Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario
«El mensaje principal que nos ofrece este texto es la presentación del reino de Dios, de las cosas de la fe como una fiesta, cuya característica principal es la gratuidad”
Domingo 11 de octubre de 2020
Mt 22, 1-14
Continua la polémica entre Jesús y las autoridades judías, donde quedará de manifiesto la verdad de Dios revelada en Jesucristo y el juicio que hace de su pueblo(Jn 16, 9). Lo que se había anunciado en la parábola del domingo pasado hoy se cumple: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores…”(Mt 21, 41). En la parábola de hoy Jesús hace que el rey cumpla esa amenaza: “mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad”(Mt 22, 7).
Tal vez sea esta una lectura desde los acontecimientos de la destrucción de Jerusalén, en el año 70 a.C. O quizás no debiéramos tomar muy al pie de la letra estas palabras. Después de la parábola del trigo y la cizaña, de la corrección fraterna y del perdonar setenta veces siete, nos sorprende Jesús con esta muestra de intolerancia frente a la negativa de Israel. No es más el pueblo de Dios, porque ha rechazado la invitación al banquete del reino. Dios se ha formado un nuevo pueblo de las periferias del mundo.
No serviría de mucho aplicarles este pasaje del evangelio sólo a los judíos y alegrarnos con su destrucción. Lo que hubieran hecho los judíos no dispensa al nuevo pueblo de Dios de la responsabilidad, que ahora, tiene frente al evangelio. Ciertamente, la parábola en sí, nos hace pensar más fácilmente en el pueblo de Israel, “que mata a los profetas y apedrea a los que Dios le envía”(Mt 23, 37). Al hacer violencia hacia los mensajeros, ellos se apartan de la predilección del amor de Dios. Son ellos los que se excluyen. Se dicen palabras muy duras contra ellos, pero creo que el mensaje está más en dirección hacia la comunidad cristiana, para que evite cerrarse a la voz de Dios. Tal vez sólo eso justifique que se aparte del lenguaje de paciencia y misericordia que había mostrado y decrete la aniquilación de los que rechazaron la invitación al banquete de bodas.
Cuanto más fuerte es la denuncia contra el pueblo de Israel más atentos deberán estar los invitados de última hora para aprender de su pecado histórico. Como se dice: “te lo digo, Pedro, para que lo entiendas, Juan”.
Los últimos invitados deben tomar muy en cuenta que no participan en la fiesta de bodas por un derecho. Están en un banquete sobre el que tiene derecho sólo el rey que lo organizó, que representa a Dios. La fiesta no depende de los invitados, estos no pueden “aguar” la fiesta. Mientras el Señor quiera habrá fiesta, con unos o con otros. Cuando nos lleguen deseos de desairar la fiesta de la fe o de ponerle nuestras condiciones, deberemos recordar que se nos hizo el favor de sacarnos de los márgenes de la existencia, somos unos “descartados” rescatados por Dios con su invitación. No contábamos y ahora podemos estar a la mesa.
No obstante esta denuncia, el mensaje principal que nos ofrece este texto es la presentación del reino de Dios, de las cosas de la fe como una fiesta, cuya característica principal es la gratuidad. Cuando nos invitan a una fiesta entendemos que se trata de un derroche de convivencia, de alegría, de comida y bebida sin tener que pagar. Si algo aportamos no se entiende como un pago, porque aquella vivencia no tiene precio, no la pagamos con nada. Es una experiencia que nos enseña que lo mejor de la vida es un regalo. La fe nos revela la gratuidad de la existencia humana y denuncia el afán de adueñarse de todo, si nos privamos de ella nos deshumanizamos. Realmente, lo que hace la fiesta es la presencia de cada uno, todos disfrutamos de la presencia de todos. Finalmente la fe es una fiesta del encuentro, hacia ello se orienta.
Celebración y fraternidad se entrelazan mutuamente. La celebración suprema lo es sólo de la fraternidad y de los hermanos verdaderamente unidos no puede surgir otra cosa más que fiesta, que si, después, está aderezada con una buena comida, una buena bebida, una buena plática, una buena música, pues, ya es ganancia. Realmente es un todo, pero lo principal es que haya sentimientos, actitudes y obras fraternas. Y si la nota principal de las fiestas es que son un regalo, lo son de la fraternidad, y en
estricto sentido sólo eso es regalo. Los demás son medios para este principal, si falta este, todo otro regalo pierde su sentido. Los regalos sin compromiso con la fraternidad suenan a chantaje.
Veámoslo desde la fiesta más importante que tenemos los cristianos, la eucaristía. Lo es porque celebramos la hermandad que se nos ha regalado en Jesucristo, no la que nosotros podemos idear o construir. Las hermandades que podemos construir con nuestras ideologías terminan siempre en “torres de babel”, en confusión de lenguas e intereses. En cambio, en Jesucristo, tenemos la fraternidad del hermano que lava los pies a sus hermanos y da la vida por ellos: “La razón por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad”(FT. 272).
Dios ha servido la verdadera fraternidad en Jesucristo. La oración del Padre Nuestro, al mismo tiempo que nos hace hijos, y por lo mismo, nos hermana con todos los hijos de Dios. Cristo Resucitado llama hermanos a sus discípulos: “…anda, ve y di a mis hermanos que voy a mi Padre que es el Padre de ustedes; a mi Dios, que es también su Dios”(Jn 20, 17). Y la carta a los hebreos nos dice que “Jesús, no se avergüenza de llamarnos hermanos”: “Anunciaré tu nombre a mis hermanos, en medio de la comunidad te alabaré”(Heb 2, 12).
Todo esto es posible en virtud de la iniciativa amorosa de Dios, que es el que organiza el banquete de la vida. Con el tiempo esta iniciativa se vuelve misericordia frente al continuo rechazo de los hombres y Dios que vuelve a invitar una y otra vez. El evangelio habla de dos invitaciones, presenta la primera y la última, pero pueden haber muchas como la primera, donde sólo hay la negativa a ir. En el trascurso Dios seguirá intentando en tanto no llegue el rompimiento radical: “se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron”.
Entonces, Jesucristo trastoca completamente los esquemas de la salvación, con esta parábola del “banquete de bodas”. En aquel tiempo y en nuestro tiempo el temor, no siempre reverencial, prevalecían en la relación con
Dios. Este no invita, sino que amenaza y castiga. Jesucristo, que no se dejó domesticar por los intereses creados en torno al discurso religioso, pudo conservar la inocencia del amor de Dios en su corazón. Suficientes motivos tuvo para envenenarse la vida, para la amargura y el pesimismo, como los tenemos todos los que habitamos en este mundo, y sin embargo se conservó “limpio de corazón”(Mt 8, 5), para mostrar castamente, sin complejos y egoísmos, el amor de Dios. La fe es una invitación a una fiesta. Todo comienza con la iniciativa del que invita, eso mismo es ya motivo de alegría. Estamos frente al misterio del amor de Dios. San Pablo decía: “Me amó y se entregó por mí”(Gal 2, 20).
“No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor. Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos… Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia…Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría”(EG. 3).
Se trata del kerygma. Su contenido es “la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado”(EG. 36). De una forma más existencial, habla “del amor salvífico del Señor, que más allá de nuestras imperfecciones nos ofrece su cercanía, su Palabra, su fuerza, y le da sentido a nuestra vida”(EG. 121). “El kerygma es el fuego del Espíritu que se dona en forma de lenguas y nos hace creer en Jesucristo, que con su muerte y resurrección nos revela y nos comunica la infinita misericordia del Padre”(EG. 164).
Cada cristiano está llamado a colaborar con este anuncio misionero(estamos en el mes de las misiones), haciendo un trabajo cuerpo
a cuerpo. Y esto vale para todos. Si aceptamos ese desafío con valentía, entonces sí la Iglesia podrá llega a todos, como las raíces de una planta que van penetrando todos los rincones, como las venas del cuerpo que llegan a todos los sectores del organismo, como la luz del sol que penetra en todas partes. Es el principio de la “capilaridad” de la acción misionera.
Traer el traje de bodas deberá significar primero que estamos ungidos por el Espíritu Santo, que nos reviste de Cristo, de sus sentimientos, de sus actitudes y acciones, para ser portadores de “buenas noticias para los pobres”(Lc 4, 18).










