Domingo XXVII del Tiempo Ordinario
“Jesús se hace portavoz de la tradición profética que cuestionaba la “pasión religiosa” desde la “impertinencia” de la justicia y la caridad”
Domingo 4 de octubre de 2020
Mt 21, 33-43
En coherencia con la parábola de los dos hijos que meditamos el domingo pasado, en la que Jesús iluminaba con la luz de sus palabras la oscuridad de los dirigentes judíos, que en apariencia eran celosos pero que no producía frutos, ahora se nos explica la forma perversa en que se adueñaron de la viña del Señor. Si bien es cierto, la experiencia religiosa es muy simbólica porque este es un lenguaje más afectivo y elocuente, sin embargo su valor le viene de los frutos que la acompañan. Aquí encuentra Jesús la fisura por donde se escapa todo fervor religioso, la incoherencia. Entre la majestuosidad de los ritos y signos con que se adora a Dios, Jesús encuentra la fractura con la vida cotidiana. Es lo que refleja en dicha parábola.
A este punto Jesús se constituye en el maestro de la fe universal, porque este riesgo está presente en todo ser humano creyente. La religiosidad litúrgica, cultual, tiene su fuerza, libera en las personas energía muy apasionada hacia Dios, parece que es todo lo que da la experiencia religiosa, sin embargo toda esta sabia debe traducirse en frutos. Todas las religiones están muy bien hasta que se analizan sus actitudes y sus obras. Es bueno tenerlo en cuenta en este siglo que pinta para ser muy religioso.
Tendremos que exigirle familia, comunidad, defensa de la vida, de los pobres y de la creación, caridad, misión, etc., y no sólo satisfacción del instinto religioso.
Jesús se hace portavoz de la tradición profética que cuestionaba la “pasión religiosa” desde la “impertinencia” de la justicia y la caridad. Es este un punto frágil de toda religión y de algunas espiritualidades, generar una “ilusión” de grandeza y santidad, que luego no produce fraternidad, solidaridad. Sólo la espiritualidad profunda de Jesús pudo descubrir los dobleces que había en la religión de su tiempo. Entre los pliegues de la oración, de la limosna y del ayuno, denunció, otros intereses contrarios a la piedad: “para que los vea la gente”(Mt 6, 2.5.16). Si a todo el mundo podían engañar con sus ritualismos y observancias, a Jesús no, que por el contrario, veía a la clase dirigente como “sepulcros blanqueados”(Mt 23, 27). Jesús pone el dedo en la llaga de la aberrante dicotomía cuando encarga a la gente que “hagan lo que les digan, pero no imiten su ejemplo, porque no hacen lo que dicen”(Mt 23, 3). Más claro no se puede.
Con la energía de un lenguaje simbólico que invita a la reflexión, como son las parábolas, y no sólo a la contemplación, Jesús saca de sus “madrigueras” de pureza y santidad a aquellos personajes, y los hace dictar sentencia sobre sí mismos sin darse cuenta: “Dará muerte terrible a esos desalmados…” Es tanta su autosuficiencia que no se dieron por aludidos por la trama de la parábola. Confirman de esta manera que son ellos los que se han apoderado del viñedo, a tal grado que cuando llegó el dueño no le abren, más aún mataran al hijo en nombre del celo por las cosas de Dios(Jn 16, 2). Tal vez hasta piensen que son los “otros viñadores que entregan los frutos a su tiempo”.
La parábola parece hacer eco del cántico de la viña de Isaías. Un cántico en el que Dios se desangra frente a su pueblo enumerando todo lo que ha hecho por ella: “Removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides selectas; edificó en medio una torre y excavó un lagar…” Con la seguridad de que no se podía hacer más hace una pregunta retórica, para que conste su generosidad: “¿Qué más pude hacer por mi viña, que yo no lo hiciera? Hasta parece que habla del cariño que siente hacia una persona. Lo mismo hace el propietario de la parábola del evangelio. Rodea de todos los cuidados a su viña y la alquiló a unos viñadores. En ambas narraciones el dueño del viñedo se deshace en atenciones. Lo hace como último intento para que recapacite su viña, antes que para decretar su destrucción. Es como el momento de la corrección fraterna donde se convoca a la comunidad para que juzgue el crimen contra el amor.
En la parábola de Jesús también se profesa el amor con sangre, en el intento de rescatar a los viñadores: “hirieron a uno, mataron a otro y al otro lo apedrearon”, y esto por dos ocasiones. Pero también la sangre del viñador corre en la persona de su hijo. Hasta arriesga su buena fama al cometer la imprudencia de enviar nuevamente a sus trabajadores y a su hijo. Mientras en Isaías el pecado es simplemente de omisión, de indiferencia, en Mateo sucede algo más indignante, hay toda una estrategia perversa de acabar con el propietario. La santidad del amor manifestado hace más repugnante la ya de por sí criminal acción de acabar con el dueño. La profecía de Jesús es más radical, el pecado de Israel no es sólo de adulterio o idolatría, sino de asesinato de Dios. Pensábamos que la muerte de Dios, proclamada por F. Nietzsche, era un invento moderno, pero Jesús ya lo había denunciado. Hoy no es gran escándalo hablar de la muerte de Dios ya que todo camina hacia la secularización, pero, acusar de ateo a un grupo o
sociedad que gira en torno al templo, parecería la peor de las calumnias. Todo era tan impecablemente religioso, que no se podía cuestionar todo aquel sistema “tan santo” impunemente.
Estas muestras de ternura por parte del “amado”, al mismo tiempo que demuestran el amor ciego por su viña hacen más desleal y dolorosa la conducta de los viñadores o la raquítica respuesta de la viña. La escena del cántico de Isaías es más lastimosa, porque el contexto es medio sentimental. Es el canto de una amada en nombre de su amado(uno que vive en el amor), que se supone está destrozado por la traición, porque no hay correspondencia con lo que él ha dado. Todo este contexto lo hace más dramático, hace pensar que el amado ni siquiera puede hablar porque se le hace un nudo en la garganta y se siente destrozado. Y cuando, quien canta, le da voz es sólo para que pueda proferir un lamento doloroso: “¿Por qué cuando yo esperaba que diera uvas buenas, las dio agrias? No puede entender lo que está pasando, se encuentra totalmente herido de amor.
Es imposible no conmoverse frente a este drama. Todo se ha invertido, el dueño, que no tiene necesidad de meterse en problemas, padece la injusticia del débil a quien se ha beneficiado. “Limosnero y con garrote”, decimos. Resulta demasiado indignante ver que quien ha sido beneficiado “muerde la mano de su bienhechor”. Peor aún, cuando se ha rescatado a alguien de la basura y paga con abuso. Quizás conozcamos historias de gentes malagradecidas que no corresponden al bien que se les ha hecho o, tal vez, nosotros no hemos sido lo suficientemente agradecidos. Es cierto que finalmente se toma represalias contra la viña, pero no sin antes mostrar las heridas de la traición para mover al arrepentimiento.
Lo común en las dos narraciones es la denuncia de mal agradecimiento y, por lo tanto, de falta de fe, que capta la atención inmediatamente, pero la gravedad del pecado proviene de la frivolidad, del cinismo mostrado frente a la iniciativa amorosa de Dios. Quien no se conmueve frente a la elocuencia del amor crucificado, no es necesario que lo condenen, él mismo se ha salido de los parámetros de la dignidad humana, desfigura su rostro. La relación del hombre con Dios no es ninguna ventaja para Dios, sino posibilidad de ser personas.
Qué le espera a este mundo con gente sin escrúpulos, que no sabe conmoverse ante el misterio del amor de Dios, sino que todo lo trata como una simple cosa y a los demás como animales. A las mujeres de Jerusalén que lloraban por él, Jesús les dijo: “Mujeres de Jerusalén, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos… Porque si esto hacen con el leño verde, ¿qué no harán con el seco?(Lc 23, 28.32). O sea, que mientras haya gente inconsciente del proyecto de Dios, estará en peligro la vida desde el vientre materno hasta su muerte natural, la justicia, los derechos humanos, la dignidad de las personas, la creación. Mientras siga habiendo gente capaz de matar a Dios, qué podemos esperar las creaturas de este mundo. En Jesús, Dios nos dice, no necesito sus condolencias, mejor ayúdense entre ustedes a sanar su corazón, de otro modo todos están en peligro.
Ya no hay nada más qué hacer, Jesús les ha hablado con toda claridad y les da la clave de interpretación de sus palabras: “La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular…” El Sal 117 es un texto utilizado por la iglesia primitiva para anunciar a Cristo resucitado(Hech 4, 11), “a quienes ustedes crucificaron…”(Hech 4, 10). Si bien, los que escuchaban no se sintieron aludidos con aquella parábola, Jesús les dirá que
son ellos aquellos asesinos. Desde la resurrección de Jesús, cuando se ha consumado el rechazo de Israel, se le anuncia “que les será quitado el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”.










