MEDITACIÓN DE NAVIDAD
MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA,
OBISPO DE TORREÓN.
25 diciembre 2022
La Navidad nos anuncia la fraternidad universal. De alguna manera somos hermanados por un deseo común: el estar junto a los seres queridos, amigos o hermanos en la fe. Unos la viven más religiosamente, otros menos. Todos pueden celebrar esta fiesta, unos más desde el hombre y otros más desde el proyecto de Dios o, tal vez, sea mejor dicho, algunos celebrando más al hombre desde el proyecto de Dios y, otros celebrando más a Dios desde el proyecto del hombre. El gozo de los encuentros que vivimos nos anuncian que la experiencia comunitaria y de familia es algo vital para todo ser humano. La Navidad nos pone por el camino del encuentro. Pero sabemos que aunque nuestras reuniones manifiestan una gran necesidad de comunicación y cercanía, el camino para construir la gran convivencia de la paz es muy largo todavía. No hay duda de que nuestras celebraciones de navidad son sinceras y cálidas, pero hay, todavía, muchos que se quedan fuera del calor fraterno, por diversas razones: políticas, económicas, raciales, religiosas, geográficas, culturales, psicológicas, etc.
El Papa Francisco, en su Mensaje por la Paz, nos dice que “la pandemia tocó las fibra sensible del tejido social y económico, sacando a relucir contradicciones y desigualdades. Amenazó la seguridad laboral de muchos y agravó la soledad cada vez más extendida en nuestras sociedades, sobre todo la de los más débiles y la de los pobres…” Sin embargo, dice también, que la pandemia ha revelado al mundo su vocación de familia humana: “Desde esta experiencia ha surgido una conciencia más fuerte que invita a todos, pueblos y naciones, a volver a poner la palabra “juntos” en el centro. En efecto, es juntos, en la fraternidad y la solidaridad, que podemos construir la paz, garantizar la justicia y superar los acontecimientos más dolorosos. De hecho, las respuestas más eficaces a la pandemia han sido aquellas en las que grupos sociales, instituciones públicas y privadas y organizaciones internacionales se unieron para hacer frente al desafío, dejando de lado intereses particulares. Sólo la paz que nace del amor fraterno y desinteresado puede ayudarnos a superar las crisis personales, sociales y mundiales”.
En su Navidad, Dios nos propone su estrategia para superar todas estas contradicciones y desigualdades. Esta no ha sido otra que la de su amor solidario que se despoja de sus privilegios divinos para compartir nuestros sufrimientos: “No consideró codiciable permanecer igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, asumió su condición de esclavo y se hizo semejante a los seres humanos”(Flp 2, 6-7); El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”(Jn 1, 14). La historia, que se encontraba mal herida a la orilla del camino, fue encontrada por Jesús que, como el buen samaritano, se detuvo para curar sus heridas, ponerla sobre su cabalgadura y pagar su curación total. Jesús derramó sobre ella la medicina del amor y la ternura para recrearla. Dios se ha hecho nuestro semejante, para enseñarnos a amar al prójimo.
En la Navidad, el corazón de Dios y de la humanidad se une en este sueño de paz. En el pesebre están expuestas las fibras más sensibles de Dios y del hombre. Los sentimientos inocentes de justicia, de hermandad, de felicidad, se encuentran ahí en su estado más vulnerable. Necesitan ser tratados con delicadeza, usarlos como pretexto para saciar nuestra sed de diversión y placer es un atropello. En la Navidad Dios nos ha confesado sus sentimientos más íntimos, no los despreciemos, antes bien abramos nuestro corazón para acoger su aliento. También están en el pesebre las ilusiones del hombre en busca de consuelo. No atropellemos la inocencia del pesebre con nuestras ambiciones y pleitos vulgares. Respeto por Dios y por el hombre que nacen juntos en Belén en un pesebre. No hay pretexto para no ser creyente porque se es humanista o para ser humanista porque se es creyente. Dios, en su encarnación, se ha unido a cada hombre, de tal modo que donde está el hombre está Dios y viceversa. Si queremos celebrar sólo a Dios o sólo al hombre, esta no es la Navidad. Dios y el hombre juntos, siempre. Dios nos conduce al hombre y el hombre es camino hacia Dios: “He aquí al hombre”(Jn 19, 5), dijo Pilato señalando al Hijo de Dios. “Ustedes son dioses”(Jn 10, 34; Sal 82, 6), dijo Dios, refiriéndose a los hombres. Desde entonces, al hombre se le comprende mejor desde Dios y a Dios desde el hombre. No hay porque avergonzarse de ser hombre, que madura lentamente a punta de caídas y levantadas; pero, tampoco de su vocación divina, de su perfección en el amor. El coro de los ángeles nos da la pauta de lo que ha sucedido: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres amados por él”(Lc 2, 14).
De cualquier forma el pesebre de Navidad es sagrado, en él está el Dios amable que se ha hecho un niño, pero también está el hombre que anhela su divinidad, su dignidad con todo derecho. Ambas causas merecen respeto, la de Dios porque nos ha hecho el favor de visitarnos siendo él tan santo y no teniendo ninguna necesidad de nosotros; y la del hombre porque es imagen de Dios y su esperanza de dignidad es sagrada. Belén es la sede de los marginados, descartados, migrantes, pobres, familias, secuestrados, discriminados, es la casa de la vida. En el recién nacido están encarnados los anhelos de fraternidad, solidaridad, paz, justicia. Honremos con nuestro culto sincero toda esta santidad que se irradia desde el Pesebre.
Hemos escuchado la narración del nacimiento de Jesús contada por san Lucas. Él nos da testimonio de que la encarnación del Hijo de Dios no se trata de un mito, sino de un acontecimiento histórico. Para ello ubica su nacimiento en las coordenadas de la historia oficial: César Augusto, emperador del imperio romano. Quirino, gobernador de Siria; Belén, ciudad de David. Jesús nace en el contexto de un censo, que supongo se puede verificar en la historia oficial. La historia universal y la historia de salvación se entrelazan en Jesucristo, no son dos, sino una sola. Por el contrario a los criterios oficiales de la importancia de los acontecimientos, los creyentes utilizan otros parámetros. Gracias a los criterios de la fe se rescata de los escombros de la historia los acontecimientos marginales en torno a Jesús y sus discípulos. Los autores sagrados se encargan de narrarnos la historia de Dios en medio de los hombres. Desde la fe, la historia universal queda asumida en la historia de la salvación. Sólo la mirada creyente puede sacar del anonimato aquellos insignificantes hechos. ¿Qué tiene de relevante el nacimiento de un niño en un establo? Tal vez sólo lo anecdótico de que coincidió en el tiempo del censo y que no pudo nacer en un lugar adecuado. Pero, entonces la noticia no es tanto el nacimiento cuanto las circunstancias. Es este un buen retrato del caminar en la fe, un ir reconociendo intervenciones portentosas de Dios en acontecimientos cotidianos, darle protagonismo a Dios en medio de tantos protagonistas. ¿Quién se atreve a escribir la historia del protagonismo de Dios en el mundo? Más admirable este testimonio considerando que cuando se escribió esta historia, los protagonistas del mundo se ensañaban contra los discípulos de Jesús.
San Lucas nos describe la autosuficiencia de la organización política y social del imperio al que pertenecía el pueblo de Israel. Era un imperio aparentemente invencible que aplastaba a sus adversarios ante cualquier intento de rebelión. Resulta esto una buena imagen de la relación de Dios con el hombre. Aparentemente el hombre cada vez necesita menos de Dios para ser feliz, cada vez depende más de sí mismo, tiende a asegurarse sobre sí mismo y rechazar a los otros y al Otro. Aquel no encontrar posada para nacer, parece ser una profecía de lo que acompañaría siempre al mensaje de la fe: “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”(Jn 1, 11). A pesar de la apatía e indiferencia del mundo, Dios se incorpora al caminar de su pueblo. Lo vemos con su familia, con mucha mansedumbre, obedecer el edicto de César Augusto. No se enfrenta con violencia a la arrogancia de los poderosos. Frente a la tiranía, Jesús, asumió la resistencia pacífica. Jesús siempre confió en la fuerza irrevocable del amor, no dudó en hacer su propuesta a pesar de la arrogancia del mundo: “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que así sean en verdad hijos de su Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre justos e injustos”(Mt 5, 43-45).
A pesar de que el mundo “eructaba” autocomplacencia, soberbia, Dios no se enganchó con su arrogancia, sino que fue fiel a sí mismo, no aceptó vivir su misión bajo el signo de la cólera divina, sino del “Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre sempiterno”, “Príncipe de la paz”. Penetró en este mundo obedeciéndolo, “nacido bajo la ley”(Gal 4, 4), nos dice san Pablo. No obstante, Dios, no cambia su estrategia de realizar su misión como el Servidor que no apaga la mecha que aún humea(Is 42, 3). Comienza su misión de salvar a la humanidad casi pidiendo disculpas por las molestias que puede estar causando. Empieza como terminó, como un malhechor, uno del que se aparta la mirada(Is 53, 3-4).










