– Meditación –
MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DEL DOMINGO XV ORDINARIO
(Mc 6, 7-13)
Mons. Luis Martín Barraza
Torreón
14 de julio, 2024
La liturgia de la palabra de este domingo nos hace contemplar la misión evangelizadora desde distintos puntos de vista. Podemos meditar, desde la carta a los Efesios, su fundamento más profundo, su misterio en la “decisión gratuita” de Dios, que nos ha elegido para ser “un himno de alabanza a la gloriosa gracia”(Ef 1, 6). San Pablo nos descubre la identidad misionera desde un contexto de oración. La misión comienza en la oración donde cultivamos nuestro ser de “hijos suyos por medio de Jesucristo”(Ef 1, 5). En este año de la oración estamos invitados a hacer la experiencia de Cristo el Hijo amado del Padre, para ser “ciudades puestas en lo alto de un monte” cuya luz no puede ser ignorada(Mt 5, 14). La intimidad con Jesús debe ser siempre misionera, como afirma el Papa Francisco: “La intimidad de la Iglesia con Jesús es una intimidad itinerante, y la comunión se repite esencialmente en forma de comunión misionera”(EG, 23). En su oración, san Pablo, nos revela el misterio del sacramento del bautismo, del cual brota el dinamismo sinodal y misionero de la Iglesia: “Del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo surge la identidad mística, dinámica y comunitaria del Pueblo de Dios, orientada hacia la plenitud de la vida en la que nos precede el Señor Jesús y hacia la misión de invitar a todos los hombres y mujeres a acoger, con libertad, el don de la salvación(Mt 28, 18-19)(Instrumentum Laboris).
Desde el profeta Amós podemos ver cumplidas las condiciones que explicitará muy bien Jesús en el evangelio para la eficacia de la misión, sobre todo el espíritu de dichas indicaciones: “Yo no soy profeta ni hijo de profeta, sino un pastor y vendedor de higos”. Pero el Señor me tomó pero el Señor me tomó de detrás del rebaño…”(Am 7, 14-15). Desde estas palabras podemos reconocer el espíritu de las enseñanzas de Jesús a sus discípulos sobre la misión. Sólo la condición de llamado y enviado por otro nos puede sostener en la fidelidad de la misión. Amós enfrenta al sacerdote Amasías que velaba por los intereses del rey antes que por los de Dios, en nombre de la iniciativa de Dios Yahvé ha tenido sobre él: “Vete y profetiza a mi pueblo”(Am 7, 15). Como si le dijera al sacerdote, “debería obedecerte si fuera un funcionario de la corte real, como lo eres tú, pero yo no le debo mi misión al rey, sino al que me sacó de detrás del rebaño, no soy un predicador a sueldo para manipular las conciencias al servicio del poder”. Algo así está implícito en la respuesta de Amós a Amasías. Sólo esto explica que continúe con su misión frente al grave peligro que le asecha y nos haya dejado un legado de justicia social muy lúcido. De igual manera argumentará san Pablo cuando se resta cualquier mérito por anunciar el evangelio: “Merecería recompensa si hiciera esto por propia iniciativa, pero si cumplo con una misión que otro me ha confiado ¿dónde está mi recompensa?”(1 Cor 9, 17-18). No hay otro fundamento para soportar los descalabros de la misión.
En el evangelio expone la espiritualidad de la pobreza de los enviados, lo único necesario para ser testigos del reino de Dios. Es la espiritualidad del Juan el bautista: “Nadie puede apropiarse nada que no le haya sido dado de lo alto”(Jn 3, 27). Deberán evitar el protagonismo individualista e ir en nombre de la comunidad trinitaria. Este es el fundamento de la iglesia sinodal, ser sacramento de la familia trinitaria: “Fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesará en verdad y le sirviera santamente”(LG, 9), participando en la comunión trinitaria…La sinodalidad está arraigada en esta visión dinámica del Pueblo de Dios con vocación universal a la santidad y a la misión, en peregrinación hacia el Padre, siguiendo las huellas de Jesucristo y animado por el Espíritu Santo”(Instrumentum Laboris). Jesús denunciará la búsqueda de gloria personal como el cáncer de la misión: “¿Cómo van a creer ustedes, si lo que les preocupa es recibir gloria unos de los otros y no se interesan por la verdadera gloria que viene del Dios único?”(Jn 5, 44). Lo mismo se puede decir de las prescripciones sobre las cosas y el dinero: no está en ello la eficacia de la misión. La misma denuncia al sacudirse el polvo de los pies debe vivirse no como un rechazo a ellos, sino al mismo que los envía: “Quien los escucha a ustedes, a mí me escucha; quien los rechaza a ustedes, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió”(Lc 10, 16).
Los discípulos no deben perder de vista nunca que son enviados, a semejanza de su maestro: “Yo no puedo hacer nada por mi propia cuenta. Juzgo según el Padre me ordena, y mi juicio es justo, pues no trato de hacer mi voluntad sino la voluntad del Padre, que me ha enviado”(Jn 5, 30). Por ello, al final de u obra, puede devolver sin reclamos lo que se le ha confiado, él sabía que nada era de él, sino que sólo cumplía la voluntad de su Padre: “A los que escogiste del mundo para dármelos, les he hecho saber quién eres. Eran tuyos y tú me los diste…”(Jn 17, 6). Como enviado Jesús reconoce que no puede ser mayor que quien lo envía(Jn 13, 16).
Desde el principio Jesús llamó a sus discípulos, “para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar…”(Mc 3, 14). Se trata de dos acciones simultáneas más que sucesivas, ir a predicar sin dejar de estar con Jesús. Podemos decir que la misión se juega más en el discipulado que en el hacer muchas cosas. “No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”, decía Jesús(Mt 5, 14), la identidad se contagia necesariamente. La vida, la felicidad, la bondad se difunden irrevocablemente. Jesús “decreta” que somos “luz” y “sal” de la tierra después de anunciar el camino de la felicidad a sus discípulos en las bienaventuranzas. “Luz” y “sal” son dos imágenes que no se prestan a la ambigüedad o son o no son, si la luz no ilumina no es y, sin la sal no sazona tampoco es. La coherencia entre lo que dicen ser y lo que son realmente es lo que llamó la atención de Jesús para ponerlas de ejemplo de irradiación misionera.
La misión está más allá de cualquier proyecto humano, de cualquier sabiduría, elocuencia, organización o fortaleza. San Pablo decía que anunciaba el evangelio, “y esto sin sabios discursos, para que no pierda eficacia la cruz de Cristo”(1 Cor 1, 17). Él quería que su predicación fiera una demostración del poder del Espíritu y no sabios y persuasivos discursos, para fundar la fe no en la sabiduría humana, sino en el poder de Dios(1 Cor 2, 4). Para él es muy importante evitar “proceder con astucia y falsificar la palabra de Dios”(2 Cor 4, 2).
Lo más contagioso que existe es un camino de felicidad construido sobre la humildad y la obediencia a la voluntad de Dios: “Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”(Mt 5, 3). Sabemos de la fuerza de las campañas mediáticas, pero, al final, la convicción y la verdad se imponen inequívocamente, según la lógica de Jesús: “No hay nada oculto que no llegue a saberse, ni nada secreto que no llegue a manifestarse…”(Mt 4, 22). El problema que pueda existir para la misión se refiere más a la falta de discípulos que a la falta de metodologías y estrategias misioneras. Jesucristo reprochaba a los líderes religiosos de su tiempo, que tenían muy buenas estrategias pero que les faltaba el testimonio de una vida marcada por la justicia de Dios: ¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que recorren mar y tierra para convertir a un pagano, y cuando lo convierten lo hacen merecedor el doble más que ustedes del fuego que no se apaga!”(Mc 23, 15).
En el cuidado de los procesos discipulares se juega la iglesia su misión. En las condiciones que ahora pone Jesús para la misión no le interesa tanto dar unas cosas qué hacer a sus discípulos, sino inculcar unas actitudes, una manera de ser: mantenerse discípulos, enviados. Jesucristo no nos invita simplemente a hacer prosélitos, clientes, para aumentar la membresía a como dé lugar para ejercer un poder, como si se tratara de una alianza para defender intereses particulares. Se trata de testimoniar y contagiar un espíritu de amor y servicio. Durante la explicación de las parábolas Jesús hace sentir el privilegio de su amistad especial a sus discípulos: “A ustedes Dios les ha confiado el misterio de su reino, pero a los de fuera todo les resulta enigmático…”(Mc 4, 11). Por eso, ahora, después de un tiempo de hacerlos testigos de su celo evangelizador: “Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he sido enviado”(Mc 2, 38), los envía a predicar y curar.










