– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XV ORDINARIO
13 de julio, 2025
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Después del envío misionero y del regreso de los setenta y dos discípulos, Jesús parece querer situarlos en lo esencial de la fe. Los había visto tan emocionados con el “alboroto” de la misión que no fuera a ser que se quedaran sólo con las emociones y se olvidaran de lo fundamental. Lo importante es el seguimiento de Cristo desde la misión. Jesucristo les da una cátedra de discipulado. Siempre comprendemos mejor las cosas desde lo contrario.
Qué mejor antítesis de lo que es un discípulo que un maestro de la ley y muchos guías religiosos junto con él: “Cuídense de de la levadura de los fariseos y saduceos”(Mt 16, 6). La actitud más contraria a la de ser discípulo es la autocomplacencia, el autoengaño. Como se dice coloquialmente: “No hay peor ciego que el que no quiere ver”. No hay mejor retrato de esta actitud autosuficiente que este maestro de la ley.
Toma la pose de discípulo, como de quien humildemente quiere aprender, pero su intención es perversa porque lo que pretende es poner una trampa. Él va desde su seguridad desde la cual intenta ridiculizar a Jesús. El problema no es, principalmente, la mala intención, -que sí lo es-, sino el hecho de que se cierra sobre sí mismo y no permite que entre la luz de la verdad a su corazón. Esta luz es la que detona los procesos de la vida. Jesucristo es la Palabra que contiene la vida y la vida es “la luz de los hombres”, nos dice san Juan(1, 4). Esto es casi como el pecado contra el Espíritu Santo, que también es un menosprecio del discipulado, porque es juzgar a Jesús acusándolo de ser un enviado de satanás(Lc 11, 15). No respetar la identidad de Jesús es resistirse a ser discípulo, y esto es diabólico. Es lo que le hace sentir Jesús a Pedro que trata de desanimarlo del camino de la cruz: “¡Colócate detrás de mí, satanás! Eres para mí un obstáculo, porque no piensas como Dios, sino como los hombres”(Mt 16, 23). Jesús lo invita a caminar detrás de él, a ser su Discípulo.
De hecho, inmediatamente después de esta reprimenda a Pedro, Jesús, anuncia las condiciones del seguimiento: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga”(Mt 16, 24). El maestro de la ley no hace una resistencia explícita, como lo hizo Pedro, pero sí de una forma más sutil, escondiendo sus verdaderas intenciones. Su pregunta es un juzgar loco a Jesús y provocarlo para que haga más el ridículo, y poder evidenciarlo ante el pueblo. Casi es esto semejante a las burlas que hacían su verdugos cuando jugaban con su identidad de mesías durante su martirio, al momento que lo saludaban como rey, le ponían una corona de espinas y lo golpeaban en la cabeza(Mc 16-19). En realidad a aquel hombre no le interesaba lo más mínimo la respuesta de Jesús, más bien estaba reclamando su autoridad, ni modo que quisiera alguna enseñanza; mas bien quería que se diera cuenta quién es quién, que se estaba metiendo en terrenos ajenos. Le muestra sus credenciales a Jesús de censor de la ortodoxia.
Sus intenciones eran como la de los demonios que gritaban: “¿Qué tenemos nosotros que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? ¡Sé quien eres: el Santo de Dios!(Mc 2, 24). Conocer para destruir es de lo más diabólico. Sin embargo, Jesús le jugó muy limpio, lo enfrentó con la inocencia de la paloma, y lo recibe con todo el respeto que merece un maestro de la ley y la seriedad de la pregunta; pero al mismo tiempo con toda la malicia de una serpiente acostumbrado a beber venenos mortales y que no le hicieran daño(Mt 10, 16; Mc 16, 18). Jesucristo no le reclama nada, ni la violencia que el evangelista percibe en la pregunta, ni la falsedad de su vida que siempre les estuvo reprochando. Jesucristo los acusaba de que “no hacían lo que enseñaban, porque imponían cargas muy pesadas, difíciles de llevar, las colocan sobre las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo querían moverlas”(Mt 23, 3-4). Jesús le muestra que él le puede dar es la misma que él ya sabe, que no se trata de otra doctrina que contravenga la enseñanza de siempre. En realidad no hay mucha subversión en la enseñanza de Jesús, él no ha venido a abolir la ley y los profetas(Mt 5, 17), es el mensaje que parece trasmitir al maestro de la ley. Ciertamente en el darle plenitud busca una mayor coherencia entre el amor a Dios y al prójimo. El amor a Dios y al prójimo es donde nos podemos encontrar todos los creyentes, de cualquier dios. La diferencias vienen después, a la hora de interpretar esto. Como si Jesús le dijera somos hermanos, no somos enemigos. Si todo el mundo pusiera en práctica.
Ciertamente, la lectura que Jesús hace de este mandamiento es muy a la luz de los profetas, los cuales simplemente habían sacado las consecuencias ya implícitas en el decálogo. El Dios de Israel es el único que muestra su santidad dignificando al ser humano: “No oprimas ni explotes a tu prójimo; no retengas el sueldo del jornalero hasta la mañana siguiente. No te burlaras del mudo ni pondrás tropiezo al ciego. Temerás a tu dios. Yo soy el Señor”(Lv 19, 13-14). Amar a Dios es encargarse del que está tirado a la orilla del camino de la vida, porque ha sido despojado de su dignidad por el egoísmo del mundo. La invitación a encarnar a Dios en el prójimo viene desde el Antiguo Testamento. Los diez mandamientos están diseñados bajo el principio de amor a Dios y al prójimo, tres mandamientos directamente a Dios y tres al prójimo, en realidad todos son un homenaje a Dios y todos, al prójimo. Tal vez, en el tiempo de los patriarcas fuera muy importante desmarcarse de la idolatría dando un culto muy especial a Dios por medio de los rituales. Pero para el tiempo de los profetas Yahvé ya se defendía del culto sin justicia fraterna: “No vuelvan a traer ofrendas vacías, cuya humareda me resulta insoportable. ¡Déjense de convocar asambleas, lunas nuevas y sábados! No aguanto fiestas mezcladas con delitos”(Is 1, 13).
La liturgia de este domingo nos presenta el mandamiento principal bajo la óptica de Lucas. Mateo y Marcos hablan del mandamiento principal y un “segundo”, que en realidad queda íntimamente unido al primer mandamiento(Mc 12, 31; Mt 22, 39). Lucas, para que no quepa duda, le quita lo de “segundo”, y hace decir a aquel doctor de la ley, de corrido, el mandamiento del amor(Lc 10, 27). Puede parecer esto una sutileza sin importancia, pero corresponde bien a la importancia que da Lucas al amor al prójimo. Para ello nos ofrece una parábola muy minuciosa, a propósito de la insistencia de aquel letrado. El doctor de la ley, que supuestamente va a poner a prueba a Jesús, no se da cuenta que se está exhibiendo como ejemplo del problema de la religión judía, y de toda religión: creer amar a Dios sin amar al prójimo.
El Papa Francisco comentaba a propósito de esta parábola: “Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los mas frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos acostumbramos a mirar al costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones…(FT, 64). “En las sociedades globalizadas, existe un estilo elegante de mirar para otro lado que se practica recurrentemente: bajo el ropaje de lo políticamente correcto o las modas ideológicas, se ira al que sufre sin tocarlo, se lo televisa en directo, incluso se adopta un discurso en apariencia tolerante y repleto de eufemismos”(FT, 76). Así las cosas, sólo hay dos opciones, o somos compasivos con el sufrimiento de los hermanos o somos indiferentes. También se puede decir, o somos solidarios de verdad o somos de los lobos y mercenarios.
El problema de la fe está más en la incoherencia de vida que en su falta de conocimiento. Insistir en la animación de la fe por medio del conocimiento y la oración es para ponerla en práctica. Además, sin interioridad, si el corazón no es apacentado en la intimidad con Dios no se puede vivir una caridad desinteresada. La insistencia del letrado da la oportunidad a Jesús de presentar con toda claridad el núcleo de su enseñanza: el amor a Dios está profundamente condicionado por el amor al prójimo. El prójimo no se puede reducir a los familiares o los que me caen bien, sino que es toda persona que necesita nuestra caridad o que se hace cargo de quien está tirado por el camino de la vida. Lucas es muy sensible a la fe que se juega en el curar, alimentar y liberar. Seguramente en las comunidades cristianas de Lucas ya existía, también, problema del divorcio fe-vida. Parece que a Lucas le interesa insistir de manera muy puntual, que no se puede amar a Dios a quien no se ve si no se ama al hermano a quien sí vemos(1 Jn 4, 20).










