– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXI ORDINARIO
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
25 de agosto, 2024
San Juan nos presenta en este pasaje la reacción de sus discípulos a las palabras de Jesús: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”(Jn 5, 55). Estos, captan la intención de superación de las instituciones judías y toda la religiosidad que significaban, porque no tienen el poder de dar la vida plena y en muchos casos eran la causa de muchos sufrimientos para el pueblo: “Quién pecó, él o sus padres?”(Jn 9, 2). Desde el primer signo, en las bodas de Caná, Jesús, está sentenciando al judaísmo como un sistema lleno de razonamientos humanos más que de mandamientos divinos. Moisés, Abraham, el templo, la ley, el sábado tenían la misión de conducir hasta Jesús, pero ya “no pueden seguir guardando luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos”(Mt 9, 15). Frente a la gran unción que ha realizado Dios a la humanidad en la persona de Jesús todo lo demás son “preceptos humanos”. Jesucristo ha llevado la religión a su nivel verdadero, “científico”: “Acerca tu dedo y comprueba mis manos; acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino criente”(Jn 20, 27). Tal vez en estas palabras se resuma todo el texto que estamos meditando. No creo que sea la literalidad de las palabras lo que escandalice a los judíos, sino la pretensión que contienen, de poner a Cristo como el nuevo templo(Jn 2, 19). Todo el evangelio de Juan está escrito en un lenguaje cifrado muy comprensible para la mentalidad judía, donde se está diciendo: “No fue Moisés quien les dio pan del cielo, es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo”(Jn 6, 32).
El texto que meditamos comienza recordándonos la crudeza del misterio de la encarnación con el que Dios ha querido sellar su amor al mundo en la persona de Jesús. No hay nada más real que Dios en medio de nosotros en el misterio de Cristo. Por eso “falsifican el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios. Quien excluye a Dios de su horizonte falsifica el concepto de ‘realidad’ y, en consecuencia, sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas”(DA, DI). Frente a la tentación que siempre existe de hacer de Jesús un espíritu celeste, una devoción privada, una filosofía del buen vivir, san Juan insiste en su realidad corpórea con tanta fuerza que escandaliza a quienes le escuchan: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?(Jn 6, 60). Nuestra fe es de “carne y hueso”, tiene repercusiones concretas, comprobables, no se trata de una Superstición.
Este pasaje nos hace pensar en el sacramento de nuestra fe. Seremos creyentes en la medida en que aceptemos la presencia real de Cristo en la eucaristía, pero también dependerá de cómo entendamos dicha presencia. En las primeras comunidades cristianas, la fracción del pan, eran convites de fraternidad, de solidaridad, de escucha de la palabra de Dios, de oración y misión(Hech 2, 42; 1 Cor 11, 17-33); todo ello era presencia de Cristo. Con el tiempo dicha presencia real se fue reduciendo al pan y al vino. Se elaboró una teología con categorías filosóficas encaminada a explicar la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. Lo más importante era comprender la transubstanciación en virtud del poder de Dios. Cambian las substancias de pan y vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, permaneciendo los mismos accidentes, se dice. En sintonía con ello se fue promoviendo un culto que privilegiaba la adoración individual al cuerpo de Cristo, aislándolo de su presencia en la comunidad y en la vida. Se fue imponiendo la práctica de la reserva eucarística, en buena medida para la adoración, por sobre la comunión. Llegó a ser más importante la contemplación personal del Santísimo Sacramento que alimentarse de él, para entrar en comunión con todo su proyecto. Se perdió la relación de la eucaristía con la palabra, la comunidad y la misión.
Es cierto que la fe eucarística tiene que ver con la transubstanciación y la dificultad racional de apoyar las nuevas substancias o formas en los accidentes de pan y vino. También es cierto que el culto a la eucaristía es muy importante, porque estamos frente a la presencia real de Cristo. Sin embargo, la eucaristía contiene el proyecto del reino anunciado por Jesús, comer con Jesús nos hace comulgar con sus ideales. De otro modo comeríamos el “bocado de la traición”(Jn 13, 27). Tampoco, la fe eucarística, debe depender de los milagros eucarísticos donde la hostia se convierta en carne real.
Qué bueno que haya milagros eucarísticos, pero que nuestra fe se apoye principalmente en dichos milagros no es lo adecuado, sino en la experiencia de Cristo en su palabra, en la comunidad y en su cuerpo y su sangre. Por ello, más que esfuerzos en buscar milagros eucarístico, deberemos decir con Pedro: “tu tienes palabras de vida eterna”(Jn 6, 68).
“La carne para nada aprovecha, el espíritu es el que da vida”(Jn 6, 63). Se necesita ir más allá de los criterios meramente racionales o emotivos . Necesitamos ser instruidos por el Espíritu que nos conduce a la misma persona de Jesús, para que nos haga entrar en sus criterios: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió, y yo lo resucitaré en el último día”(Jn 6, 44). La eucaristía es una “instrucción” sobre Jesucristo, es el testimonio que da el Padre sobre su “Hijo muy amado”(Mc 9, 7). La eucaristía es la buena noticia de la salvación en Jesús, que resuena en el corazón del hombre y se vuelve fraternidad. Entonces, “comer la carne” de Jesús, significa, encargarme de la carne en la que él indicó su presencia: “lo que hicieron con uno de estos más insignificantes, conmigo lo hicieron”(Mt 25, 40). La “presencia real” se refiere, por lo tanto, también, a que Jesucristo se hace presente en la vida, en la historia, por los “cinco panes y dos peces” de la colaboración humana pero, sobre todo, por la intervención portentosa de Dios. Por Jesucristo vivo en la eucaristía toda la creación se puede convertir en una ofrenda agradable a Dios. En el pan y en el vino está representado el mundo, que puede llegar a ser una fiesta fraterna, un banquete de vida, donde haya pan de sobra para todos.
San Juan y san Pablo van a insistir en el significado comunitario de la eucaristía, la importancia de creer en Jesucristo para celebrarla dignamente tanto en la liturgia como en la vida. Sin restar importancia a las especies eucarísticas insisten más en el significado, es decir, en el estilo de vida de Jesucristo, que debe ser el del discípulo. San Juan, en la institución de la eucaristía se fijará más en el gesto del lavatorio de los pies, como imagen elocuente de su significado. Primero él les lava los pies a sus discípulos, explicándoles el signo con sus palabras: ya no son ustedes siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer…”(Jn 15, 15). Y les encarga que hagan lo mismo entre ellos: “Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes”(Jn 13, 15). En el comer, el alimento se transforma en mi persona. Al comer el cuerpo de Cristo somos nosotros quienes quedamos transformados en Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él”(Jn 6, 56).
San Pablo, releyendo el texto del génesis: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”, se lo aplica al amor de Cristo por su pueblo como cuerpo suyo que es. Así como todos amamos el propio cuerpo, lo alimentamos y le damos calor, así Cristo ama a su Iglesia como a su cuerpo y a cada uno de nosotros como sus miembros, la alimenta con su propio cuerpo. La Iglesia es “la costilla” de Cristo que ha nacido de su costado abierto en la cruz. Cristo ha embellecido a su Iglesia amándola hasta dar su vida por ella, para “presentársela a sí mismo resplandeciente, sin mancha ni arruga ni cosa semejante”(Ef 5, 27). A toda la seriedad con que Cristo asume la contingencia del mundo, la existencia insignificante del hombre en el misterio de la encarnación, le corresponde una decisión, también, de carne y hueso, con todo el realismo de su ser, con toda la mente y el corazón: “Señor, ¿a quién iremos? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! Nosotros hemos creído y reconocido que tú eres el Santo de Dios”(Jn 6, 68-69). La fe se tiene que encarnar en toma de decisiones muchas veces dolorosas: “Si tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y tíralo lejos… Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala lejos..”(Mt 5, 29-30). La principal decisión consiste en “vender todo lo que tengamos darlo a los pobres y seguir a Jesús”(Mc 10, 21)










