HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXI ORDINARIO
Domingo 22 de Agosto 2021
(Jn 6,60-69)
Después de ofrecerse como alimento por medio de su palabra, en el discurso del Pan de vida, Jesús, ahora nos ofrece su carne como comida y su sangre como bebida. En el dinamismo del misterio de la encarnación en el que Jesús se nos entrega realmente y se hace Dios-con-nosotros, ahora, sacramentaliza su presencia en el discurso eucarístico: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”(Jn 5, 55). Ofreciendo su carne y su sangre busca la íntima comunión con nosotros. Frente a la tentación que siempre existe de hacer de Jesús un espíritu celeste, una devoción privada, san Juan insiste en su realidad corpórea con tanta crudeza que escandaliza a quienes le escuchan: “Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?
Estamos frente al sacramento de la fe. Seremos creyentes en la medida en que aceptemos la presencia real de Cristo en la eucaristía, pero también dependerá de cómo entendamos dicha presencia. En las primeras comunidades cristianas, la fracción del pan, eran convites de fraternidad, solidaridad, de escucha de la palabra de Dios, de oración y misión(Hech 2, 42; 1 Cor 11, 17-33); todo ello era presencia de Cristo. Con el tiempo dicha presencia real se fue reduciendo al pan y al vino. Se elaboró una teología con categorías filosóficas encaminada a explicar la presencia real de Cristo, pareciera que exclusivamente en las especies eucarísticas. Lo más importante era explicar la transubstanciación en virtud del poder de Dios. Cambian las substancias de pan y vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, permaneciendo los accidentes, se dice. En sintonía con ello se fue promoviendo un culto que privilegiaba la adoración individual al cuerpo de Cristo, aislándolo de su presencia en la comunidad y en la vida. Se fue imponiendo la práctica de la reserva eucarística, en buena medida para la adoración, por sobre la comunión. Llegó a ser más importante la contemplación personal del Santísimo Sacramento que alimentarse de él, para entrar en comunión con todo su proyecto. Se perdió la relación de la eucaristía con la palabra, la comunidad y la misión.
Es cierto que la fe eucarística tiene que ver con la transubstanciación y la dificultad racional de apoyar las nuevas substancias o formas en los accidentes de pan y vino. También es cierto que el culto a la eucaristía es muy importante, porque estamos frente a la presencia real de Cristo: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla, pecaríamos si no la adoráramos”, decía san Agustín. Y el Papa Benedicto: “En efecto, sólo en la adoración eucarística puede madurar una acogida profunda y verdadera. Y precisamente en este acto personal de encuentro con el Señor madura luego también la misión contenida en la Eucaristía…”(SC 66). La eucaristía contiene el proyecto del reino anunciado por Jesús, comer con Jesús nos hace comulgar con sus ideales. De otro modo comeríamos el “bocado de la traición”(Jn 13, 27). La fe eucarística no debe depender de los milagros eucarísticos donde la hostia se convierta en carne realmente. Qué bueno que haya milagros eucarísticos, pero que nuestra fe se apoye principalmente en dichos milagros no está tan bien. El valor de la eucaristía no puede estar en una satisfactoria explicación racional o en la posibilidad de que esta hostia se convierta en tejidos epiteliales del cuerpo de Jesús, sino en que es sacramento de toda la persona de Jesús, desde su concepción hasta su resurrección, más allá del realismo físico o metafísico. Por ello, más que encaminar todos nuestros esfuerzos en buscar un milagro eucarístico, deberemos pedir al Padre que nos haga comprender su amor en Jesucristo, que nos ayude a confesar la fe de Pedro: “Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”(Jn 6, 68).
“La carne para nada aprovecha, el espíritu es el que da vida”(Jn 6, 63). Se necesita ir más allá de los criterios meramente racionales o emotivos . Necesitamos ser instruidos por el Espíritu que nos conduce a la misma persona de Jesús, nos hace entrar en sus criterios. La eucaristía es Jesucristo, son sus palabras: “las palabras que les he dicho son espíritu y son vida”(Jn 6, 63b). La eucaristía es la buena noticia de la salvación en Jesús, que resuena en el corazón del hombre y se vuelve fraternidad. Entonces, “comer la carne” de Jesús, significa encargarme de la carne en la que él indicó su presencia: “lo que hicieron con uno de estos más insignificantes, conmigo lo hicieron”(Mt 25, 40). Esto, después de decirles quienes son esos más insignificantes: “tuve hambre, tuve sed, estuve desnudo y encarcelado”(Mt 25, 35-36). Nuevamente el Papa Benedicto nos dice: “Nace así, en torno al Misterio eucarístico, el servicio de la caridad para con el prójimo, que consiste justamente en que, en Dios y con Dios, amo también a la persona que no me agrada o ni siquiera conozco. Esto sólo puede llevarse a cabo a partir del encuentro íntimo con Dios, un encuentro que se ha convertido en comunión de voluntad, llegando a implicar el sentimiento. Entonces aprendo a mirar a esta otra persona no ya sólo con mis ojos y sentimientos, sino desde la perspectiva de Jesucristo. Por eso, cuando celebramos la Eucaristía, hemos de ser cada vez más conscientes de que el sacrificio de Cristo es para todos y que, por eso, la Eucaristía impulsa al que cree en él a hacerse “pan partido” para los demás…”(SC ), para que el pan espiritual y el pan terrenal alcancen para todos.
San Juan y san Pablo van a insistir en el significado comunitario de la eucaristía, la importancia de creer en Jesucristo para celebrarla dignamente tanto en la liturgia como en la vida. Sin restar importancia a las especies eucarísticas insisten más en el significado, es decir, en el estilo de vida de Jesucristo, que debe ser el del discípulo. El sacramento de la eucaristía es la única realidad donde signo y significado coinciden, no se pueden desvincular. Es por ello que las especies eucarísticas se veneran como presencia real de Cristo. Lo mismo sucede con el cuerpo humano en cuanto signo de la identidad personal de cada uno. Ambos pertenecen al reino de los fines. La carne de Cristo y la del prójimo se han vuelto ejes de la salvación.
San Juan, en la institución de la eucaristía se fijará más en el gesto del lavatorio de los pies, como imagen elocuente del significado de la eucaristía. Primero él les lava los pies a sus discípulos, explicándoles el signo con sus palabras: ya no son ustedes siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a ustedes los he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se los he dado a conocer…”(Jn 15, 15). Y les encarga que hagan lo mismo entre ellos: “Porque les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes”(Jn 13, 15). Hasta ahora, Jesús, nos ha hablado de la necesidad de creer en él para tener vida. En el texto que estamos meditando, Jesús insiste en el comer su carne, una imagen que sugiere la comunión de todo el ser no sólo del entendimiento y el sentimiento. En el comer, el alimento se transforma en mi persona. Al comer el cuerpo de Cristo somos nosotros quienes quedamos transformados en Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él”(Jn 6, 56). Parafraseando a san Pablo podríamos decir: “con Cristo estoy crucificado; y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.”(Gal 2, 20). No basta la comunión por medio de la palabra conocida, es necesario llegar a ser un solo ser con él, como la única carne que forman el hombre y la mujer, según el génesis, modelo de todo otro conocimiento.
San Pablo, releyendo el texto del génesis: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”, se lo aplica al amor de Cristo por su pueblo como cuerpo suyo que es. Así como todos amamos el propio cuerpo, lo alimentamos y le damos calor, así Cristo ama a su Iglesia como a su cuerpo y a cada uno de nosotros como sus miembros. La Iglesia es “la costilla” de Cristo, ha nacido de su costado abierto en la cruz. Cristo ha embellecido a su Iglesia amándola hasta dar su vida por ella, para “presentársela a sí mismo resplandeciente, sin mancha ni arruga ni cosa semejante”.
Es necesario entrar en contacto con la palabra hecha carne. Nuestra fe se basa en el misterio de la encarnación. Dios se encarna en la naturaleza humana con todo lo que esta implica. Ya no bastaron las palabras, los mensajeros, las intenciones, fue necesario el abrazo y la habitación de la humanidad, de los enfermos, los pobres, los pecadores. De ahí la importancia de los signos sacramentales, al centro la eucaristía; a través de ellos Jesús sigue tocando nuestra frágil humanidad para alimentarla, sanarla, purificarla. La eucaristía es el retrato de nuestra fe, y en ella entramos en contacto con el Verbo que se ha hecho carne y no sólo con una doctrina. Por eso debemos celebrarla con toda dignidad no sólo exteriormente (Mt 23, 25).










