HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo XX del Tiempo Ordinario
(Lc 12, 49-53)
14 de Agosto de 2022
Según Lucas, Jesús inicia su misión animado por el Espíritu Santo, anunciando “el año de gracia del Señor”(Lc 4, 19), suprime una frase que viene en el original de Isaías: “para proclamar el día de la cólera de nuestro Dios”(61, 2). Predomina en su evangelio el Jesús compasivo y misericordioso(Lc 15): “Cuando entren en una casa, primero digan: ‘¡Paz para esta casa!’ Si hay alguien allí digno de la paz, la paz descenderá sobre él; de lo contrario volverá a ustedes”(Lc 10, 5-6). Por esto hasta se duda que el pasaje que ahora meditamos sea de Lucas: “No he venido a traer la paz, sino la división”(Lc 12, 51). Sin embargo, este Jesús, sí coincide con el que denuncia a los ricos, a los que se hartan ahora, a los que ríen y a los que les gusta quedar bien con todos(Lc 6, 24-26): “¡Qué difícil es que entren al Reino de Dios los que tienen riquezas!”(Lc 18, 24). También, con el que denuncia la ambición y la hipocresía: “Cuídense de los maestros de la Ley,.. Se apoderan de los bienes de las viudas y, para aparentar, hacen largas oraciones. Estos serán juzgados con severidad”(Lc 20, 47). Sólo en Lucas Jesús habla del rico que “celebraba grandes banquetes”: “Abraham le respondió: ‘Hijo, recuerda que recibiste bienes en tu vida y Lázaro, en cambio, recibió males. Ahora él recibe el consuelo, mientras que tú eres torturado”(Lc 16, 25). No cabe duda de que con Jesús “el Reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan”(Mt 11, 12). Se trata de la “violencia” del amor que trata de dignificar al hombre combatiendo la paz de los sepulcros: “Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo”(Jn 14, 27).
De diferentes maneras, Jesús, ha venido presentando con más fuerza el reino de Dios, las dimensiones de la fe. Cada vez más se deja sentir el conflicto entre el proyecto de Jesús y la mentalidad del mundo. Ya desde sus enseñanzas sobre la oración, denunciaba actitudes humanas frente a la fidelidad de Dios: “si ustedes que son malos saben dar cosas buenas a sus hijos…”(Lc 11, 13). Desde el amor providente de Dios, cuestiona la paternidad humana. De igual modo, desde esa providencia divina establecerá pleito con cierta idolatría que se da en la relación con las cosas, “cuidado con la avaricia, porque la vida del hombre no depende de los bienes que posea”(Lc 12, 15) enseña Jesús. Más se nota la inadecuación de los planes de Dios con los de los hombres, cuando se proyecta el reino de Dios desde las realidades definitivas y se vuelve “un tribunal” de lo que acontece en el mundo; se convierte en el “dueño de casa” que vendrá a pedir cuentas de los bienes que ha confiado a sus servidores, obligando así, a una vida en estado permanente de vigilancia.
Así, la imagen del fuego, que ahora utiliza Jesús, está en total sintonía con el anuncio y denuncia que viene realizando. Con esta imagen le da “carta de ciudadanía” plena a la presencia de Dios en el mundo: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna”(Jn 3, 16). El misterio de la encarnación es el misterio de la debilidad de Dios por la humanidad; Dios y hombre han hecho las paces en Jesucristo. De entrada, “…Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por él”(Jn 3, 17). Sin embargo, se trata de una presencia tan real que ofrece resistencia en nombre del amor: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a aquellos que los odian, bendigan a los que los maldicen…”(Lc 8, 27-28). Porque el proyecto de Dios procede del amor más fiel y generoso, es que choca con el amor interesado, comercial que se vive en el mundo. En el fondo Jesús nos quiere entregar el proyecto del amor de Dios, revelado plenamente en su muerte y resurrección, para ello debe quemar toda la escoria de egoísmo humano.
Jeremías es un buen testimonio de la trascendencia del amor de Dios que confronta los criterios banales de este mundo. Lo vemos ahora recibiendo el castigo por haber denunciado las infidelidades de su pueblo, en el trasfondo de la invasión del ejército caldeo: “Así dice el Señor: Si no me escuchan y no se comportan conforme a la enseñanza que les he dado, y no escuchan a mis servidores, los profetas, que yo les he enviado incansablemente,… y dejaré este Templo como el de Siló y a esta ciudad la convertiré en fórmula de maldición para todas las naciones de la tierra”(Jer 26, 4-6). Es como si ahora nos atreviéramos a denunciar la violencia que sufre nuestro país, diciendo que se debe a que nos hemos apartado de la palabra de Dios, no obstante ser un pueblo muy religioso. La realidad es que se ha quitado del centro de la vida personal y comunitaria a Dios y se han puesto los caprichos humanos. La moda es responsabilizar a los demás antes que reconocer la idolatría que vivimos cada uno y como sociedad de la paz barata que produce una vida sin causa justa, donde se absolutiza el bienestar, la diversión, el éxito, la fama, enriquecerse, etc. Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con ayuno y oración, es decir, con el poder de la fe(Mc 9, 29; Mt 17,21).
Jeremía denunciaba las soluciones políticas, como la alianza con Egipto, en favor de la alianza con Yahvé: “Así dice el Señor: ‘Maldito quien confía en el ser humano y pone su fortaleza en lo que es débil, mientras aparta su corazón del Señor…Bendito quien confía en el Señor y pone en el Señor su seguridad…”(Jer 17, 5.7). Precisamente, la palabra del Señor se convirtió dentro de su corazón como un fuego que no podía apagar(Jer 20, 8-9). Esto le acarreaba siempre la persecución de su pueblo: “Escuchaba el rumor de una muchedumbre: ¡Ahí está ‘Terror por todas partes’! ¡Avisen para que lo denunciemos! Todos mis compañeros aguardaban mi caída: ‘Quizá se deje engañar y logremos hacerle algo; así nos tomaremos venganza contra él’”(Jer 20, 10). También la carta a los hebreos nos invita a estar preparados para enfrentar la oposición de este mundo a la fe. Por eso, nos presenta el testimonio de la “multitud de antepasados” que dieron prueba de su fe pero, sobre todo, a Jesucristo que “aceptó la cruz, sin temer su ignominia, y por eso está sentado a la derecha del trono de Dios”.
Jesús ha iniciado la subida a Jerusalén y el tono de sus enseñanzas se vuelve cada vez más radical. Inmediatamente pone las condiciones de su seguimiento y del envío(cps. 9-10), ofreciendo su propuesta bajo la dinámica del don ,y por lo tanto, fuera del alcance de todo interés deshonesto, utilitarista y de negocio: “El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”(Mt 8, 20). El seguimiento de Cristo deberá vivirse en la libertad del amor, sin contaminarlo con las propias ambiciones, miedos y falsas humildades. ¡Cuánta fe convenenciera y carente de gratuidad! Claro que Dios nos comprende, pero nos invita a plantarnos frente a él con humildad verdadera y dignidad. De otro modo seguiremos acudiendo a él cuando tengamos la “soga al cuello”, y no desde la libertad de regocijarnos simplemente por estar en su presencia o porque él es como es y hace su Voluntad.
El domingo pasado, también, Jesús urgía a la generosidad a los encargados de las comunidades, desde las “cuentas” que deberán de rendir a quien los puso al frente de ellas. Además de ser, esto, una advertencia hacia los que están al frente de otros, resulta una invitación a definirse frente al juicio que deberán enfrentar. Invocar “la hora de la verdad” es dejarse de apariencias y simulaciones y asumir la responsabilidad que corresponde a cada uno. La imagen del “fuego” que ahora menciona Jesús, que ha venido a traer a la tierra, parece estar en la misma sintonía de presentar la radicalidad de su propuesta. Como si Jesús nos revelara el espíritu de sus enseñanzas y nos denunciara que le hemos quitado “filo” al evangelio, que lo hemos hecho muy negociable. No nos está diciendo que busquemos pleito, pero sí que el evangelio tomado en serio necesariamente nos deberá conducir al Conflicto.
Esto es desconcertante en una época en la que en nombre de una falsa pluralidad y compasión la evangelización resulta carente de identidad. A veces pareciéndonos más a las tiendas de autoservicio que quieren ser muy complacientes con sus clientes, y no rara vez por el beneficio económico que puedan representar y no tanto por razones evangélicas. Esto, en ocasiones nos ha conducido a ser más sacramentalistas que evangelizadores, dizque para no incomodar y alejar a la gente. Bajo esta consigna hacemos favoritismos y privatizamos las celebraciones litúrgicas, haciéndoles perder su eficacia de ser fermento de nueva humanidad. ¿Nos interesará que no se alejen del evangelio o de nuestras estadísticas o economía? También, el fuego que ha venido a traer Jesucristo, tiene que ver con la justicia, la honestidad, la solidaridad. Si aplicáramos de verdad estos valores, la Iglesia tendría que entrar en conflicto con muchos católicos de la “familia” que abusan de sus hermanos.










