HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
DOMINGO XXXI ORDINARIO
Domingo 31 de Octubre 2021
(Mc 12, 28b-34)
Una vez en Jerusalén, después del signo profético de la purificación del templo y del conflicto con las autoridades judías, los fariseos y los saduceos, que le piden cuentas de su autoridad y lo ponen a prueba, Jesús, encuentra la oportunidad de mostrar sus credenciales. La pregunta de un escriba le da la oportunidad de inscribir toda su misión en la tradición más auténtica de su pueblo: “Escucha; Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con to das tus fuerzas”(Dt 6, 4-5). Él simplemente da cumplimiento a lo que Yahvé Dios ha encargado a su pueblo desde siempre. Es un simple discípulo de la ley y los profetas. Él no es ningún impostor, ningún hereje. Su forma de proceder es de lo más clásico y conservador que pueda existir. El escriba debió sentirse abochornado con una respuesta tan sencilla. Esa respuesta estaba ahí desde hacía siglos. Ellos eran los especialistas en custodiar las más puras tradiciones, que tenían que ver con el “Shemá Israel”. ¿Cómo es que se les había perdido Dios, el amor y el prójimo? A no ser que, como dicen Mateo y Lucas, se tratara de una estrategia para hacer caer a Jesús.
Desde el gesto de la expulsión de los mercaderes del templo: “Mi casa será casa de oración para todas las naciones; en cambio ustedes la han convertido en cueva de ladrones”(Mc 11, 17), Jesucristo, da a entender que simplemente viene a devolverle a Dios el lugar que le corresponde, porque le han robado su viña(Mc 12, 1-12). Todo aquel sistema religioso es una farsa, es simplemente un gran negocio en nombre de Dios. Las primeras confrontaciones, con los sacerdotes, los fariseos y los saduceos, tiene la intención de ponerlo en evidencia como un blasfemo, un hereje, pero Jesús les va dando pruebas de que es totalmente ortodoxo. Para fundamentar la parábola de los viñadores asesinos se apoya en el salmo 117, 22: “La piedra que desecharon los arquitectos es hora la piedra angular…” Su respuesta sobre el tributo al César: “y a Dios lo que es de Dios”(Mc 12, 17), nos recuerda el “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. De igual modo, su respuesta sobre la resurrección, en el trasfondo de Ex 3, 6.15, nos revela al Dios vivo: “No es un Dios de muertos, sino de vivos”(Mc 12, 27).
Impactado por la fuerza de la verdad en las respuestas de Jesús o para dar la apariencia de más religioso que los anteriores interlocutores, el escriba, con más sensatez y prudencia, según Marcos, pregunta sobre el mandamiento principal. Donde se puede sospechar de que el letrado se quiere poner por encima de Jesús es cuando confirma su respuesta: “Muy bien Maestro”. Ya que no lo han podido tomar en contradicción en sus palabras, puede ser que le quiera hacer sentir su autoridad acreditando sus argumentos, al menos en el foro público, porque en el foro privado, las autoridades, harían planes para matar a Jesús(Mc 14, 1-2). Sin embargo, para los creyentes toda esta argumentación de Jesús servirá para continuar diciendo que él es el Mesías, el Hijo de Dios(Mc 1,1), no es un fracasado. Su muerte en la cruz está en sintonía con la más pura tradición del Antiguo Testamento, en todo caso habría que cuestionar a los que lo sacrificaron: “Ustedes rechazaron al santo e inocente, y pidieron como una gracia la libertad de un homicida…”(Hech 3, 14).
El mandamiento del amor a Dios está en la raíz de la identidad del pueblo judío. La profesión de fe en el único Dios vivo y verdadero fue lo que los constituyó en un pueblo elegido, con una conciencia diferente frente a los demás. Le dio unidad en torno a los mandamientos de Dios. La unidad es una fuerza constructora, pero también el contenido de los mandamientos. El culto que Dios Yahvé ha demandado para sí mismo siempre tiene que ver con el amor al prójimo. Desde el Antiguo Testamento amor a Dios y al prójimo aparecen bien entrelazados para un buen lector de la Escritura. En el libro del Levítico, sobre cada mandamiento hay una justificación en el amor a Dios: “Respeten a sus padres y guarden mis sábados. Yo soy el Señor su Dios”… Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor”(Lev 19, 3, 4. 10. 12. 14. 16. 18). “Yo soy Yahvé, tu Dios, que te hizo salir de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud”(Ex 20, 2). Este es el gran principio que sustenta los mandamientos.. Sin esta afirmación los diez mandamientos caen en el vacío y pierden su sentido. Con ella Dios declara su autoridad y la razón de ser de la ley.
Pero la autoridad de Dios no es arbitraria, prepotente, como la de los demás dioses que buscan que los hombres les sacrifiquen sus vidas o se destruyan entre ellos. Todos los demás dioses se dejaban instrumentalizar para justificar el poder de los reyes de la tierra, Yahvé era un Dios independiente, no sometido a los caprichos de los poderosos. Al contrario, el azote de los enemigos de la fraternidad es el Dios de Israel. Para cuando Yahvé da sus mandamientos, ha dado pruebas de su compasión por su pueblo. Todo comienza cuando “Dios escuchó el clamor del pueblo”(Ex 2, 24; 3, 7), vio su miseria, conoció de cerca sus angustias (EX 3, 7), descendió para liberarlo(Ex 3, 8). Los mandamientos son la traducción de la compasión de Yahvé hacia su pueblo, son el camino hacia la libertad. Si los dioses paganos estaban al servicio del sistema, de los abusos de los poderosos que humillaba a los más débiles, los mandamientos de Yahvé promueven la dignidad de cada persona.
Por eso en el primer mandamiento se presenta como un Dios muy celoso que reclama un culto exclusivo hacia él: “No tener otros dioses aparte de Yahvé. No hacer imágenes. No doblar la rodilla delante es estos dioses e imágenes”(Ex 20, 3-5). En el fondo, con este, mandato, Dios está invitando a escoger la libertad frente a la esclavitud, la vida antes que la muerte. Yahvé es un Dios apasionado por su pueblo y es el único que podrá defenderlos del faraón y de todos los reyes que usan a sus Dioses para oprimir a sus hermanos. Claro que la razón última por la que debemos adorar a Dios no es práctica, política, es decir para que nos ayude a tener estructuras sociales más justas. A Dios debemos adorarlo por sí mismo, regocijarnos, recrearnos en contemplarlo tal cual es, lo demás vendrá por añadidura. En el libro del Levítico dirá Yahvé: “Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo”(19, 2). De hecho el Antiguo Testamento se detiene mucho a gustar los tres primeros mandamientos(Lev 19; Ex 20, 1-11; Dt 6).
Me parece que Jesús, como miembro del resto fiel del pueblo de Israel, se pone en sintonía con esta precedencia(relativa) del mandamiento del amor a Dios. Aparece en los evangelios como un apasionado por Dios, su Padre: “Mi casa será casa de oración para todas las naciones…”(Mc 11, 17; Lc 2, 49). La prueba más contundente es su presencia en Jerusalén donde llevará a cabo el acto más grande de fidelidad a Dios: “Abba, Padre, tú lo puedes todo, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”(Mc 14, 36). Toda su vida fue un hacer la voluntad del Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y concluir su obra”(Jn 4, 34; cfr. 5, 19-20). Pidió romper con el sistema de los dioses falsos: “Nadie puede servir a dos señores… No pueden estar al servicio de Dios y del dinero”(M 6, 24). Por eso pudo combatir la imagen falsa que se tenía de Dios, enseñada por los escribas y fariseos, como escuchamos en el evangelio. Sin embargo, Él puso al mismo nivel el amor a Dios y al prójimo de una forma más explícita: “porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era emigrante y me recibieron…”(Mt 25, 35). “…el segundo es equivalente: ‘Amarás al prójimo como a ti mismo”(Mt 22, 39; 1Jn 4, 8).
No basta con decir que creemos en el Dios de la biblia, es necesario verificar su imagen desde las enseñanzas de Jesús. Alguien ha dicho que en los tiempos que vivimos, el problema no será el ateísmo, sino la diversidad de ofertas religiosas, basadas en la variedad de imágenes de Dios. Después de los ateísmos radicales del siglo XX, vendrán los “ateísmos” pragmáticos del siglo XXI. Habiendo reconocido, más o menos, después del fracaso de tantas ideologías, que la existencia es insoportable sin la referencia a un fundamento trascendente, se acepta por conveniencia alguna experiencia religiosa. Aún dentro del cristianismo se da la distorsión de la imagen de Dios, cada quien cree en el Dios que se le acomoda. Sólo si soy disponible para ayudar al prójimo, para amarlo, seré sensible para las cosas de Dios. Sólo el servicio al prójimo abre mis ojos a los que Dios hace por mí y a lo mucho que me ama. Y si no amo a Dios no podré amar al prójimo como Cristo.









