DOMINGO X ORDINARIO / Ciclo “B”
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo 6 de junio 2021
En el evangelio de Marcos, apenas comienza Jesús su misión y le sale al encuentro un endemoniado: “¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos?(Mc 1, 24). Los demonios conocían muy bien a Jesús. En adelante, estará expulsando demonios(Mc 1, 27.31.39; 3, 11). De hecho todas las enfermedades, de algún modo, tenían que ver con el espíritu del mal en aquel tiempo. En el texto que meditamos, satanás, ya no significa alguna enfermedad física o psíquica, sino espiritual. Por ahora, satánica es la interpretación que se hace de la obra de Jesús. Al parecer esto es lo más diabólico que hay, porque, además de perder la capacidad de sintonizar con la realidad, la distorsiona, la difama. Es lo que sucede en los “chismes”, que dan pie a tantos malos entendidos y problemas en las relaciones humanas. La comunicación es una lucha de todos los días, siempre en peligro de ofender la verdad, por las limitaciones propias de los seres humanos o por perversas intenciones. Quien no es capaz de reconocer las evidencias, vivirá continuamente perdido hasta que lo alcance su mentira. Confundir la santidad con lo diabólico es una locura incurable: “…el que blasfema contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás; será culpable para siempre”(Mc 3, 29).
Desde esta situación extrema de no reconocimiento de Jesús como el ungido por el Espíritu Santo, narrada por san Marcos, podemos caer en la cuenta de lo realmente diabólico: el desconocimiento de Jesucristo, conocerlo mal o malinterpretarlo, sea en el evangelio o en la vida. La mala percepción de cualquier cosa es problemática. Muchas de nuestras filias y fobias dependen de la inadecuada comprensión de nosotros mismos o del entorno. Todo comienza por el conocimiento de algo, “de la vista nace el amor”, decimos, o el desamor, podemos añadir. Nuestra época es muy sensible al problema del conocer, hay muchos estudios críticos de esta capacidad. Ha descubierto todos los condicionamientos que hay en el sujeto para llegar a la verdad. Por ello, a veces, la niega y, a veces, dice que es imposible conocerla. Pero, al mismo tiempo, es muy consciente de que del conocimiento depende la constitución de la realidad, sabe, por ejemplo, que el conocimiento científico determina nuestra relación con la naturaleza, con los demás y con Dios. Según sea nuestra percepción serán nuestras decisiones. Por eso, es justo el juicio de Jesús sobre las calumnias que se le hacen: es imperdonable.
En la primera lectura se nos narran las consecuencias del “conocimiento diabólico” de la obra de Dios. En el diálogo entre Dios y Adán y Eva se puede apreciar que habían dejado pervertir su corazón con “otra verdad” muy distinta a la de Dios: “La serpiente me engañó y comí”(Gn 3, 13). Aceptaron una visión equivocada de las cosas: “…Dios sabe que en el momento en que coman se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”(Gn 3, 5). En esta “falla de cálculo” se comprometió negativamente el camino de la humanidad. Esta historia se repite una y otra vez con experiencias dolorosas para los inocentes de la tierra.
La crisis antropológico cultural y ecológica que se vive, en la que se le niega la primacía al ser humano(EG 55) y el estatus a la creación de ser lugar de la manifestación de la gloria de Dios, se debe a una insuficiente comprensión del hombre, como un ser que está por encima de las demás criaturas, capaz de conocer, amar y dialogar. Es necesario hacer justicia a la dimensión interpersonal del hombre y de su apertura al Tú divino, para que pueda tener una adecuada relación con el mundo creado. Sólo así se dará cuenta del valor absoluto de cada persona y que el orden material no es una simple mercancía, un objeto de consumo, sino un reflejo de la imagen de Dios, que nos invita a un encuentro con él.
Si para todos los asuntos es importantísimo afinar la facultad del conocimiento, de ello depende todo lo demás, cuánto más lo será en el caso del conocimiento de la realidad fundante de los creyentes que se encuentra en Jesucristo. Parafraseando al Papa Benedicto XVI, en Aparecida, podremos decir que quien no conoce o conoce mal a Jesucristo “falsifica el concepto de realidad y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas”(DI). Esto me recuerda lo que dice el beato Antonio Chevrier: “Conocer a Jesucristo es todo, el resto es nada”. Claro que está hablando de un conocimiento vital, que se hace desde el corazón o con todo el ser de la persona, no desde la simple capacidad de definir o memorizar fríamente las cosas. Sabemos que el conocimiento en la biblia desborda el saber humano y expresa una relación existencial. Conocer a alguien es entrar en relaciones personales con él: de solidaridad, conyugal, de obediencia, de reciprocidad, etc. San Pablo no desea ninguna otra cosa sino el conocimiento de Cristo Jesús, lo prefiere por encima de todo lo que fue motivo de orgullo para él, con tal de vivir unido a él y experimentar el poder de su resurrección(Flp 3, 8-11).
Es por ello que, frente a este “fracaso” en su misión, Jesús dedicará tiempo a educar la capacidad de escucha y comprensión por medio de las parábolas que dirá más adelante. Claro que en dichas parábolas, además de reaccionar a la mala comprensión que hacen de él sus contemporáneos, Jesús, va más allá presentando la grandeza y belleza del reino de Dios. En la parábola del sembrador describe las diferentes actitudes que se pueden tener frente a la predicación, para terminar inculcando que donde hay verdadera escucha, la palabra hace su obra. En las parábolas del grano que crece por sí solo y de la semilla de mostaza nos presenta el poder de la palabra, que obra por sí misma. Jesús es un gran maestro que no sólo se ocupa de los contenidos, sino de la capacidad de los alumnos, como lo hace ahora con una lógica y sabiduría impecable, además de una gran paciencia y caridad. Cuánta serenidad reflejan las enseñanzas de Jesús en medio de la violencia que le hacen. Siempre la violencia comienza cuando reducimos al otro a nuestros prejuicios.
“Si al jefe de la casa le han llamado Belzebú, ¿qué no dirán de los de su familia?(Mt 10, 25). La comprensión de la persona y la obra de Jesús está más allá de toda capacidad humana, es un don. “…nadie puede decir: ´¡Maldito sea Jesús!´, si está hablando por el poder del Espíritu de Dios. Y tampoco puede decir nadie ´¡Jesús es Señor!´, si no está hablando por el poder del Espíritu Santo”(1Cor 12, 3). La ciencia sobre Dios de algo sirve, pero, su conocimiento profundo, “no es obra de la carne ni del deseo de hombre alguno, sino de Dios”(Jn 1, 13). San Pablo nos enseña que hay una forma mundana de conocer a Cristo: “Por eso, nosotros ya no pensamos de nadie según los criterios de este mundo; y aunque antes pensábamos de Cristo según tales criterios, ahora ya no pensamos así de él”(2Cor 5, 16). En el texto de Marcos que meditamos, existe una tremenda confusión sobre la persona de Jesús. Su familia salió a buscarlo porque creían u oían que estaba loco. Los guías religiosos son los que tienen una idea más distorsionada acerca de él, ya que para ellos actúa bajo el poder de Satanás. Podemos decir, con san Pablo, que se trata de un conocimiento según los criterios del mundo. Es necesaria la docilidad al Espíritu para poder conocer y aceptar a Jesús como él es y no según nuestros prejuicios: “Nadie conoce realmente al Hijo, sino el Padre”(Mt 11, 27). Los prejuicios pueden ir desde considerarlo un simple mortal, que propuso una excelente filosofía de la vida; o también, como un espíritu celeste desde el cual se debe menospreciar la humilde condición humana y todo el orden temporal. Dichos prejuicios pueden darse dentro o fuera de la comunidad de creyentes. Algunos creyentes piensan que ciertas posturas del Papa Francisco o de otros pastores caen dentro de la herejía o están cercanas a ella. Desde fuera de la Iglesia se satanizan algunas de sus orientaciones por no estar de acuerdo con la “ortodoxia” de la posmodernidad. Muchos de los ideólogos del relativismo, hedonismo, materialismo reinantes satanizan los principios de convivencia que brotan del Evangelio, los acusan de fanatismo, oscurantismo, retroceso. Jesús recoge toda aquella “difamación” que hacen contra su persona, denunciando el pecado contra el Espíritu Santo. Jesucristo es la obra del Espíritu Santo, este es el único que puede dar testimonio verdadero de él en nuestros corazones. Confundir a Jesús con satanás es signo de una decadencia interior de la que difícilmente se puede el hombre recuperar. Frente al testimonio que da el Espíritu de la sabiduría de Dios manifestada en Jesucristo, quedan al descubierto “las intenciones de muchos corazones”(Lc 2, 35). Será ruina y resurgimiento de muchos en Israel, nos dice Simeón. Por eso, desconocer a Jesucristo como el Hijo de Dios, es la peor ofensa contra el Espíritu Santo. Tal vez por eso dice Jesús que “el que ofenda con sus palabras al Espíritu Santo nunca tendrá perdón, sino que será culpable para siempre”(Mc 3, 29). ¿Cómo curar al ciego que no quiere ver?










