COMENTARIO EXEGÉTICO ESPIRITUAL DEL EVANGELIO DE LA SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO
29 de junio 2025
P. Raúl Moris,
Prado de República de Chile
El Evangelio:
Habiéndose aparecido Jesús Resucitado a sus discípulos, después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Él le respondió: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”. Le volvió a decir por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Él le respondió: “Sí, Señor, sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”. Le preguntó por tercera vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: “Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas. Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos y otro te atará y te llevará a donde no quieras”. De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: “Sígueme”.
(Jn 21, 1-31)
El Comentario
No existen, quizá, en la historia de la Iglesia dos caracteres más diversos y dos historias más disímiles que las de Pedro y la de Pablo, y sin embargo la Iglesia los celebra juntos el mismo día, conmemorando el día en que coronan su seguimiento a Cristo con el testimonio de su sangre. ¿Murieron juntos el mismo día? No se sabe. Solo se sabe con certeza que entregaron su vida durante la primera persecución sufrida por los cristianos, la que promovió Nerón entre el 65 y el 67 d C.
Dos historias que corren por cauces totalmente propios y que sin embargo confluyen cuando en ellas acontece el encuentro con Jesús, encuentro a su vez que ocurre de modo único y diverso.
Pedro, el pescador de Galilea, curtido en el arduo trabajo de arrebatar el sustento al lago de Genezaret, que constituye su horizonte vital y el lugar de las luchas cotidianas para alimentar su familia, un hombre hijo de pescadores, que sin el encuentro con el Señor habría seguido haciendo lo que su padre le había enseñado, y así lo habría hecho con sus hijos, (sabemos que tenía familia, como correspondía a un judío adulto, viviendo según las exigencias de su tiempo, así lo atestigua el episodio de la curación de su suegra) hasta terminar sus días como un judío sencillo, temeroso de una Ley transmitida por los que sabían y vivida al modo en la gente sencilla trata de arreglar sus asuntos con un Dios al que no entienden, sin embargo lo aman y temen; y su vida cambió radicalmente cuando en la mañana del mar de Galilea fue invitado por Jesús a ser pescador de hombres.
Pablo, un Judío de la diáspora, nacido en Tarso, una provincia siro-romana, que le transmite a Pablo una visión de mundo cosmopolita: lenguas, costumbres y formas de vida diversas circulan por Tarso, en donde conviven los mercaderes venidos de cualquier lugar del imperio, en cuyos mercados se entremezclan entra tantas otras voces los sonidos del arameo, del griego, del latín, llevando cada lengua consigo una historia, una manera de entender el mundo; allí tendrá lugar el anuncio del Dios en el que Pablo cree, y a cuyo estudio se aplicará en su juventud en Jerusalén, pero este anuncio habrá de hacerlo resonar en medio de los discursos de la filosofía, de la política, de las distintas propuestas morales y salvíficas que se habrán escuchado a diario en medio de las plazas de la ciudad y de los caminos en las que un artesano y comerciante como Pablo habrá recorrido antes de que Jesús resucitado lo abordara camino a Damasco, y lo invitara a convertirse de perseguidor, a enviado ferviente a llevar la noticia del Resucitado a todas las naciones.
Y en el encuentro de estas dos vidas, escogidas por el Señor, se comienza a configurar el proyecto que Dios tenía preparado para nosotros: Una Iglesia una y diversa, que no está fundada sobre la persona de Pedro; -frágil sería el cimiento de ser así pues la humanidad de Pedro con toda su fragilidad quedará retratada en diversos pasajes de los Evangelios- sino sobre la sólida fe que Pedro ha recibido y sabido acoger como un don del cielo; fe que suscitará múltiples formas de respuestas, y que configurará así la Iglesia multiforme, una en la diversidad, la Iglesia de cada uno de los Apóstoles, la Iglesia jerárquicamente organizada y carismáticamente animada, la Iglesia discípula de Pedro siempre necesitada de aprender de su Maestro; y a su vez, una Iglesia animada para extenderse por toda la tierra conocida, la Iglesia misionera de Pablo, siempre en dispuesta a emprender la marcha a dónde el Espíritu la quiera enviar; la Iglesia del resto fiel del pueblo de Israel, la del nuevo resto formado por todos los pueblos.
Jesús promete a Pedro que su Iglesia permanecerá hasta el fin de los tiempos; no le promete, por cierto la inmunidad contra las fuerzas adversas que desde afuera y muchas veces en su mismo seno intentarán atacarla, tratarán de corroerla; no le promete una tranquila placidez en su caminar; no podría ser así en una Iglesia que se refleja en la imagen de la barca del pescador, zarandeada por las olas y la resistencia del mar y de los vientos, pero siempre a flote, tantas veces navegando a contracorriente, con su tripulación extenuada, abatida, aparentemente derrotada, pero animada por el titilar de las luces, aun difusas de las costas patrias, hacia donde navega infatigable.
Lo que Jesús le promete es que este proyecto, que es el del Padre, proyecto por el cual el Hijo ha entregado su vida, proyecto que es animado y nunca abandonado por el Espíritu Santo, no habrá de desaparecer; la primera palabra dicha sobre la Iglesia, que es recogida por el Evangelista Mateo en el episodio de la confesión mesiánica en las inmediaciones de Cesarea de Filipo, es también la última: la muerte no podrá vencerla, la promesa de vida imperecedera, “vida en abundancia”, se manifiesta en el destino de la Iglesia, de esta Iglesia de los peregrinos, prolongada en el cielo en la de los testigos y los santos, llamada a la comunión eterna con Aquél que es la vida que no conoce fin.
Una Iglesia en la que la diversidad no ha de romper la unidad, como asimismo la unidad no ha de significar sumisa uniformidad; en el proyecto de Cristo, está incluida, de este modo, tanto la roca de Pedro, como el ímpetu itinerante y misionero de Pablo, como el asombrado, contemplativo y fiel amor del Discípulo Amado, y la perseverante esperanza de las mujeres que abandonándolo todo, escogen el seguimiento del Señor, todos estas experiencias de vida forma parte orgánica de la misma Iglesia que Jesús ha querido dejar bajo la conducción de Pescador de Galilea.
Así ha de leerse el episodio de la pesca, elaborado sin duda desde el antecedente intertextual que representa Lc 5. 1-11; tal como en ese Evangelio, la escena ocurre de mañana en las orillas del Mar de Galilea, o Tiberíades (en su nombre romano); tal como en Lucas, los pescadores regresan con las redes vacías, tal como en Lucas, en la obediencia al mandato fuera de tiempo de Jesús, las redes se llenan de peces; Juan parece aquí estar citándose a sí mismo -esta escena es un suerte de ilustración a Jn 15, 5b: “…Porque separados de mí nada pueden hacer”– y al mismo tiempo estar realizando una corrección al texto fuente: así como las redes de la desmesurada pesca del primer llamado, el del inicio del ministerio público de Jesús, casi se rompían por el peso y amenazaban con hacer naufragar las barcas; aquí – en el relato de Juan- la red, lanzada hacia donde el Resucitado ordena, es capaz de resistir la gran magnitud de la pesca y la barca de Pedro llega a puerto; y, cuando el Resucitado se lo ordena, es capaz Pedro solo de sacar la red a tierra: es la Iglesia enviada a lanzar la red de la salvación más allá de las fronteras de Israel, comisionada para acoger la inmensa diversidad de la experiencia humana y resistir siendo una, guiada por el Señor, firme en la certeza de que ha de abrazar a todo el mundo (son ciento cincuenta y tres los peces que la red contiene: la totalidad de los pueblos que contenían las cartografías romanas tradicionales a fines del s. I); alimentada por el propio Señor: el brasero con pan y pescado con que Cristo espera a los pescadores en la orilla, y que nos remite al signo eucarístico de la Multiplicación del pan y los peces.
Así habrá de ser leída la segunda parte del relato, que constituye el evangelio de hoy: ha concluido el improvisado desayuno en la playa de Tiberíades, y tiene lugar el diálogo entre Jesús y Pedro; ese mismo Pedro que ha negado a Jesús tres vecen en la lóbrega noche en el patio de Caifás en la víspera del viernes de la crucifixión, es invitado también tres veces a expresar su fidelidad al Resucitado. No hay reproche en el trato de Jesús a Pedro, no hay recuerdo del momento en que la fidelidad del apóstol se ha venido vergonzosamente abajo; estamos frente a un sutil diálogo en el que vamos a gustar una vez más la hondura de la comprensión y de la acogida del Señor.
Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?… La clave del diálogo radica en el uso de los verbos: en labios de Jesús, Agapao, amar, que en el cuarto Evangelio siempre va a remitir a ese amor de Dios, que nada se reserva, que es absoluta y gratuita donación (cf. 1Cor, 13), fruto de la Gracia; en la respuesta de Pedro, el verbo Phileo, nos sitúa en la esfera menor, pero no menos noble, del amor humano: el de la amistad, que devuelve el amor con amor, el bien con gratitud; afecto natural, profundo y fecundo que puede albergarse en cualquier relación humana plena y sana.
Sin embargo este amor no es suficiente para Jesús, Pedro para ser apóstol ha de aprender a abrirse a esta otra forma de amor, el Agape que sólo puede alcanzarse dejándose traspasar por el amor de Dios; Jesús, empero, sabe en qué estadio de acogida y comprensión del misterio está Pedro y puede esperar, (resuena aquí el recuerdo de Jn 13, 7); a la tercera insistencia, el verbo en labios del Señor será el mismo Phileo, que brota espontánea de la respuesta de Simón.
Para que Pedro pueda comenzar el camino que lo llevará a ascender, Jesús no duda en volver a descender, este movimiento de descenso que vive radicalmente en la Encarnación y la Cruz, lo realiza otra vez el Resucitado, y lo seguirá haciendo para llamar a Pedro, para convocar a los que formamos la Iglesia, hasta que Pedro y nosotros no sólo podamos empinarnos para alcanzar a vislumbrar en qué consistirá en verdad este Agape, sino que lo hagamos nuestro en nuestra vida y relaciones.
Pedro lo logrará cuando marche hacia el martirio, anunciado sin patetismo ni dramatismo en los versículos siguientes. Pablo, por su parte, alcanzará la meta a cuya consecución Cristo se ha adelantado y lo ha arrebatado, al momento en que la espada caerá sobre su cuello, para alcanzarle la corona del martirio por la cual combatió el arduo combate y continuó corriendo la carrera, que continúa abierta hasta el final de la historia; para nosotros, ha de seguir resonando, insistente e imperiosa la invitación que cierra este pasaje del Evangelio: ¡Sígueme!
Raúl Moris G. Pbro.










