PÁGINA DE CUADERNO DE VIDA
“DOÑA NARCISA, CAMINAR CON Y PARA LOS DEMAS”
Pbro. Armando Armenta Montaño
Arquidiócesis de Hermosillo
El 10 de mayo, día de las madres, falleció doña Narcisa León, en Phoenix, Arizona. Tenía más 85 años. Mi madre, Aurora, me platicó algo de la vida de su consuegra, lo que me impactó, por lo que escribí el 11 de mayo: “Muchas complicaciones de salud, más la muerte de un hijo hace dos meses la habían debilitado. Estaba en un hospital.
Tres hijos con Covid, bajo aislamiento (ya se recuperaron).
Doña Narcisa, junto con su familia, emigraron desde la sierra madre en Durango a la región de San Luis Río Colorado, Sonora, (colindante en la frontera con Arizona) a inicios de los años de 1960. Su esposo pasaba meses en Estados Unidos trabajando en el campo. Tuvieron cerca de diez hijos e hijas.
Narcisa vivió en un ejido en el que inyectaba a gente y le pagaban con gallinas; si le daban una, la hacía rendir para comer dos días. Crió una vaca y un becerro.
Mientras el esposo pensaba que los hijos varones -ocho en total- fueran piscadores en los campos agrícolas, ella quería que estudiaran y fueran contadores. De hecho cinco de ellos vinieron a Hermosillo y tres son contadores egresados de la Universidad de Sonora.
Emprendedora, con los años se emigró a Estados Unidos y emigró a algunos hijos, que residen en la zona de Phoenix. En Hermosillo, llegó a comprar una casa en una colonia popular y tres terrenos campestres que regaló a tres hijos e hijas.
Estaba pensionada y vivía en una pequeña casa con tres hijos. Quería volver a San Luis Río Colorado para ver a la familia, e invitaba a parientes políticos.
Mujer de lucha, su camino refleja fortaleza, esperanza y amor. Ya descansa en Jesucristo, el migrante que caminó con ella animando su corazón”.
El 22 de mayo celebramos en casa una misa por su descanso eterno. La primera lectura, tomada de Hechos 20, 17- 27, me dio pauta para, en la homilía, unirla con la vida de doña Narcisa. Los familiares también compartieron recuerdos de su vida.
Como Pablo les dijo a los ancianos de Éfeso “ya saben cómo me he comportado con ustedes. He servido al Señor con toda humidad, con lágrimas y en todas las pruebas” (19), así doña Narcisa vivió algo del este espíritu de servicio a la familia y a sus semejantes, movida por el Espíritu de Jesucristo.
Como Pablo no ha “dejado de hacer todo lo que pudiera ser útil; les prediqué y les enseñé” (20), ella siempre sirvió a su familia. Su casa en San Luis Rio Colorado siempre sirvió de hospedaje para parientes y paisanos que venían a trabajar a Estados Unidos o a esa región de Sonora. Ella también inculcó “la fe en nuestro Señor Jesús” (21), con su testimonio y palabra.
“Ahora, encadenado por el Espíritu, me dirijo a Jerusalén sin saber lo que allí me sucederá” (22). Narcisa como migrante en Estados Unidos trató de superarse movida por la esperanza; logró, con años de paciencia, la ciudadanía estadounidense.
Como toda migrante tuvo momentos de dificultad – experimentó la cruz en las enfermedades y cruces de la vida, que llevó desde la fe en Jesús con paciencia y fortaleza-, al igual que Pablo, a quien en Jerusalén le “esperan cadenas y persecuciones” (23).
Narcisa amó y sirvió a su familia hasta el final. A un nieto le ofreció hospedaje en su pequeña casa meses antes de fallecer. Murió cuando empezaba la pandemia que afecta mucho a Arizona. “Pero poco me importa la vida, con tal de completar mi carrera y el ministerio que recibí del señor Jesús: anunciar la Buena Noticia de la gracia de Dios” (24).
Al fallecer algunos de sus hijos estaba en territorio mexicano. Ya sus cenizas han vuelto a San Luis Río Colorado.
Que el Señor Jesús, compañero de las pisadas de los migrantes de todos tiempos, de docilidad a nuestro corazón para que desde su Evangelio y del testimonio de los pobres que se dejan guiar por tu Espíritu, aprendamos a acompañar con amor y ternura a nuestras comunidades y a quienes atraviesan nuestros territorios buscando la vida.









