– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XIX ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
13 de agosto de 2023
Los discípulos son enviados por Jesús a la otra orilla, “mientras él despedía a la gente”, después de la multiplicación de los panes. Llama la atención que dice Mateo que “Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca…” (Mt 14, 22). No parece que los discípulos estuvieran muy de acuerdo con alejarse del éxito logrado por Jesús por medio de la multiplicación de los panes. Por fin habían llenado sus expectativas mesiánicas y de pronto son despertados de aquel sueño tan maravilloso que estaban viviendo. Tal vez el trauma de ser arrancados de aquel escenario “glorioso”, formará parte de la tempestad que vivirán más adelante. No será tanto la naturaleza la que se convulsiona, sino su resistencia interior a dejar escapar la oportunidad de su vida. Así como en la Teofanía de Elías(primera lectura), el viento, el terremoto, el fuego, la brisa, pueden referirse a situaciones internas del corazón como la fuerza de voluntad, los miedos, las pasiones, la paz; así, también, ahora la tempestad pueden hacer alusión a una situación particular de temor, que amenaza con destruirlo todo. Ciertamente que a este estado de ánimo corresponde una amenaza objetiva: la persecución, inherente al evangelio: “Pero ustedes no son del mundo, sino que yo los elegí de en medio del mundo; por eso el mundo los odia”(Jn 15, 20), que, seguramente, la iglesia vivía en esos momentos de manera especial. No obstante, Jesús cuestiona la falta de fe de Pedro y los demás discípulos, a pesar del peligro real, no los justifica: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?(Mt 14, 31). La fe siempre siempre nos desafiará a vencer las tempestades de la vida: muerte, pecado, violencia, división, pobreza, incredulidad, etc., porque contiene dentro de ella el poder de la resurrección(Flp 3, 10), es por eso que no hay excusa que valga. Desde la fe siempre habrá una razón para no perder la esperanza. Sólo el creyente tendrá el atrevimiento de cuestionar el principio del mal menor y proponer el del mayor bien posible. Las tempestades equivalen a las crisis y problemas que no faltan en la vida, que tienen su nivel objetivo, pero que se pueden hacer más complicadas por las vanidades y ambiciones del corazón. Muchas tempestades están echas de egoísmo y capricho humano, son “tempestades en un vaso de agua”.
En cambio, Jesucristo, elige la “brisa suave”(1 Re 19, 12), la voz del silencio, para encontrarse con Dios. El silencio nos permite callar todos los gritos “histéricos”, tanto del interior como del exterior, para escuchar la voz apacible de Dios. No basta que sea popular o bien intencionada alguna iniciativa, sino que debe llevar la marca interior del Espíritu para que se busquen sólo los interese de Dios. Alguna vez hemos dicho cómo sin el Espíritu, la filantropía o el altruismo pueden ser pura propaganda. La oración, básicamente, es reconocer el protagonismo de Dios en la historia, ahí comienza la posibilidad de caminar sobre las tempestades del mundo. Se trata de un acto supremos de fe, la cual consiste en proclamar el Señorío de Dios sobre todas las cosas. Sólo la fe se atreve a desafiar, con esperanza, las tempestades del mundo que amenazan con destruir todo. El grado máximo de la oración es el reconocimiento de la santidad y misericordia de Dios, o sea, la adoración. Gozarse en la gloria de Dios, en su belleza, en su esencia, reconocida en las contradicciones de los acontecimientos actuales, constituye la fuerza más grande en este mundo: “Te alabo, te bendigo Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido bien”(Mt 11, 25). Jesucristo se recrea en la voluntad de su Padre, pero no en abstracto sino la que sucede en el tiempo, y no autoengañandose sino reconociendo a Dios, verdaderamente, en la vida. No se trata de una oración enajenante, que “maquilla” el desaliento, sino la celebración del poder de Dios que se manifiesta más allá de las tempestades de la vida. Desde el “sermón del monte” ya Jesús había enseñado a no orar mirándose a sí mismos, ni sus grandezas ni sus debilidades, sino con la mirada bien puesta en la Paternidad y Santidad de Dios: “…no multipliquen las palabras, como hacen los paganos que piensan que por mucho hablar serán atendidos… Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre…”(Mt 6, 7. 9).
Jesús, también, había sido tentado a hacer la experiencia de Dios en el viento, en la tempestad y en el fuego, es decir, desde la expectativa mesiánica imperante del poder político del rey David. San Juan nos cuenta que hasta querían proclamarlo rey(Jn 6, 15). En todo aquello vuelve a escuchar la voz del tentador que le dice: “convierte las piedras en pan”(Mt 4, 3). Ciertamente ha hecho que el pan alcance a todos, pero bendiciendo a Dios y promoviendo la solidaridad fraterna y no por el abuso de poder. Jesús se mantiene fiel al principio del crecimiento del reino, anunciado en las parábolas, por medio de su presencia discreta pero irreversible. Jesús se acerca a sus discípulos desde una fuerte experiencia de Dios, con la “suave brisa” en su corazón. Ha vivido su getsemaní, donde “dirigió ruegos y súplicas a aquel que lo podía salvar…”(Heb 5, 7). Pero “aun siendo el Hijo, aprendió a obedecer padeciendo, y llegó a su propia perfección….”(Heb 5, 8). Ahora se presenta a sus discípulos como resucitado, vencedor de la muerte y todos los enemigos del hombre. “Soy yo” es el nombre de Yahvé(el que es), con quien Jesús se identifica.
En todo este escenario podemos reconocer el drama de la fe. Por un lado está todo lo contrario a la fe: el mar, la tempestad, ausencia de Jesús, el viento, la oscuridad, el miedo de los discípulos y de Pedro, el hundimiento. Todo esto como simbolismo de todo lo que amenaza la dignidad y la vida del ser humano: las enfermedades, las injusticias, la violencia, el hambre, la muerte etc. Por otro lado están todos los signos del bien: caminar sobre las aguas, las palabras de Jesús Soy Yo, la mano fuerte de Jesús. etc. Aparentemente no queda de otra más que resignarse a que así son las cosas y así serán. Por un lado está el mundo con sus tempestades y por otro el sueño del reinado de Dios en el mundo. Se trata de dos ordenes totalmente diferentes que no vale la pena tratar de reconciliar. Lo más real es lo que sucede cotidianamente y todo lo demás, la fe, son ilusiones que sirven para amortiguar la dureza de la vida. Que nadie tenga la osadía de querer cambiar las cosas, porque es como querer caminar sobre las aguas. ¿Acaso no es cierto que continuamente la violencia devora la paz, el egoísmo al amor, la división a la unidad, el odio al perdone etc. Las propuestas del evangelio son una fantasía. Claro que esto no es así.
Según este pasaje, la fe es contra corriente, es en sí misma signo de contradicción, porque el mundo necesita del amor de Dios, incomprendido siempre por el mundo. Pareciera que Mateo nos quiere decir que la fe se debe vivir en medio de las tempestades, no hay de otra. La travesía comienza muy bien, sintiendo la cercanía de Jesús y con el recuerdo de sus milagros, pero al poco andar el mar se encrespa. La imagen es muy apropiada para ilustrar la travesía de la Iglesia en este mundo, “entre los consuelos de Dios y las persecuciones del mundo”, necesariamente. La travesía por el mar siempre se enfrentará con la tempestad. El mar de Galilea no era abierto, pero lo suficientemente grande para permitir que los vientos lo sacudieran. Así como no hay barca que no sea sacudida por las olas en algún momento de su trayectoria, tampoco la Iglesia, por las tempestades; lo mismo sucederá con la fe de cada persona. La Iglesia no puede ser indiferente a su entorno, existe en el mundo y para el mundo. Si pretende encerrarse en su tranquilidad tarde que temprano será asaltada por lo que suceda a su alrededor.
En esto Pedro es ejemplar, no se resigna a lo “imposible”, por un momento siente que apoyado en la palabra de Jesús, podrá vencer la tempestad, lo cual sucedió efectivamente. Después pierde la confianza y se hunde. Sin embargo, se vuelve a tomar de Jesús y se sobrepone. El cambio de época que vivimos está zarandeando a la Iglesia, amenazándola con hacerla obsoleta. La fe no es sólo el avanzar pacífico en medio de la calma. La fe, tal vez, sobre todo, es anhelar desde lo profundo del corazón caminar sobre el mar encrespado, es decir querer avanzar con los criterios del evangelio en un ambiente hostil para ellos. Esto es la fe, atreverse a lo imposible de soñar con el proyecto de Jesús que consiste en caminar sobre el egoísmo, la violencia, la impiedad y nunca perder la esperanza de que Dios reina en este mundo. En estricto sentido, la fe segura, la de la “orillita”, no existe, sino sólo la que navega mar adentro(Lc 5, 4).









