ARTÍCULO DE FONDO
Antonio Crevier,
“Evangelizar a los Pobres lo es todo”
P. Lucio Arnaiz Alonso
Responsable del Prado de España
- INTRODUCCIÓN
Felizmente, Jesús sigue seduciendo a hombres y mujeres que se reconocen agraciados y llamados a seguirle también en su vida de pobreza y humildad. Antonio Chevrier es uno de ellos. “¡Oh Verbo! ¡Oh Cristo! ¡Qué bello y qué grande eres!”[1]. Sintetiza su experiencia creyente en esta contundente afirmación: “conocer a Jesucristo lo es todo”[2]. Lo único que desea es llegar a ser “otro Jesucristo”, parecerse a él, actualizar sus gestos y acciones en fidelidad al Padre y al servicio de los pequeños.
Jesucristo es la ternura entrañable del Padre que, una vez acogida, nos empuja, con el aliento del Espíritu Santo, a convertirnos en buen pan para los hambrientos de la tierra. Porque hemos sido agraciados por el amor del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo podemos convertirnos en don y alimento para los demás.
Antonio Chevrier admira entusiasmado el modo de ser y de hacer de Jesucristo, que “siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para enriqueceros con su pobreza” (2 Cor 8,9). Al contemplar a Jesucristo descubre que, desde la pobreza más radical, Jesús invita a los pobres de la tierra a sentarse en el banquete del Reino. Descubre una profunda relación entre la pobreza personal de Jesús y su acción liberadora entre los pobres. Por eso, contemplando una y otra vez a Jesucristo, Antonio Chevrier aprende a vivir en profunda unidad el seguimiento de Jesucristo pobre y el trabajo por la superación de la pobreza.
Antonio Chevrier se siente seducido por Jesucristo y su pobreza, procura vivir lo más pobremente posible y se convierte en buena noticia para los pobres de su tiempo. Pero, todo en él arranca de la admiración y el asombro ante Jesucristo y su pobreza:
“¡Oh pobreza, qué bella eres!
Jesucristo, mi Señor, te halló tan hermosa
que te tomó por esposa cuando bajó del cielo,
y de ti hizo la compañera de su vida,
contigo quiso morir en la cruz.
Dame, oh Maestro mío, esta hermosa pobreza,
que yo la busque solícito, la acepte con alegría,
que la abrace con amor,
y haga de ella la compañera de toda mi vida.
¡Que yo muera con ella sobre un leño,
como murió mi Maestro!”[3]
- A LA BÚSQUEDA DE LA VOLUNTAD DE DIOS
Antonio Chevrier no es un iluminado que todo lo vea claro enseguida; es más bien un buscador, un sacerdote inquieto que trata de discernir en cada momento la voluntad de Dios. Él no comienza a ser presbítero sabiendo cuáles van a ser sus prioridades y quehaceres apostólicos; en diálogo permanente con Jesucristo y al hilo de los acontecimientos va descubriendo y recorriendo el camino que se le propone. Chevrier es testigo de que si estamos atentos, Dios nos va indicando en cada situación lo que espera de nosotros.
- Cruzar el puente
La Revolución Francesa acontece en 1789, pero todo el siglo XIX francés está salpicado por los ecos y las ondas expansivas de esa Revolución. Se suceden períodos radicalmente revolucionarios y períodos de nostalgia y recuperación de lo antiguo. En esa sociedad en permanente ebullición le toca vivir a Antonio Chevrier; en esa sociedad Antonio Chevrier opta por los más desamparados y trabaja incansablemente para que conozcan, amen y sigan a nuestro Señor Jesucristo.
Antonio Chevrier nace el 16 de abril de 1826 en la ciudad francesa de Lyon. Es hijo de Claudio Chevrier, un modesto empleado de la administración de impuestos, y de Margarita Fréchet, encargada de un pequeño taller de artesanía de la seda. En la familia Chevrier es la madre la que manda y lo decide todo; ella es la responsable de que Antonio reciba una educación exigente y severa, muy de espaldas a todo lo que acontece fuera del hogar.
La familia Chevrier practica la religión católica pero sin excesivo entusiasmo; cuando Antonio es invitado por un sacerdote de su parroquia a ir al Seminario, su madre se enfada. Ella había soñado otros destinos para su hijo único. Desde 1843 a 1850 Antonio se forma en el seminario de la diócesis de Lyon.
El 25 de mayo de 1850 Antonio es ordenado sacerdote y destinado como vicario a la parroquia de S. Andrés, en el barrio de La Guillotière. La Guillotière es uno de los suburbios populares de Lyon, adonde llegan cada año desde el mundo rural miles de personas atraídas por las promesas de la primera industrialización. Pero, a medida que crece la población, crecen también los problemas de todo tipo. Los clérigos de la diócesis de Lyon se resisten a ser destinados a La Guillotière; en cambio, Antonio recibe el encargo de su obispo con alegría y entusiasmo. Cruza animoso el puente que separa la ciudad de Lyon del barrio de La Guillotière; y en adelante, toda su vida será seguir cruzando puentes hacia los más pobres y hacia un seguimiento más radical de Jesucristo pobre.
- ¿Qué vemos?
Antonio vive con pasión y entrega radical su ministerio entre los feligreses de la parroquia. Constata en seguida la lejanía y el desconocimiento de lo nuclear cristiano en muchos de los miembros de su parroquia; todo su empeño es ayudarles a cimentar su fe sobre la roca firme que es Jesucristo. En diciembre de 1855 su salud se resiente y se ve obligado a retirarse y guardar cuatro meses de reposo. La experiencia de la enfermedad le va a acompañar en bastantes momentos de su vida y le va a ayudar a ser más sensible a toda clase de fragilidad.
En mayo de 1856 se desborda el río Ródano causando miles de estragos entre los vecinos de La Guillotière. Antonio y sus compañeros presbíteros se vuelcan ayudando a los damnificados y quedando impactados por la pobreza y el sufrimiento de la gente. Los vecinos de La Guillotière perciben al joven sacerdote como un hombre cercano y sensible a sus dificultades.
Poco después, en junio de ese mismo año, conoce a Camilo Rambaud, un joven laico, de ascendencia burguesa, que fascinado por Jesucristo lo ha dejado todo para dedicar su vida al servicio de los pobres. Antonio se siente deslumbrado por el testimonio de pobreza de este laico: “he visto a Juan en el desierto”. Antonio no sabe qué debe hacer, pero sueña con seguir a Jesucristo pobre a la manera de Camilo Rambaud.
En esas está, cuando algo muy significativo acontece en la Navidad de 1856: “Meditando la noche de Navidad sobre la pobreza de nuestro Señor y su abajamiento en medio de los hombres, tomé la resolución de dejarlo todo y vivir lo más pobremente posible… Me convirtió el misterio de la Encarnación… Me decía a mí mismo: el Hijo de Dios ha bajado a la tierra para salvar a los hombres y convertir a los pecadores. ¿Y qué vemos sin embargo?”[4] No sabemos muy bien qué pasó en aquella contemplación de la kénosis del Enviado del Padre; lo que sí sabemos es que la vida de Chevrier quedará marcada para siempre por el misterio y el dinamismo de la Encarnación.
Intenta vivir en pobreza cada vez más radical su ministerio de vicario de S. Andrés, pero ni el párroco ni el otro compañero vicario lo entienden y le tachan de exagerado.
En la vida y personalidad de Antonio Chevrier es muy importante la ‘mirada’ (¿”Qué vemos?”). Es la suya una mirada contemplativa, mística, centrada en Jesucristo… pero profundamente encarnada y transformadora. A lo largo de toda su vida, Antonio ha mirado una y otra vez a Jesucristo pobre; esa mirada le ha ayudado a retener en su retina y en su corazón el rostro concreto de los más pobres del barrio de La Guillotière; esa mirada le ha permitido reconocer en la pobreza de Camilo Rambaud la pobreza de nuestro Señor. Todas esas miradas van transfigurando al vicario de S. Andrés y empujándole a tomar una decisión.
Incluso, la mirada continuada sobre el Enviado del Padre le permite a Chevrier mirar de otra manera las causas y las consecuencias de la Revolución. Lo que acontece a su alrededor no le lleva a la queja o al lamento fácil, sino a una sorprendente lectura teologal: “¿No es frecuente que Dios envíe revoluciones para castigar nuestra avaricia y apego a las cosas del mundo?… Es lo primero que hacen todos los revolucionarios: despojarnos, hacernos pobres. ¿No podemos decir que Dios quiere castigarnos por nuestro apego a los bienes de la tierra y, a través de ello, forzarnos a practicar la pobreza, ya que no la queremos practicar voluntariamente?[5]
También en nuestro trabajo con los pobres es muy determinante la mirada que proyectemos sobre ellos. Parafraseando el refrán, podemos decir: “dime cómo miras a los pobres y te diré quién eres como persona, como cristiano y como presbítero”. “Estamos convencidos de que una mirada contemplativa sobre la vida, continuamente avivada y purificada en la oración, es una fuente de conocimiento de Jesucristo y de dinamismo misionero”[6]
- Un ministerio puramente espiritual
Tras muchas consultas y con el consentimiento de su obispo, en agosto de 1857 deja la parroquia de S. Andrés y va como capellán a la Ciudad del Niño Jesús que Camilo Rambaud está construyendo para alojar a los obreros sin techo y dar el catecismo a los niños más desamparados.
En la Ciudad del Niño Jesús Antonio se entrega a la atención espiritual de los residentes adultos y a la catequesis de los niños. Él puede dedicarse plenamente a su labor de catequista, pero los responsables de la Ciudad han de dedicar la mayor parte de sus energías a la búsqueda de recursos materiales. La Ciudad es un proyecto tan ambicioso que hace muy difícil su financiación. Antonio y algunos colaboradores de la Ciudad comienzan a plantearse si Dios no les estará invitando a una nueva decisión.
Con temor y temblor, el 10 de diciembre de 1860 Antonio Chevrier alquila El Prado, una sala de baile de mala reputación donde él desarrollará a partir de ahora la obra que Dios le irá proponiendo. En el Prado se dedicará especialmente a la Obra de la Primera Comunión; allí tomará cuerpo su sueño de formar sacerdotes pobres para evangelizar a los pobres.
En períodos de cinco o seis meses Chevrier recibe en El Prado a grupos de niños y adolescentes de la calle y trabaja intensamente en su promoción humana y en su evangelización-catequización. “Hay muchos niños que lo están pasando mal en este momento. Hay que acoger a estos pobres náufragos de la fortuna que, tan jóvenes, están siendo ya golpeados por la desgracia. Acabo de encontrar uno, muy despierto, que estaba llorando. Le he preguntado qué le pasaba. Me ha respondido: soy muy desgraciado. -Pero, mi pobre amigo, ¿dónde pasas la noche? -Me acuesto en un tonel… A estos pobres niños yo los busco por todas partes, de noche y de día, en los caminos, en las calles, en los paseos e incluso en los basureros”[7]. “Para entrar aquí se necesitan tres condiciones: no tener nada, no saber nada, no valer nada”[8]
El trabajo diario con aquellos muchachos y sus familias le permiten constatar de nuevo la lejanía de lo cristiano de la mayoría de la población de La Guillotière. Chevrier intuye que es necesaria otra manera de estar y de hacer con una población, que conoce alguna devoción pero desconoce lo nuclear de la fe. “Las gentes no vienen, hay que salir a buscarlas”[9].
Esta Obra de la Primera Comunión no cuenta con recursos fijos; vive de la Providencia. Chevrier experimenta que seguramente está haciendo la obra de Dios, porque Dios no ha dejado de alimentar a los habitantes del Prado. Si nosotros nos ocupamos de hacer bien la catequesis, Dios nos dará lo que necesitemos para el sostenimiento de la casa. Ya lo había advertido Jesús: “Buscad primero el Reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6,33).
- Apóstoles pobres para los pobres
La atención integral a estos muchachos le permite descubrir la necesidad y la urgencia de buenos catequistas[10]. Por eso, y después de muchas consultas y búsquedas, inicia en 1866 entre los muchachos del Prado una escuela clerical o seminario menor; está firmemente convencido de que entre aquellos muchachos pobres algunos van a ser llamados al sacerdocio ministerial. Además, todos los que se sientan llamados al sacerdocio han de irse formando en el contacto diario con los más pobres; la formación y la ordenación sacerdotal no pueden ser una excusa para el desclasamiento social.
Los últimos años de la vida de Antonio Chevrier están dedicados plenamente a la catequesis intensiva de los niños y muchachos de la calle y a la formación de apóstoles pobres para los pobres. Son dos quehaceres con suficiente consistencia propia, pero dos quehaceres profundamente vinculados. En todo tiempo y lugar son necesarios cristianos laicos y cristianos presbíteros que sepan hablar de Dios y sean capaces de ‘hacer el propio catecismo’. Hacer el propio catecismo no supone despreciar los catecismos oficiales de la Iglesia, sino pasar esa doctrina por el corazón y la vida del catequista. Que lo que el catequista anuncie, lo haya madurado y personalizado en la oración y en la vida. Porque es el sacerdote y no el libro el que catequiza[11].
Chevrier dedica muchas horas a la redacción de un manual de formación inacabado que titula ‘El verdadero discípulo’ o ‘El sacerdote según el Evangelio’. Con este manual, Chevrier trata de completar la formación espiritual de los primeros sacerdotes del Prado y les prepara para un seguimiento de Jesucristo en pobreza, castidad y obediencia. En ‘El verdadero discípulo’ Chevrier desarrolla su comprensión del ministerio apostólico expresada de un modo sintético en el llamado Mural de Saint-Fons[12].
- La gratuidad en el ministerio
Para poner en práctica su sueño de unos presbíteros y unas parroquias pobres y al servicio de la evangelización de los pobres, acepta del obispo de Grenoble ser nombrado párroco de la nueva parroquia de Moulin à Vent. Sueña Chevrier con una comunidad centrada en Jesucristo, acogedora de todas las pobrezas y animada por un grupo de presbíteros evangélicamente pobres. Una de las notas características de esta parroquia es la gratuidad del ministerio; no se cobra ninguna cantidad fija por ningún servicio, sino que se invita a que cada uno colabore voluntariamente echando en un cepillo ad hoc lo que considere oportuno. El anuncio de Jesucristo a los pobres ha de hacerse desde la total gratuidad. “Gratis habéis recibido, dad gratis” (Mt 10,8).
Esta experiencia parroquial funciona desde 1867 a 1871, hasta que uno de sus colaboradores (el padre Martinet) se hace nombrar párroco. Antonio Chevrier vuelve a concentrarse en su trabajo en el Prado, pero ya ha puesto de relieve que existe otra manera de ser presbítero y de construir comunidad parroquial.
- La fecundidad de la muerte
Pocos meses después de la ordenación en Roma de los cuatro primeros sacerdotes del Prado, Antonio Chevrier muere a los 53 años a causa de una úlcera de estómago. Es el 2 de octubre de 1879. Muere en el Prado, el lugar donde ha compartido la vida y la fe con los más pobres de La Guillotière. El barrio se conmueve ante el cadáver del sacerdote que vivió y murió entre los pobres; sus vecinos le reconocen como uno de los suyos. Su vida pobre, crucificada y comida, como la de su Señor y Maestro, terminará dando fruto abundante. “Cuanto más muerto se está, más vida se da”[13]. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24).
- CLAVES DE FONDO DE LA ACCION CARITATIVA DE A. CHEVRIER
Antonio Chevrier no es un asistente social ni un estratega de la lucha contra la pobreza. Chevrier es un sacerdote que se reconoce enviado a anunciar a los pobres la buena noticia de Jesucristo. Esa misión evangelizadora le lleva a compartir las condiciones de vida de los pobres y a experimentar que acoger a Jesucristo como Señor y Salvador genera sorprendentes procesos de humanización y promoción. Con palabras de la encíclica Populorum progressio, la evangelización de los pobres permite pasar de ‘situaciones menos humanas’ a ‘situaciones más humanas’[14].
- Desde Jesucristo pobre
Antonio Chevrier es testigo privilegiado de que el lugar donde nos situemos condiciona nuestra comprensión de la realidad y nuestra vivencia de la caridad. Jesús, el Enviado del Padre, se coloca entre los últimos, desciende a los infiernos para desde allí abrazar a todos los hombres y volver con ellos al corazón del Padre. Jesucristo elige vivir y caminar con los hombres desde la humildad y pobreza del pesebre de Belén. “El pesebre, ése es el comienzo de toda obra de Dios”[15].
Antonio Chevrier mira a los ‘pobres, ignorantes y pecadores’ desde Jesucristo pobre; “probado en todo como nosotros, excepto en el pecado” (Heb 4,15). Chevrier reconoce en los pobres huellas del Enmanuel, semillas del Enviado del Padre. “Dios ha puesto en ciertas almas un sentido espiritual y práctico que supone más sentido común y espíritu de Dios que el que hay en la cabeza de los más grandes sabios. Testigos de ello son algunos buenos campesinos, obreros, mujeres que comprenden en seguida las cosas de Dios y las saben explicar mejor que muchos otros”[16]. Su modo de situarse y actuar entre ellos viene determinado por el misterio de la Encarnación. “Iré en medio de ellos y viviré su propia vida; esos niños verán más de cerca lo que es el sacerdote, y les daré la fe”[17]. Reconoce que los pobres son templos donde habita el Espíritu de Dios; confiesa que Jesucristo se identifica con cada uno de ellos: “lo que hacéis a cada uno de éstos, mis hermanos más pequeños, a mí me lo hacéis” (Mt 25,40). El comentario de S. Juan Pablo II es bien elocuente: “Esta página no es una simple invitación a la caridad: es una página de Cristología que ilumina el misterio de Cristo. Sobre esta página, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia”[18].
“Para anunciar el Reino a los pobres como Jesús y con Jesús, preferiremos la compañía de los pobres, nos acercaremos a ellos por amor. Adoptaremos en la medida de lo posible su género de vida porque nuestra vocación es la pobreza y el servicio a los pobres, los pequeños, los pecadores y estamos encargados de un modo más particular de evangelizar a los pobres”[19].
- La lucha contra la pobreza es más fecunda desde la pobreza evangélica
Hay una pobreza que no es nada agradable a Dios. Es la pobreza que deshumaniza y rompe a la persona; la pobreza que margina y humilla a los descartados de la tierra. Es urgente declarar una guerra total a esta clase de pobreza y colaborar con todos los que, desde diferentes cosmovisiones, trabajan por la superación de esa clase de pobreza.
Pero la lucha cristiana contra la pobreza pasa por la pobreza voluntaria. Así aconteció en Jesús de Nazaret[20], y así ha acontecido en la mayoría de los santos que en la Iglesia han sido. “Es el primer ejemplo que Jesucristo nos da al entrar en el mundo”[21].
La pobreza evangélica es, antes que nada, fascinación y seguimiento de Jesucristo pobre. Pero la pobreza evangélica es también denuncia de las causas y los ídolos que provocan sufrimiento y defensa de la dignidad sagrada de cada hombre y mujer. Desde la pobreza evangélica se percibe con lucidez la gravedad de toda idolatría que ocupa el lugar que sólo corresponde a Dios y que genera cientos de víctimas. Desde la pobreza evangélica adquieren un valor sagrado los pequeños y los frágiles de este mundo. “El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado” (Mt 10,40; Jn 13,20). El Dios de Jesucristo es el defensor y el garante de la dignidad sagrada de cada persona; el Padre de Jesucristo y Padre nuestro nos revela nuestra identidad de hijos y hermanos.
Según Antonio Chevrier, la pobreza personal del sacerdote ha de ir acompañada de la pobreza en el apostolado y de la pobreza en los recursos. La prioridad es conocer y dar a conocer a Jesucristo a los pobres, ejerciendo un ministerio eminentemente espiritual y contando con solo Dios. “En la pobreza encuentra el sacerdote su fuerza, su poder y su libertad”[22]. Contar con pocos medios, contar con medios pobres nos ayuda a apoyarnos sólo en Dios. “El que tiene espíritu de pobreza, tiene siempre demasiado, tiende siempre a recortar”[23]. “Llamados a vivir con los pobres, debemos ser pobres nosotros mismos”[24].
“El signo de la pobreza voluntaria debe ser ofrecido en la Iglesia para que los pobres puedan acoger el Evangelio”[25]
- El protagonismo y la responsabilidad de los pobres
También en la misión entre los pobres el Espíritu nos precede y acompaña[26]. El gran protagonista de la vida de la Iglesia y, por lo tanto, de la evangelización de los pobres es el Espíritu Santo. Cada uno de los bautizados, de acuerdo con la vocación recibida, colabora con el Espíritu en el ejercicio concreto de la caridad.
Es evidente que en la lucha contra la pobreza no vale todo. Los pobres no pueden ser sólo los beneficiarios de la caridad de los ricos. Los pobres son sujetos, son capaces, tienen su propia responsabilidad. También a los pobres Jesús les provoca a compartir, aunque sea lo poco que tienen: “Dadles vosotros de comer” (Lc 9,13). Jesús alaba el donativo de la pobre viuda que “ha echado en el cepillo del templo todo lo que tenía para vivir” (Lc 21,1-4). Los pobres no son sólo destinatarios y objeto de la caridad de otros; ellos son modelo y referente de caridad. Así lo recoge S. Juan Pablo II: “El amor por el hombre y, en primer lugar, por el pobre, en el que la Iglesia ve a Cristo, se concreta en la promoción de la justicia. Esta nunca podrá realizarse plenamente si los hombres no reconocen en el necesitado, que pide ayuda para su vida, no a alguien inoportuno o como si fuera una carga, sino la ocasión de un bien en sí, la posibilidad de una riqueza mayor”[27]. Desde la fe en Jesucristo, también el pobre es portador de gracia de parte de Dios.
Antonio Chevrier experimentó con gozo que la Providencia de Dios se hacía concreta en la solidaridad de los humildes. “Al sacerdote que trabaja para Dios, primeramente le sostendrán y alimentarán los pobres; después vendrán los ricos: ésta es la regla”[28]; “hasta ahora han sido los pobres y los obreros quienes nos han sostenido”[29].
Los cristianos laicos también son llamados a la santidad y al ejercicio eclesial de la caridad; su vivencia de la caridad pasa en primera instancia por la gestión evangélica de los asuntos temporales[30]. Además, los cristianos laicos son capaces y responsables de muchas tareas que no han de monopolizar los clérigos. La desclericalización de la Iglesia y el protagonismo de los pobres van de la mano
- La misión es permanente, los quehaceres no
El Padre Chevrier dedicó la mayor parte de su vida apostólica a la Obra de la Primera Comunión del Prado; ésa fue la tierra sagrada donde fue invitado a descalzarse ante la revelación de Jesucristo en los pobres; ése fue el lugar principal donde compartió con los ‘pobres, ignorantes y pecadores’ la fe en nuestro Señor Jesucristo. Pero, como venimos diciendo, la gran intuición de Chevrier fue la urgencia de formar apóstoles pobres para evangelizar a los pobres.
Por eso, el Prado no dispone hoy de obras propias ni de un método pastoral propio[31], sino del encargo universal del Señor que necesita ser discernido y actualizado permanentemente: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15). La misión del Prado y de cada pradosiano es conocer a Jesucristo y desde él cruzar el puente de toda pobreza, compartir la vida con los hermanos más desamparados y recibir de ellos “el Evangelio que tenemos el encargo de anunciarles”[32]. No se trata de copiar mecánicamente los gestos y las acciones del señor Jesús, sino de discernir aquí y ahora lo que procede para gloria de Dios y vida de los pequeños.
- CONCLUSIÓN
La primera caridad
Antonio Chevrier no hubiera entendido de ninguna manera una atención a los pobres que prescindiera de su dimensión religiosa. El ser humano forma una unidad indivisible, y no puede ser dividido en compartimentos estancos. El hombre cristiano es el hombre entero, no solamente una de sus dimensiones. Por eso, afirma con ‘parresía’ el papa Francisco: “La peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual… La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y proritaria”[33]. La promoción humana y el anuncio de Jesucristo son realidades distintas, “pero no hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, las promesas, el reino, el misterio de Nazaret Hijo de Dios”[34]. El anuncio del Evangelio a los pobres es la primera caridad[35]. Cuando un pobre acoge honestamente a Jesucristo como Señor y Salvador, se generan en él y en su entorno sorprendentes procesos de humanización y de superación de la pobreza. Por eso, los pobres de todos los tiempos tienen derecho a ser invitados a conocer, amar y seguir a nuestro Señor Jesucristo; no pueden conformarse con las migajas que caen de nuestra mesa de ricos (cf Lc 16,19-31). Antonio Chevrier resume de esta manera su servicio a los pobres: “una sola cosa es necesaria: hacer bien nuestra catequesis”[36], es decir, anunciar a Jesucristo a los pobres.
Otra cosa es cómo se concreta esa profunda convicción en cada coyuntura histórica; sigue siendo urgente un ejercicio eclesial de discernimiento pastoral sobre este asunto.
Una Iglesia pobre
El gran signo mesiánico sigue siendo que “los pobres son evangelizados” (Lc 7,22; Mt 11,5). Por eso, la evangelización es la vocación propia de la Iglesia[37] y, por eso, la Iglesia se expresa y crece en su acción misionera entre los pobres. Así podemos entender mejor esa frase repetida por el papa Francisco en ocasiones solemnes: “Quiero una Iglesia pobre para los pobres”[38]. No basta con atender a los pobres; es necesario abrazar la pobreza evangélica personal y comunitariamente y reconocer a los pobres el protagonismo que les corresponde en el plan de Dios. En su tarea de formador de sacerdotes pobres para evangelizar a los pobres, el padre Chevrier insiste una y otra vez: “En la pobreza el sacerdote encuentra su fuerza, su poder y su libertad”[39]. Sólo una Iglesia pobre puede ser testigo y pregonera de la fuerza y la salvación del Crucificado-Resucitado.
Un presbítero pobre
Es evidente que el sujeto eclesial de la caridad es todo el Pueblo de Dios, pero también es evidente la transcendencia y significación de la vida y misión de los presbíteros. Si queremos que toda la Iglesia siga dando los signos mesiánicos, necesitamos unos presbíteros seducidos por Jesucristo pobre y empeñados en la evangelización de los pobres. Ya lo subrayaba explícitamente el Concilio Vaticano II: “Es más, invíteseles a que abracen la pobreza voluntaria, por la que se conformen más manifiestamente a Cristo y se tornen más prontos para el sagrado ministerio. Porque Cristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros para que con su pobreza nos hiciéramos ricos”[40]. Y S. Juan Pablo II insistía en lo que la pobreza sacerdotal tiene de instancia crítica en una sociedad idolátrica: “No hay que olvidar el significado profético de la pobreza sacerdotal, particularmente urgente en las sociedades opulentas y de consumo, pues el sacerdote verdaderamente pobre es ciertamente un signo concreto de la separación, de la renuncia y de la no sumisión a la tiranía del mundo contemporáneo, que pone toda su confianza en el dinero y en la seguridad material”[41]
Lucio Arnaiz Alonso
[1] A. Chevrier, El verdadero discípulo, Monte Carmelo, Burgos, 2006, 108
[2] Ibid., 113
[3] Ibid., 323
[4] Proceso de beatificación, t. 2, 7 y 97-98.
[5] A. Chevrier, El verdadero discípulo, 316
[6] Constituciones As. Sacerdotes del Prado, 38
[7] Testimonio de María de Foulquier, P 3, 183
[8] P 2,31
[9] A. Chevrier, El verdadero discípulo, 450
[10] Cf. A. Chevrier, Cartas, nº 153
[11] Cf. A. Chevrier, El verdadero discípulo, 450
[12] Cf. Ibid., 535
[13] Ibid., 535
[14] Cf. Pablo VI, encíclica Populorum progressio, 22
[15] A. Chevrier, Cartas, nº 52
[16] A. Chevrier, El verdadero discípulo, 218
[17] Cuadernos de Perrichon
[18] S. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 49
[19] Constituciones As. Sacerdotes del Prado, 44
[20] “El cual, siendo rico, por nosotros se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (2 Cor 8,9)
[21] A. Chevrier, El verdadero discípulo, 407
[22] Ibid., 519
[23] A. Chevrier, El verdadero discípulo, 295
[24] Reglamento de los Sacerdotes del Prado de 1878
[25] Constituciones As. Sacerdotes del Prado, 49
[26] Cf. Concilio Vaticano II, decreto Ad gentes, 4
[27] S. Juan Pablo II, encíclica Centesimus annus, 58
[28] Chevrier, A. El verdadero discípulo, 309
[29] Chevrier, A. Reglaments-Sacerdote, 257-258
[30] Cf. Concilio Vaticano II, constitución Lumen gentium, 31
[31] Cf. Constituciones As. Sacerdotes del Prado, 25
[32] Constituciones As. Sacerdotes del Prado, 14
[33] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 200
[34] S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 22
[35] Cf. S. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, 50
[36] A. Chevrier, El verdadero discípulo, 299
[37] Cf. S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 14
[38] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 198
[39] A. Chevrier, El verdadero discípulo, 519
[40] Concilio Vaticano II, decreto Presbyterorum ordinis, 17
[41] S. Juan Pablo II, carta Pastores dabo vobis, 30










