Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario
«Entra a participar del gozo de tu señor»
HOMILÍA DE MONS. LUIS MARTÍN BARRAZA
Mt-25, 14-30
Domingo 15 de noviembre de 2020
Jesucristo instruye a sus discípulos desde su experiencia de fe, como siempre lo ha hecho. Ahora que se encuentra al final de su vida, nos enseña el secreto para llegar al final de la vida con dignidad, como él lo está haciendo. Hablar de final es hablar de futuro, que para Jesús está fuera del tiempo. Esta bella narración, como los son todas las parábolas de Jesús, está inspirada en el futuro definitivo donde se encuentra la plenitud de cada ser humano. El relato se desarrolla en el compás de espera del regreso de un hombre que habiendo salido de viaje encarga sus bienes a servidores de confianza. Todo se pone en tensión hacia el futuro, en él se encuentra el veredicto final. Por eso resulta tan exigente, como realidad definitiva juzga al presente, no es suficiente con sobrevivir, como el que recibió un millón, es necesario sembrar la vida en la Palabra de Dios y en el servicio a los hermano.
Así como en el capítulo 13, Jesús, proyectaba el reino más en su dinamismo presente (el sembrador, el trigo y la cizaña), ahora, en el final de su misión, lo proyecta hacia el futuro para impulsar un mayor compromiso con el presente. Después del discurso apocalíptico del capítulo 24, con el que invitó a la vigilancia, vienen las parábolas de las 10 muchachas y ésta de los talentos. Frente a la petición morbosa de los discípulos: “Dinos cuándo sucederá eso y cuál es la señal de su llegada y del fin del mundo” (Mt 24, 3), Jesús enseña a sus discípulos a gestionar el futuro, como espacio de libertad y creatividad que se refleje en el hoy.
Hay muchas formas de gestionar dicho futuro, algunos lo llenan de fuerzas fatales que aniquilan casi completamente la libertad humana. Los horóscopos, los signos
zodiacales, las lecturas de cartas, de la mano y del café, y otras semejantes, intentan marcar un camino fatal hacia adelante de quienes los consultan. Esto no es digno de ningún ser humano, que está llamado a crear su propio camino: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, dice el cantante. Lo fascinante del futuro es que promete un espacio a la libertad, es la posibilidad de superar limitaciones. Lo determinado está en el pasado, hacia adelante están las sorpresas, que pedirán permiso para entrar a nuestra vida, es necesario tomar decisiones.
En el texto que meditamos, el hombre que encarga sus bienes a sus servidores, les construye un futuro, les regala la posibilidad de afirmarse a sí mismos tomando responsabilidad frente a una encomienda. La ganancia que obtendrán se verá reflejada en las “cosas de mucho valor” que después se les confiará. Por todos lados es ganancia para los servidores. Aquel hombre no tenía ninguna obligación de confiar este dinero a sus siervos. Y Dios, que es al que representa este hombre, no tiene ninguna necesidad de servidores. Nuestras alabanzas no aumentan su gloria, es don tuyo el que seamos agradecidos, dice un prefacio. El mismo “ser agradecidos” se lo debemos al Señor. Todo esto hace más insolente la respuesta del que recibió un millón. Algo parecido a cuando decimos: “limosnero y con garrote”.
La creatividad es la característica de un sano futuro y más del anunciado por Jesucristo, en él podremos no sólo caminar, sino volar. Siempre hay la esperanza de tiempos mejores, porque confiamos en Dios y los podremos preparar mejor en base a la experiencia. Sospechemos de toda predicción que nos quiere encadenar en la tragedia o en el éxito barato. Lo más seguro es que es el lugar del ejercicio de nuestra libertad. Es muy extraño que alguien pueda adivinar nuestro futuro si se trata de nuestra libertad, y nuestra libertad hasta Dios la respeta. El futuro solamente lo podemos vislumbrar en diálogo con Dios y con los hermanos, nadie no lo puede predecir.
El futuro vislumbrado desde la fe dignifica al ser humano, permite al hombre vivir su trascendencia. El ser humano es más de lo que ahora es, en el futuro encuentra los sueños e ideales para superarse siempre a sí mismo. El hombre siempre se ha interesado por su futuro, es un recurso que siempre le queda frente al presente modesto o precario. Los sabios de todos los tiempos lo son porque enseñan el camino hacia el mañana y mejor si lo animan hacia la eternidad, como lo hace ahora Jesús. Algunos han provocado revoluciones alimentando los sueños legítimos de justicia y libertad.
A diferencia del pasado y el presente en el que las experiencias son patentes, están identificadas, el futuro es real pero no tiene rostro, es un tanto misterioso. Esto es ideal para causar expectativas y a veces muy altas. De ahí el riesgo de la manipulación, porque nos sentimos inseguros y, a veces, temerosos frente a él. Algunos piensan que llegará fatalmente, que un destino ya está trazado. Otros le dan demasiada importancia a la voluntad, como si dependiera exclusivamente de la decisión personal. Los creyentes vivimos la existencia como un don que debemos trabajar para multiplicar los frutos.
En el evangelio tenemos dos actitudes frente al futuro. Tres servidores recibieron una cantidad de dinero. Dos de ellos trabajaron el dinero y lo duplicaron, el otro, por temor enterró su millón. Al parecer, esto era una práctica común en tiempos de Jesús. Quien tenía capital le prestaba a sus servidores para que le sacaran ganancias para él. Así eran las cosas en aquel tiempo.
Quienes escuchaban a Jesús captaron inmediatamente el punto sobre el que él quería llamar la atención: hacer producir frutos. No pudieron evitar voltear a ver al que rompió la costumbre al enterrar el dinero y no obtener ganancias. Todo está preparado para escuchar la enseñanza que seguramente vendrá en relación a este “siervo malo y perezoso”. Colaborando él mismo a su descrédito con el reclamo que hace a su amo. La imagen es la adecuada para que resalte la inutilidad de aquel siervo y, con ello, la actitud más torpe frente a la misión que se nos ha confiado. Independientemente de la cantidad lo que contaba era negociar con el dinero.
En nuestro tiempo, esta parábola, choca con nuestro sentido de justicia; parece favorecer las dinámicas de la usura y del lucro, que están a la base de este orden de
cosas donde unos pocos son cada vez más ricos a costa de la mayoría cada vez más pobres. Hay quienes han enjuiciado a Jesús por promover las dinámicas de la explotación y le hacen cargos por todos los que han muerto de hambre o sufren la pobreza, porque otros acaparan.
Son escandalosas y difíciles de comprender las palabras de Jesús: “Pues al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que tiene poco, se le quitará aun eso poco que tiene”. Hasta parecen palabras dichas por un ideólogo del neoliberalismo. Pero lo importante es encontrar lo esencial que Jesús quiso trasmitir y no todo el ropaje con el que reviste esta idea principal. Esto esencial es que Dios nos ha colmado de dones con los que debemos servir a los hermanos. Y que, en todo caso, la bondad, la virtud, la honestidad, la caridad, la justicia se multiplican por sí mismas. El que siembra cosecha, el que se encierra en sí mismo se quedará sólo.
Jesús aplica el criterio económico de plusvalía a la economía de la salvación. Así como el hombre de negocios quiere invertir menos y ganar más, así quiere Jesús que suceda con los “negocios” del reino, que se multipliquen abundantemente.
Jesús denuncia en, esta parábola, el crimen de la esterilidad provocada. Todos tenemos la necesidad de ser fecundos, con paternidad espiritual o física, pero queremos hacer nuestro aporte. Buscamos dejar huella en el mundo. Reprimir este deseo duele, nos hace experimentar la frustración. Así es de que Jesús quiere cultivar todas las semillas que él ha sembrado en nosotros para que den fruto. Ciertamente el mundo nos necesita, pero también nos apremia el amor de Cristo (2Cor 5, 14).
Todos nos indignamos con el hecho de la concentración de las riquezas en pocas manos, frente al hambre, la enfermedad y marginación de muchos. Pensar que unos tienen almacenado lo que muchos necesitan para vivir nos causa náusea. Sin restar gravedad a esta realidad, igual de injusto es el acaparamiento de talentos, en el sentido de no compartirlos. Cada uno de nosotros puede ser alimento, medicina, aliento, consuelo para los demás. Muchos tienen hambre de caridad, de sentido de la vida, de la palabra de Dios. Nuestros graneros están llenos de dones que rinden más al ser compartidos, pero a veces se desperdician por nuestros temores, cálculos humanos, excesiva prudencia, cuando no egoísmos.
Cuando nos llegue la indignación por este mundo tan injusto y queramos la condenación de los poderosos, acordémonos que Dios nos ha hecho poderosos también a nosotros y es probable que estemos reteniendo lo que Dios nos ha dado para compartir. Somos poderosos tan sólo porque somos obra de Dios, y todo lo que Dios ha puesto en nosotros esta “etiquetado” para el bien común. No nos robemos lo que es de Dios para los demás en nosotros, sea porque los gastamos en pesimismos, violencia o autocomplacencias. Así como nos indigna el robo del erario público, empecemos por indignarnos con nosotros si no aportamos a los hermanos lo que les pertenece de nuestra vida.










