– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XXXIII ORDINARIO CICLO «A”.
Mt 25, 14-15. 19-21
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
19 de noviembre, 2023
Cuanto más se acerca “la hora”, según la expresión de Jesús en san Juan, más se intensifica el profetismo de sus palabras. Ya desde la parábola de las muchachas prudentes y las descuidadas éramos invitados a ampliar nuestro horizonte más allá de las limitaciones del momento presente, ya que trata de la espera de la llegada de un novio. Hay un momento presente totalmente desafiado desde un fin. Visto desde el inicio de la espera no se distinguen las diez muchachas, todas son admirables por participar en la fiesta de bodas. Será una mirada verdaderamente creyente la que ponga en tela de juicio la calidad de la espera, desde un final que pone a prueba la trascendencia de todas nuestras acciones. El futuro resulta primeramente un anuncio de justicia y de verdad, es un consuelo para los sufridos de la tierra, los que han sido despojados de su derecho a una vida digna. Sólo en un segundo momento el fin de los tiempos viene a ser un juicio en el amor, que mira a las buena obras y a la rectitud de intención. La mirada creyente es exigente, no basta empezar, hacer cosas buenas, es necesario permanecer y venir siempre desde lo profundo del corazón: “Jesús lo miró con amor y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme”(Mc 10, 21).
Sólo el verdadero creyente tendrá “la malicia” para percibir ese algo más que le falta a las apariencias. Una prueba de ello lo tenemos en el evangelio que meditamos. Por dos ocasiones Jesús habla de “cosas de mucho valor”. Frente a los millones que le entregan los dos primero servidores, Jesús habla del verdadero valor. Para nosotros esos millones significan muchas cosas buenas y, sin embargo, todavía hay algo más valioso. Algo semejante sugiere Jesús cuando dice: “Si ustedes no fueron fieles en el uso de una pequeña cantidad de dinero, ¿quién les va a confiar la verdadera riqueza? Si no fueron fieles en lo ajeno, ¿quién les dará lo que sí es de ustedes?(Lc 16, 11-12). El hecho de que Jesús hable de las “verdaderas riquezas” y de lo que “sí es de ustedes”, es una forma de proclamar el reino de Dios, que nunca estará plenamente realizado en nada de lo que hagamos. Desde la inquietud profética de las “cosas de mucho valor”, me parece que, san Pablo incomoda el momento presente, cualquiera que este sea siempre habrá una instancia que cuestionara nuestra justicia: “Cuando la gente esté diciendo: ‘¡Qué paz y qué seguridad tenemos!’, de repente vendrá sobre ellos la catástrofe, como de repente le vienen a la mujer encienta los dobles del parto, y no podrán escapar”(1 Tes 5, 3).
Se trata de la vigilancia profética que con mucha paz y alegría desea ayudar a cuidar el proyecto de dios en el rostro de los hombres y tiene que asumir la desafiante misión de despertar a sus hermanos, continuamente, a la dignidad que les corresponde como hijos de Dios. Con la lucidez de la palabra de Dios, Jesucristo llegó a cuestionar la justicia de los escribas y fariseos(Mt 5, 20), así como el ayuno(Mt 6, 16), la oración(Mt 6, 5), la limosna(Mt 6, 2). Con esta misma mirada Jesús cuestionó la actitud de los maestros de la ley, como lo meditábamos el domingo antepasado: “Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés: ¡ustedes hagan y obedezcan todo lo que ellos dicen, pero no actúen conforme a sus obras, porque no hacen lo que dicen!”(Mt 23, 2-3). En la liturgia de esta semana Jesús inquietaba nuestro “gris pragmatismo” y nuestra “mundanalidad espiritual” juntos cuando nos enseña: “Lo que sucedió en el tiempo de Noé también sucederá en el tiempo del Hijo del hombre: comían y bebían, se casaban hombres y mujeres, hasta el día en que Noé entró en el arca; entonces vino el diluvio y los hizo perecer a todos”(Lc 17, 26). Donde todo está muy bien, el creyente descubre la oportunidad para anunciar la plenitud del amor de Dios. No se trata de ser “profetas del desastre”, unos “pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre”(EG, 85), que entierra sus talentos de antemano, sino de quien es consciente de que “el triunfo cristiano es siempre una cruz, pero que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal”(EG, 85).
El Papa Francisco asalta nuestra tranquilidad en este domingo para decirnos “No apartes tu rostro del pobre”(Tb 4, 7). Nos dice que “cada día nos comprometemos a acoger a los pobres, per esto no basta. Un río de pobreza atraviesa nuestras ciudades y se hace cada vez más grande hasta desbordarse; ese río parece arrastrarnos, tanto que el grito de nuestros hermanos y hermanas que piden ayuda, apoyo y solidaridad se hace cada vez más fuerte… Vivimos un momento histórico que no favorece la atención hacia los pobres. La llamada al bienestar sube cada vez más de volumen, mientras las voces del que vive en la pobreza se silencian… Los pobres se vuelven imagines que pueden conmover por algunos instantes, pero cuando se encuentran en carne y hueso por la calle, entonces intervienen el fastidio y la marginación. La prisa, cotidiana compañera de la vida real, impide detenerse, socorrer y hacerse cargo de los demás…”(Mensaje de la VII Jornada Mundial de los Pobres 2023).
Jesucristo nos enseña a someter el futuro al proyecto de felicidad y salvación del ser humano. De ser una fatalidad que simplemente se nos echa encima y que sólo podemos enfrentar mágicamente, con amuletos y talismanes, a ser el espacio de las decisiones mas libres cada vez. Para eso nos invita a abrirnos a la utopía de la libertad y de la fraternidad universal, que requiere de procesos largos. Podemos quedarnos a vivir cómodamente en el momento, pero perderemos la oportunidad de que se nos confíen “cosas de mucho valor”, es decir, que seamos colmados de los anhelos más profundos del corazón. No basta con ser muy voluntarioso o previsor, es necesaria la experiencia del don. Se trata de una actitud frente a la vida.
Pareciera que es mejor concebirnos autónomos e independientes, para no deberle nada a nadie. Tal vez esto sea cierto en el tema económico, pero en el de la existencia total es mejor la experiencia de la deuda al tope. Estar en la “cartera” de los deudores de Dios nos salva. Antes de que cometamos pecados le debemos todo a Dios. La propuesta de Jesús es la de sentirnos endeudados con la gratuidad Absoluta. Esta nos sujeta a ella dejándonos en libertad, prueba de ello es que muchos la niegan. Es cierto que en las vida cotidiana las deudas se pagan muy caras y que hay abusos. No podemos acusar a Dios de lo que hacemos los seres humanos. La experiencia de la deuda del amor con quien nos ha creado y redimido, es lo único que nos puede situar correctamente en la existencia. Nuestra bondad y, por tanto, nuestra dignidad van más allá de nuestros cálculos. Reconocer el derecho de Otro sobre nuestras vidas nos compromete para siempre. El futuro contiene una plenitud que nos exige reconocer que somos un don. Si el reconocer el protagonismo de otro en nuestra vida nos hace sentir humillación, la posibilidad de decisión que suscita nos devuelve el protagonismo. El reconocimiento de la eficiencia de los dos primero servidores es un homenaje a su decisión, a su responsabilidad, a su libertad y, por tanto a su grandeza. El futuro no es el lugar del azar o de la superstición que envilecen a las personas, sino el de la responsabilidad que la enpodera. Frecuentemente se desaprovechan las grandes oportunidades que hay en el futuro, pensando que es lejano y está fuera de nuestro alcance o que se le puede manipular con “polvos mágicos”. Según Jesucristo, el único confronto sensato con el porvenir es la toma de responsabilidad, que conduzcan a la multiplicación de los talentos.
Trabajar los talentos es afirmarse a sí mismo sin perder de vista que todo lo debe, sin temer reclamo alguno. Esa es la condición más justa del ser humano, uno que construye su autonomía honrando al dueño de todo lo que es, el cual se complace en que el hombre sea como Dios. La libertad y, por tanto, el valor de las personas, sólo se aprecia desde las consecuencias de sus actos. No podemos saber si una persona es verdaderamente libre en la actualidad, hasta que veamos los frutos que producen sus decisiones. Hay muchas acciones que en apariencia son libertad, pero con el tiempo se revelan que son cadenas. El tercer servidor, que recibió un millón, no creyó en la generosidad del don, no aceptó vivir en la deuda del Amor que crea y recrea. Para él no existía la dimensión de la gratuidad, sino sólo del negocio y los intereses. Según él todo se tiene que merecer y pagar, fuera de eso no existe nada más. El reproche severo que se merece ese hombre, corresponde al aislamiento con relación al sentido del don, experiencia de una deuda gratuita.









