– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XIV ORDINARIO
(Mc 6, 1-6)
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
7 de julio, 2024
Después de la tremenda crisis de fe de los discípulos reflejada en la “tempestad calmada”, san Marcos nos ofrece estos testimonios de fe admirables. Al mismo tiempo que presenta la belleza de la fe de Jairo y la hemorroísa, nos la propone como fundamento de la dignidad humana. El ser humano debe ser amado y respetado porque es capaz de Dios, aun antes del acto de fe. Y si esa fe se manifiesta en gestos extraordinarios, como lo hicieron estos personajes, entonces son dignos de ser reconocidos y ser puestos como ejemplo de creyentes. Tanto la mujer como el jefe de la sinagoga tienen muchos inconvenientes para que les sea reconocida la dignidad que Dios les concede, ella por ser impura y él por ser rival del cristianismo. Sin embargo, Jesucristo, nos revela la bondad efectiva de estas personas, más que la de muchas otras, tal vez “creyentes”, reconociendo su fe. Se trata de una bondad que ya estaba en ellos. Ahora, Jesús, los interpela a sacar lo mejor de sí mismos por medio del acto de fe, y los afirma en él. Esto resultó la experiencia más sanadora y vivificante para ellos. La fe dignifica a las personas, es fuente de humanización, su fundamento es la revelación del Dios -hombre en el misterio de encarnación.
Esta es la misión de todo discípulo, ser unos provocadores de la santidad que hay en el corazón del hombre y defender la dignidad del acto de fe en las personas, lo que es lo mismo que defender la dignidad de las personas por su apertura a Dios, inherente a su ser de criaturas. En los dos casos Jesús llama la atención sobre la fe: “Hija, tu fe te ha curado”; “No temas, basta que tengas fe”. Esto parece banal, un simple formulismo, pero en el contexto son afirmaciones muy atrevidas, que no tienen nada de palabrería hueca. La mujer se acerca a Jesús desobedeciendo la ley, ella sabía que no debería estar entre la gente porque su presencia contaminaba a todos y, sin embargo, caminaba junto a la multitud. Si en verdad creía en Jesús como el Mesías su actitud debió ser la de respetar su santidad.
La mujer podía tener disculpa porque pertenecía a la “chusma” de los pecadores, pero que el “Maestro” le tomara aquel gesto como un gran acto de fe, eso no tenía perdón. Mantenerse creyente cuando todo está en contra, sin duda que es una fe verdadera. El “corazón contrito y humillado”(Sal 50, 19) el Señor no lo desprecia. Todo la opresión que ha vivido esta mujer le ha llevado a moverse con humildad, desde el anonimato, en silencio, como quien no tiene derecho a nada, pero sin perder dentro de sí su dignidad. No quiere molestar, no exige nada, basta lo mínimo. Por el contrario, los discípulos se habían mostrado impacientes con Jesús en la barca, reclamaron, se sienten con derechos. La fe hace digna a esta mujer porque supone que vislumbra otra justicia, otra vida desde la que intenta ponerse de pie; pero, sobre todo, porque se pone al alcance de Dios.
En el caso de Jairo, la fe se enfrenta a toda la estructura a la que él pertenecía. Él tendría que conocer el concepto en que tenia las autoridades del centro a Jesús: un blasfemo, un impostor, un endemoniado, y o que tramaban contra él(Mc 3, 6). No se podía ir contra el orden establecida impunemente. La forma en que suplica a Jesús es muy conmovedora: “…se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia…”(Mc 5, 22-23). Esto nos recuerda la fe del oficial romano que Jesús alabó: “Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado una fe tan grande”(Lc 6, 9). Pero también tiene que estar a lado de Jesús cuando enfrenta la frivolidad de los que se ríen de él, porque niega las evidencias de la muerte. La fe debe ser arrancada de los ambientes adversos, superficiales, materialistas, supersticiosos, que nos presenta la cultura moderna. Frecuentemente se debe de enfrentar la burla que se hace de la fe por no aceptar los criterios pragmáticos, utilitaristas, orgullosos, ambiciosos, con los que se mueve el mundo. Aquellos que se reían de Jesús también eran víctimas del orden de cosas establecido en el que era más normal dar culto a la muerte antes que luchar por la vida.
La palabra de Dios nos invita, también, a tomar conciencia de nuestra condición limitada, para actuar con sensatez, y para que seamos solidarios con las precariedades de los demás, como nos invita san Pablo: “Se trata, más bien, de aplicar durante nuestra vida una medida justa; porque entonces la abundancia de ustedes remediará las carencias de ellos y ellos, por su parte, los socorrerán a ustedes en sus necesidades”(2 Cor 8, 13-14). Enfermedad y muerte son los signos más claros de la fragilidad humana, y una invitación a la humildad. La palabra de Dios nos invita, también, a tomar conciencia de nuestra condición mortal, para actuar con sensatez.
Podemos aprovecho, ésta vez, la oportunidad que nos presenta el texto, de hablar de estos dos indicadores de la fragilidad humana, como son la enfermedad y la muerte, para entrar en la actitud del sabio de la primera lectura y los personajes del evangelio. La contingencia de la creación, especialmente, del ser humano han sido siempre una fuente inagotable de reflexión, que le ha dado sabiduría para ubicarse en su existencia. El sabio de la primera lectura se reconcilia activamente, no resignadamente, con la muerte. Paradójicamente, a pesar de tantos signos de muerte, se afianza en su fe en la vida, en su confianza en el Dios de la vida. En lugar de sumarse al pesimismo frente a la muerte que lo lastima continuamente, confiesa su fe en el proyecto de Dios: “…Dios no ha hecho la muerte, ni se complace en el exterminio de los vivos. Él lo creó todo para que subsistiera, y las criaturas del mundo son saludables; no hay en ellas venenos de muerte”(Sab 1, 13-14). Sabe dar a cada cosa su lugar: ni pesimismo, ni triunfalismo. No se desanima de luchar por el bien, a pesar de las adversidades, ni pierde el sentido de la realidad que siempre es compleja. Le da a cada cosa su valor partiendo de que Dios ama la vida, y que todo lo que ha hecho es “muy bueno”(Gn 1, 25).
Es tanta la confianza del sabio en la fidelidad de Dios a su proyecto de vida, que se da el lujo, más adelante, de refinar su reflexión para enfrentar la contingencia, la pequeñez del hombre, pero no para caer en el pesimismo, sino para afirmarse en su fe que vence a la muerte y supera la enfermedad. Cuestiona a los “filósofos de la nada”, que promueven la auto aniquilación y que dicen: “Corta y triste es nuestra vida… Vinimos al mundo por obra del azar, y después será como si no hubiéramos existido… Se olvida con el tiempo nuestro nombre, y nadie se acordará de nuestras obras…Así pues, disfrutemos de los bienes presentes, gocemos de las criaturas con pasión juvenil. Embriaguémonos de vinos exquisitos y perfumes, que ni una flor primaveral se nos escape…Aplastemos al justo indefenso, no tengamos compasión de la viuda ni respetemos las canas del anciano”(Sab 2, 1-7; 2, 1)). Frente a todo este pesimismo el Sabio proclama la resurrección del justo: “Sin embargo, las almas de los justos están en las manos de Dios, y ningún tormento los alcanzara”(Sab 3, 1).
Frecuentemente la conciencia de los límites de la existencia humana no son tratados en su justa dimensión: o nos llevan a la negatividad, a la depresión, al nihilismo, o nos conducen a la indiferencia frente a ellos, a ignorarlos y a construir mundos ideales, espiritualismos, fideísmos desencarnados. El creyente es el que tiene el atrevimiento de reconocer la fragilidad o contingencia más profunda de su ser, para ser humilde y darse cuenta de que es un peregrino que está de paso por este mundo. En esto, es admirable la fe de la mujer hemorroísa, que tenía todo para caer en el sinsentido de la vida y dejarse morir y, sin embargo, conserva la esperanza a costa de muchas humillaciones. De igual modo, el sabio, es consciente del poder del amor de Dios que lo sostiene en medio de todos los abismos que lo rodean. Experimenta su vida como un milagro, como un don, porque sabe que a pesar de que no existía y no existirá después, ¡sorpresa! Ahora existe.
En el evangelio aparece “la Sabiduría encarnada”, que sabe tratar las heridas más grandes del ser humano con la mayor compasión. En este caso la sabiduría de Jesús no consiste en un discurso, sino en dejarse tocar y en tener el valor de confesar su fe en la resurrección, en la vida antes que en la muerte, en ser todo él “a tiempo(cuando le suplican) y a destiempo(cuando le arrebatan la salud)” fuente de salvación. Esta mujer y este jefe de la sinagoga “se levantará en el día del juicio contra los hombres de esta generación y los condenarán, porque ellos creyeron en la Sabiduría de Dios”(Lc 11, 31), podemos parafrasear.










