COMENTARIO EXEGÉTICO-ESPIRITUAL DEL EVANGELIO DEL DOMINGO CELEBRACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS
– RESURRECCIÓN Y LA VIDA…
2 de noviembre 2025
P. Raúl Moris,
Prado de República de Chile
El Evangelio:
“Al llegar a Betania, Jesús se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro Días.
Betania dista de Jerusalén solo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y María, por la muerte de su hermano.
Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa.
Marta le dijo a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aún ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas”.
Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”.
Marta le respondió: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”.
Jesús le dijo: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”.
Ella respondió: “Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debías venir al mundo”.
(Jn 11, 17-27).
El Comentario
Si el primero de noviembre la Iglesia celebra con júbilo la gloria de los santos, recordando en una sola y misma celebración a aquellos que, aunque la historia no ha registrado sus nombres, creemos que ya están formando parte de esa “nube de testigos” que intercede por nosotros ante Dios, en compañía de los santos que la Iglesia recuerda y venera en el resto del año; el día dos de noviembre, celebra y pide por los difuntos, por aquellos que están en camino de contemplar el rostro del Padre, en el cielo, por aquellos por quienes nuestra oración, nuestro sufragio los va acercando a la meta para la cual hemos sido creados: el Reino en su espléndida plenitud.
La tradición de orar por los difuntos se remonta a uno de los últimos escritos del tiempo del Antiguo Testamento, al segundo libro de los Macabeos, en este libro se expresan por primera vez dos convicciones que se han quedado grabadas en el corazón creyente de la Iglesia: a saber, que el Señor que nos creó para la vida y puso en nosotros el anhelo de vida eterna, no nos defraudará, de la misma manera maravillosa e inexplicable como nos llamó por primera vez desde la nada a la existencia, así, a pesar del aparente triunfo de la muerte, nos resucitará; y que su misericordia es tan grande, que podemos orar confiados en que incluso esos que pasaron de este mundo sin haberse reconciliado, pueden encontrar cabida en su corazón y resucitar para la salvación, de tal modo que la muerte no ha cortado para siempre la comunicación de todos los creyentes en el amor, sino que esta Iglesia nuestra, la que sigue peregrinando en la tierra, en comunión con los santos que han llegado a la meta, pueda interceder por aquellos.
El Evangelio escogido para celebrar esta buena noticia, contempla el tema del dolor y el desgarramiento que la muerte nos produce, desde la óptica del dolor que la muerte del amigo causa en el corazón profundamente humano de Jesús, dolor que será el estímulo para manifestar su plena divinidad al ser esta la ocasión que lo lleva a revelarse como Señor, en cuya presencia se cumplen los anhelos de la humanidad sufriente y las promesas de los profetas, Señor que nos ha creado para la vida y nos quiere vivos para siempre.
La humanidad del Señor quedará de manifiesto desde el comienzo del relato en la mención del afecto que lo une con la familia de Betania; será insistente el Evangelista en mencionar el cariño que une a Jesús con Lázaro y sus hermanas, un cariño del todo y profundamente humano.
Si el verbo con que el amor de Dios se manifiesta en el Cuarto Evangelio es el verbo agapao y su sustantivo agape; (el “discípulo amado”, el agapetós, será objeto de este amor sin reservas, totalmente difusivo de sí, que revela el del Padre Creador); Aquí, la insistencia estará puesta en el verbo phileo y su sustantivo philos: Lázaro será el amigo de Jesús, ese amigo entrañable, en términos profundamente humanos, ese amigo, con el que se suponen compartidos momentos de intimidad, de conocimientos mutuos, de tiempo gratuito pasado en compañía; ese amigo, al que no se le elige después de un equilibrado cálculo de ventajas y desventajas, sino que simplemente, y sin que lo esperemos ni lo busquemos, aparece en nuestro horizonte, y con el cual se hace tan grato recorrer jornadas, enfrentar desafíos, crecer en la intimidad de ese otro, que nos acompaña y nos confronta; ese amigo al que Jesús se resiste ver muerto, ese amigo que hace brotar lágrimas de aflicción de los ojos del Señor.
Humana amistad de Jesús con Lázaro, que sigue la línea que la tradición conoció primero: la que une a Jesús con las dos hermanas de Betania: estas dos mujeres, que abren su casa, su confianza y su corazón al Señor, el relato de la relación que une a Jesús con esta casa, está fielmente tomado de la semblanza que nos dejó Lucas (cf. Lc 10, 38-41), en su Evangelio, por lo menos por un par de décadas anterior al Cuarto Evangelio.
Aquí, también es Marta la que valiente y decididamente asume su rol de dueña de casa, de cabeza de esta familia: sale al encuentro de Jesús, lo interpela abiertamente, y se deja instruir por Él, inquieta, pero discípula al fin; discípula que no asumirá el rostro de una adhesión sumisa e irracional a la persona del Maestro, sino que se siente con la plena confianza de interpelarlo desde su dolor, discípula que se permite un momento de rebelión ante la ineludible potestad de la muerte: su “Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”, no es una expresión serena, que espera el fácil consuelo de unas vagas palabras de compromiso, susurradas en el abrazo del pésame; Marta, sin duda habrá proferido este reproche, con los dientes apretados, con los puños crispados de quien está tratando de refrenar el agudo dolor de la pérdida y del desgarro, y espera una respuesta que saque de escena el sinsentido que se cierne a su derredor, pero es también la Discípula fiel, la que habrá de pasar de la fe en la resurrección, confesada por el pueblo de Israel, enseñada por los fariseos, aprendida desde su infancia, de la boca de su padre o de su madre, -fe que ella expone con fidelidad en el diálogo con Jesús-, hasta la afirmación de fe en el Señor de la Vida, ahora pronunciada en el encuentro personal con el amigo que está frente a ella, y le declara ser la Resurrección y la Vida, el Señor, que viene a vencer la muerte con este signo, que será anuncio y preludio, en el orden temporal, de su propia y definitiva Resurrección: la irrupción de la eternidad que transforma para siempre la economía del tiempo.
Aquí, también es María la discípula de la contemplación silenciosa, cuya confianza no necesita palabras para ser expresada, pero que con su silencio conmueve profundamente el corazón de Jesús conduciéndolo decididamente a la manifestación del signo.
Aquí, es el Cristo, Señor y Siervo, que confiadamente se pone en las manos del Padre para que el signo de la vida acontezca, y así se revele la Voluntad primera del Padre que nos ha llamado para la Vida en plenitud, pero es también el hombre Jesús, que se estremece y también se rebela ante la brutalidad de la muerte.
El texto va a declarar dos actitudes de Jesús frente a la muerte del amigo: la primera: la convencida confianza del Señor de que la muerte no puede ser la última palabra que se pronuncia sobre el hombre, que en el plan original de Dios ha sido creado para tener luz y vida, para que, conociendo en este mundo la velada luz y la discreta vida que la naturaleza nos proporciona, aprenda a anhelar con vehemencia la luz indefectible y la vida sin ocaso.
Por eso, Jesús conociendo la situación en la que se encuentra el amigo, declara lúcida y abiertamente ante el estupor y la incomprensión de sus discípulos, que la enfermedad de Lázaro no tendrá como fin la muerte, aunque, de hecho, cuando esta declaración acontece, ya se encuentre en el sepulcro.
La segunda actitud estará señalada por la conmoción y el dolor que experimenta Jesús delante de las hermanas y de la multitud que se reúne a consolarlas. La conmoción que será distinta de la compasión, de la profunda y entrañable empatía con el dolor de la humanidad que Jesús experimenta en muchos episodios recogidos por los Evangelios Sinópticos, esa compasión que los testigos intentan recoger con el verbo splankhnizomai, que remite en griego a la contracción visceral, a las entrañas del Señor que se aprietan y angustian cuando ve el dolor que sienten los pobres, los enfermos, los pequeños, los excluidos.
Aquí, la conmoción será diversa, tanto como el verbo que Juan emplea: Embrimáomai, que alude más bien a la indignación, a esa profunda desazón y rebeldía que una situación injusta nos produce, a la rabia contenida que nos estremece y nos perturba cuando vemos una situación de hecho, que, en derecho, no debería estar sucediendo.
Esto es lo que sucede con Jesús al enfrentar la muerte del amigo; su humanidad no puede permanecer impávida, no puede haber consuelo, ni menos resignación, en esa circunstancia; la muerte no puede ser el fin que Dios ha preparado para los proyectos humanos, para los anhelos del hombre, para el amor, que los hombres vamos aprendiendo a cultivar en el transcurso del peregrinar por el mundo, para la memoria que vamos guardando de los momentos que la vida nos va deparando y que atesoramos porque la sabemos única preciosa e irrepetible; la muerte y el sepulcro no puede ser el fin de la aventura humana; el admitir que este anhelo de eternidad lo ha de cercenar la muerte, que de repente aparece y lo trunca todo: la vida interrumpida sin aviso, las palabras que pudimos pronunciar y quedaron para siempre encerradas dentro de nuestros labios, sellados para siempre, yertos esperando la disolución en el fondo del sepulcro, el recuerdo de la amistad apagándose en la frialdad inexorable de la losa del sepulcro que impávida contempla el paso del tiempo, sería aceptar sin más una broma macabra; cómo anunciar a un Dios de misericordia y compasión, y jugarse la vida en ese anuncio, si finalmente la última palabra sobre todos los proyectos humanos la pronuncia irrevocable la sorda muerte, ante la cual no hay plegaria que valga.
Pero es el mismo Jesús, el verbo de Dios hecho carne, quien se rebela ante la muerte del amigo y esta Rebelión se transforma en ocasión propicia de Revelación: éste será el signo definitivo, vencida la muerte, que ha hecho presa de Lázaro, Jesús se nos revela en su humanidad doliente y condolida, como el Señor triunfante; podemos mirar de frente al Misterio: detrás de nuestra propia muerte, se alza espléndida la vida imbatible, y nos espera el radiante resplandor de la Resurrección.
Raúl Moris G. Pbro.










