HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
4.to DOMINGO DE ADVIENTO
María es testigo privilegiado del adviento porque nos comparte “lo que ha oído, lo que ha visto con sus ojos, lo que contempló y tocó con sus manos acerca de la Palabra de la vida”
(1Jn 1, 1)
María es testigo privilegiado del adviento porque nos comparte “lo que ha oído, lo que ha visto con sus ojos, lo que contempló y tocó con sus manos acerca de la Palabra de la vida”(1Jn 1, 1). María llegó a ser una sola carne y un solo aliento con Jesús, por eso nos puede hablar desde dentro del misterio y no sólo indicarlo desde el exterior. Ella acoge el sueño de Dios para la humanidad contenido en el evangelio y que expresa en su oración: “Su nombre es santo, y su misericordia es eterna con aquellos que le honran”(Lc 1, 49-50). Cree hasta el punto de encarnar el proyecto de Dios en todo su ser. Su fe se volverá un compromiso real con su pueblo, con la historia. Que María haya concebido por obra y gracia el Espíritu Santo, significa que se convierte admirablemente en la madre del Hijo de Dios, pero también que genera una esperanza desestabilizadora de las estructuras egoístas al ofrecernos a Jesús.
Desde María podemos ver la fuerza trasformadora de la fe, no permanece encerrada, intimista, ajena a la vida, sino que se convierte en una fuerza de salvación capaz de transformarlo todo(Lc 1, 69). Tendrá razón Herodes en ponerse nervioso cuando escucha que ha nacido el rey de los judíos(M t 2, 3), porque algo muy profundo está pasando en el mundo desde su territorio. No lo entiende en el sentido justo, pero le hace el homenaje a Jesús de considerarlo una presencia “peligrosa”. La fe de María, modelo de creyente, no es inofensiva, sino que tiende a transformar, a inquietar, es de “carne y hueso”. En ella se cumple lo que dice san Pablo: “En efecto, cuando se cree con el corazón actúa la fuerza salvadora de Dios, y cuando se proclama con la boca se obtiene la salvación”(Rom 10, 10).
Después del acto de fe más grande que haya existido en la historia de salvación, hecho por María – después de la fe de Jesús- está el episodio de la Visitación. María expresa con su duda -¿Cómo podrá ser esto…?- la dificultad natural que todos tenemos para entrar en la dimensión de la fe. Vista desde sus contenidos, a todos nos da problema creer que para ser grande debemos ser los últimos, los servidores; o que debemos perdonar setenta veces siete. Cuando escuchamos el evangelio se revelan los demonios en nuestro interior, nos dice el Beato Antonio Chevrier. María no tenía demonios en su corazón, pero sí las limitaciones propias de toda creatura. En aquel breve diálogo con el arcángel Gabriel es como si hubiera tomado un curso de teología con Santo Tomás, San Agustín o algún otro sabio. ¿Quién puede comprender los misterios de Dios? María, lo suficiente para comprometerse en el proyecto de salvación. Y resulta que María vino a tener una comprensión más profunda que cualquier teólogo de la Iglesia. Por las repercusiones de su fe para la humanidad, podemos decir que nadie ha comprendido mejor el misterio de Dios que María. Ella sí que es en verdad “la más santa de los sabios y la más sabia de los santos”, título que se le aplica a santo Tomás de Aquino. Podemos decir que María es “doctora de la Iglesia” porque captó mejor que todos los doctores el misterio de Dios, con la luz del Espíritu Santo. Creyó en su corazón.
En María se puede demostrar la superioridad de la luz de la fe, por la cual la gente sencilla puede comprender mejor a Dios y toda la existencia que un gran intelectual. Hay gente muy instruida que no sabe vivir, no puede ser feliz, está reprobada en los aspectos esenciales de la existencia humana: familia, amistad, paz, valor de la vida, comunidad, etc. En cambio existe mucha gente sencilla más familiarizada con la confianza, la solidaridad, la convivencia, la alegría, la oración, la felicidad, etc. Cuánto hemos envidiado, alguna vez, los que nos enredamos en las ideas, a gente que en la simplicidad de su vida es equilibrada en todas sus relaciones y refleja una paz suficiente sin saber mucho. Ahí es cuando decimos que los pobres nos evangelizan. Hay en mucha gente sencilla una reserva de humanidad que no debemos perder de vista los que nos queremos meter a vivos. María, San Juan Diego, que contemplábamos el domingo pasado, y otra gente que conocemos son testimonio de ello. No defiendo la ignorancia, sino la inteligencia de la fe.
Sirva lo anterior para decir que María “creyó en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos”(Rom 10, 9). De este modo escribió el mejor Catecismo y la mejor Summa de teología en unos cuantos renglones. Pero todo esto no sería suficiente sin el “proclamar con su boca que Jesús es el Señor”. Como si dijéramos con Santiago: “… la fe, si no tiene obras, está completamente muerta”(2, 17). Mejor “argumento” de la fe de María no puede existir que Jesús en su vientre, pero también está su movimiento de salida al encuentro de su prima Isabel y la alegría en esta y en su hijo: “Porque en cuanto oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno”(Lc 1, 44). En la proclamación comienza la dimensión social de la fe, ya no se trata de algo que simplemente permanece en lo secreto del corazón, sino que los demás reciben su beneficio. La fe de María se encarna en Jesús, pero también en una esperanza que empieza a palpitar a su Alrededor.
Siendo que la esperanza nos abre a la novedad y, por tanto, a sacudirnos cierta tiranía, podemos decir que María anda organizando la “resistencia” contra el poder de este mundo. La fe de María se traduce en “estrategia de liberación”. Hasta podemos leer el encuentro de María e Isabel como una reunión de esas que hacen los más importantes de la tierra para salvar el mundo; o como los grupos disidentes que arman la revolución, no porque promuevan violencia sino porque traen entre manos un cambio radical de estructuras. Quién iba a pensar que la ternura de estas mujeres encerraba el poder más grande para redimir al hombre. En realidad se trata de un “diálogo de salvación” no de “chismorreo”, de andar “sacando la garra”. Sólo hablan de Dios, de cómo es, de cómo actúa, de su misericordia. Comparten su fe mutuamente para profundizarla. Es un diálogo en el Espíritu, en la verdad, en el amor. Se ayudan a comprender para responder mejor a la voluntad de Dios.
Debió ser alentador para María escuchar la confirmación de las palabras del ángel Gabriel en las de Isabel: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre… Dichosa tú que has creído…”(Lc 1, 42. 45). Esto se verá reflejado en la profesión de fe de María: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador…”(Lc 1, 47). Seguramente Isabel, también, se sintió confirmada por la presencia de María en su casa y por el efecto que causa en Juan. Seguramente vibró de emoción al escuchar a María recitar su Magnificat, en el fondo es una oración muy semejante a la que recitaba su esposo Zacarías: “Mi alma glorifica al Señor…”(Lc 1, 47)/ “Bendito sea el Señor, Dios de Israel…”(Lc 1, 68). “Actuó con la fuerza de su brazo…”(Lc 1, 51)/”suscitando una fuerza salvadora”(Lc 1, 69). “…como lo había prometido a nuestros antepasados…”(Lc 1, 55)/ “…como lo había prometido desde antiguo”(Lc 1, 70). “…acordándose de su misericordia…”(Lc 1, 54)/”De este modo mostró el Señor su misericordia a nuestros antepasados…”(Lc 1, 72). El Benedictus tuvo que ser la oración de Isabel también. Se trata de un verdadero diálogo en la fe que va preparando la intervención portentosa de Dios. Lo único que está sucediendo es que Yahvé está cumpliendo sus promesas. Se inscriben en la corriente de la salvación que Dios viene realizando desde antiguo y se disponen a colaborar.
El “asalto” de Dios al mundo se concibió en Nazaret, pero se fue preparando su estrategia en la montaña de Aim Karem y en otros lugares, por medio de la solidaridad, el servicio, el dialogo con la palabra de Dios, la oración, la alabanza, la alegría porque Dios “revela los secretos del reino a la gente sencilla y se los oculta a los sabios y entendidos”(Lc 10, 21). Después de encarnarse en el seno de María, la Palabra se fue encarnando en la comunidad. María e Isabel nos enseñan la necesidad de cultivar la escucha, de promover el encuentro en la fe, la misión, la celebración, la oración, la caridad, el amor preferencial por los pobres, como camino de esperanza. Es necesario que nos ayudemos a discernir la voluntad de Dios en nuestras vidas y los acontecimientos, a la luz de la palabra de Dios. Es necesario que salgamos al encuentro unos de otros y juntos hacia los más alejados de la fe.
Ayudémonos a creer en las ilusiones que Dios se hace para este mundo, generando salidas misioneras, encuentros en la fe, ayudados por el testimonio de María, que nos ha dado la prueba de que Dios siempre cumple su promesa. Es necesario ir más allá del folckore navideño, para buscar una experiencia fuerte de Dios y creer con el corazón, para luego proclamar con palabras y obras que hay una “fuerza de salvación” en el corazón del mundo.










