– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO VI ORDINARIO
(Mc 1,40-45)
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
11 de febrero, 2024
En el texto que meditamos podemos ver, a través de Jesús, la actitud diabólica de una religión quediscriminaba a los enfermos, de los cuales los leprosos eran de los más impuros, tal vez por lo contagioso que era y el efecto que tenía sobre la carne de las personas. De esta manera trasmitirá la imagen de un Dios de “bajos instintos” que se regía por la ley del más fuerte. El hombreproyectaba sus niveles primitivos sobre Dios. Hacia de una ley básica de sobrevivencia criterio de salvación. El instinto primario de conservación, tal vez, sea la fuente de las leyes de pureza e impureza, tan importantes en todas las religiones. De algún modo todas pelean contra las fuerzas del mal cuya simbología es muy variada. Lo que detonaba los mecanismos psicológicos de miedo, asco, repugnancia, fueron considerados impuros e identificados con lo diabólico. Con aquello con lo que los animalejos se van seleccionando y descartando, para la sobrevivencia del más fuerte, se fue apoderando también de las prácticas religiosas.
Se fue haciendo voluntad de Dios lo que era voluntad humana. Le empezamos a atribuir a Dios nuestras “alergías” y repulsiones. Esto es de lo más diabólico, poner a Dios al servicio de nuestros intereses mezquinos, totalmente contrarios a sus sentimientos compasivos. Esto se parece a lo que hizo la serpiente en el paraíso, contar la mentira más grande sobre Dios: “Lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en que coman se les abrirán los ojos y serán como Dios, conocedores del bien y del mal”(Gn 3, 5).
Jesús vino a devolver a Dios su inocencia, a presentarlo tal cual es, no condicionado por nuestros miedos y ambiciones. Es claro que debemos cuidarnos de todo lo que amenaza la vida y la salud, pero los criterios de interpretación deben de ser reflexionados y evangelizados, de lo contrario destruirán la vocación fraterna del hombre con el mito del superhombre.
Las enfermedades de raza superior, discriminación, puritanismo, son una lepra peor que la de la carne. En nombre de un histérico cuidado de sí mismo o de una pretensión de supremacía, se puede condenar a todos los que según la sensibilidad o intereses de un grupo parecen peligrosos o sospechosos.
Y ya metidos por este camino, se pueden hasta justificar escasos para defendernos o deshacernos de “los malos”: calumniarlos, segregarlos, construir muros y, ¿por qué no?, hasta aniquilarlos. No han faltado épocas o grupos que han pretendido hacer un favor a la humanidad al quitarle, lo que ellos consideran, un poco de “basura”, las “limpias étnicas”, tal vez, sean las más escandalosas, pero hay “limpiezas” que avanzan más discretamente: los sobrantes, los descartados, los desechables.
Este domingo celebramos la XXXII Jornada Mundial del Enfermo, en la que el Papa Francisco anuncia la Buena Noticia del proyecto fraterno de Dios para el hombre, aplicado al cuidado de los enfermos: “Nos hace bien volver a escuchar esa palabra bíblica: ¡No conviene que el hombre esté solo! Dios la pronuncia al comienzo mismo de la creación… el primer cuidado del que tenemos necesidad en la enfermedad es el de una cercanía llena de compasión y de ternura.
Por eso, cuidar al enfermo significa, ante todo cuidar sus relaciones, todas sus relaciones: con Dios, con los demás -familiares, amigos, personal sanitario-, con la creación y consigo mismo… Fijemonos en el buen samaritano(Lc 10, 25-37), en su capacidad para aminorar el paso y hacerse prójimo, en la actitud de ternura con que alivia las heridas del hermano que sufre.La cercanía a los enfermos, en todos los sentidos, es uno de los signos inconfundibles de que el reino de Dios está llegando(Mt 11, 5), lo fue en Jesucristo y lo debe ser hoy para la Iglesia.
Sin duda que la lepra era una enfermedad terrible que causaba miedo, asco, repugnancia. Esto hacía que se interpretara como castigo de Dios y, por lo tanto, como algo que tenía que ver con labondad o maldad moral de las personas. Era una enfermedad que tocaba las fibras más sensibles de la relación con Dios. Por su capacidad de contagio era de las que más ofendía las leyes de la pureza. Algo muy profundo del hombre deberán reflejar las normas de la pureza que adquirieron tanta importancia en las religiones antiguas. Por ello, los leprosos debían vivir afuera de los pueblos y no se podían acercar demasiado a la demás gente. A cierta distancia debían advertir que estaban impuros. Se entienden estas medidas como cuidado de la salud, pero lo que no se entiende es la marginación social y la condenación eterna, que eran las “lepras” peores, que se cargaban sobre los ya de por sí leprosos.
Es admirable, también, la humildad y la confianza que revelan las palabras del leproso: “Si túquieres puedes curarme”. Viniendo de una persona tan lastimada por la enfermedad, pero sobre todo por el trato que se les daba en nombre de Dios: discriminación, humillación, condenación, no puede uno menos que conmoverse. Cuántas veces nos sentimos justificados, desde nuestro sufrimiento, para poner en tela de juicio la existencia de Dios o su misericordia; proferimos reclamos, blasfemias contra él. Sin embargo este hombre pone de manifiesto la pureza de su corazón, su belleza interior, dirigiéndose a Jesús con todo respeto, como asegurándole su lugar de enviado de Dios, a pasar de todo. No lo amenaza, no lo manipula, ni chantajea. No toma de pretexto su precaria existencia para convertirse en “profeta del desastre”, tratando de llenar su entorno de pesimismo y de todos los “ismos”. Expresa su necesidad y deja en completa libertad a Jesús. Esto es un modelo de oración y de fe.
Y como “en el pedir está el dar”, Jesús se la juega por él, arriesga todo, su salud, su buena fama, su misión. La profesión de fe de aquel leproso sirvió para que todos nos asomemos a los sentimientos de Jesús por nosotros. Es como una prueba explícita del amor de Jesús por cada uno de nosotros:
“¡Sí quiero: sana!”. Jesús es el sí de Dios, “pues todas las promesas de Dios se han cumplido en él” (1Cor 1, 20). A un corazón contrito y humillado, el Señor no lo desprecia(Sal. 50, 17) siempre le responderá “¡sí quiero: sana!” Busquemos a Dios, hagamos oración con la firme convicción de que Dios sí quiere de antemano, “que ya sabe lo que nos hace falta”(Mt 6, 8). A partir de este momento comenzarán las grandes discusiones de Jesús con los escribas y fariseos.
Con su manera de proceder, Jesús, denuncia la “lepra del corazón” humano. Mucho del sufrimiento y marginación que existe en el mundo depende más de las actitudes con que enfrentamos ciertas problemáticas: “Cuelan el mosquito y se tragan el camello”(Mt 23, 24). Hay que colar el mosquito, pero sin tragarse el camello. Tal vez Jesús exagera en su generosidad, se arriesga más de la cuenta al “sentir compasión, extender la mano y tocar” al leproso. Frente a cualquier reclamo, por su forma de proceder, Jesús podría contestar desde su lógica: “¿No puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O te vas a enojar porque soy bueno?”(Mt 20, 15). En todo caso, está haciendo uso de lo suyo, de su libertad al servicio de la compasión y no ofendiendo el espíritu de la ley.
“Trasgredir” la ley en beneficio de una justicia mayor que la de los escribas y fariseos(Mt 5, 20), vaa ser una constante en la actuación de Jesús. Esto es mejor que burlar los mandamiento de Dioscon preceptos humanos(Mc 7, 6; Mt 15, 7- 9). No sirve de nada cumplir materialmente los mandamientos, siempre hará falta “una cosa”(Mt 19, 21): el amor(1 Cor 13, 1-3), que siempre nos conducirá a los hermanos más frágiles, para hacer como Jesús con el leproso. El cumplimiento superficial conducirá, tarde que temprano, a la mediocridad. De aquí se sigue el buscar laobservancia más para afirmarse sobre los demás que para prodigar toda la vida que hay en la ley. Todas las instituciones tienen el riesgo de ser puestas al servicio del poder y no de la vida o de la dignidad de las personas.
El próximo miércoles de ceniza, seremos invitados a sacar la mentira de nuestra relación con Dios y con los hermanos, por medio de la oración, el ayuno y la caridad, hechos sólo para agradar a Dios, superando toda apariencia y vanidad: “Y tu Padre que ve lo secreto te recompensará”(Mt 6, 6).
Nuevamente la “pureza” compasiva de Jesús contrasta con la lepra del egoísmo humano, que va produciendo “la cultura del descarte”. Habiendo logrado conquistas muy grandes en favor de los derechos humanos, que han quedado plasmadas en artículos e instituciones, sin embargo el proceso de producción de gente “sobrante” “desechable” continua. Se pelean desesperadamente derechos imaginarios o secundarios y se descuidan derechos fundamentales, como las condiciones de vida digna. Jesús vino a curar la “lepra” más infecciosa que es el pecado. El afán de dominio o de descarte del prójimo es de los pecados que “sí hacen impuro al hombre”:
“Escúchenme todos y entiendan esto: Nada de lo que entra en el hombre puede mancharlo. Lo que sale de su interior es lo que mancha al hombre” (Mc 7, 14-15)
+ Luis Martín Barraza B.










