COMENTARIO EXEGÉTICO-ESPIRITUAL
DEL 6o DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
«La ley del Moisés Definitivo«
12 de febrero de 2023
P. Raúl Moris,
Prado de República de Chile
No piensen que vine para abolir la Ley o los Profetas: yo no he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Les aseguro que no desaparecerá ni una “i” ni una “coma” de la Ley, antes que desaparezcan el cielo y la Aerra, hasta que todo se realice. El que no cumpla el más pequeño de estos mandamientos, y enseñe a los otros a hacer lo mismo, será considerado el menor en el Reino de los Cielos. En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos. Les aseguro que, si la jusAcia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos.
En cambio, el que los cumpla y enseñe, será considerado grande en el Reino de los Cielos. Les aseguro que, si la jusAcia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos. Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: «No matarás», y el que mata, debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser casAgado por el Sanedrín. Y el que lo maldice, merece la Gehena de fuego.
Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano Aene alguna queja contra A, deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano, y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Trata de llegar en seguida a un acuerdo con tu adversario, mientras vas caminando con él, no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al guardia, y te pongan preso. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el úlAmo centavo.
Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». Pero yo les digo: El que mira a una mujer deseándola, ya comeAó adulterio con ella en su corazón. Si tu ojo derecho es para A una ocasión de pecado, arráncalo y arrójalo lejos de A: es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. Y si tu mano derecha es para A una ocasión de pecado, córtala y arrójala lejos de A; es preferible que se pierda uno solo de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado a la Gehena. También se dijo: «El que se divorcia de su mujer, debe darle una declaración de divorcio». Pero yo les digo: El que se divorcia de su mujer, excepto en caso de unión ilegal, la expone a cometer adulterio; y el que se casa con una mujer abandonada por su marido, comete Adulterio.
Ustedes han oído también que se dijo a los antepasados: «No jurarás falsamente, y cumplirás los juramentos hechos al Señor». Pero yo les digo que no juren de ningún modo: ni por el cielo, porque es el trono de Dios, ni por la Aerra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la Ciudad del gran Rey. No jures tampoco por tu cabeza, porque no puedes converAr en blanco o negro uno solo de tus cabellos. Cuando ustedes digan «sí», que sea sí, y cuando digan «no», que sea no. Todo lo que se dice de más, viene del Maligno”. .
(Mt 5, 17-37)
COMENTARIO
La sola ubicación geográfica en la que el Evangelio según San Mateo sitúa el primero de los grandes discursos de Jesús, es suficientemente elocuente acerca de la intención del Evangelista y la imagen que quiere proyectar del Señor. Que el Sermón de la Montaña ocurra precisamente en un monte, y no en un llano, en donde Lucas pone el contexto de muchas de estas mismas enseñanzas, incluido el Discurso de las Bienaventuranzas, posee un doble propósito: rubricar el carácter sagrado de esta instrucción a los Discípulos: la montaña es el espacio sacro por antonomasia, el lugar en donde la Ierra parece elevarse hacia el cielo, es precisamente en donde también el cielo parece inclinarse para establecer un punto de comunicación, de comunión: las grandes teofanías acontecen en estos escenarios, y no solo en la tradición del Pueblo de Israel.
Es en un monte, el Horeb, en donde Moisés, experimenta su vocación y su envío; es en las laderas de un monte, el Carmelo, en donde Elías recibe el consuelo de la presencia del Señor, es sobre un monte, el Sinaí, en donde la Ley es entregada a Moisés. Habrá de ser, por tanto, desde un monte, donde se dé inicio formal y público al ministerio de Jesús, un monte, en el que se cumple el segundo propósito de Mateo: presentar a Jesús como el nuevo Moisés, ahora sí, el definiIvo: no el que recibe el envío de establecer la Alianza temporal del Dios, que ha salido a caminar con su pueblo, sino el de la Alianza nueva y eterna.
Y este nuevo Moisés, será presentado por el primer Evangelio, en una suerte de contrapunto entre la conInuidad y diferencia, entre la fidelidad a la tradición y la novedad radical del nuevo pacto establecido de una vez y para siempre en el Misterio de la Encarnación.
La pregunta que inquietó a muchas de las comunidades crisIanas primiIvas fue la cuesIón acerca de la relación entre la enseñanza de Cristo y las nuevas prácIcas de la Iglesia naciente y las del judaísmo tradicional: ¿Jesús ha venido no solo a erradicar el modo como los fariseos interpretaban y enseñaban a poner en prácIca la Ley recibida a través de Moisés, sino la misma Ley, en su integridad? ¿Esta nueva forma de relación con el Dios anunciado por Jesucristo y sus Apóstoles, ¿Esta nueva Alianza, invalida y desIerra definiIvamente toda la historia y la memoria de la alianza realizada en el Sinaí? Hubo, por cierto, facciones del crisIanismo de las primeras horas que parecieron entenderlo así, y esta interpretación persisIó hasta alcanzar los círculos gnósIcos que florecieron durante el segundo y tercer Siglo.
A esta interrogante es a la que apuntan viva y enfáIcamente los versículos 17 al 19. El español de la traducción que estamos comentando, no alcanza a reflejar el insistente y perentorio acento del griego original del comienzo de esta sección: que bien podría traducirse así: ¡Ni se les ocurra pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas!, ¡No he venido a destruirlos, sino a colmar su plenitud! Plenitud que incluye el respeto y la fiel interpretación hasta de los aparentemente más insignificantes signos gráficos en los que esta ley estaba plasmada en el texto: la iota, la más pequeña de las letras del griego (equivalente a la yod hebrea) y el más pequeño de los signos de puntuación, la coma. Sin embargo, y aquí radica la novedad de Jesús frente a la interpretación de los maestros y escribas, esa interpretación correrá el riesgo de ir mucho más allá del fundamentalista y escrupuloso cumplimiento de la literalidad de la Ley, como disposiIvo de regulación moral y cultual,-que era aquello en que los doctores de la ley, del grupo de los Fariseos, la habían converIdo y así la enseñaban- y proponer, por tanto, a la luz del Espíritu, el seguimiento atento y la inmersión en su hondura, como Voluntad de Dios, para la plena realización del Hombre.
Es por esta razón que la relectura que Jesús hace de la Ley en el resto de los versículos del Sermón de la Montaña, es más rigurosa y exigente que la que habían siquiera soñado los Maestros de la Ley; porque no apunta a la casuísIca de los preceptos que había temaIzado cada una de las posibilidades de violación de la norma del Sinaí, en su ejercicio externo, y por tanto sancionable y punible ante un tribunal de carácter moral, o delante de los censores que velaban por la correcta administración litúrgica de los ritos y sacrificios; no apunta a esa exterioridad de los preceptos morales, que los recibo como un mandato externo, del cual tengo que dar cuenta pública delante de otros, sino, a la entraña de la Ley, asumida desde la hondura de una inteligencia creyente: a la intención de vivirla, no someIdo por el temor al casIgo externo, sino como un camino que conduce a la vida, el cual estoy dispuesto a transitar por obediencia a Aquél, que me creado capaz de discernir esos preceptos desde mi corazón, en donde esa Ley encuentra una resonancia más sonora y honda.
Así el ojo y la mano, a saber, la intención del corazón y la ejecución de mis acciones, no han de ser adiestrados para el camino, que conduce a la realización plena del plan que Dios ha diseñado para la humanidad, mediante la represión que brota de una ley que me sanciona, cuando la he transgredido materialmente, sino encaminados desde dentro, no para el cumplimiento de un mínimo razonable, sino para aspirar al máximo posible, desde el asenImiento obediente que libremente le presto. Han de ser adiestrados para el lúcido discernimiento de que, desde el momento en que caigo en la cuenta de que estoy consinIendo a la transgresión, ya en mi corazón, prefiriendo escuchar el grito de mi propia fragilidad, antes que la voz del Señor que me invita al seguimiento, estoy llamado a reconocer con asombrada graItud cuánto Él espera mi propio y acIvo asenImiento a la sanIdad que Él me propone.
De muy poco, o mejor, de nada sirve, en realidad, en el camino que conduce a la salvación, la prácIca escrupulosa de la Ley, si ésta no es el reflejo de una consistencia mayor, de una coherencia entre lo que pienso y quiero, entre lo que pienso y digo, entre lo que declaro hacer y realmente hago. Esa coherencia que Jesús expresa casi al final de este pasaje, entre el Sí y el No de la mente y el corazón, y el Sí y el No de mis palabras y de mis acciones.
Coherencia radical y exigente, que no podrá ser producto sólo de un querer o un deber ser empecinado y voluntarioso, sino de una honda y convencida apertura a la gracia, que es único puente, el suficiente, el necesario, que el propio Señor ha querido tendernos saliendo a nuestro encuentro.
Raúl Moris G. Pbro.










