HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
3.er DOMINGO DE ADVIENTO
«Solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe»
(Lc 3,1-6)
Domingo 12 de Diciembre 2021
En el tercer domingo de adviento la liturgia siempre nos presenta a María como modelo de quien encarna las esperanzas de vida nueva de un pueblo y el sueño de Dios para la humanidad. María, como todos los personajes del adviento, se dejó interpelar por la expectativa mesiánica de Israel y colaboró para que se hiciera realidad. Coincide este año, el tercer domingo de adviento, con la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, que de ninguna manera nos desvía del camino que llevamos hacia la navidad, finalmente María de Guadalupe hizo nacer a Jesucristo para los pueblos de América Latina, ejerció el ministerio de su maternidad para que nuestros pueblos se abrieran a la verdadera esperanza de vida en el evangelio.
A María de Nazaret y de Guadalupe se pueden muy bien aplicar las palabras del profeta Isaías: “Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva y anuncia la victoria de nuestro Dios…”(Is 52, 7). El profeta valora a todo aquel que sostiene la esperanza en las circunstancias adversas que vive el pueblo de Israel durante su cautividad en Babilonia. ¿Quién se atreve a soñar cuando se está rodeado de cadenas y de vigilantes? La cautividad, de cualquier tipo, tiende a domesticarnos e inculcar mentalidad de esclavos, a hacer gente pesimista y conformista con la situación. Su desilusión de los ídolos, de los consuelos de este mundo y se los cobran con falta de esperanza en Dios. Se piensa que no hay razón para esperar nada porque se vive de frustración en frustración. Qué necios debieron resultar los cantos de los profetas, que una y otra vez anunciaban la liberación y nada pasaba. Habría quien los acusaría de irresponsables por jugar con los sentimientos más nobles de su pueblo y sólo hacer más honda su herida. Con razón Jeremías se sentía “entre la espada y la pared”: “Tú me engañaste, Señor, y yo me dejé engañar; me has forzado y me has vencido. Se ríen de mí sin cesar, todo el mundo se burla de mí”.(Jer 20, 2).
María es “reina de los profetas”, ella ha profetizado la Palabra de Dios con toda fidelidad, como ninguno de los profetas. “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas”(Heb 1, 1), pero “llegada la plenitud de los tiempos, envió Dios a su propio Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley…”(Gal 4, 4). María “entraba y salía de la Palabra de Dios como de su propia casa, su oración estaba tejida con las palabras de la ley y los profetas, pensaba y actuaba conforme a la voluntad de Dios. María al estar íntimamente penetrada de la Palabra de Dios, puede convertirse en la Madre de la Palabra hecha carne”(VD, 28). El Magnificat es una síntesis del kerygma anunciado en todo el Antiguo Testamento, ella cree que Dios despliega el poder de su brazo por medio de los humildes: “…porque ha mirado la humildad de su sierva”(Lc 1, 48). Toda ella es la profecía del Emmanuel encarnada, como lo escuchamos en la primera lectura de este día: “He aquí, que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien le pondrán el nombre de Emmanuel”(Is 7, 14). Probablemente el profeta se refería a algún niño de la casa real que estaba por nacer, pero el Espíritu Santo que “habló por lo profetas” apuntaba hacia María y Jesús.
Su escucha de la Palabra ha quedado como modelo de acogida de la esperanza que no defrauda. María pudo superar la incredulidad y desconfianza de sentir que “no hay nada nuevo bajo el sol”(Ecl 1, 9), de que las cosas han sido y serán siempre igual, que nada puede cambiar, que el mal siempre triunfará, en aquellas palabras: “He aquí la esclava del Señor, que se cumpla en mi lo que has dicho”(Lc 1, 38). Abriéndose a la “novedad radical” manifestada en Jesús, María destruye el pesimismo radical que invadía a la humanidad. El misterio de la Inmaculada Concepción, que hemos celebrado en estos días, es el signo de que María no se dejó vencer por la fatalidad del pecado, el pecado contra el Espíritu Santo(Mt 12, 31). El Espíritu Santo es la creatividad de Dios, siempre nos podrá sorprender con una vida nueva. María creyó que “el Espíritu Santo vendría sobre ella y el poder del Altísimo la cubriría con su sombra”(Lc 1, 35). Nos preparamos a celebrar el cumplimiento de toda esperanza en el nacimiento de Jesús, aprendamos de María a permitir que las “ilusiones de Dios” florezcan en nuestro corazón, para que el desaliento y la tristeza no nos dominen.
Descubriendo la fuente de la verdadera esperanza en las profecías del Antiguo Testamento, María se hace portadora de Buenas Noticias para todos. Visitando a su prima Isabel, llena de inmensa alegría a su familia. Seguramente había dudas y temores por todo aquello que estaba sucediendo, sin embargo, la entereza de la fe de María va a iluminar todo aquel drama. Isabel se contagia de la seguridad de María en los planes de Dios. Se convence de que el Señor es siempre fiel a sus promesas, “como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre”(Lc 1, 55). Ahora sabe que su hijo “será un profeta del Altísimo, pues irá delante del Señor para preparar sus camino, para anunciar a su pueblo la salvación y el perdón de los pecados”(Lc 1, 76-77). Dios está suscitando una fuerza de salvación(Lc 1, 69).
De igual modo María de Guadalupe, hará algo que no ha hecho con ningún otro pueblo(Sal 147, 20), en nuestras tierras mexicana, ser portadora de la esperanza que no defrauda, encarnada en Jesucristo. En una situación semejante a la que vivía el pueblo de Israel en el destierro. María, vino a revelarnos al “verdadero Dios por quien se vive”. Toda su presentación es un lenguaje inculturado lleno de ternura: su voz, su semblante, su vestimenta, sus palabras: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre, no estás bajo mi sombra? ¿Qué más necesitas? Desde entonces María es una presencia profética, que siempre está ahí para renovar la esperanza. Ella ha estado en los momentos cruciales de la vida del pueblo de México y de la vida de cada mexicano. María ha venido a pisar la cabeza de la serpiente que acecha a nuestro pueblo, para robarle sus sueños de fraternidad, de justicia y de paz. María siempre será un antídoto contra quien quiere pervertir la vocación de México en favor de la vida, de la justicia, de la dignidad, de la familia. La fuerza de María de Guadalupe está en el “fruto de su vientre”, se presentó a los mexicanos como la que va a dar a luz al Hijo de Dios.
Según san Lucas Dios va llevando a cabo su salvación desde las “periferias existenciales”: ancianos, estériles, mujeres, pobres, enfermos, pecadores: “…me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres; me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos…”(Lc 4, 18). Son ellos los que van reconociendo la intervención del Señor en la historia y se van llenando de una inmensa alegría: “Los pastores regresaron glorificando y alabando a Dios porque todo lo que habían visto y oído era tal como les habían dicho”(Lc 2, 20). El texto que meditamos, resalta el protagonismo de la mujer en la historia de la salvación. Sabemos que en aquellos tiempos y cultura la mujer era relativa al varón, no valía por sí misma. Sin embargo, Dios le reconoce su valor específico. En el texto que meditamos, María e Isabel aparecen celebrando la fiesta de la salvación. El cántico de alabanza que brota de los labios de María es el himno de todos los humildes de la tierra, porque el Señor “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”(Lc 1, 52).
De igual modo ha procedido María de Guadalupe, eligiendo a un macehual con espíritu humilde, semejante al de ella. San Juan Diego se defiende ante Guadalupe diciendo, que “lo envía por caminos que él no anda, que escoja a otro más importante, que él es gente menuda…” Sin embargo, María le responde que es preciso que sea él el que debe cumplir la misión que le encomienda; revelándose en sintonía con el Dios del Magnificat.
San Pablo nos enseña que “Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes”(1 Cor 1, 27), para que “todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros mismos”(2 Cor 4, 7). El misterio de la encarnación del Hijo de Dios es algo totalmente inédito, no es producto del esfuerzo humano, aunque sea muy importante su participación. También, las dudas de José y María nos ayudan a comprender que no es invención de ellos ni de nadie lo del nacimiento de Dios en su familia, viven todo aquello desde la fe.
Si en toda la historia de salvación la presencia de Dios resplandeció por la “insignificancia” de sus elegidos, cuanto más se puede apreciar esto en la plenitud de la revelación de Dios, María e Isabel son prueba de ello.










