– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO DE LA FIESTA DE CRISTO REY.
Mt 25, 31-46
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
26 de noviembre, 2023
En la lectura continua que traemos del evangelio de san Mateo, Jesucristo anuncia la plenitud de la manifestación del reino de Dios, en la parábola del juicio final que hoy escuchamos. Durante toda su misión nos estuvo presentando diferentes aspectos de ese reino, para iluminar las dimensiones esenciales de la vida humana, principalmente la esperanza. Antes que una institución, el reino, está formado por los más altos ideales de convivencia fraterna que existen en el corazón del hombre, en la confianza de que esos ideales tienen vida propia más allá de su cumplimiento en el mundo y que existe una familiaridad entre ese mundo ideal y su realización modesta en el tiempo por medio de la caridad fraterna: “reino de la verdad y de la vida, reino de la santidad y de la gracia, reino de la justicia, del amor y de la paz”. Tal vez sea esta la originalidad de la predicación de Jesús, la exaltación de los sueños de justicia y de verdad hasta el infinito pero, sobre todo, el inculcar una confianza en su cumplimiento por obra de la libertad humana y, todavía más, por la disposición amorosa de Dios hacia el mundo.
El reino de Dios es más una actitud que nos sitúa adecuadamente frente a todas las circunstancias de la vida, que una organización política o económica: “¡Vuelve la espada a su lugar!, pues todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas acaso que no puedo pedir ayuda a mi Padre, y que ahora mismo él me mandaría más de doce legiones de ángeles?”(Mt 26, 52-53). Dicho reino es, antes que nada, el reconocimiento de que todo tiene que ver con un proyecto único que lo anima todo y está sobre todo. “El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo”(Rom 14, 17). Por su puesto que no hay nada más político que la mística que inculca la predicación del reino por parte de Jesús: “Todos los compromisos que brotan de la Doctrina Social de la Iglesia provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de la ley(Mt 22, 36-40). Esto supone reconocer que el amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. Por esa razón, el amor no sólo se expresa en relaciones íntimas y cercanas, sino también en las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas”(FT, 181).
Tenían razón los que le tuvieron miedo a Jesús por cuestiones políticas, pero no en el sentido que ellos lo entendieron, como una lucha de poder. La política que Jesús promovió fue la del bien común que contribuye a los fines de la buena organización política y social. El fanatismo del poder codicioso no soporta la propuesta de la buena política, que promueve el respeto de todos los derechos, empezando por el derecho a la vida, siguiendo con la libertad religiosa y de conciencia, pasando por la libertad de expresión, hasta el derecho a condiciones de vida digna, entre otros. Los que sospechan de la política de Jesús y de sus discípulos seguramente se mueven en la ideología contaminada por intereses, esto sin negar que también a los creyentes, de pronto, nos gana la política del Poder.
Es casi imposible celebrar esta fiesta sin hacer alusión a la relación de la fe con los poderes temporales. El título de rey es muy político. El rey es el que vela por el bien común de sus súbditos. Jesús acepta ser rey, pero en el mejor sentido de la palabra, según su respuesta a Pilato: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis guardias habrían luchado para que yo no fuera entregado a los judíos. Así pues mi reino no es de aquí… Tú lo dices: ‘¡soy rey!’. Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad”(Jn 18, 36-37). En su entrada triunfal a Jerusalén se permitió ser aclamado como rey: “¡Hosana! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!”(Jn 12, 13-14). Hasta defiende Jesús a los que lo aclaman: “Algunos de los fariseo que estaban en la multitud dijeron a Jesús: ‘Maestro ordena a tus discípulo que se callen’ Jesús les respondió: ‘Les aseguro que, si ellos se callan, gritarán las piedras”(Lc 19, 39-40). Jesucristo se permite éste título no para satisfacer sus ambiciones protagónicas, sino para dar rostro al reino de los valores. Permitiéndose llamar rey Jesús está promoviendo la vida, la solidaridad, el valor absoluto de cada ser humano y su llamado a ser hermano de todos. En estricto sentido el reinado de Jesús es contra la muerte, contra el pecado en sus diferentes manifestaciones: “…estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme”(Mt 25, 36). Esto con su significado real y parabólico de las pobrezas profundas.
La paz de los pueblos se encuentra en una política que administra justicia abierta a un tribunal supremo cualquiera que este sea: ley natural, ley moral, ley divina, etc. Una justicia que pretende ser juez y parte defrauda tarde que temprano, termina vendiéndose al mejor postor. En ese marco más amplio es especialista la fe, como iluminación a nivel de la conciencia. La caridad que brota de la fe necesita de estructuras políticas y económicas para que se encarne y no degenere en una fe sin obras: “Porque un individuo puede ayudar a un apersona necesitada, pero cuando se una a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en el campo de la más amplia caridad, la caridad política”(FT, 180). Es cierto que hay estructuras de caridad al interior de la comunidad de creyentes, pero permanecen simbólicas en relación a las necesidades existentes y al potencial de la organización de la caridad civil, la que se realiza desde las instituciones Gubernamentales.
Hacia el final de su misión Jesús nos presenta contundentemente la realidad del reinado de Dios. Si desde el comienzo de su misión su anuncio del reino fue decidido y fascinante, al grado de generar una gran expectativa entre los habitantes de Judea y Galilea, al ir concluyendo su predicación pone de manifiesto, con toda su elocuencia, la capacidad de juicio de dicho reino. Ya desde las últimas parábolas se dejaba sentir el poder de juicio que tiene este reino, no se queda sólo en el simbolismos, sino que tiene consecuencias muy concretas. En la parábola del juicio final de las naciones queda de manifiesto totalmente la verdad sobre este mundo: “Ahora llega el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será echado fuera; y cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”(Jn 12, 31-32).
Tenemos en el anuncio del reino de Jesús la pretensión de universalidad y de eternidad más grandes que existen. El espíritu humano tiene una gran nostalgia por estas dos dimensiones, las busca afanosamente. Quiere ser conocido por todo el mundo y pretende vivir siempre, en esto emplea gran parte de sus energías. Podemos decir que hay búsquedas más espirituales de esto, y otras más científicas y técnicas. En parte el éxito de las redes sociales, además del deseo de comunicación está la tendencia del ser humano a estar, de algún modo, presente en todos lados, el deseo de reconocimiento. Recordemos cómo el tentador tocó esta fibra muy sensible del corazón humano en las tentaciones de Jesús, sobre todo en la invitación a arrojarse de arriba del templo. Claro que Jesús venció el poder el maligno, pero queda de manifiesto dónde están las fragilidades del hombre. Por sobre todos los criterios de universalidad, Jesús pone el reino de Dios basado en el amor a los más insignificantes. La mayor grandeza se encuentra en el hacerse cargo de lo más “equis” que hay en este mundo. Lo más universal está en lo más concreto que existe al grado de diluirse en la masa: “Pero que entre ustedes no sea así, sino que el más importante sea como el menor y el que tiene autoridad sea como el que sirve…”(Lc 22, 26).
Esto es lo único que quería mostrar Jesús al hablar del reino de Dios, que existe un amo y Señor de todo lo creado que está por encima de todo otro reino de este mundo. Que ese reino se rige por las leyes de la verdad, del amor y la justicia absolutas. Lo más penado en ese reino es el descarte de los indigentes, los hambrientos, los sobrantes y desechables. Mientras los reinos de este mundo promueven la arrogancia, la prepotencia, el lucro, el reino de Jesús promueve la fraternidad, la amistad social, como dice el Papa Francisco. Es cierto que este reino es peligroso para los reinos de este mundo, pero no en el sentido vulgar como lo entienden los reyes terrenales, sino porque administran el poder a su antojo. Frente a los despotismos de los reyezuelos del mundo, su antídoto es el anuncio de la realeza de Jesús: evangelizar.










