HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Domingo V de Cuaresma
(Jn 11, 1-45)
26 de marzo de 2023
Estamos cada vez más cerca de la celebración del triunfo de Cristo sobre la muerte y el pecado. La liturgia nos ha conducido, en su proceso pedagógico, al reconocimiento de Jesucristo como el Hijo de Dios, el Mesías, la luz, la vida, en el confronto con el pecado, el demonio, la oscuridad, el mundo. Hoy, al acercarnos a la manifestación suprema del amor, en Jesucristo, por su su entrega en la cruz, se nos invita a entrar respetuosa y conscientemente en este misterio, por medio de la resurrección de Lázaro. El combate final, en el que Jesús se revelará plenamente, está comenzando: “Cuando levanten en alto al Hijo del hombre, entonces reconocerán que yo soy”(Jn 8, 28). La resurrección de Lázaro será el signo con el que Jesús firmará su sentencia de muerte: “A partir de este momento tomaron la decisión de dar muerte a Jesús”(Jn 11, 53). El último de los enemigos en ser destruidos será la muerte, para que todo quede sometido a Cristo(1Cor 15, 25-26), nos dice san Pablo. La resurrección de Lázaro es el séptimo signo, en el evangelio de Juan, y el anuncio del poder que tiene Jesús sobre la muerte, según lo había anunciado anteriormente: “Les aseguro que está llegando la hora, mejor aún, ha llegado ya, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y todos los que la oigan, vivirán”(Jn 5, 25). Jesucristo presenta este argumento en una de las primeras controversias que tiene con los judíos, que lo cuestionan acerca de su autoridad porque hacía curaciones en día sábado. Ya desde ahí apunta a que la última explicación de su misión es venir a dar vida en abundancia(Jn 10, 10).
La resurrección de entre los muertos es la prueba de que Dios “no es un Dios de muertos, sino de vivos”(Mt 22, 32). Dios es el único dueño de la vida, por eso nadie puede disponer de su vida o la ajena para aniquilarla: “No matarás”(Ex 20, 13; Dt 5, 17). Es tan celoso de la vida que pide cuenta indignadamente de ella: “…Caín: ¿Dónde está tu hermano?…La sangre de tu hermano me grita desde la tierra”(Gn 4, 9-10). La vida es sagrada y Dios seguirá pidiendo cuentas de ella a quien la atropelle de cualquier forma: “Pero yo les digo que todo el que se enoje con su hermano…; el que lo llame estúpido…; el que lo llame imbécil será condenado al fuego que no se apaga”(Mt 5, 22-23). El mismo planteamiento que Jesús hace en relación a los demonios vale en relación a la muerte: “Pero si yo expulso los demonios con el poder del Espíritu de Dios, es que ha llegado a ustedes el reino de Dios”(Mt 12, 28). De entre todos los signos con los que Jesús argumenta ser el Hijo de Dios y el enviado del Padre está su libertad frente al enemigo más terrible del ser humano, como lo es la muerte: “El Padre me ama, porque yo doy mi vida para recuperarla de nuevo. Nadie tiene poder para quitármela; soy yo quien la doy por mi propia voluntad…”(Jn 10, 17-18). Todo esto quedará confirmado en la resurrección, donde sin palabras escucharemos decir: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo”(Mt 17, 5).
Pero así como, la resurrección, es la manifestación suprema del poder divino es, también, el desafío más grande a la fe. No hay resurrección sin fe. La fe más grande lo es en la resurrección. No se trata de un simple acto de magia que se nos impone, es un acontecimiento en el que también nosotros tenemos que ser protagonistas. El pasaje que meditamos es todo un camino para enseñarnos a ser testigos de la resurrección, que es lo más original de la enseñanza de Jesús y, por lo tanto, la mejor actitud frente a la vida. Porque creer en la resurrección no es sólo creer en una vida más allá de la muerte, sino en una vida más acá de la muerte. Creer en la resurrección no es un favor que le hacemos a alguien, sino condición para ser feliz, pleno, fecundo. La sentencia de Jesús: “Si el grano sembrado en la tierra no muere queda infecundo, pero si muere dará mucho fruto”(Jn 12, 24), no es una afirmación meramente religiosa, sino existencial, es decir, condición de todo mortal para una vida fructífera. Quien no acepta en su vida hacer la experiencia del morir a sí mismo no puede llegar a ser feliz.
La enseñanza , en este pasaje, comienza desde que Jesús vive entregado a la obra de su Padre. Quien tiene autoridad sobre él es la voluntad de su Padre y no las circunstancias, a las que no es insensible. Esto, porque tarda dos días en partir. No vive al día su misión empujado simplemente por los acontecimientos o por las ocurrencias del momento, sino que tiene un proyecto que debe realizar. La fortaleza para atender los dramas concretos de la vida le vienen de la unidad de su vida como enviado del Padre: “Porque yo he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”(Jn 6, 38). Cuando el momento fue justo para que se manifestara la gloria de Dios y de su Hijo(Jn 11, 4), entonces toma una decisión. Queda claro que la dilación no es por falta de amor, tal vez por eso, el evangelista aclara que hay mucha amistad y amor. Podemos pensar que, si mandara sobre Jesús su afectividad, se hubiera ido inmediatamente, pero sus amigos son los que cumplen la voluntad de su Padre(Jn 15, 14). Pero, tampoco, es el miedo, que hace presa de los discípulos, el que determina su agenda: “Maestro, hace poco que los judíos quisieron apedrearte…”(Jn 11, 8). Cercana su pasión Jesús da claras muestras que no es el miedo el que lo gobierna a él: “Ahora que tengo miedo le voy a decir a mi Padre ¿Padre, líbrame de esta hora? No, porque he venido precisamente para aceptar esta hora. Padre glorifica a tu nombre”(Jn 12, 27-28). A Jesús sólo le interesa caminar a la “luz del día” del proyecto de su Padre(Jn 11, 9). También, es interesante cómo Jesús puede hablar con confianza de la muerte, cuando la equipara al sueño. ¿Cómo se puede hablar de la muerte con tanta serenidad? Podríamos pensar que se trata simplemente de una palabra pero que en el fondo Jesús está desgarrado. Es cierto que es una forma de hablar de Jesús, en el evangelio de Juan, pero no parece ser pura poesía, sino algo de lo que está convencido. No tenía por qué ocultar la muerte de Lázaro a sus discípulos. Sin embargo, algo que sí le interesaría a Jesús era inculcarles una gran dignidad frente a ella, no por orgullo, sino porque es la verdad sobre la oscuridad de la muerte a la luz del amor de Dios: “La muerte ha sido vencida. ¿Dónde está oh muerte tu victoria? ¿Dónde está, muerte tu aguijón?”(1 Cor 15, 55). Lo mismo sucederá cuando Jesús hable de su muerte, como ya se había apuntado antes: “Ha llegado la hora en la que el Hijo del hombre va a ser glorificado”(Jn 12, 23). Por estar a unos días de su partida de este mundo, podemos decir que, de este modo, Jesús deja su testamento espiritual para vencer a la muerte. No nos libra de la muerte temporal, sino que nos enseña la astucia para gestionarla al servicio de la vida. La única forma de escapar a ser humillados por la muerte es viviendo la vida verdadera de permanecer unidos a Cristo y de amar al prójimo. De nada sirve hacernos inmortales en este mundo si no aprendemos a vivir. Marta y María representan muy bien la manera en cómo todos quisiéramos ser liberados de la muerte por medio de la inmortalidad: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”(Jn 11, 21). Jesús nos quiere dar la vida para siempre y no sólo “prolongar la agonía”:”Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo el que esté vivo y crea en mí, jamás morirá”(Jn 11, 25-26).
La resurrección más que una forma de enfrentar la muerte, es una forma de enfrentar la vida. Si pensamos en ella sólo para la hora de la muerte, puede ser que el dolor y la desesperanza nos maltraten. Creer en la resurrección es estar empeñados en vencer a la muerte en las muchas formas que ella se nos presente, frecuentemente más dolorosa porque tiene que ver con el asesinato violento o de forma paulatina en la injusticia cotidiana, con la que se arranca la alegría de vivir. No es raro que se haga un escándalo frente a la muerte, inversamente proporcional a la desatención que se tuvo hacia la vida del amigo o del ser querido que se ha ido, que son en quienes la muerte nos lastima. Hay una frase en el argot popular que dice. “En vida hermano, en vida”. Es una forma de la sabiduría popular de reclamar la incongruencia entre el trato cotidiano a la vida y las reacciones exageradas ante la muerte de un ser querido.










