HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo I de Cuaresma
26 de febrero de 2023
(Mt 4, 1-11)
Hemos iniciado el -empo de cuaresma con un profundo acto de adoración a Dios, como lo fue la imposición de ceniza, el miércoles pasado. Nos hemos postrado rostro en -erra para sen-rnos rescatados por Dios. Arrodillarnos frente a la san-dad de Dios nos alivia de la carga más pesada que llevamos como lo son nuestros egoísmos, y nos pone por el camino de la verdad. Descalzar nuestros pies y nuestro corazón hace de nosotros una ofrenda agradable al Señor: “Un corazón contrito y humillado tu no lo desprecias, Señor”(Sal 50, 19). El símbolo de la ceniza toca las fibras profundas de nuestra condición humana frágil y pecadora, nos sen-mos iden-ficados fácilmente con la simplicidad que ella significa. Resulta una invitación a volver a lo esencial, a “vender todo lo que tenemos, darlo a los pobres y seguir a Jesús”(Mt 19, 21). Esto es saludable cuando lo vivimos frente al Dios misericordioso, que hace fiesta por el pecador arrepen-do. Son ciertas las palabras de Jesús: “el que se humilla será enaltecido”Mt 23, 12). Con este gesto hemos podido experimentar nuestros límites como una oportunidad de sen-r la dependencia radical de que estamos hechos. Somos criaturas que tenemos puesta nuestra mirada en el Señor, para que nos de el alimento del cuerpo y del alma(Sal 145, 15). Estamos hechos de polvo, no somos nada. “Muy a gusto presumimos de nuestra pequeñez, para que habite en nosotros el poder de Cristo”(2 Con 12, 9). Por lo menos significa que nos sabemos necesitados de salvación, ojalá que implique también un profundo deseo de conversión.
Sin embargo, la ceniza no significa nada si no nos conduce a iden-ficarnos con Cristo, a tener sus mismos sen-mientos(Fil 2, 5). Lo único para lo que nos deben de servir las penitencias cuaresmales(prefiguradas en la ceniza), es para hacernos más discípulos de Jesús y más fraternos: “¿Cómo pueden llevar luto los amigos del esposo, mientras él está con ellos?”(Mt 9, 15). El evangelio de este domingo nos presenta, precisamente, a Jesús como el Hijo amado del Padre, como se había escuchado en su bau-smo, en el trasfondo de las tentaciones. Desde ellas podemos comprender la iden-dad de Jesús y de todo aquel que quiera ser su discípulo. La presencia del Espíritu Santo ates-gua la iden-dad de Jesús como Hijo. Esto será su fortaleza y la causa de muchos de sus problemas, como en las las tentaciones: “Esta afirmación provocó en los judíos un mayor deseo de matarlo, porque no sólo no respetaba el sábado, sino que además decía que Dios era su propio padre, y se hacia igual a Dios”(Jn 5, 18; 10, 37). Podemos decir que, en las tentaciones, se trata de explicitar el significado del bau-smo como fuente de iden-dad cris-ana. El bau-smo nos da El Espíritu Santo, que nos asemeja a Cristo sacerdote, profeta y rey.
Lo que provoca las tentaciones es la definición de Jesús en favor del reino de los cielos. En el Jordan se había llenado del sueño de Dios de poner en paz todas las cosas. El desierto es el lugar del combate donde se debe demostrar que estamos consagrados al Señor y que lo amaremos a él por sobre todas las cosas. Es la dignidad que Dios ha querido dar al hombre desde el principio, de la cual no se ha hecho plenamente merecedor. El “aliento de vida” que sopla en su nariz es la gran prueba de que la gloria de Dios es el hombre vivo. Dios le comparte su vida divina al hombre, le coparte su fiesta, su san-dad, sus proyectos: vivan, transformen, recreen(Gn 2, 15-16). El hombre tenía todo para ser feliz y, sin embargo, se dejó asaltar por la duda de que tal vez había otro camino mejor al que Dios le proponía. El mal ciertamente es un misterio, ¿por qué se le ha permi-do entrar y traficar con el dolor humano? ¿Quién es el “inteligente” que ha diseñado este proyecto tan imperfecto? El que lo haya permi-do será el responsable de toda la muerte y sufrimiento que su presencia ha causado a lo largo de los siglos. La sola razón humana nos dice que el mal es simple ausencia de bien, que en sí no existe, no es un sujeto ac-vo, pero cómo les decimos esto a los que mueren de hambre, a los secuestrados, a los niños con cáncer. El mal se ha ensañado, desde los procesos naturales o las injus-cias humanas, con los humildes de la -erra. El creyente, con la Palabra de Dios, dice que “por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado entró la muerte…”(Rom 5, 12).
Es por eso que, al mal, hay que satanizarlo, no sólo desde los fenómenos espirituales o psicológicos, sino, también, desde el atropello que hace a la dignidad de las personas por medio de estructuras de muerte. Es por ello que con las fuerzas del maligno no se debe negociar, porque alguien pagará esa torpeza. Desde la fe, al mal, lo llamamos por su nombre, es un pecado. Esto, no por estrategia de poder para, como piensan algunos, tener control sobre las conciencias de las personas y poder manipularlas o someterlas. No hay la menor intención de “aguar” la fiesta de la vida. Denunciar las argucias del maligno y hablar del pecado es una defensa de la dignidad del ser humano, de la creación y de la imagen de Dios. Es necesario poner en su justo lugar las cosas, darnos un baño de luz y de verdad, renovar nuestro bau-smo. Esta es la tarea en el -empo de cuaresma. La “cuaresma” de Jesús fue un anuncio de salvación y liberación, una denuncia muy firme contra el maligno. Es como cuando se -pifican los crímenes que el hombre comete contra sus hermanos, la intención no es ser pesimistas o limitar la libertad, sino hacerla compa-ble con los derechos y la libertad de los demás. La lista de delitos es protección de los más débiles frente al atropello de un agresor. La experiencia del mal como pecado sólo es posible desde la conciencia del proyecto de Dios y de que “en él vivimos, nos movemos y exisJmos”(Hech 17, 28). Pensar el mal desde Dios no es para que alguien haga negocio con las fragilidades humanas, porque todos somos pecadores. Hablar del pecado es expresión del op-mismo por la vida, que se le -ene en tan alta es-ma que se le quiere proteger de todo lo que amenace romper su armonía. En su mejor expresión, para nada se trata de mojigatería, puritanismo, fariseísmo, sino de una defensa de la dignidad humana desde Dios.
Sensibilizado por el Espíritu Santo, Jesús, desenmascara al tentador. Ha experimentado con toda su fuerza el amor de Dios, en él encuentra su principio y fundamento. Las propuestas del maligno son normales, respetuosas, amables. La fuerza de la tentación está precisamente en su apariencia de bondad. El mal más peligroso no es el que es “apestoso” y “feo”, sino el que es un “lobo con piel de oveja”. El celo justo para cuidar la san-dad y la totalidad de la vida lo tendrá solamente quien la ama con el amor de Jesús. Al amar la vida y a los hermanos, incluso, los podremos defender de miradas superficiales que condenan desde la apariencia. Aprender a discernir la voluntad de Dios será un ejercicio propio de este -empo. Discernir la vida a la luz de la Palabra de Dios, como lo hace Jesús. Jesucristo, se da cuenta de que aquellos consejos eran “manzanas envenenadas” dirigidas a arrancar de raíz su iden-dad y misión. En palabras tan dulces y tan amables, descubre la mayor agresividad que pueda exis-r, siente toda la resistencia que lo acompañará siempre hasta el final de su vida: “Si eres el Hijo de Dios…” Esta será una prueba constante, con-nuamente será solicitado a demostrar su divinidad accediendo a los caprichos de la gente y acomodándose a las vanidades del mundo. Recordemos como en Pedro reconocerá, también, una presencia diabólica(Mc 8, 33). Es la misma estrategia del principio: “Bien sabe Dios que el día que coman de los frutos de ese árbol, se les abrirán a ustedes los ojos y serán como Dioses…” El tentador va por el corazón del hombre y no sólo por algunas malas costumbres, que también nos hace bien corregir.
Por lo demás, las tentaciones se refieren a las diferentes expresiones del mal. Puede llegar a través de las necesidades de sobrevivencia, representadas por el comer, pero que se puede referir a poner nuestra confianza en las cosas. Esto nos puede conducir a la idolatría porque endiosamos a las criaturas. Al que pone su confianza en las cosas le cae la sentencia de Jesús: “Qué diOcil es que un rico entre en el reino de los cielos…”(Mt 19, 23), aunque tenga muy pocas cosas. La tentación de usar a Dios para someterlo a nuestros intereses mezquinos. Este es el camino de la mundanalidad espiritual, donde detrás de un falso celo se esconde el afán de poder. Tal vez la expresión más común sea la de buscar a Dios sólo cuando estamos en una grave necesidad, y nos olvidamos de él en el -empo tranquilo. Puede darse que el tentador nos pida descaradamente adorarlo, a cambio del poder.










