– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO VII ORDINARIO
Amor a los Enemigos Testimonio de los Mártires
23 de febrero, 2025
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
Jesucristo continúa poniendo las bases del nuevo orden de cosas que ha venido a inaugurar. Ha venido a derramar el Espíritu Santo sobre toda la creación y sobre lo puramente humano. Lo vivificado por el Espíritu viene después, nos dice san Pablo. Él es el “último Adán”, que es “espíritu que da vida”(1 Cor 15, 45). Las palabras tan desconcertantes que escuchamos en el evangelio corresponden al diseño del “hombre celestial”. La interpretación que debemos hacer de estas palabras, en primer lugar, no tendría que ser en clave ética, sino teológica o de fe. Recordemos lo que nos decía el papa Benedicto: “Nadie empieza a ser creyente por el conocimiento de una idea ética, sino por el encuentro con una persona”. Jesucristo nos anuncia un acontecimiento no una moral. El hombre terrenal no entiende nada esto: “En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio”(Jn 3, 11).
En realidad Jesucristo está describiendo la “raza superior”, esa que tanto ha obsesionado a lo seres humanos desde la antigüedad, que se ha buscado por la vía del poder y el sometimiento de los demás. Jesús reconoce la legitimidad de los deseos de grandeza de la humanidad, él es la encarnación de la imagen de Dios que está en el hombre. Lo único que nos dice ahora es que esa grandeza se cumple por el camino del amor. El amor es el acto de libertad más grande que existe, porque no necesita ser “forzado” por un beneficio antes para corresponder. No lo obliga la necesidad egoísta, sino la gratuidad. Que si después hay una gratificación, será “añadidura”. Nuestros tiempos son muy sensibles a definir al ser humano como libertad, el hombre es lo que libremente se hace, dicen algunos. Esto está bien a condición de que no se considere una libertad absoluta, sino que es una libertad situada en el mundo, condicionada por su ser criatura y su ser humano, distinto de las demás criaturas.
Jesucristo, como buen maestro que es, simplemente hace resplandecer la libertad al fondo del amor, contrastándola con el deseo de venganza, el que la supere es semejante a Dios. Una agresión, humanamente, justifica la justicia del “ojo por ojo y diente por diente”, pero eso no da razón de la radical novedad que se nos ha regalado en Cristo. Ser libre del egoísmo, del odio, de la ambición es una expresión muy grande del hombre nuevo. El que puede mantener el control de sí mismo en las situaciones más adversas como lo es la violencia sufrida, es una persona de mucha estatura. Él nos está queriendo abrir a las verdaderas dimensiones del amor. No nos está pidiendo nada, sino que nos quiere dar. De alguna manera todos somos como aquel administrador que fue llamado a cuentas por su amo por tener una gran deuda con él. Ante la súplica del servidor, el amo, le perdona la deuda. Lo que hizo este mal administrador, de no perdonar a otro que le debía menos es de lo más ruin y miserable. Su conducta de no perdonar lo denigra más que sus malas mañas de ratero. Jesucristo nos quiere rescatar del odio y del deseo de venganza(Mt 18, 23-35). La falta de compasión hace al hombre vulgar y corriente, aunque bajo otros criterios sea de abolengo.
La vocación del discípulo de Jesucristo es a vivir de manera extraordinaria el amor. Este amor debe ser capaz de acoger a todos, hasta a los más opuestos a mí como son los enemigos o quienes me han hecho daño. La iniciativa es de Dios que nos ha amado cuando no lo merecíamos. La imagen y semejanza del hombre con Dios que fundamente su dignidad, hace que esta consista en reproducir su esencia que es ser misericordioso. La llamada de Jesucristo a ser misericordiosos como el Padre fortalece en nosotros la dignidad de hijos suyos. El amor a los enemigos son los “milagros” que deberán acompañar a los discípulos de Jesús. Eso es signo de muchas otras acciones buenas que se deben hacer sin esperar recompensa. Incluso, las recompensas y castigos tienen la finalidad de animar la conciencia de “reyes”, cuya conducta debe apartarse de la vulgaridad del hombre terrenal, que vive conforme a sus rencores y envidias.
Qué forma más elocuente de “proclamar la liberación a los cautivos…”, que romper las cadenas de la violencia. Todos los malos espíritus que Jesús ha expulsado y las tempestades que ha calmado se materializan en la fuerza destructiva del odio, que se anida en el corazón de los hombres. Quien pueda beber los “venenos mortales” y las “serpientes” de las violencias del mundo, sin ser envenenado por ellos, da cuenta de que “el reino de Dios está llegando”(Lc 11, 20). La liberación tiene que ver con destruir las opresiones externas, pero sobre todo las que atan el corazón. Es extraño que Jesús enseñe el amor a los enemigos a un pueblo tan sometido política y económicamente. Esto da razón de la fuerza revolucionaria del amor misericordioso de Dios. Es el único que puede transformar las injusticias desde la raíz.
Para los “zelotas” de todos los tiempos esto podría sonar a complicidad con los opresores y las clases dominantes. Jesús no estaba de acuerdo con las injusticias que veía en su tiempo, las denunció fuertemente, las” malaventuranzas” son un ejemplo de ello. Sin embargo, no quiso echar sobre su pueblo el yugo de los deseos de venganza. Cargar con las cadenas de odio y resentimiento el corazón humano es una tiranía peor que cualquier opresión. Aún en las llamadas guerras justas la motivación deberá ser el amor por las víctimas, antes que el odio por los tiranos; además de que deben existir posibilidades bien fundadas de éxito. Lo más cierto es que las soluciones violentas siempre serán un fracaso frente a los anhelos de paz y felicidad del ser humano.
La condición sin la cual no se puede ser discípulo de Jesús es: “ser misericordiosos, como es misericordioso el Padre”. Tal vez, sea válido pensar que antes que a la benevolencia Jesús quiere mover a la fe y que, al mismo tiempo, establecer la relación tan profunda que existe entre ser creyente y ser compasivo. El perdón es asunto de Dios y no de los hombres. En estricto sentido es imposible vivirlo fuera de la experiencia del amor de Dios y de las enseñanzas de Jesús. Creer es aspirar a la vida divina en nosotros y esto se manifiesta en el ser misericordiosos, porque el nombre de Dios es misericordia, ha dicho el Papa. Lo que nos diviniza no es la soberbia o el poder mundano, sino compartir la perfección de Dios que ejecuta su justicia y omnipotencia administrando su misericordia. El llamado a la perfección de Mateo(Mt 5, 48), se convierte en una invitación a la misericordia en Lucas.
En la primera lectura, no podemos ocultar que nuestro corazón se llena de asombro y admiración frente a la manera de proceder de David ante Saúl, que lo persigue para matarlo. Desde esta grandeza del corazón de David podemos comprender porque Dios le dio la victoria sobre sus enemigos. Resalta más la actitud compasiva de David conociendo el contexto de guerra en que siempre se movió, a pesar de toda la sangre que se le pueda reprochar, sometió “su violencia” a los designios de Dios. Por ahora, sabe poner la otra mejilla cuando Saúl lo abofetea. ¿Cómo negar que la mano de Dios estaba con él? ¡Qué belleza de sentimientos! Respetar la vida del “ungido” que busca su muerte es dar razón de una unción mayor.
Los tiempos que vivimos necesitan de hombres y mujeres capaces de ser libres de todo tipo de intereses mezquinos, para que puedan hacer violencia a los violentos y “herirlos con la vara de su boca, y matarlos con el soplo de sus labios”(Is 11, 4). Estos son, según Isaías, los signos mesiánicos del nuevo David, sobre el cual reposará el Espíritu del Señor(Is 11, 1). Sabemos del alcance de estas palabras. La única violencia efectiva contra el violento es golpear su único apoyo que se encuentra en el rencor y el odio. Estos son sentimientos enfermos que se alimentan de sí mismos. Es necesario no alimentar la espiral de violencia que entrañan, romper esta espiral con el respeto y la bendición.
La misericordia no cancela la justicia, esta es la expresión mínima de aquella. La misericordia va más allá dando no sólo lo que al otro le corresponde, sino dándole de lo propio: “¿no puedo hacer lo que quiero con lo mío? ¿O es que tienes envidia porque yo soy bueno?”(Mt 20, 15). Los procedimientos legales tendrán que seguir cumpliéndose, porque la misericordia debe cumplirse en relación a la víctima y el victimario. La corrección fraterna es el camino de la misericordia y este contempla hacer lo que sea necesario para rescatar a quien ha ofendido o cometido una injusticia a algún hermano, así se tenga que llegar a la punición(Mt 18, 15-17).
Así las cosas, pudiera ser este texto una explicitación de la bienaventuranza que aparece en el evangelio de Mateo: “Dichosos los que construyen la paz, porque Dios los llamará sus hijos”(Mt 5, 9).










