ESTUDIO DE EVANGELIO DESDE LA CUARENTENA
EL COMBATE ESPIRITUAL FUENTE DE ESPERANZA
2a parte.
II.- NUESTRO COMBATE ESPIRITUAL
PARA SERVIR LA ESPERANZA DE LOS POBRES
II.- NUESTRO COMBATE ESPIRITUAL PARA SERVIR LA ESPERANZA DE LOS POBRES
Jesús, el Hijo, «coronado de gloria y honor por su pasión y muerte, pues, por la gracia de Dios, gustó la muerte por todos» (Hb 2, 9), es nuestra esperanza. ¡Así lo creemos los cristianos! Y porque Cristo es «la esperanza de la gloria», el evangelizador puede vivir con confianza y alegría las pruebas y rudos combates inherentes a la misión de «llevar a plenitud la palabra de Dios», palabra de esperanza, Buena Noticia.
“Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia, de la cual Dios me ha nombrado servidor, conforme al encargo que me ha sido encomendado en orden a vosotros: llevar a plenitud la palabra de Dios, el misterio escondido desde siglos y generaciones y revelado ahora a sus santos, a quienes Dios ha querido dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo en vosotros, la esperanza de la gloria. Nosotros anunciamos a ese Cristo; amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para presentarlos a todos perfectos en Cristo. Por este motivo lucho denodadamente con su fuerza, que actúa poderosamente en mí. Quiero que sepáis el duro combate que sostengo por vosotros y por los de Laodicea, y por todos los que no me conocen personalmente; para que se llenen de ánimo sus corazones y, estrechamente unidos en el amor mutuo, alcancen en toda su riqueza la plena inteligencia y el perfecto conocimiento del misterio de Dios, que es Cristo. En él están encerrados todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento”. (Col 1, 24-2, 3)
A la luz de los combates de Jesús (y del apóstol), ¿qué combates estamos llamados a librar para servir la esperanza de «pobres, ignorantes y pecadores»? Me limito a sugerir algunas pistas. Cada uno, dada su edad, los dones recibidos del Señor para el servicio de los hermanos, la situación de su Iglesia particular, pueblo, y cultura en que vive, está llamado a precisar cómo y con qué medios llevará adelante el combate espiritual, esto es, la tensión y vigilancia sostenida para caminar en el Espíritu, y ser así signo y servidor de la esperanza que no defrauda.
1.- El combate espiritual de ser pobre entre los pobres.
Puesto que Jesús se hizo pobre entre los pobres, para enriquecer a todos con su pobreza, él nos invita y urge a permanecer pobres entre los pobres. Y esto conlleva un verdadero combate espiritual, para asumir nuestra debilidad y límites en una dependencia radical del Señor y en una real solidaridad con los últimos y excluidos. No basta la pobreza elegida, hay que compartir con ellos las pobrezas, propias y ajenas, incluidas las de la Iglesia, que en cada momento de nuestra historia personal y colectiva, nos son impuestas por las circunstancias concretas de la existencia. En medio de la pandemia, por ejemplo, cómo vivimos y compartimos, con fe, amor y esperanza, la experiencia de impotencia y debilidad que marca a los pobres de manera particular. Este combate espiritual implica abnegación y sencillez para ser pobre entre los pobres, para ser un signo de esperanza entre ellos.
Celui qui a renoncé à lui-même ne trouvera pas difficile de pratiquer la pauvreté, au contraire, il aimera à être pauvre, à se faire petit, à être privé de beaucoup de choses, à être au rang des pauvres; il a renoncé à la gloire, à l’estime du monde, à tout ce qui brille dans le monde. (VD p268 ; 408, 412)
2.- Discípulos con los discípulos.
El Concilio Vaticano II recordó que los presbíteros estamos llamados a ser hombres entre los hombres, hermanos entre los hermanos, discípulos entre los discípulos. El único Maestro es Cristo Jesús (cf. Mt 23, 8-12) y todos discípulos. Esto comporta una actitud permanente de escucha, para saber acoger la palabra proveniente de Dios a través de la mediación de los pobres y de las nuevas situaciones de pobreza. El Espíritu de la verdad habla también en y a través de los pobres, ignorantes y pecadores. Si somos discípulos con ellos, les daremos la palabra, sentirán que nos enriquecen y se despertarán en ellos los resortes del amor y, por lo mismo, de la esperanza. Es necesario luchar para mantener un corazón sencillo y atento a los otros, que nos permita acoger la palabra de Dios, que nos llega a través de ellos, como lo hiciera María que aprendió «los elementos de su fe», comenta san Ambrosio, por medio de unos pastores, a quienes los ángeles habían confiado la buena noticia del nacimiento del «Salvador, el Mesías, el Señor». (Lc 2, 8-20) ¡Discípulo entre los discípulos! La escucha debe preceder a la palabra. Los labios del discípulo se fraguan en los oídos
de discípulo. ¡Qué combate, para los que tendemos a situarnos espontáneamente como maestros!
3.- El combate para comunicar la totalidad del plan de Dios.
Enviado por el Señor, el verdadero discípulo está llamado a seguir a Jesús para comunicar y colaborar en el cumplimiento de la totalidad del plan de Dios. Jesús fue discípulo en medio de un pueblo de discípulos, como vimos; pero jamás se dejó arrastrar por las lecturas parciales e interesadas de la Escritura. Este combate suele ser muy doloroso, como se desprende de la experiencia de Jesús y de Pablo.
Nuestro combate es para caminar en el Espíritu de la verdad, sin buscar agradar a los hombres, y ofrecer a todos el único Evangelio del Reino, pues su origen no está en el hombre, sino en Dios. Pablo lo expresa emotivamente con estas palabras: «Si siguiera todavía agradando a los hombres, no sería siervo de Cristo. Os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí no es de origen humano; pues yo no lo he recibido ni aprendido de ningún hombre, sino por revelación de Jesucristo» (Gal 10-12). No seamos parciales al anunciar el evangelio a los pobres, no busquemos agradar, no dejemos que las ideologías deformen o manipulen la Palabra, no confundamos nuestras interpretaciones con la verdad del Evangelio… etc. La totalidad del plan de Dios se nos dio a conocer en la vida, oración, palabra, acción y pascua del Hijo, en su condición de Siervo. Para ser testigos y servidores de la verdad, no lo olvidemos, estamos llamados a librar un duro combate espiritual. Combate personal y comunitario. ¡Sí a la verdad que libera y no a las opiniones que oprimen! Los pobres buscan, anhelan y esperan en su corazón la verdadera liberación, aun cuando no siempre acierten con el camino. ¡Jesús es el camino y la esperanza!
4.- La oración filial
El combate espiritual acontece, ante todo, en la oración personal y comunitaria. El Espíritu es el que viene en nuestra ayuda para que oremos como conviene. Él es quien clama en nosotros: ¡Abba! Él nos sostiene en la verdad, fuente de la esperanza. Dios, en efecto, está por nosotros, Dios nos ama con pasión (como lo recuerda el himno de la esperanza cf. Rom 8, 31- 39), y nos adopta en su Unigénito como sus hijos. Cuando enseñó a los discípulos a orar, Jesús antepuso el vocativo ¡Padre! precediendo toda petición. El miedo se contrapone a la fe confiada de quien cree y sabe que Dios está por nosotros.
Nuestra existencia, palabra y acción debe, por tanto, arrancar de una conciencia filial, y alimentada constantemente en la oración que el Espíritu anima en nuestros corazones. En la oración filial se encuentra el inicio, el camino y el término de la existencia y misión cristianas. Nuestra tendencia es otra: reflexionamos, planeamos…etc. y luego pedimos al Señor que nos ayude a realizarlo. Jesús empezó su vida, como enseña la carta a los Hebreos, por la oración, a fin de avanzar desde la voluntad del Padre. ¡He aquí que vengo a hacer tu voluntad! (Hb 10, 5-14)
Cierto, todos oramos y estamos convencidos de la oración, pero se trata de tener «el espíritu de oración». «C’est l’esprit de prière qu’il faut avoir» (VD 365). Es un don que se nos concede, pero que normalmente requiere largo tiempo de súplica y perseverancia. El combate espiritual radica en vivir como hijos lo concreto de la existencia, aun cuando el silencio de Dios nos desconcierte. Todo tiene su origen en el Padre y todo ha de concluir en el Padre. Así se afirma en la oración filial de la fe. Pablo dice lo mismo al afirmar: «Doy gracias a mi Dios cada vez que os recuerdo; siempre que rezo por vosotros, lo hago con alegría… Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús» (Flp 1, 3ss). He aquí la esperanza del apóstol y también del pobre. «¡Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo!» (2Tim 2, 13)
5.- La intercesión apostólica
Este punto se sitúa en continuidad con el anterior. En la intercesión, el apóstol y pastor, libra una batalla en favor de los que Dios le ha confiado. El salmista canta: «Dios hablaba ya de aniquilarlos; pero Moisés, su elegido, se puso en la brecha frente a él, para apartar su cólera del exterminio» (Sal 106, 23) Jesús intercedió por Pedro y los demás discípulos, también hoy lo hace por nosotros: «De ahí que puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos» (Heb 7, 25) Pablo, en sus cartas, no cesaba de dar gracias y suplicar para que sus comunidades crecieran en la fe, el amor y la esperanza.
«El privilegio de la intercesión apostólica» nos invita a llevar ante Dios la vida de los hombres de nuestro tiempo, a vivir descentrado de uno mismo, a compartir sus logros, luchas y también sus necesidades, cansancios y frustraciones. Pablo expresaba así la solicitud por los suyos: «Y aparte todo lo demás, la carga de cada día: la preocupación por todas las Iglesias.
¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién tropieza sin que yo me encienda? (2Cor 11, 28-29). Enraizado en el amor del Padre, el apóstol y pastor vela e intercede en todo momento por las ovejas. El combate de la intercesión es, en última instancia, participación en la «pasión de amor» de Dios por los suyos. En la carta a los colosenses, el apóstol escribía a la comunidad que andaba revuelta el combate en la oración de «Epafras siervo de Cristo Jesús. Con sus oraciones no cesa de luchar en favor vuestro para que os mantengáis constantes y perfectos cumplidores de toda voluntad de Dios. Yo soy testigo del mucho trabajo que se toma por vosotros, y también por los de Laodicea y Hierápolis». (Col 4, 12-13)
6.- De las expectativas a la esperanza que no defrauda
«La esperanza, suele decirse, es lo último que se pierde». El ser humano es un ser de futuro y esperanza. Dios depositó este dinamismo en su interior. Pero existe el riesgo de identificar «la esperanza» con ciertas expectativas y esperanzas pasajeras. Y aquí entra el combate espiritual. Jesús luchó para hacer pasar de las expectativas a la esperanza que no defrauda. Su combate sigue siendo nuestro combate. Ante las muchedumbres que andaban como ovejas sin pastor, sus entrañas se conmovieron y se puso a enseñarles ampliamente. Luego les dio de comer para que anduvieran el camino. Y Jesús se retiró solo al monte a orar. Ahora bien cuando la muchedumbre lo busca porque han visto signos y han comido hasta saciarse, Jesús les lleva al terreno de la verdadera esperanza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios». (Jn 6, 27) Jesús nos traza el camino a seguir. Es necesario saber discriminar las expectativas, de la verdadera esperanza, en nosotros y en los demás. Cada uno encontrará la pedagogía apropiada y oportuna.
La misión del evangelizador es conducir a la «esperanza» y, por lo mismo, a la fe y el amor que dinamizan la verdadera esperanza del ser humano, del pobre según Dios. En esta perspectiva recordemos la palabra apostólica:
Así pues, habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la
virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado… (Rom 5, 1-11)
7.- Formar a Cristo en la comunidad
El protagonista de la evangelización no es otro que el Espíritu Santo. El evangelizador, además de anunciar y dar testimonio del reino de Dios y en lo tocante a Jesucristo (cf. Hch 28, 31) en el Espíritu, está llamado a colaborar con él, a fin de «formar a Cristo» en el corazón de las personas y comunidades. Y esto no puede hacerse sin pasar por los dolores del alumbramiento. Pablo escribía de forma significativa a la comunidad de los gálatas: «Hijos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo se forme en vosotros» (Gal 4, 19). Cristo se va formando en las personas y comunidad cuando avanzan desde el Evangelio de la gracia y la esperanza, cuando viven como hijos en el Hijo, cuando viven la libertad del amor, por la que se hacen siervos unos de otros por amor, cuando se unen a Jesús, el Buen Pastor, que se despojo de su vida, para salvar y congregar a los hijos de Dios dispersos en la unidad del amor… etc. Los ministros del Evangelio estamos llamados a empeñarnos en este combate con la unción del Espíritu, padre de los pobres. Cierto, nuestra «carne» sigue resistiéndose; pero si invocamos al Espíritu, él nos seguirá dando el coraje, la parresía, tanto a cada uno de nosotros como a nuestras comunidades, para seguir luchando por la esperanza de la creación.
Así pues, habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. (Rom 8, 18-24)
8.- Por una Iglesia pobre y de los pobres
Si la evangelización es siempre un acto eclesial, esto es, desarrollada en la comunión, el combate espiritual del evangelizador será siempre un combate en y con la totalidad de la Iglesia. Hoy, una dimensión importante de nuestro combate está en contribuir, con sencillez y humildad, sin juicios, a que la Iglesia sea realmente la comunidad de los
pobres según Dios. Una Iglesia pobre y de los pobres, la comunidad de los pequeños y sencillos de acuerdo con el beneplácito del Padre (cf. Mt 11, 25ss; Lc 10, 21-24). Jesús elevó la misma alabanza y acción de gracias al Padre, tanto en el momento del fracaso pastoral, como del éxito. ¡No seamos mundanos a la hora de plantear la evangelización de los pobres! ¡Seamos la comunidad de los anawim! ¿No es este el camino para suscitar la verdadera esperanza en el corazón de los pobres según el mundo, de los empobrecidos y excluidos, de los pobres, ignorantes y pecadores?
9.- Apertura a los signos del Espíritu
Para dejarse conducir por el Espíritu, por otra parte, es necesario vivir un serio y sereno combate espiritual. No se puede evangelizar desde la simple y cómoda aplicación de unos proyectos o principios establecidos por nosotros. El Espíritu, como sabemos y creemos, nos precede en el corazón de las personas, pueblos y culturas. De ahí la necesidad de discernir los signos de su presencia y acción en el corazón de las personas y signos de los tiempos. Es el combate de la fe y del discernimiento. El Concilio Vaticano II nos recordó: «Cristo murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, la divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de solo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual» (GS 22) El evangelizador, en consecuencia, animado por la fe debe entregarse a la contemplación y el discernimiento, para colaborar con el Espíritu y conducir a todos hacia el misterio pascual, fuente de la verdadera esperanza.
10.- Servir desde el último lugar, sin prestigio.
Jesús vino a servir la esperanza de la humanidad desde el último lugar, como Siervo. Los apóstoles anunciaron la muerte y resurrección de Jesucristo como siervos. Siervos de Cristo y siervos por amor a él de los demás. (cf. 2Cor 4, 5) Apremiado por el amor de Cristo, el apóstol, siendo libre de todos, se hizo «esclavo de todos para ganar a los más posibles», para Cristo (cf. 1Cor 9, 19-23) siguiendo el proyecto del Padre: recapitular todo en su Hijo amado.
Ahora bien, este combate espiritual sólo puede ser llevado a cabo en el Espíritu. No basta la buena voluntad y el esfuerzo. Estamos llamados a caminar en humildad, asumiendo la propia debilidad, pidiendo insistente y unánimemente el Espíritu de la verdad, libertad y comunión. Cuando llegó el momento de la pasión, a pesar de las buenas intenciones de los
discípulos, «todos lo abandonaron y huyeron». (Mc 14, 50) Una vez que recibieron el Espíritu Santo, todo cambió: «Ellos salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre. Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando la buena noticia acerca del Mesías Jesús». (Hch 5, 41-42) Anunciaban en el Espíritu «la esperanza de Israel», la esperanza de la humanidad, la llegada del reinado de Dios, realizada por Dios Padre en su Hijo Jesucristo. Lo hacían siguiendo el camino del Siervo manso y humilde de corazón, imitando su acción discreta, libre y tenaz, «hasta llevar el derecho a la victoria; en su nombre esperarán las naciones». (Mt 12, 20-21) ¡Pidamos el Espíritu para anunciar con libertad y aplomo la esperanza de los pobres!
Para concluir esta comunicación, me permito recordar una palabra de Jesús, otra del apóstol Pablo y una última de san Agustín. Jesús vuelve a decirnos: «Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». (Mt 26, 41) Jesús oró, pues su carne como la nuestra era débil; y el Espíritu la sostuvo hasta el final. Pablo, por su parte, nos habla de las armas que estamos llamados a empuñar en este combate:
Por lo demás, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas. Estad firmes; ceñid la cintura con la verdad, y revestid la coraza de la justicia; calzad los pies con la prontitud para el evangelio de la paz. Embrazad el escudo de la fe, donde se apagarán las flechas incendiarias del maligno. Poneos el casco de la salvación y empuñad la espada del Espíritu que es la palabra de Dios. Siempre en oración y súplica, orad en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con constancia, y suplicando por todos los santos. Pedid también por mí, para que cuando abra mi boca, se me conceda el don de la palabra, y anuncie con valentía el misterio del Evangelio, del que soy embajador en cadenas, y tenga valor para hablar de él como debo. (Ef 6, 10-20)
Se trata, por tanto, de buscar «nuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder», el poder omnipotente del amor. Dios es Amor. Y un amor que se ha
revelado plenamente en el Hijo enviado en una carne semejante a la del pecado, en el Hijo-Siervo. «Por el bautismo fuisteis sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos, así también andéis vosotros en una vida nueva. Pues ahora, mientras vivís en vuestro cuerpo mortal, desterrados lejos del Señor, camináis por la fe; pero tenéis un camino seguro que es Cristo Jesús en cuanto hombre, el cual es al mismo tiempo el término al que tendéis, quien por nosotros ha querido hacerse hombre». (San Agustín en el domingo segundo de Pascua) Ahora ya sabemos el camino seguro. Y porque «poseemos las primicias del Espíritu» (Rom 8, 23), que condujo a Cristo Jesús en cuento hombre hasta el don de su propia vida, también podemos andar con esperanza el camino y servir la esperanza de los que aguardan la adopción










