Santo hace marchar al mundo hacia su única meta, hacia el gran punto, centro de todo acontecimiento y de todas las cosas terrestres: Jesucristo.

Vemos cómo el Espíritu Santo trabaja en este gran acontecimiento y cómo trabaja para hacer nacer a Jesucristo, para hacerle conocer y amar, para hacerle desear.

El Espíritu de Dios es único: es el mismo en todas partes, es en la tierra lo mismo que es en la Trinidad, opera lo mismo y su acción consiste siempre en unir a las tres personas divinas para no hacer más que un solo Dios.

El Espíritu de Dios está en la tierra; actúa en las almas y las lleva a Dios: las anima, las santifica, las eleva y da a todas las mismas aspiraciones de amor, de fe, de caridad, en la medida en que son capaces, para unirlas más íntimamente a Dios, mediante él mismo y el divino Hijo. Así cuando encuentre almas en la tierra que sean capaces de entrar en esta unión con Dios, se apoderará de ellas para elevarlas hasta Dios mismo. Estará contento cuando encuentre almas en las que pueda hacer nacer al Verbo, reproducirle de alguna manera, sea por los pensamientos o por las acciones. Entonces actuará, cumplirá este deber con gozo y contento, glorificará así al Padre y al Hijo.
Éste es el oficio del Espíritu Santo en la tierra: reproducir a Jesucristo por todas partes, darle a conocer, mostrarle, hablar de él a los hombres, hacerle amar y hacerle nacer en las almas…
Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, el Espíritu Santo busca almas en las que pueda reproducir a Jesucristo, hacer nacer a Jesucristo, en las que él pueda invitarse para reproducir a Jesucristo ante el mundo y hacerle amar (MsV, 401-105).

 

X. LA VIDA FRATERNA

 

«Solo, siempre solo…»

 

Consciente de que la gracia recibida de Dios en Navidad de 1856 tenía un alcance eclesial, el padre Chevrier expresó, poco después de su conversión, su deseo de encontrar compañeros, alcanzados también por el llamado de Dios y decididos como él a comprometerse en una vida evangélica para el servicio de los pobres. Al finalizar un retiro, en mayo de 1858, Chevrier escribió lo siguiente:

Prometo a Jesús buscar compañeros de buena voluntad, a fin de asociarme con ellos para vivir juntos en la misma pobreza y sacrificio, a fin de trabajar con mayor eficacia en nuestra salvación y la de nuestros hermanos, si tal es su voluntad  (Ms X, p. 10).

Sin embargo, la búsqueda será larga y laboriosa. Lo vemos en la lectura de esta carta escrita a una amiga, en 1865, algunos años después de la fundación de El Prado:

Veo cómo me resisto a la santa voluntad de Dios y retraso su Obra. Me haría falta alguien constantemente aquí a mi lado, que me empujara y me recordara lo que debo hacer. ¡Qué desgraciado soy, qué digno de compasión! ¡Qué responsabilidad si no hago lo que Dios quiere! ¡Qué juicio, qué condenación la mía! Durante muchos años le decía a Dios: Dios mío, si tienes necesidad de un pobre, aquí estoy; si tienes necesidad de un loco, aquí estoy. Y me daba cuenta de que tenía la gracia para hacer todo lo que Dios me hubiera pedido.

 

Ahora, que es cuando habría de actuar, me siento perezoso, cansado. ¡Oh! Si no hubiera almas que rezan por mí, que me empujan, estaría perdido. Si Dios me enviara un buen compañero, que comprendiera bien la Obra de Dios, entonces me sentiría con más ánimo, con más fuerza; pero solo, siempre solo, me siento sin fuerzas… (Carta a la Sra. Franchet).

El año siguiente, el padre Chevrier creyó haber encontrado finalmente al compañero esperado desde hacía tanto tiempo en la persona de un sacerdote valioso que deseaba unirse a El Prado. El proyecto no llegaría a término. Sin embargo, él le escribió el 22 de enero de 1866:

Venga usted, meditaremos juntos estas cosas y las pondremos en práctica. Me doy cuenta de que tengo necesidad de alguien que comprenda al Salvador y le ame. Oh, no; como dice usted en su carta, jamás volveremos a estar solos, seremos dos y Jesús será nuestro maestro. Todo puede comprenderse con él, todo puede unirse en él, él es el lazo fuerte e indisoluble que une los corazones verdaderamente deseosos de seguirle. Tomémoslo, pues, con nosotros; que él sea nuestro Guía, nuestro Jefe, nuestro Modelo en la pobreza, en el sacrificio y en la caridad. Reunámonos con este pensamiento: Sacerdos alter Christus, y hagamos cuanto podamos para comprenderlo y seguirle (Carta al padre Gourdon).

 

La familia espiritual cuyo fundamento es Jesucristo

En El Verdadero Discípulo que el padre Chevrier escribió al final de su vida, una escena del Evangelio captó particularmente su atención para hacer que se comprendiera lo que es una verdadera familia espiritual o, si se prefiere, una verdadera comunidad cristiana. Es la escena donde vemos a Jesús, rodeado de sus discípulos que lo escuchan, declarar al momento en que su madre y sus hermanos llegan para llevarlo de regreso a Nazaret: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Cf. Mt 12, 46-50 ; Mc 3, 31-35 ; Lc 8, 19-20). El padre Chevrier comenta:

Qué bien nos hace comprender Nuestro Señor con sus palabras que la familia natural desaparece para dar lugar a una familia espiritual, que ya no tiene como lazo la carne ni la sangre, sino a Dios, su palabra y la práctica de esta misma palabra. Éste es el gran lazo de las almas y los lazos de esta familia espiritual son más íntimos y más fuertes que los que existen en las familias de la tierra, que no son sino lazos terrestres y carnales.

Cuando dos almas, iluminadas por el Espíritu Santo, escuchan la palabra de Dios y la comprenden, se forma en estas dos almas una unión de espíritu muy íntima cuyo principio y núcleo es Dios. Éste es el verdadero lazo de la religión, el verdadero lazo del alma y del corazón. Este conocimiento produce en primer lugar el amor a Dios y también el amor a quienes piensan como nosotros y según Dios; y este lazo de espíritu, basado en Dios, es infinitamente más íntimo y más fuerte que cualquier otro lazo natural. Y cuando a este lazo espiritual se une la práctica de esta misma palabra, entonces se forma una familia verdaderamente espiritual, una comunidad cristiana que tiene a Dios como fundamento, su divina palabra como lazo y a las mismas prácticas como finalidad.

Y no puede haber familia o comunidad cristiana sin esta unión de espíritu basada en el conocimiento de Jesucristo, de su divina palabra, y la práctica de las mismas obras. El amor a Jesucristo, el deseo de cumplir su palabra es el fundamento de toda familia cristiana; y sólo estaremos realmente unidos en espíritu y corazón cuando este precioso fundamento se coloque en medio de nosotros. Entonces, se cumplen estas palabras de Jesucristo: “Mis hermanos son quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”…

¡Dichosa familia! ¡Dichosos lazos que unen a todos los miembros de esta misma familia en la misma caridad y el mismo deseo de dar a conocer y amar a Jesucristo! Cuando esta familia existe realmente, debemos encontrar en ella todo lo que hay normalmente en una verdadera familia: amor, unión, apoyo, caridad, todos los cuidados espirituales y temporales que son necesarios para cada uno de los miembros, sin tener que ir a buscar a otra parte lo que es necesario para las necesidades del alma o del cuerpo; de otro modo, la familia no está completa ni es verdadera.

Esto se ve expresado, además, en los títulos de hermanos, de hermanas y de padres que nos damos unos a otros; estos títulos no deben expresar sino lo que existe interiormente; de otra manera, sólo son ridículos y falsos (vd, p. 151-152).

Jesucristo es el fundamento y el centro de esta familia espiritual. El padre Chevrier lo explica así:

En vano tratamos de construir si Dios no está con nosotros, si no es el arquitecto, si no dirige los trabajos, proporciona los planos, elige a los obreros, y dirige todo él mismo. Todo por él, con él y en él. Entonces, es Jesucristo a quien hay que buscar, es con él que hay que construir, es para él que hay que edificar; es su espíritu lo que hay que buscar, es él a quien hay que buscar y poner como fundamento de todo… Entonces, está en él hacerlo todo, elegir, llamar, construir, rechazar, llamar a quien le plazca. Lo único que podemos hacer es mostrar el camino, dar a conocer lo que Nuestro Señor mismo ha dicho, la vía que él siguió, y está en cada quien decidir si quiere seguir a Nuestro Señor así y tomar lugar en la casa de Dios… Es necesario que sea Jesucristo quien elija las piedras de su casa (Ms X, p. 324-326).

En una circunferencia, hay un centro de donde parten todos los radios y hacia el cual se dirigen. Jesucristo es también el centro donde todo debe encontrarse y de donde todo debe partir. Para ir al cielo, hay que pasar por este centro. ¿Acaso no son el pesebre, el calvario y el tabernáculo los centros hacia donde deben dirigirse los hombres para recibir la vida y la paz y volver a salir de ahí para ir a Dios?… Admirable fusión que nos reúne a todos en Jesucristo, único centro en el que debemos fundirnos, todos y por completo (vd, p. 104-105).

 

“Todos en un mismo espíritu”

Ya se trate de la célula familiar, de una comunidad religiosa, de una parroquia o de una diócesis, sólo podemos volvernos hermanos y hermanas en Cristo si nos despojamos del propio espíritu, si nos dejamos pulir por los demás y si tratamos de dejarnos conducir por el espíritu del Evangelio:

Si el espíritu de Dios es necesario a un individuo para tener la sabiduría y el amor, con mayor razón es necesario en una comunidad. Tener el espíritu de Dios lo es todo; es todo para una persona, es todo para una comunidad.
El espíritu de Dios es quien forma la unidad en una casa, quien hace la fusión en los espíritus y en los corazones, quien hace que todos constituyan uno solo. “Ut unum sint”. Esta era la oración ardiente y frecuentemente repetida de Nuestro Señor Jesucristo después de la última Cena: «Que sean todos uno en un mismo espíritu.

La verdadera unidad no está ni en las piedras, ni en el dinero, ni en las casas, ni en los hábitos, ni en la cohabitación, ni en los títulos de hermanos o de hermanas que nos damos; todo ello supone la unidad, pero no la hace; todo ello no es nada en el fondo. ¡Cuán ridículos y falsos son con frecuencia estos títulos de hermanos y hermanas! La verdadera unidad está en la unión de un mismo espíritu, de un mismo pensamiento, de un mismo amor, y Jesucristo está en el centro de esto a través del Espíritu Santo.

Permaneced en mí y yo en vosotros; por así decirlo, que todos nosotros seamos los unos en los otros y que viendo al uno se vea también al otro: ésta es la verdadera familia, la verdadera comunidad, la verdadera unión; los mismos puntos de vista, las mismas visiones, las mismas inspiraciones en Jesucristo. El Evangelio nos da un verdadero ejemplo de esta unión de espíritu y de corazón, en los primeros cristianos que no tenían todos sino un solo corazón y una sola alma (vd, p. 231).
Donde está el Espíritu del Señor, está la libertad. Dichosa la casa cuyos sujetos han renunciado a sí mismos. Cuando, en una casa, reina esta verdadera renuncia, ya no se encuentran almas que se ocupan más que de ellas mismas y de las demás; todo el mundo se ocupa de Dios y de las almas para llevarlas a Dios y salvarlas; entonces reina la paz, la alegría, la caridad, la unión, la fuerza y el arrastre hacia el bien y el amor (vd, p. 270).

¿De dónde viene que entre nosotros haya tantas pequeñas miserias, susceptibilidades, celos, maldad, negligencia? Sencillamente, de que no tenemos el espíritu de Dios. Cuando tengamos el espíritu de Dios, habrá unión, caridad, amor, celo, renuncia a sí mismo. Pídalo para usted misma y que todas lo pidan para todos (Carta a la Hna. Véronique, 1877).
Estén unidos en oración, de corazón y de espíritu, fortaleciéndose cada vez más en el amor de Nuestro Señor (Carta a los seminaristas, 1876).

XI. MARÍA

 

María en su Inmaculada Concepción

 

El primer sermón del padre Chevrier sobre María se pronunció el 8 de diciembre de 1850 con ocasión de la fiesta de la Inmaculada Concepción. Inicia y concluye con una oración:

Virgen santa, es la primera vez que anuncio tus alabanzas y estoy feliz de hablar del privilegio que constituye tu mayor gloria. Sin embargo, para hablar más dignamente de tu concepción inmaculada, es necesario que vengas en mi ayuda y que, poniendo en mi boca palabras dignas de ti, yo pueda contribuir a que te glorifiquen en la tierra quienes me escuchan. Esto es lo que te pido a través de la oración que vamos a dirigirte. Ave María…

Virgen Inmaculada, que mejor que nadie comprendiste la excelencia de la gracia de Dios, graba con anterioridad en nuestros corazones la lección que Dios nos da hoy en la fiesta de tu concepción inmaculada. Haz comprender a los justos el precio de la gracia que poseen, a fin de que trabajen por conservarla. Haz comprender a los pecadores el precio de la gracia que no tienen, a fin de que trabajen por adquirirla. La gracia es lo que te pedimos mediante tu inmaculada concepción (Sermones, I, p. 34 et 44).

El rosario, camino para ir a Jesús con María…

María ocupó un lugar privilegiado en la vida y en el ministerio del padre Chevrier. A él le encantaba rezarle y hacer que se le rezara con ayuda del rosario y de la meditación de sus misterios:

Amemos rezar nuestro rosario. El rosario es el libro de todo el mundo: es el libro del sacerdote y del pueblo; es el libro del ciego; es el libro del anciano cuyos ojos se cierran a las cosas de este mundo; es el libro del sabio y del ignorante; es el libro de quienes sufren. ¡Oh! Cuando el dolor ha debilitado su cuerpo, extinguido sus facultades, le queda aún un consuelo en su rosario; cuando sus labios inmóviles no pueden decir: Dios te salve, María, todavía lo tiene entre sus manos para recordar a su madre; y cuando la muerte le ha cerrado los ojos, lleva con él a la tumba su crucifijo y su rosario para mostrar que es un hijo de Jesús y de María (Sermones, II, p. 37).

El Rosario fue establecido para recordarnos la vida de Nuestro Señor Jesucristo y mostrarnos las virtudes que él mismo practicó sobre la tierra, a fin de que podamos practicarlas nosotros también, pues él es nuestro modelo… Damos este nombre a ese acto de devoción porque los Padrenuestros y los Avemarías que decimos son como flores espirituales que ofrecemos a Dios a través de la Santa Virgen… La vida de Nuestro Señor se divide en tres partes: su infancia, su pasión y su gloria en el cielo… Como en el primer rosario honramos los misterios de la infancia de Jesucristo, el primer rosario será para nosotros como un mural que nos mostrará todas las virtudes de la vida cristiana; como en el segundo rosario honramos la pasión de Nuestro Señor, el segundo rosario será para nosotros como un mural que nos representará todas las virtudes de la vida penitente; como honramos en el tercer rosario la vida gloriosa de Jesucristo en el cielo, el tercer rosario será para nosotros como un mural que representará la gloria de la que gozaremos un día en el cielo (Pequeño tratado del Rosario).

 

María en la escena de la Anunciación

“Llena de gracia”: estas palabras expresan todas las grandes riquezas espirituales de las que está llena la Santísima Virgen. No hay nada más bello que la gracia, nada más deslumbrante que la gracia, nada que nos acerque más a Dios que la gracia. Es la exención de todo pecado, de toda mancha espiritual. Es la belleza del cielo. Es lo que vio el ángel en María, es lo que le deslumbró y sorprendió, al ver a esta hermosa criatura privilegiada de Dios. Así, él no puede decir otra cosa, sino que la ve llena de gracia, llena de gracia en toda la fuerza del término. Llena de gracia en su alma, en su corazón, en su cuerpo. Llena de gracia en toda su vida desde el comienzo hasta ese día. Esta palabra expresa toda la belleza de María y encierra el mayor elogio que pueda hacérsele. No hay otros en la tierra que puedan igualarse a éste.

“El Señor es contigo”:es la consecuencia de este estado maravilloso de gracia en el que se encuentra María. Donde hay gracia, hay belleza, santidad, pureza, sabiduría. Ahí están todas las bellezas interiores. Dios reside ahí, pues somos templos de Dios. María es el más hermoso templo en el que Dios pueda residir. El Padre reside en ella como en su criatura privilegiada, el Hijo reside en ella como en una madre querida y el Espíritu Santo como en su esposa amada…

Consentimiento de María: Al haber comprendido María lo que el ángel le había explicado, y segura de que no se atentaría contra su pureza, se inclina ante la voluntad del Dios Todopoderoso y dice: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. María cree en las palabras del ángel, cree en la omnipotencia de Dios, cree en lo que Dios va a hacer en ella, y este acto de fe sublime trae al Hijo de Dios dentro de ella. La fe hace milagros. Todo es posible para quien cree. “Dicha, porque has creído”, dice santa Isabel. Ella cree, acepta con sencillez el título de madre. Acepta la carga de este título, sus consecuencias, sin inquietarse por el futuro, por lo que pensarán de ella. Pone su confianza en Dios para todo” (Rosario del padre Chevrier, p. 76-78).

María en la escena de la Visitación

“María era llena de gracia y cuando llevaba al Verbo eterno en su seno, esta gracia sólo había aumentado y sus rayos brillaban a su alrededor como si del sol brillante se tratara. ¡Qué hermosos somos cuando llevamos a Dios con nosotros y qué buenos efectos produciría él en las almas a las que nos acercamos cuando vamos a visitarlas, si no pusiéramos obstáculos! María lleva la gracia en ella y la esparce a través de todo su ser: sus palabras, sus gestos, sus acciones. Ella es como un sol que lanza sus rayos sobre las aguas puras. ¡Qué buena influencia esparce sobre santa Isabel y qué buenas pensamientos inspira a su corazón!

Esto nos muestra que debemos llevar a Dios con nosotros cuando salimos y esparcir sobre los demás la buena influencia de la gracia, de la fe, del amor de Dios y del respeto a nosotros mismos. Ahí está el buen efecto de la gracia en nosotros y en los demás. ¡Cuántas veces llevamos a los demás, por el contrario, la disipación, la locura, la pérdida de tiempo y las pequeñas pasiones, la búsqueda, el orgullo! Cuidémonos de ir hacia los demás si no les llevamos, como María, la fe, el amor de Dios, la caridad y el Espíritu Santo (Rosario del padre Chevrier, p. 82).

 

María en la escena del Nacimiento

Gozo y meditación de María: María conservaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón. Esta era la ocupación de María. El niño Jesús presente, acostado en este pesebre; ella, madre de este divino niño; los ángeles, los pastores, los vecinos que llegaban, invitados por los pastores: todo ello ocupaba el corazón de María; ella admiraba la conducta de Dios en todas estas cosas y no podía dejar de adorar, de admirar y bendecir a Dios en todas las cosas.

Este hecho nos enseña que no hay que conformarse con mirar, leer, cantar, conversar; hay que conservar las cosas en el corazón y meditarlas siguiendo el ejemplo de María. ¡Oh! Cómo es útil la meditación y cómo nos hace crecer en la virtud y el amor de Dios! (Rosario del padre Chevrier, p. 95).

 

María en la escena de la Presentación en el Templo

Daga de dolor que debe atravesar el corazón de María: el corazón de María se verá afligido por las persecuciones que su hijo tendrá que soportar en su vida y en su muerte: en Egipto, a los doce años, y en la Pasión. Simeón agrega que los pensamientos de muchos de los corazones serán revelados, es decir: en las persecuciones y sufrimientos se conoce la verdadera fe, el verdadero amor.
El sufrimiento es el sello con el que reconocemos el verdadero apego, al verdadero amigo, al verdadero cristiano… Si no hemos sufrido, no podemos saber si amamos verdaderamente a Dios. Cuando se ha sufrido, cuando nos ha costado trabajo hacer algo, es cuando damos verdaderas pruebas del amor y de la fe.

Estas palabras nos demuestran que la verdadera prueba de la fe y del amor es el sufrimiento. Así, quienes sufren con Jesucristo son sus verdaderos amigos, sus verdaderos discípulos; quienes sufren para cumplir con su deber. Vemos los pensamientos de su corazón, es decir, su verdadero afecto, su verdadero amor. Cuando nos alejamos de alguien que sufre, cuando no defendemos a quienes sufren, cuando no aliviamos a quienes sufren, es una prueba de que no estamos por ellos ni con ellos, ni por su doctrina ni por sus principios (Rosario del padre Chevrier, p. 110-111).

María en la escena del Reencuentro del Niño Jesús

Ansiedad de María y de José: la ansiedad y el dolor de María y de José se transparentan en estas palabras: “Hace ya tres días que tu padre y yo, en el sufrimiento, te buscábamos” No podemos concebir el dolor de María y de José por el amor que tenían hacia el niño Jesús. Quien pierde lo que ama, no puede estar conforme, y su dolor es proporcional al amor que siente. Tres días, era mucho tiempo para el corazón de María. Tres días de búsqueda. ¡Qué largas parecían las horas, los días, las noches! ¡Cuántas lágrimas vertidas sobre este niño! Añadan a esto las serias aprensiones. María recordaba la masacre de los inocentes, la huída a Egipto, la daga de dolor que Simeón había predicho. Todo esto permanecía en su memoria y aumentaba su dolor, aunque estuviera resignada a la voluntad de Dios y tuviera confianza, porque el ángel le había dicho que era el Hijo del Altísimo y que reinaría eternamente. Ella flota entre la esperanza y el temor.

Este dolor de María nos muestra cuán grande es la pérdida de Jesús para quien lo conoce y lo ama. Jesús se esconde algunas veces para experimentar nuestro amor y nos permite darnos cuenta del grado de nuestro amor por él. Si cuando Jesús se esconde permanecemos indiferentes, esto es una prueba de que nuestro amor es muy débil; pero si de inmediato lo buscamos con dolor, es una buena prueba. Sin Jesús, sólo hay pena y dolor en el alma, pero con Jesús hay paz, alegría y consuelo. Vale más sufrir con Jesús que conformarse sin él (Rosario del padre Chevrier, p. 115).

 

María en el Calvario

El padre Chevrier veneraba a María bajo la advocación de Nuestra Señora de los Siete Dolores, a quien había dedicado la capilla de El Prado. Para comentar la cuarta estación del viacrucis, escribe:

Presencia de María. Ella viene. No por curiosidad ni por falsa compasión, ni para rescatarlo, ni por ostentación. Viene para ser testigo de los sufrimientos de Jesús, para tomar parte en ellos, unirse a Jesús. Había ya sido una gran parte del misterio de la Encarnación; quiere tomar parte también en la Redención.

En la Encarnación, se rehúsa por humildad, declarándose indigna, porque era una gloria; pero cuando no hay más que sufrir y ser humilde, ella viene, avanza sola. Testigo de todos los misterios de Dios, viene para ser testigo también de nuestra Redención. No había estado en el Thabor; no había estado en la entrada triunfante de Jesús; pero viene al Calvario…

Viene a ofrecer a su hijo como Abrahán. Ya lo había ofrecido el día de la Presentación para obedecer la ley de Moisés, pero entonces lo había rescatado con cinco centavos de plata y se lo habían devuelto. Ahora, ella no lo rescata. No hace ninguna gestión, ni ante Pilato, ni con los jueces, ni con hombres importantes de Jerusalén que habían sido sanados por él. Nada de esto. Ella lo ofrece voluntariamente…

María da a Dios lo que más quiere, a su hijo, por nuestra salvación. María ama a Jesús, su hijo, para Dios y para nosotros, y no sólo para sí misma. Saber sacrificar por Dios lo que más queremos, y por nuestro prójimo, y esto libre, voluntaria y espontáneamente es un acto de virtud. Dios lo quiere, es útil para el prójimo, lo acepto…

Maria viene para recoger la gracia que fluye a borbotones de las heridas del Salvador. Sólo María podía recogerla. La guarda para los pecadores. Ella nos ha dado a Jesús, autor de la gracia, y ahora recoge la gracia para distribuirla a los pecadores. Es la madre de la divina gracia… (Viacrucis, p. 132-133).

María en el cielo

María en el cielo ora por los hombres; esparce sobre la tierra todos los tesoros de la gracia. Lo que pide no puede negársele; es una ley por la que Dios está obligado a ser misericordioso con todos aquellos por quienes intercede María. Es por María que la misericordia se extiende sobre la tierra de generación en generación, porque ella es madre de misericordia y Dios extiende su ayuda porque ella es nuestra madre. Ella se convirtió en madre de todos los hombres al aceptarnos en la cruz; al haberse convertido en madre de Dios, conserva toda la autoridad de su maternidad sobre su Hijo y María no puede pedirle nada que él no le conceda. ¿Acaso Dios puede negar algo a quien le pidió la vida? No, sin duda. Entonces, tenemos en el cielo una fuente certera de misericordia; tenemos en el cielo la fuente más certera de misericordia.

¡Ah! Si la cantidad de nuestros pecados nos asusta, ¡tengan confianza! María es la madre de misericordia. A ella confió Dios que dispensara sus gracias. ¡Oh, María! Cuando pienso que eres tú quien, en el cielo, dispensas todas las gracias, cuando pienso que eres tú quien, en el cielo, posee todos los tesoros de la misericordia, cuando pienso que, en el cielo, tú tienes el reino de la bondad, ¡oh! la confianza renace; cuando sabemos que eres para nosotros, que somos tus hijos, ¡oh! Qué dulce confianza se apodera del alma! Tenemos esperanza, tenemos la dicha. ¡Ah! Ejerce sobre mí, oh María, el imperio de tu misericordia, intercede por nosotros en el cielo, di a tu Hijo que quieres salvarnos y sin duda nos salvaremos (Comentario del Magnificat, Sermones, I, p. 468-469).

 

XII. LLEGAR A SER SANTOS

 

 

El padre Chevrier fue amigo de muchos santos: muy principalmente de la virgen María, a quien había dedicado su capilla de El Prado bajo el título de Nuestra Señora de los Siete Dolores; de san José, “padre de los pobres”; de Juan Bautista y de Juan Evangelista; de los apóstoles Pedro y Pablo, en quienes veía el “modelo de los sacerdotes”; de Antonio, el primer ermita, su santo patrón; de Francisco de Asís, a quien siguió Chevrier en su tierno amor por la humanidad de Cristo, desde el Pesebre hasta la Cruz —no olvidemos que fue terciario franciscano y se confesaba con capuchinos—; de Cayetano de Tiena, que quiso vivir la pobreza en medio del lujo de la Roma renacentista, entregándose al servicio de los enfermos; de Francisco Javier, Francisco de Sales; de Vicente de Paul, Francisco Régis, Benito Labre; de Juan María Vianney, el cura de Ars, su consejero y compatriota…
En los santos admiraba especialmente la simplicidad de su fe y su prontitud para responder a las llamadas de Dios.

María cree en la palabra del ángel, cree en la omnipotencia de Dios, cree en lo que Dios va a hacer en ella; y este acto de fe atrae al Hijo de Dios. La fe hace milagros. Todo es posible al que cree… (Comentario a los Misterios del Rosario, MsV, 430).

 

San Antonio no razona cuando en una iglesia escucha esta palabra del Evangelio: “Si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo”. Él va, vende lo que tiene, lo da a un pobre y se retira a la soledad.

San Francisco de Asís oye también esta palabra de Jesucristo en una iglesia: “No tengáis oro ni plata, ni zapatos, ni dos túnicas”. Entiende esto como dicho para él y deja todo para hacerse el verdadero pobre de Jesucristo en el mundo. Esta es la simplicidad de los niños que pide Nuestro Señor a sus verdaderos discípulos.

¡Cuántos razonamientos hubieran podido hacer todos los santos que han seguido el camino evangélico, para evitar entrar en un camino tan elevado, tan perfecto, tan difícil para la naturaleza; y si se hubieran dejado atrapar por todos esos razonamientos, jamás habrían llegado a ser santos…
El razonamiento mata el Evangelio y priva al alma de ese impulso que nos llevaría a seguir a Jesucristo y a imitarle en su belleza evangélica.

Los santos no razonan tanto. ¡Porque hay tantos razonadores, por eso hay tan pocos santos! (vd 127).

 

Sólo los santos pueden renovar el mundo

Antes de su “conversión”, el joven presbítero Antonio Chevrier pensaba que algo no iba bien en la Iglesia y en la sociedad de su tiempo, cuando se asistía a una descristianización galopante de los barrios obreros sin que se tomaran medidas eficaces. Pero, luego, comprendió que lo que faltaba en La Guillotière era el testimonio arrebatador de los santos y sus virtudes poderosas. “Llegar a ser santos”, él y todos sus colaboradores, fue entonces su primera consigna pastoral. Pero una santidad de este calibre, que invitase a la gente a la conversión, sólo podía ser el fruto de una gracia muy particular de Dios. Pues bien, a Chevrier no le faltó ni audacia ni perseverancia para pedir esta gracia para sí y los suyos. Los resultados no se hicieron esperar. ¡Es verdad, los santos transforman al mundo!

Dios nos ha enviado hasta el día de hoy el pan material, pero eso no es nada. Yo le pido almas abnegadas, almas generosas, piedras vivas, santos. Sed, queridos amigos, esas piedras, esos santos, esas almas generosas, que deben trabajar para Jesucristo, con Jesucristo, para continuar en la tierra su vida de sacrificio, de abnegación y de caridad (Carta a sus seminaristas, 89 [1872]).

La mayor riqueza es un sacerdote santo, pobre (vd 520).

Una onza de santidad y de pobreza vale más que toda la gloria del mundo (vd 521).

Hay que realizar las acciones de los santos. Hay que seguir el Evangelio a la letra… (Palabras del padre Chevrier a la Srta. Tamisier).

Mis queridos hijos, es preciso que seáis santos. Hoy día más que nunca sólo los santos podrán regenerar el mundo, trabajar provechosamente en la conversión de los pecadores y en la gloria de Dios…

¡Cuántas cosas hermosas hacían los santos en la tierra, qué agradables eran a Dios y qué útiles para el prójimo! Los santos son la gloria de Dios en la tierra, son la expresión viva de la divinidad aquí abajo, son la alegría de los ángeles y el gozo de los hombres.

Un santo es un hombre que está unido a Dios, que es una sola cosa con él, que pide a Dios, que habla a Dios y a quien obedece Dios. Es un hombre que tiene todos los poderes de Dios en su mano, es un hombre que remueve el universo cuando está bien unido al Dueño que gobierna todas las cosas.

Los santos son los hombres más poderosos de la tierra, atraen todo hacia ellos porque tienen la caridad, la luz de Dios, la fecundidad del Espíritu Santo. Tienen la riqueza de Dios que ellos distribuyen a todos los hombres; son los ecónomos de Dios en la tierra.

Y es preciso, mis queridos hijos, que lleguéis a ser santos; es preciso que seáis luces para conducir a los hombres por el buen camino, que seáis fuego para caldear a los fríos y a los helados, que seáis imágenes vivas de Dios en la tierra para servir de modelos a todos los cristianos.

Mis queridos hijos, esforzaos por llegar a ser santos. No se logra inmediatamente; hay que trabajar en ello mucho tiempo y desde el principio de la vida; es una gran tarea que cumplir, una meta bien elevada que alcanzar; pero hay que conseguirlo para ser buenos sacerdotes. Un sacerdote que no es un santo hace poco bien entre las almas y nos es necesario, sobre todo a vosotros, llegar a serlo (Carta a sus seminaristas, 82 [1872]).

Sed santos. Ese es todo vuestro trabajo de cada día… (Carta a sus seminaristas, 105 [1875]).

Jesucristo nos llama a la perfección, a convertirnos en verdaderos discípulos (vd 121).

 

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