– Fragmentos –
MEDITAR LOS COMBATES DE JESÚS
Fragmento del libro ANTONIO CHEVRIER El camino del discípulo y del apóstol Textos del Fundador del Prado (1826-1879)
P. Yves Musset
LOS COMBATES DE JESÚS
En su estudio de Jesucristo, el padre Chevrier otorga un lugar muy grande a sus combates. Desde su conversión en Navidad de 1856 y más aún con la fundación del Prado, él había descubierto por experiencia que uno no puede seguir a Cristo de cerca sin tener que combatir no sólo contra uno mismo, sino también contra todo lo que no va en el sentido de su Evangelio. En un manuscrito preparatorio a la redacción del Verdadero Discípulo, él escribe: «Los hábitos, las costumbres, las ideas que uno se hace, los razonamientos que uno hace, los ejemplos exteriores provocan que el mundo y los sacerdotes mismos vivan según el espíritu del mundo y no según el espíritu de Dios. De tal suerte que si queremos actuar según el espíritu de Dios, hay que luchar mucho contra las ideas, los usos, las maneras de los demás y es también por ello que los santos, que tenían el espíritu de Dios, tuvieron que sufrir tanto por parte de sus mismos hermanos. Sin embargo, no debemos detenernos aquí. Hay que apoyarnos en Jesucristo y su palabra. Aquí está el fundamento inquebrantable y sólido sobre el cual podemos asentarnos tranquilos: Jesucristo y la Iglesia. Apoyado sobre estas dos bases, no podemos sino caminar con certeza, a pesar de las contrariedades, los combates, las luchas y las persecuciones»1. Si el fundador del Prado estudió tanto los combates de Jesús fue para que se le concediera la gracia de ser firme e iluminado en los combates que él mismo debía librar día tras día en el ministerio que era suyo.
El texto siguiente, titulado: «Combate de Cristo», es el prólogo a uno de sus estudios sobre este tema:
Jesucristo es quien viene del cielo a la tierra para dar gloria a Dios Padre, dar paz a los hombres, luchar contra el demonio, las pasiones del mundo, poner orden en el universo. El pecado destruyó este hermoso orden, esta hermosa armonía que existía. El mal es quien domina, es el mal quien gobierna.
En el mundo no hay sino orgullo, avaricia, ignorancia de Dios, deberes. En el mundo pagano, vemos la abominación y el culto de la carne y de los hombres. En el mundo judío, el orgullo y la hipocresía.
He aquí este gran guerrero que viene a librar el combate contra los enemigos de Dios, que viene a destronar al demonio, a desenmascarar al vicio y las pasiones, a sacar a la luz las iniquidades de los hombres y a reinstaurar a la justicia y la verdad, a poner de nuevo a Dios Padre en honor y a expulsar a los dioses de los hombres.
Él trae del cielo la luz, la verdad, la fuerza.
Helo aquí cómo un gigante que viene a luchar contra el mundo y contra el demonio que ha conquistado al mundo y que gobierna como amo y que se ha establecido como rey en el universo. Él viene a destronar[lo] y a liberar su imperio.
Comienza este combate por el pueblo de Dios. Es ahí que comienza esta lucha, este combate del espíritu: destruir el mal al colocar el bien.
A todos los errores de este mundo él opone su palabra poderosa, su doctrina celeste, su luz divina que esclarece a todo hombre en este mundo. Sólo quienes cierren los ojos no la verán.
A todos los vicios opondrá sus ejemplos de virtud. Volcará el orgullo con su humildad, la
avaricia con su pobreza, la sensualidad con la penitencia y la caridad, la paciencia. Estas
son sus armas. En esto consiste el gran combate que tendrá lugar en la tierra.
Comienza en el pueblo judío, y luego los discípulos de Cristo lo continuarán después de él sobre toda la tierra.
En este combate, no habrá nada de terrestre: es la guerra de la humildad contra el orgullo, del desinterés contra la avaricia, del espíritu contra la carne, del bien contra el mal, del cielo contra la tierra.
[Está] demostrado que en un combate es necesario que haya uno que sucumba. Habrá [uno] que sucumbirá en cuerpo, pero vencerá por el espíritu, porque no vino a luchar con el cuerpo, sino con el espíritu. No vino a luchar por las cosas terrestres, sino por las Espirituales.
Y al dejar su cuerpo en la batalla, rinde a sí mismo y a su Padre el mayor testimonio a la verdad de su misión y de su palabra, pues da su vida como testimonio [de] la verdad que Predica.
Y en recompensa por este magnífico testimonio, tan agradable a Dios Padre y tan útil para nosotros, Dios le recompensará dándole vida a él y a todos los que le seguirán. Sigámosle en este combate y veamos cómo procede y cómo los hombres de la tierra le hacen la guerra.
¡Qué oposición entre el cielo y la tierra, entre Dios y el mundo, entre el espíritu y la carne!
¿Quiénes son los que van a reconocer la verdad y a recibir la luz?
¡Cuán opuestas son las ideas del mundo a las de Dios, y sin embargo cuán justas y buenas son las ideas de Dios, y cuán viles y despreciables son las ideas del mundo! ¿Quién podría reconocerlos, oh Dios mío, y en este gran combate saber discernir prontamente el derecho y la justicia? ¡Esclarece el espíritu de tu pueblo a fin de que te conozca pronto y te reciba! Sin embargo, Señor, ¡cuánto tendrás que trabajar y qué difícil te será este trabajo!
Estudiemos, pues, este combate tan grande, tan útil y tan fecundo en gracias y en luces para nosotros.2
EL COMBATE PARA EL ESTABLECIMIENTO DE LA VERDADERA RELIGIÓN
El padre Chevrier comprueba que los combates de Jesús se dirigen particularmente hacia los escribas y fariseos. Y es que la religión de los escribas y fariseos no es la que preconiza Jesús. Incluso es completamente opuesta. El combate de Jesús contra su «falsa religión» se convierte a los ojos del padre Chevrier en el modelo del que debe valerse para que el Evangelio se comprenda, se reciba y se viva correctamente. La idea aparecía ya en esta conclusión de un primer estudio sobre el tema:
Fariseos, doctores, escribas, sacerdotes: gente religiosa que hace consistir la religión en cierta ciencia, ciertas prácticas exteriores, que se basan en su ciencia. Ellos tenían posesión, gozaban de los bienes del altar. Visto que el exterior funciona, lo que falta es que la gente venga por costumbre, que los oficios, procesiones, sacrificios, las cosas que producen se hagan, poco importa el resto. Tener bellas sinagogas, bellas butacas, imponerse por el culto exterior, el lavado de manos, las cintas y el resto… El pueblo [es] engañado por este exterior.
Jesucristo llega con la verdad, la libertad de los hijos de Dios y el poder de la virtud, y combate con su palabra, su poder, sus milagros, esta falsa religión de los sacerdotes, de los fariseos, y se gana su odio, su venganza. Entonces, se establecen dos bandos […] [Un] combate [se libra] entre el nuevo sacerdote y los antiguos, entre la verdad y el error, combate tanto más terrible puesto que unos son más orgullosos y se basan en el error, explican mal a Moisés. «Est qui vos accusat Moyses, in quo vos speratis».3 Él les prueba su ignorancia de la Escritura, su maldad.4
Más tarde, en sus manuscritos preparatorios para El Verdadero Discípulo, el padre Chevrier retomará más explícitamente este tema al escribir:
Diferentes instrucciones de Nuestro Señor sobre el fariseísmo. Recomendaciones que Nuestro Señor Jesús nos hace a nosotros sacerdotes sobre todo: «Pongan mucha atención, cuídense de la levadura de los fariseos» (Mt 26, 6). Nada se opone más al espíritu y a la religión de Nuestro Señor.5
Espíritu de Jesucristo: sus pensamientos sobre el ayuno, la oración, la limosna, el culto exterior; su religión, su yugo… El precepto es la misericordia. Quiero la misericordia y no el sacrificio. Si comenzamos por el sacrificio, ¿cómo Llegaremos?6 Sígueme en mi religión. Dios es espíritu y quiere ser servido en espíritu y en verdad. Combatiendo la falsa religión de los demás, él nos enseña cuál es la verdadera, la que debemos seguir nosotros mismos y hacer que practiquen los demás 7
«¿HASTA DÓNDE VA ESTE COMBATE?»
El estudio de los combates de Jesús continuará con el de su Pasión, etapa última de su lucha, testimonio supremo que rinde a la verdad aquél que es la Verdad:
Historia de la Pasión.
Habiendo venido a destruir el pecado, primero luchó contra el pecado durante toda su vida, él, la Verdad. Luchó hasta la muerte. Murió para dar testimonio a la verdad.
Historia de este combate terrible entre la mentira y la verdad, entre el bien y el mal.
¿Hasta dónde va este combate?8
«¿Cómo termina este combate?
Con la muerte de…
¿La muerte de quién? Del justo,
de aquél que defendía la verdad.
Pero la verdad, ¿ha muerto? No.
Solamente [murió] su cuerpo.
La verdad no muere. Dios no muere.
La verdad permaneció y subsistirá siempre.
Algunos hombres han recibido la verdad y la han propagado.
Y han muerto por la verdad.
Y siempre se morirá por la verdad.
Y la verdad es Jesucristo,
y esto es lo que hará vivir la verdad:
mientras más se muera por ella, más vivirá,
más bella será.
Narrar la historia de este último combate, cómo terminó esta…
¿Cómo han tratado los hombres la verdad?
Escuchen.
La verdad, después de largos combates, había llegado a un jardín, al final de sus combates, para ofrecer a Dios el último sacrificio. Quería combatir todavía sobre la tierra; pero Dios estaba contento con sus combates y quería un último testimonio de su amor. Y Dios dijo a la Verdad:
«Es necesario que mueras. Es necesario que te entregues a tus enemigos. Ahora, has combatido lo suficiente con la palabra; es necesario que mueras en testimonio de todo lo que has dicho.
Es necesario que sufras ahora las humillaciones de los hombres, los sufrimientos, todo el desprecio de los malvados, a fin de que los hombres que amarán la verdad vean en ti el valor y la constancia para sufrir también ellos por la verdad.
Yo te glorifico. Yo te glorificaré. Yo te resucitaré.
Pero dame este testimonio de amor y de honor.
Te establezco, en recompensa por tu muerte y tus combates, como padre de los hijos de la verdad. Tu eres el primogénito de la verdad. Tú tendrás muchos hijos y todos aquellos que crean en ti, te amen, te sigan, compartirán tu gloria. Estarán contigo, y serán los hijos de Dios, de la luz, de la sabiduría».
Así como Moisés elevó a la serpiente, así todos los que miren a Jesús con fe y amor, serán salvados de la serpiente infernal. Signo.
Y la Verdad respondió: «Hágase tu voluntad».9
JESÚS EN LA ESCENA DE LA CORONACIÓN DE ESPINAS
Algunas páginas de los comentarios de los misterios dolorosos son particularmente conmovedoras, pues se imponen por su grandeza y belleza. Más que cualquier otra, esta meditación sobre la escena de la coronación de espinas, escrita en la segunda mitad de 1873, fascinó de alguna manera al fundador del Prado. Jesús se nos presenta aquí como el nuevo Adán, el hombre verdadero, en quien pueden reconocerse los pobres de la tierra, así como todos aquellos que luchan por la verdad, teniendo por armas principales la caridad, la mansedumbre y la paz:
Como hacían cosas para burlarse, le dieron a Jesús por corona unas espinas, por cetro un palo y por manto un trapo. He aquí a Jesús revestido con estas insignias. Miren, vean. Es la imagen de este antiguo rey de la tierra que Dios había creado al comienzo para dominar al mundo. Ese rey que, después de su pecado, ya no tiene más que espinas para compartir, 10 este rey caído que ya no muestra señales de poder, aunque éstas se representan con el cetro; este antiguo rey caído que, después de su pecado, se había vuelto tan pobre que buscó algunas hojas para cubrirse. Este es Adán, ese rey caído que Jesús representa, expiando, en este atavío tan despreciable, el pecado que le hizo perder la realeza tan hermosa en la que Dios lo había creado. Siempre llevando el dolor de esta realeza caída, Jesús vuelve a conquistar los derechos mediante el sufrimiento y establece para nosotros un nuevo reino cuyos súbditos son hombres penitentes y sufrientes. Jesús quiere ser considerado en este lugar como un rey verdadero, pues dijo: «Yo soy rey», y fue llamado rey por los ángeles y por su Padre. «Mi reino no es de este mundo». Es un reino espiritual y, bajo esta consideración, las insignias que porta convienen muy bien a este nuevo género de realeza de Jesucristo.
Yo soy su rey. Mírenme. Llevo una corona de espinas como insignia de mi realeza. Estoy coronado de espinas porque soy el rey de la verdad. Sufro por la verdad y doy testimonio a la verdad que he traído del cielo. La corona es el signo de la victoria. Es debido a que yo he luchado contra el orgullo, la avaricia, la lujuria, la envidia, la gula, que he sido coronado de espinas y aquellos que me coronaron, son los orgullosos. Es el pecado, el error, la mentira, las pasiones de los hombres lo que me ha coronado de espinas. Quienquiera que luche por la verdad será coronado por la verdad. Quienquiera que luche contra sus pasiones y las de los hombres, ése es el hijo de la verdad y yo lo recibo en mi reino. Yo he sido coronado rey de la verdad y considero súbditos míos a quienes luchan por la verdad.
Mírenme. Soy su rey y llevo, como signo de mi poder, un palo en la mano derecha. No vengo para combatir ni para derrocar, ni a destruir a los hombres, ni a obligarlos por la fuerza. Mi reino es el de la bondad, la mansedumbre y la paz. Doy mi fuerza a quienes quieren golpearme, rezo por quienes me persiguen y doy la vida a quienes me hacen morir. Quiero que mis soldados sean como corderos en medio de lobos, que sepan sufrir y morir como yo sin quejarse. Éste es mi poder para atraer hacia la verdad. «Bienaventurados los mansos: ellos poseerán la tierra». Mi reino es el de la caridad, la mansedumbre, la paz. «Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón». Todos aquellos que tengan caridad, mansedumbre, formarán parte de mi reino.
Mírenme, soy su rey, pero mi reino no es de este mundo. Llevo por manto un harapo de color púrpura. No vengo aquí para conquistar la tierra, para reunir tesoros, vivir en la abundancia y las riquezas. No tengo sino un establo por techo, un poco de paja por lecho.
No tengo dinero, ni asilo y no tengo más que una plancha para morir. Soy el rey de la pobreza, el rey de los pobres, y digo a quienes quieren seguirme: «Vende lo que tienes y sígueme. ¡Bienaventurados los pobres: yo les daré el cielo como herencia!».11
EL REINO DE JESUCRISTO
La meditación de la escena de la «coronación de espinas» abre al padre Chevrier a la inteligencia de lo que es el reino de Dios, como lo muestra esta nota manuscrita adjunta en el anexo a un cuaderno sobre la Pasión:
Él había sido anunciado como rey por el ángel. Los profetas mismos esperaban a este rey; pero un rey temporal. Habían perdido su nacionalidad, su soberanía desde hacía algún tiempo, [pues] estaban sometidos a los romanos.
Hay dos tipos de reinos: temporal y espiritual. Nosotros estamos compuestos por un cuerpo y un alma. Los reyes terrestres gobiernan los cuerpos por la fuerza, el dinero, el exterior: todo es material, forzado. Jesucristo, como rey espiritual, viene a componer un reino espiritual, reino de las almas, compuesto de espíritus, de almas, de corazones, que no tiene barreras ni montañas como límites. Unión de los corazones, de las almas que tienen la verdad por unión, la fe, la justicia, la caridad, que unen a todos los pueblos bajo la misma bandera, las mismas leyes. Hermanos. Mismo bautismo; mismos sacramentos, mismos jefes. Misma unión de ideas, de pensamientos, de esperanza, de caridad, de amor. Nada de rivalidad ni de celos, ni de conquistas sanguinarias. ¡Vayan, apóstoles, como corderos en medio de lobos!
Esta realeza espiritual, universal, de los espíritus, de los corazones, que tienen por rey a la verdad, Dios, por lazo a la caridad, por regla la obediencia, que los Judíos no comprendieron; eran demasiado terrestres, demasiado estrechos, demasiado celosos, para comprender esta realeza del Salvador y admitirla.
En efecto, ¿qué es este reino terrestre, esta gloria terrestre, este pequeño pedazo de terreno que los reyes se disputan entre sí? ¿Qué es todo esto ante Dios? ¿Qué es la tierra que pasa? ¿Qué es el cuerpo que muere? El reino de Dios es más grande, más hermoso que esto. El reino de Dios comienza en este mundo y termina en la eternidad. Reino digno del pensamiento de un Dios: estas son las almas. «Regnum meum non est de hoc mundo».12
Interesante también es este texto en el que el padre Chevrier comenta las palabras de
Jesús sobre su realeza pronunciadas ante Pilato:
Jesús explica en primer lugar lo que su reino no es, a fin de hacer que se comprenda mejor lo que es. No es un reino terrestre como los reyes ordinarios. «Mi reino no está encerrado en tierras y ciudades, no está limitado por ríos y montañas, como lo están los de los reyes de la tierra. No se ve en este reino ejércitos, soldados ni fortalezas. No es como los reinos de este mundo. No es de aquí, es decir, no está compuesto por cosas terrestres, tierras, ciudades, ejércitos, soldados, dinero, palacios. Es de lo alto. Está sobre la tierra, pero no es de la tierra».
Pilato, sorprendido por esta explicación, le dice: «¿Entonces, tú eres rey?» —»Sí, lo soy», responde Jesús. «Es por ello que nací, y que vine al mundo para dar testimonio de la verdad». Con estas palabras, Jesús afirma que él nació rey y explica de qué realeza está revestido y cuál es su reino: «Y vine al mundo para dar testimonio de la verdad». Entonces, él vino a combatir por la verdad. Vino para traer al mundo la verdad, para darla a conocer, para combatir por la verdad. Él es el rey de la verdad. La verdad es su reino. Él viene a dar a conocer y a defender este derecho de Dios, y ha tomado las armas para defenderla. Su arma es su palabra y sus ejemplos.
Y Jesús añade: «El que ama la verdad, escucha mi palabra y, en consecuencia, se convierte en [mi] súbdito». Para entrar en este reino, hay que amar la verdad, escuchar su palabra, y convertirse en su súbdito.
¡Oh Dios, danos un gran amor a la verdad, a fin de que podamos escuchar la palabra de tu Cristo y convertirnos en fieles súbditos suyos!
Dios puso en nosotros un sentimiento natural de atracción por la verdad y cuando esta atracción no se extingue por las malas pasiones, escuchamos con placer estas palabras divinas, y ellas se convierten en nuestra luz, nuestro gozo y nuestro amor, y nos convertimos naturalmente en hijos de la verdad al unir[nos] al autor de la verdad y entramos [así] en el reino de la verdad.
Los dos reyes que se disputan el mundo [son] Jesús y Satán, el rey del error y de la mentira. Estos dos reinos existen y se hacen mutuamente la guerra. ¿A qué rey pertenecemos?, ¿en que reino vivimos?».13
LA SABIDURÍA DE JESUCRISTO
Si la comparecencia de Jesús ante Pilato da lugar a una profundización de lo que es su reino espiritual, su comparecencia ante Herodes, ante quien pasa por loco, da lugar, esta vez, a un desarrollo sobre lo que es la sabiduría de Dios, opuesta a la sabiduría de los Hombres:
Al ver Herodes que no ganaba nada, lo hizo revestir de ropa blanca como un loco y le entregó a las diversiones de su corazón […] Hizo pasar a Jesús por loco a fin de no pasar él mismo por idiota, él que había hecho tantos esfuerzos de elocuencia por no llegar a nada […] Y vemos a Jesús revestido de ropa blanca, condenado como un loco por Herodes y entregado a las diversiones de toda [su] corte y conducido a Jerusalén en este vestido Humillante.
Jesús es la sabiduría misma. Él es la sabiduría del Padre. Es la sabiduría en alto. Esta sabiduría se opone tanto a la sabiduría del mundo que el mundo no puede comprenderla y la trata de locura, y la sabiduría de Dios [es] tan opuesta a la sabiduría del mundo que la sabiduría de Dios no puede aliarse con ella y la trata de locura. Hay incompatibilidad entre estas dos sabidurías y una destruye a la otra. Es por ello que la sabiduría divina, cuando aparece ante los representantes de la sabiduría del mundo, es tratada de locura, y Jesús, la sabiduría encarnada, desprecia esta sabiduría orgullosa de Herodes y no le responde. Oposición de estos dos sabios en lo que respecta a la tierra, los honores, los bienes, las riquezas, los placeres, el cuerpo, el alma, la eternidad. ¿Dónde está el Evangelio? ¿De qué lado estamos: con los sabios, discípulos de Cristo, o con los sabios, libertinos de Satán y de Herodes?[…]
¡Oh, Dios mío, danos entonces la verdadera sabiduría y que no imitemos la locura de los pecadores! ¡Danos tu santa locura, oh Señor, y que nos volvamos locos según tu Sabiduría!
Regocijémonos cuando seamos despreciados por los hombres para Jesucristo y cuando los hombres nos traten como insensatos: será una prueba el formar parte de la locura de Jesucristo.14
JESÚS EN EL CAMINO DEL CALVARIO
En su capilla del Prado, el padre Chevrier hacía meditar las estaciones del via crucis. La quinta estación, donde vemos a Simón de Cirinea ayudar a Jesús a cargar su cruz, se comenta así:
Las fuerzas de Jesús disminuían cada vez más, él vacilaba a cada paso y los golpes que le daban no podían hacerlo avanzar más rápido. La marcha no iba al nivel de los enemigos de Jesús, que se impacientaban al verlo morir, y a pesar de los esfuerzos que Jesús realizaba para obedecer, no podía ir más rápido. Nadie quería ayudar[lo]. Los judíos no habían querido entrar al camino por temor a ensuciarse, teniendo mucho cuidado de no tocar a Jesús que, para ellos, era un maldito. Los fariseos lo despreciaban demasiado y eran demasiado orgullosos para acercarse a él y prestarle el menor servicio. Los soldados decían que eso no les importaba, que su deber era el de cuidar y mantener el orden. Los verdugos no querían encargarse de ello, diciendo que tenían demasiada pena. La marcha se había detenido cuando pasó un hombre llamado Simón de Cirinea, que regresaba de su trabajo con sus dos hijos, Rufus y Alejandro. Este hombre sencillo y sin defensa, ajeno a todas las cuestiones de los judíos, fue detenido por ellos y los soldados para que viniera a cargar la cruz de Jesús. Simón, sorprendido por semejante solicitud, se rehusó en un principio, sea porque quería regresar a su casa, sea porque un servicio semejante le pareciera demasiado humillante, pero los soldados y los judíos lo presionaron cada vez más y Jesús lanzó sobre él una mirada llena de mansedumbre y bondad. Las persistentes solicitudes de los Judíos y sobre todo la mirada tierna y compasiva del Salvador lo decidieron finalmente y se puso a seguir a Jesús, llevando la cruz tras de él y subiendo así hasta el Calvario. La tradición dice que los ejemplos de mansedumbre y de paciencia de Jesús hicieron tanta presión sobre su corazón que luego de esto se volvió un ferviente discípulo, él y sus hijos.15
Los soldados hicieron que llevara la cruz que ellos mismos debían cargar. No hagamos que los demás lleven nuestra cruz […] Ellos habrían creído que se humillarían al ayudar a Jesús. Si alguien es despreciado, calumniado, tendremos miedo de ayudarlo. ¿Quién necesita más ayuda que el desdichado? ¿Qué dirán de mí? Ellos miran esto como un vil empleo […] Si hubieran podido sacar de ello algún honor, lo habrían hecho. Les gusta más dejar sufrir antes que humillarse. No imitemos a estos orgullosos soldados. ¿Qué hacen? Obligan a un jardinero: es un pobre, un extranjero. Será necesario que él lo haga. Así es como actuamos nosotros: forzamos a los demás a llevar nuestras cruces […] Este pobre es más grande, [más] rico que todos […] Vale más sufrir que hacer sufrir a los demás. Simón lleva la cruz de Jesús: llevemos mutuamente nuestras cruces. Ayudarnos mutuamente: ¡qué hermoso espectáculo! ¡Todos hermanos! Y Jesús dice que es a él mismo a quien prestamos ayuda cuando lo hacemos a un hermano. ¡Qué hermoso pensamiento! No sólo a un hermano, a una hermana, sino a Jesús mismo. Jesús lleva todavía una pesada cruz en medio de nosotros; él pide consoladores; hagamos el oficio del Cirineo.16
GRANDEZA DE JESÚS EN SU MUERTE EN LA CRUZ
Comentando la decimosegunda estación del via crucis, el padre Chevrier escribe:
No podía morir de otra manera. Cristo había venido a la tierra para rendir testimonio a la verdad, era necesario que rindiera este testimonio sorprendente mediante su muerte: muerte gloriosa, muerte honorable, muerte útil para todos. Es el mal el que lo hace morir, es el pecado el que lo mata: el orgullo, los celos, el desprecio del mal por el bien. Los malvados lo mataron, pero sus virtudes, su mansedumbre, su fuerza, su paciencia hablan más alto que el crimen que lo mata y su muerte sirve de expiación para los criminales. Y así con su muerte, él es más fuerte que el mal. Aquél que sufre voluntaria, libremente, es más fuerte que el mal, que el pecado, y tiene una virtud mayor que la malicia que tiene el pecado.
Tu muerte, oh Cristo, es el más sorprendente testimonio de tu divinidad y de la verdad de tus palabras. Con tu muerte, confirmas todo lo que has hecho. «Crean en mis obras». Tú mueres en testimonio de tu divinidad. Habrías podido decir a Caifás: «No, no soy el Hijo de Dios», pero preferiste decir: «Sí, lo soy» y morir condenado por haberlo afirmado. Habrías podido decir a Pilato: «No, no soy rey», pero preferiste decir: «Sí, soy rey» y aceptar así la muerte en testimonio de tu realeza. Mueres para rendir testimonio a la verdad, para afirmar que eres el Enviado de Dios y, después de haberlo probado con tus milagros, lo pruebas una vez más con tu muerte. Bendito seas, oh Cristo, que eres verdad. Ego sum veritas. Yo creo, Señor.17
En este otro texto, que se quedara en estado de borrador, el padre Chevrier explica en qué fue la muerte de Jesús un sacrificio y cómo, por la fe, esta muerte se convierte para nosotros en la fuente de la vida:
Cristo sufrió la muerte por la gloria de su Padre, para rendir testimonio a la verdad.
Fue muerto en odio de la verdad. Fue muerto por el orgullo, los celos, la maldad.
Hay más que una muerte, hay un sacrificio; hay una víctima de su devoción, de su caridad por nosotros, de su amor por su Padre, de su obediencia por su Padre que le ordenó predicar, decir la verdad. Hay pues una víctima de la obediencia, una víctima del celo por la gloria del Padre, una víctima de caridad por nosotros. Hay pues un verdadero sacrificio en la inmolación de su cuerpo que hace a Dios su Padre por él y por nosotros. Y este sacrificio, lo hace libre y voluntariamente, porque habría podido, con su poder, librarse de sus enemigos, o mediante la huída, o con los medios que tenía en su poder. No lo hizo. Entonces, es una víctima voluntaria […].
Al acercarnos a Jesucristo con fe, nos separamos de los judíos; lo vemos no como un criminal, un blasfemo; lo vemos como el Mesías, el Hijo de Dios, el rey de Israel. La fe nos hace entrar por ello en unión con él. Ya no somos sus enemigos. Él ya no es un desconocido para nosotros. Él es nuestro Dios, nuestro hermano, nuestro maestro, nuestro rey. Con esta fe que él reconoce en nosotros, nos bendice, nos salva, nos purifica, esparciendo en nosotros sus méritos infinitos en el bautismo, la confirmación, la eucaristía. Entonces, nos convertimos en su pueblo, sus hermanos, sus herederos, los hijos adoptivos del Padre que participan de la sangre de su Hijo único y amado.18
PRESENCIA DE MARÍA EN EL CALVARIO
El padre Chevrier había dedicado su capilla del Prado a María, madre de los dolores. A propósito de la cuarta estación del via crucis en la que, según la tradición, Jesús encuentra a su madre, él escribe este muy hermosos comentario:
Presencia de María. Ella viene. No es por curiosidad, ni por compasión falsa, ni para entregarlo, ni por ostentación. Ella viene para ser testigo de los sufrimientos de Jesús, para tomar parte en ellos, unirse a Jesús. Había sido una parte tan grande del misterio de la Encarnación; ella quiere tomar parte también en la Redención.
En la Encarnación, se rehúsa por humildad, [declarándose] indigna, porque era una gloria; pero cuando hay que sufrir y ser humillada, ella viene, se propone sola. Testigo de todos los misterios de Dios, ella viene para ser testigo del de nuestra Redención. Ella no estaba sobre el monte Tabor; no estaba a la entrada triunfante de Jesús; sino que viene al Calvario.
Ahí, cuando hay que sufrir, cuando hay que merecer. Ahí cuando hay que ser humillado [por] los desprecios, las afrentas […]. Ella viene a compartir las de su hijo.
Viene a ofrecer a su hijo como Abraham. Ya lo había ofrecido el día de la Presentación para obedecer la ley de Moisés, pero entonces ella lo había rescatado con cinco piezas de plata y se lo habían devuelto. Ahora, ella no lo rescata. No hace ningún oficio, ni ante Piilato, ni ante los jueces, ni ante los hombres importantes de Jerusalén que habían sido sanados por él. Nada de esto. Ella lo ofrece voluntariamente.
Jesús se había entregado voluntaria y libremente a sus verdugos. María viene a mostrar con su presencia que lo ofrece voluntariamente en sacrificio para nuestra salvación. Incluso lo habría inmolado ella misma si hubiera sido necesario, como lo dicen los santos Padres, si no se hubieran encontrado verdugos para hacerlo.
María sabía que Jesús debía salvar al pueblo de sus pecados, así como lo había anunciado el ángel, y Jesús lo había dicho con frecuencia, que él debía morir, ser crucificado. María, sabiéndolo, se sometía a la voluntad de Dios Padre y del Hijo, y no quería sino el cumplimiento de esta voluntad divina. Y repetía estas palabras que había dicho el día de la Encarnación: «Soy la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra».
María da a Dios lo que le era más querido, su hijo, para nuestra salvación. María ama a Jesús, su hijo, para Dios y para nosotros, y no para sí misma. Saber sacrificar para Dios lo que nos es más querido, y para nuestro prójimo, y esto libre, voluntaria, espontáneamente, esto es un acto de virtud. Dios lo quiere, esto es útil al prójimo, lo acepto.
Cómo condena este acto de sacrificio de María nuestra poca generosidad y cómo condena nuestro amor natural por los hijos. Los hijos pertenecen en primer lugar a Dios, y luego al prójimo. Los deberes de Dios y del prójimo deben estar antes que nuestra ternura y nuestro corazón. ¡Cuán necesario es purificar este amor natural a la familia, al padre, al esposo, al hijo! Escuchen estas palabras del Maestro: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí… Yo vengo a separar, a traer la guerra y no la paz». Familia espiritual: «Quienes hacen la voluntad de mi Padre, esos son mis hermanos, mis hermanas, mi padre y mi madre».
Ella viene a recibir la gracia que fluye a borbotones de las heridas del Salvador. Sólo María la puede recibir. Ella la guarda para los pecadores. Ella nos dio a Jesús, el autor de la gracia, y ahora ella recibe la gracia para distribuirla al pecador. Mater divinae gratiae.19
Ella no murmura, ni contra los hombres, ni contra Dios. Sin embargo, ¡qué no podría decir de los judíos, de los jueces, de la ingratitud de los hombres, de los enfermos sanados, sordos, ciegos, muertos!.20
————————————————————-
1 Ms 11/6e.
2 Cuaderno ms 6/20, p. 1 y 2.
3 «Su acusador será Moisés, en quien ponen su esperanza» (Jn 5, 45).
4 Cuaderno ms 6/22, p. 14.
5 Ms 12/14h.
6 Id.
7 Ms 12/14m.
8 Ms 6/19m.
9 Ms 6/21h.
10 «Las zarzas y las espinas, escribe el padre Chevrier en este mismo documento, son las plantas de la maldición llevada contra la tierra después del pecado de Adán. Jesucristo tomó sobre sí la maldición de su Padre contra los hombres al llevar sobre su cabeza las espinas de la tierra».
11 El manuscrito de este texto no ha sido conservado. Sin embargo, tenemos varias copias: cuadernos 5/22b, p. 54-58; 5/mini ms 5, p. 9-13; 6/14e, p. 54-57; cuaderno de la hermana Claire del 12 de enero de 1874, p. 155-159.
12 «Mi reino no es de este mundo» (Jn 18, 36). Cuaderno ms 6/4, p. 300, que se pondrá en relación con el texto evangélico de la página 160.
13 Cuaderno ms 6/14d, p. 9.
14 Cuaderno ms 6/14, p. 11-12. El tema era muy querido para el padre Chevrier, como lo testimonian estas reflexiones realizadas para sus seminaristas del Prado el miércoles 27 de septiembre de 1876 en el transcurso de un retiro en Saint-Fons: Jesús «es también nuestra Sabiduría. Todos tenemos incluso un grano de locura ante Dios, porque seguimos dependiendo del mundo bajo algún aspecto y porque seguimos su espíritu. Es necesario que nos desprendamos de esto estudiando al Maestro, que es nuestra única Sabiduría, y que tratemos de convertirnos como él, en locos ante el mundo. Esta es una oración que hago con frecuencia a Dios: «Haz que me vuelva un loco a los ojos de los mundanos». Volvámonos locos según el mundo, hijos míos, hombres que no siguen sino el espíritu de Dios, sin ocuparnos de lo que se piensa y de lo que se dice a nuestro alrededor» (Acta del retiro de Saint-Fons de septiembre de 1876 establecido por François Duret).
15 Cuaderno ms 6/12, p. 22.
16 Cuaderno ms 6/9, p. 12-13.
17 Cuaderno ms 6/4, p. 249.
18 Ms 6/2li.
19 «Madre de la divina gracia» (Letanías de la Santísima Virgen).
20 Cuaderno ms 6/4, p. 193-195.










